Dibujo de la Abeja Maya volando.
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icono de la página de inicio, una casa en verde de las típicas del juego del Palé Icono de una carpeta y sobre ella, atravesada de arriba a abajo, inclinada de izquierda a derecha, una pluma de plumines de madera en color rojo
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Montón de barato    

nemo        







Montón de barato

(Primer borrador)

No debí tomar el encargo, es tedioso y él es un pelmazo, pero soy así con el dinero, me quedan los bolsillos sin un duro, no puedo renunciar a ningún encargo porque de lo último que me acuerdo es de pagar las deudas; por otro lado, un hombre sin deudas es un hombre fracasado, sin crédito. Pero este encargo me está costando trabajo sacarlo adelante, hoy he tenido acceso a su Nota Editorial.

Hace unos días le comenté a Enrique, cuando estaba ya cargándome, no le dije nada sobre el encargo, solo que era un puto encargo, se echó a reír, él había tomado otro de 17.000 páginas, con la misma editorial, tampoco me comentó nada más, en nuestro oficio comentamos poco sobre nuestro trabajo, menos cuando estamos en ello. Pero ahora comprendo el porqué de esas 17.000 páginas, al tener acceso a la Nota Editorial del mío:

«... La dificultad de publicación de este Diario estaba asociada precisamente a esa virtud: resulta ingente, enorme, por su extensión, más de 17.000 páginas de ordenador.»

***

—¿Qué hacías anoche con aquella cuadrilla?

—Tomaba una absenta.

La relación de los escritores con la absenta está perfectamente constatada, también su relación con las putas. No soy escritor, media vida escribiendo y no soy escritor, pero siempre que he tenido oportunidad me he tomado una absenta.

—Eran raros ¿no?

—Me embromaron, hicieron que les pagase una ronda.

Aquella noche me encontré con esa cuadrilla, me estaba tomando mi absenta y me pidieron opinión sobre unas poesías, tiré de cortesía, era mi primera absenta, y me acerqué a la barra para terminar la conversación junto a ellos, cuando me quise dar cuenta ya había dejado los veinte euros sobre el mármol, era ya mi tercera absenta, no pude retractarme cuando el camarero me dijo que no era suficiente, que eran treinta y ocho con cincuenta. Se quedaron conmigo, y además, se llevaron un halago. ¡Qué cabrones!

—¿Tú crees que follo bien? Le pregunté a Elvira. Aquella noche cuando llegué a casa me la encontré metida en la cama, estaba avanzada la mañana y aún continuábamos en ella. No sé por que coño le pregunté tal ordinariez.

—Sí, ¿por qué lo preguntas?

—Bueno, siempre he tenido mis dudas.

—¿Y es ahora cuando te preocupa?

—Nunca he logrado mantener una relación.

—Eso es porque eres un capullo.

—Menos mal —Se me escapó, pero mi preocupación en esos momentos era cómo follaba. Sabía perfectamente que era un capullo, que siempre he sido un capullo, eso ya no me preocupa, ni es ya tiempo de cambiar.

—Follas bien —podía haber parado ahí, pero tuvo que terminar la frase—, pero sin estridencias.

¡Joder!, sin estridencias, eso es que soy de los del montón.

Dos chavales de unos treinta años, para mí dos chavales, y una cuarentona, para mí un pimpollo. Estaba buena: alta, rubia, esbelta y con los ojos azules, lo de siempre, y con un buen par de tetas que le desbordaban el escote. Los acompañé hasta el portal yendo ya de recogida, ya que me habían sacado la ronda estaba viendo la manera de resarcirme.

—¿Echamos un polvo? —Uno de ellos había abierto el portal y los dos estaban ya dentro, yo retenía a la cuarentona dándole un poco de conversación y ahora le lanzaba la propuesta.

—Tu conversación es muy amena y me encantaría, pero estoy con la regla, otro día.

¡Joder! ¡Qué escusa! Ni yo la habría encontrado mejor, aún debí invitarles a una última ronda, me quedé corto. Así es que me volví para casa.

***

¿Por qué me carga el encargo? Porque nos están intentando vestir de toreros, el memorialista, la editorial y los que están detrás del memorialista y la editorial, y porque el memorialista es un puñetero pedante. Siempre me han molestado los que hablan de ellos mismos en tercera persona, se nombran a sí mismos como salidos de sí mismos, virtualizados en un propio Espíritu Santo.

«José Bono es ejemplo de transparencia». Así tenía que encabezar una hoja del diario: «José Bono es ejemplo de transparencia». Oiga, ¿no le parece que queda un poco raro que en sus propios diarios se nombre a usted mismo como José Bono?

"Llámame de tú, llámame de tú, que aquí no valen las formalidades"; eso me dijo el primer día que me senté frente a él. ¡Qué cojones formalidades!, él debería ser el que me llamase de usted, por la edad, porque soy tres años mayor que él. Me dio que pensar el enterarme que era tres años más joven que yo. Aquella tarde, el día que me senté por primera vez frente a él, cuando me dijo su edad, aquella tarde cuando me topé con un espejo, me miré muy fijamente y mi visión en aquel espejo me hizo reflexionar: ¿Tendré yo la misma pinta de antiguo que él? Me dio el bajón.

Pero también debería llamar de usted a aquel que le va a escribir el libro que luego firmará. Continué llamándole de usted y continúo llamándole de usted, y el memorialista continuó llamándome de tú y continúa llamándome de tú. Logré convencerle, y como el apunte en el diario iba de una referencia a su persona en el diario ABC la cosa quedó: ABC: «Bono, ejemplo de transparencia», logré también suprimir el "José".

A mi edad, lo que se oye frente a la barra de un bar ya se ha oído antes, muchas veces: "Los partidos políticos, cuando llegan al poder lo hacen bien en la primera legislatura, en la segunda ya se les va de las manos y comienzan los casos de corrupción". El tópico que vengo oyendo desde que en este puto país se celebran elecciones al gobierno; es de los tópicos que son lugar de encuentro cuando se mantiene una conversación sobre política mientras te tomas una caña.

Fue en los primeros meses de la primera legislatura socialista cuando Corcuera dio la patada en la puerta y se metió en la casa de los ciudadanos, y fue en la primera legislatura cuando el Psoe dio la patada a Pablo Castellano por denunciar corrupción en las filas del partido. Luego, con la vuelta de los años, la cosa acabó como acabó. Los abusos de poder y la corrupción existen desde los primeros momentos en los que un partido toma el país como si se tratase de su cortijo, lo que pasa es que a los ciudadanos nos cuesta cuatro, cinco, seis o diez años enterarnos de esos abusos y de esos robos.

Por eso, ahora que estoy escribiéndole las anotaciones de aquellos meses en los que el país había quedado patas arriba después de más de una década de gobierno socialista, con apuntes ñoños y pueriles, me da un poco por culo.

***

—No has comprado café —me dijo Elvira.

Elvira se había levantado y se encontraba en la cocina, nos habíamos quedado sin café. Como Elvira y yo somos incapaces de ponernos frente al ordenador sin que un café despeje nuestras ideas, en eso coincidíamos, bajamos a la cafetería. No queda lejos, cruzar la calle y andar unos pasos, tenemos otra en la misma acera, incluso más cerca que aquella a la que solemos bajar, pero no nos gusta el trato, también en eso coincidimos.

—¿Sin estridencias?

—Sin estridencias —se reafirmaba. En ese momento el camarero llegaba con los desayunos, el mío, un café solo bien cargado.

Elvira escribe cuentos infantiles, y se los pagan, ahora trabaja para una editorial pequeñita, les está completando una colección, les va bien, a la editorial y a ella. No me preguntéis cómo escribe, no la leo, por no influenciarla, y... tampoco es que me apetezca ponerme a leer cuentos a mi edad. Nos despedimos antes de llegar al portal.

—¿No subes?

—Estoy citado con Ramón, le mandé lo que llevo hecho y quiere verme.

—¿Algún marrón?

—No, pero yo ya sé que el trabajo no va bien.

Nos despedimos, antes de emprender mi camino aun pude verla como entraba en el portal, majestuosa. ¡Qué culo tiene!

***

1 de agosto [1932]

Estos tres días he viajado un poco, para distraerme. El 30 estuve en Coca. No conocía el castillo, que es muy bello. Allí nos anocheció. Las chovas ponían un festón negro en todo el coronamiento de los muros, y al llegar nosotros alzaron el vuelo.

Ayer hice una excursión más larga. Fuimos por la mañana a Medinaceli. Una vieja puerta del convento de monjas, unos gañanes durmiendo la siesta al pie de un árbol, en las afueras, y una niña llorando en el pórtico de la iglesia, fue toda la gente que encontramos. Al entrar en la iglesia, el visillo de un balcón en la casa frontera se levantó un poco. Eso fue todo. No queda apenas nadie en el pueblo. Una antigua casa en la plaza principal se ha vendido hace poco por trescientas pesetas. No hay ni agua.

Junto al encargo me pasaron un ejemplar de las Memorias de Azaña, uno de los libros de sus diarios: "Más o menos es esto lo que queremos". La cosa va quedando más o menos así:

Viajo a Barcelona para asistir a los juegos paralímpicos. Nos recibe Jordi Pujol y se queja del déficit fiscal que se produce en Cataluña.

Es cierto que en los diarios de Azaña encontramos apuntes, una mayoría, desprovistos de toda prosa, apuntes escuetos o no tan escuetos que intentan reflejar unos hechos como meros recordatorios; pero inserciones como la anterior dan altura a esos diarios. Cuando los leí me dio la sensación de que era la intención del autor salirse de una prosa convencional y conferirles ese estilo sobrio propio de unos diarios. Los diarios de Azaña, aparte de diarios, son una creación literaria. Pero yo no estoy para hace literatura, me quedé con lo peor. Tampoco don José Bono estaba interesado en la literatura cuando hizo el encargo, en las notas del prólogo me llegó "He de decir que lo compuse ajeno a toda pretensión emparentada con la literatura, lo mío era exclusivamente el interés político". También, por lo que me va llegando para avanzar con el encargo y lo leído en los diarios de Azaña, hacer política en aquel entonces debía ser otra cosa, hoy ha quedado en esto:

El Programa Cercanía consiste en que cada cargo público, previamente instruido, debe conectar con doce castellano-manchegos a la semana y tomar café con ellos. Ninguno de los doce debe ser claramente votante del PSOE ni tampoco fanáticos del PP. Es decir, se trata de buscar gentes con dudas políticas, con ámbitos de indecisión, que podrían votarnos en algunos comicios. Después de una reunión de una hora con el grupo de los doce, se envían a Presidencia los domicilios, profesiones, teléfonos y una breve reseña de cada personaje. Mi gabinete confecciona un fichero que utilizo para dirigir cartas personalizadas a lo largo del año. Una carta será por su cumpleaños, otra con ocasión de algún acontecimiento relacionado con su oficio, otra por Navidad. Supone mucho trabajo, pero es de una eficacia extraordinaria. Tenemos un fichero de más de 50.000 ciudadanos que no suelen ser votantes del PSOE con los que mantenemos relaciones epistolares amables, cercanas y personalizadas.

***

—¿Solo pides una cerveza?

—Acabo de desayunar.

—¡Cómo vivís los negros! —No me dio tiempo a responderle, tampoco le iba a desengañar, y tampoco iba a decirle que sí, que vivimos bien, aunque los monigotes como él nos intenten amargar esa vida. No lo conocía, pero conozco como ha organizado su despacho, su mesa, como la de todos: una pantalla de ordenador en una de sus esquinas, dándome la espalda; en el mismo lateral, un portátil, ahora me viene con una tablet y un iPhone, seguro que el último; continúo con la mesa: limpia, brillante y ordenada; en la otra esquina que da a mí: un retrato de familia, también dándome la espalda, el escenario lo completa un móvil de la abeja Maya. Lo primero que hago cuando me siento es dar un toque con el dedo al móvil, Maya no para de moverse hasta que salgo, sé que eso le pone nervioso, no es que le dé muy fuerte o que con un leve toque no pare de moverse, es que procuro estar en el despacho el menor tiempo posible. Continuó: "Olvídalo, ha sido de mal gusto, no creo que sea cómodo".

—Te equivocas, es muy cómodo, más de lo que te imaginas. Piensa que no soy yo el que firma las memeces que escribo.

Es la primera vez que trabajo con él, es nuevo en la empresa, no debe llevar en ella más de cuatro o cinco meses; por lo que he hablado con él, no creo que haya trabajado antes en otra editorial. No pierde la oportunidad de hacerse el simpático, como si buscase que le ayude con el proyecto.

Hablamos de todo antes de entrar en materia, se suponía que yo también almorzaría. No pidáis un entrecot en una comida de negocios conmigo, le he dado la comida, aprovecho cuando se mete un buen trozo de filete para continuar con la conversación, he llegado a ponerle colorado, porque seguro que se ha dado cuenta que lo hago con toda la intención; pero no se atreve a decirme nada. Ahora da cuenta del entrecot en bocados más pequeños, al final, espero que esos bocados sean mínimos.

—¿Y me dices que las vacaciones las vas a pasar en la playa? —Me responde que sí moviendo la cabeza. Alcanzo una aceituna, del aperitivo que acompaña a mi cerveza, y con parsimonia, la aceituna viaja hacia mi boca ante su mirada atenta. —¿Y por qué a la playa? En la playa hay mucha arena, es incómoda. —Ahora la aceituna, ya en la boca, sufre los rigores de mi dentadura. Espero su respuesta, no sobre su posible gusto por la playa, ni si a él le resulta incomoda o no la arena, ya no puede seguir ignorando mi juego.

Tiene aguante, se pone la mano con el puño cerrado frente a la boca, y me responde como buenamente puede. Creí entenderle algo parecido a esto: "Es por mi mujer y por los niños".

Estamos ya con el café. No dejé que fuese él el que lo dijese, directamente se lo dije yo:

—Sé que es una mierda lo que te mandé, que probablemente lo tenga que reescribir, también sé que te habrán hablado de mí en la editorial; lo uno no tiene que ver con lo otro, es que se me está atragantando, no puedo con él.

—¿Con quién no puedes?

—Bueno, con él tampoco, pero me refiero al trabajo, los putos diarios.

—Dirás el diario.

—No, qué cojones, he leído la nota editorial, amenaza con dos volúmenes más, y me los voy a tener que comer yo.

—De momento uno, ya sabes como son estas cosas, no eres nuevo, se dice lo que interesa, luego depende de los ejemplares que haya que guillotinar.

—Se me está atragantado, hasta pienso que me está afectando personalmente. No te rían,— termino— tengo reservas éticas.

—No me río.

—Es que en mí eso es difícil, no tengo escrúpulos, ya te lo habrán dicho. —como permanece callado continúo— He aceptado encargos peores.

Continué esperando su respuesta, no abrió la boca. Se adelantó hacia la mesa, tomó la cucharilla y comenzó a remover el café, con parsimonia, sin dejar de mirarme. ¡Cojones! me la estaba devolviendo. No quise continuar, esperé para que fuese él quien rompiera el silencio, pasaron aun diez o doce segundos, sin que dejara de remover el café con la cucharilla, por fin tomó la palabra:

—El trabajo va bien, no he recibido ninguna queja.

—Entonces, por qué no me has cortado y me has dejado que... —Seguía mirándome fijamente, ahora marcó aun más el movimiento de la cucharilla. ¡Puñetas con el monigote!

—Está contento como un niño, ayer estuve a verlo y me ha pasado más notas, más tonterías, pero para él son graciosas y deben incluirse, ya te las pasaré. —Ante mi silencio continuó —Le he mandado lo que me pasaste, todavía no he tenido respuesta, pero seguro que le gustará.

—Entonces, ¿Para qué cojones me has mandado llamar? —Se lo dije en mal tono.

—Chiiii, cuidado, no te cabrees que me has jodido la comida, tenía que devolvértela. Y te he mandado llamar porque como tú has dicho, me han hablado de ti en la editorial.

—¿Y qué te han dicho?

—Joder, para no acabar, pero entre todo, me han dicho que hay cosas que no se te pueden decir por teléfono.

—¿Como qué?

—Como que se ha modificado el planning y te han adelantado la fecha de entrega.

***

Cuando dejé a Ramón me dirigí a casa, en mi mente estaba el ponerme con el encargo, Ramón quedó en enviarme las notas de inmediato, por lo que al llegar a casa ya las encontraría en mi buzón; pero a medio camino, porque decidí volver andando, cambié de opinión, pediría a Elvira el que me llevase a algún sitio. Tengo poca iniciativa, es ella la que propone a donde ir, desde el primer día ha sido ella la que ha tomado en todos estos casos la iniciativa. Cuando la conocí mi rutina era una rutina monótona, de esto hace unos meses, el verano pasado; aquella mañana, cuando volví a casa me la encontré desayunando. No lo recordaba y aun hoy no lo recuerdo, ante mi extrañeza mal disimulada me dijo que llevaba desde la noche anterior, había entrado con la llave que le di. Hoy sigo sin recordarlo, pero por aquel entonces llevaba una vida muy desordenada, como siempre me dice Adelina, mi vecina, una ancianita encantadora, llevaba una vida ajetreada: "Tú, hijo, es que llevas una vida muy ajetreada", es lo único que me reprocha. Por aquel entonces, cuando me encontré a Elvira por primera vez en la cocina, abusaba del alcohol, y de no ser por ella, hoy seguiría abusando del alcohol, Elvira ha supuesto un freno.

Cuando la conocí mi vida transcurría en los garitos nocturnos, ahora salgo de vez en vez de esos garitos para adentrarme en territorios más cultos. La última de estas incursiones fue para asistir al último estreno de Vargas Llosa, aburrido. No voy a criticar su obra, será cosa mía, mi falta de costumbre en asistir a acontecimientos cultos, porque Vargas Llosa ha recibido el más alto galardón que pueda recibir un literato, el premio Nobel, luego debe de escribir bien. Entonces no lo critico, me diga lo que me diga cualquier amigo, aunque este amigo no gaste botines. Según él, su obra es un alegato contra el machismo recalcitrante, y debe de tener razón, somos todos unos machistas, unos más que otros, pero todos machistas. Yo lo reconozco, y hasta lo cultivo en algún grado, como autodefensa. En cualquier caso, aun sin saberlo, todos somos machistas; el propio Vargas Llosa, que en una ocasión le oí decir que él siempre se ha llevado bien con sus hijos, que le querían mucho, porque él nunca les había siquiera regañado; esa labor, la de reprender a los hijos, se la dejó a su mujer. Él no lo sabe, porque si no, siendo abanderado en la lucha contra el machismo, no lo habría comentado en público. No lo sabe, pero esa actitud es un signo de machismo. Todos somos machistas, unos lo sabemos y otros no lo saben.

En mi caso, tengo asumido que soy un machista, y Elvira refuerza en mí que tal condición es necesaria; porque, joder si no fuera un poco machista. Sin ir más lejos, aquella misma noche tuvimos otra enganchada, una de las muchas que tenemos. Estábamos en la cama y yo me había pasado todo el día dándole vueltas a aquello de "sin estridencias". Ya empezamos mal, porque casi forcé el que nos pusiésemos a joder. En esos momentos me encontraba sobre ella, no lo pude callar, casi fue un pensamiento en voz alta, algo de lo que te arrepientes una vez te has oído a ti mismo, incluso creo que no pasó de un susurro: "Así no hay manera de que haya estridencias". No necesitó más, ¡qué discusión!, hasta me lanzó un tenedor por la espalda cuando intenté darla por concluida. En la sociedad en la que vivimos el hombre está obligado a ser machista, lo contrario sería tan absurdo como si un empresario fuese de izquierdas, porque en política también mantengo esos atavismos: o eres de izquierdas, o eres de derechas; y en la relación con las mujeres: o eres machista o eres feminista. Yo procuro, en lo que puedo, ser machista, en lo que me dejan.

No recuerdo que haya mantenido una relación sin que las discusiones hayan ocupado un lugar preferente, discusiones acaloradas, ahora con Elvira también; pero es distinto, Elvira es una manipuladora, me sobrepasa, qué sería de mí sin ese ramalazo machista. Lo tiene muy estudiado, las discusiones siempre se empiezan en la cocina y lo de aquella noche no fue un hecho aislado, cuando no es el tenedor es el cucharón o la espumadera, pero siempre llega al punto en el que me muestra el cucharón o la espumadera, me amenaza, me lo planta delante de la cara. Tampoco fue una actitud aislada que momentos después de iniciada la discusión yo procurara eludirla, porque tiene la habilidad de llevar la discusión al terreno que le interesa; no grita, pero me presenta la espumadera frente a la cara, y tampoco me deja argumentos. Así es que si no tuviese ese ramalazo machista, me vería comiendo sopas de su mano. Es una manipuladora, al día siguiente de mantener alguna discusión me cuesta trabajo recordar cómo y por qué se inició, ni por qué caminos y cómo pudo conducirla hasta el punto de llevarme a donde no quería y dejarme sin argumentos; no es que lleve razón, que nunca la lleva, es que es una puñetera manipuladora.

Adelina es una ancianita adorable, y me sufre con resignación, porque tiene que soportar todas las discusiones, las que tengo con Elvira y las que tenía con otras parejas, y nunca se queja, solo ese reproche: "Es que llevas una vida muy ajetreada". Siempre es mi tabla de salvación; a excepción de café, que no se lo puedo pedir por aquello del colesterol, cuando me quedo sin sal, huevos, harina, siempre recurro a ella. Siempre le debo algo y no me gusta, si le he pedido sal, harina o cualquier otra cosa, devolverle la sal o el harina o cualquier otra pequeñez, me parece poco elegante; además ella no lo aceptaría, no lo aceptó la primera y única vez que lo intenté. Tampoco es cosa de no agradecérselo. En su día encontré la solución, pasando delante de una floristería; de vez en vez, cuando paso cerca de aquella floristería, entro y le hago enviar flores, rosas, siempre rosas rojas. Puede ser una rosa roja singular o un ramo de rosas, unas veces de su admirador anónimo y otras de su amor platónico. Ella sabe que soy yo quien le envía las flores, lo sospecha, pero no tiene la absoluta certeza de ello, y tampoco se atreve o no quiere preguntármelo. Los días siguientes a recibirlas, cuando coincidimos, se genera una atmosfera entre romántica y embarazosa, hasta el punto que en una ocasión coincidimos en el portal con ella, y Elvira, que no sabe nada, quedó desorientada ante nuestra complicidad. Adelina, que sufre nuestras discusiones, que ha sufrido todas las discusiones que he mantenido con todas mis parejas, asistiendo a ellas desde fuera seguro que ha advertido las artimañas manipuladoras de Elvira, debo preguntarle algún día, por defenderme un poco de ella.

No, mis relaciones nunca han sido tranquilas, quizá las discusiones mantenidas con Elvira sean las menos acaloradas, porque ella nunca grita, solo me presenta la espumadera; y yo, procuro zanjar la discusión cuanto antes, porque únicamente es cuando zanjo la discusión a tiempo, es cuando me queda la sensación de no haber sido vapuleado; y eso que siendo un poco machista, sé como insultarla. No me puedo deshacer de mi machismo. Aun con ese ramalazo machista, en una ocasión me cruzaron la cara y en otra me echaron de mi propia casa, me fui airado de la casa sin darme cuenta que era la mía; no me atreví a regresar, tuve que alquilar otra. Aquella mujer sí que los tenía bien puestos.

Cuando llegué la casa estaba vacía, Elvira ni siquiera me había dejado una nota, como alternativa pensé en bajar a cualquier tugurio, escapar lo más lejos posible del ordenador, pero ¿qué horas eran esas para empezar la noche? Tenía pendiente el prólogo, se me hacia cuesta arriba ponerme con el prólogo, en el que se da cuenta de las intenciones de libro. Lo irónico es que, probablemente es el prólogo la parte del libro más mía, el resto casi es ordenar notas; un corrector de estilo que le dedicase tiempo, perfectamente podría llevar a cabo este trabajo mejor que yo.

Recuperé las notas referidas al prólogo, algunas de ellas tomadas a él mismo, en esas conversaciones que mantenemos, esas en las que me trata con una condescendencia insufrible, esas conversaciones en las que me traslada anécdotas supuestamente graciosas: "Aunque su valor es el documental, no puede ser aburrido. Ponlo en el prólogo", y me larga alguna de esas anécdotas, se ríe de la gracia que le hace y me remarca: "Procura guardar su literalidad, que es en esa literalidad donde está la gracia". En ese apartado de anécdotas que deben contribuir a que José Bono proyecte su imagen humana, que haga que el lector vea a José Bono con una dimensión que vaya más allá de la de un político distante, se encontrarían aquellas referidas al entierro de Juan de Borbon. Una da cuenta de cómo debe ser el chaleco del chaqué que debe llevarse en esos actos, como le reconvino Felipe González por los vivos blancos del suyo: "El chaleco del chaqué sólo debe llevar los vivos blancos cuando se trata de una fiesta pero se han de quitar cuando se va a un entierro" y cómo él le responde: "Es que estoy de medio luto". No pudo evitar las risas cuando me narraba la anécdota. La otra, también de la misma fecha y sobre el mismo acto, referida a dos fallos de organización. Uno, que faltaron las formas consagradas y se quedaron sin comulgar unas veinte personas; el otro, que se formaron largas colas por la escasez de urinarios. Por mi espresión debió advertir mi asombro, en tono de complicidad me hizo partícipe del sentido de la anécdota: "Es que son muchos de familia y en Palacio cuentan con pocos retretes", y se echó a reír. No me asombraba que en Palacio hiciesen cola frente a los retretes ni que fuesen muchos de familia, ni que la familia Real hiciese uso de los retretes; esto último, dependiendo de la frecuencia es también normal, como normal será que en la propia familia de José Bono vayan de vez en vez al retrete, y hasta que en algún caso pueda haber cola frente a ese retrete; lo que causó mi asombro fue que aquello le hiciese tanta gracia.

Se me hacía cuesta arriba ponerme con el prólogo, se me hacía cuesta arriba porque tenía las notas correspondientes al prólogo, y notas de los diarios, y llevaba ya escrito parte de ese diario y ahora debería dar forma al prólogo basándome en notas como esta: "Estas páginas son para mí un ejercicio de transparencia, de mostrar a mis conciudadanos cómo somos y cómo actuamos los políticos..." Me senté frente al ordenador con decisión, con la intención de acabar con el prólogo cuanto antes, de un tirón.

Abro el archivo correspondiente al prólogo y la primera nota que leo: "En muchos casos se trata de notas escritas que responden cabalmente a las conversaciones producidas". Como en mi cabeza mantengo la anécdota del entierro de Juan de Borbón y los urinarios, y como lo mismo que los diarios no pueden ser aburridos, el prólogo tampoco debería serlo, le doy forma:

En ocasiones, utilizo las comillas porque se trata de notas escritas que responden cabal y detalladamente de conversaciones que se anotaban cuando se producían. Muchas veces, hablando por teléfono tomaba notas de los asuntos más sobresalientes. En determinados momentos, era tan importante, a mi juicio, dejar constancia exacta de lo que oía que si no me era posible ir tomando notas en el transcurso de la conversación, me levantaba con cualquier excusa —una frecuente era ir al servicio— y escribía en el papel o dictaba en la grabadora los extremos más sobresalientes.

No paraba de teclear para finiquitarlo lo antes posible. Lo llevaba ya mediado cuando recordé una de sus notas, retrocedí a los primeros párrafos y fue allí donde la inserté: "He de decir que lo compuse ajeno a toda pretensión emparentada con la literatura", con esta nota el propio José Bono me dio la oportunidad de distanciarme de factura y la pista de cómo continuar con el encargo; retomo otro párrafo: "Era mi memoria de papel en la que apuntaba desde los asistentes a una reunión, lo dicho por cada uno, los documentos que se manejaban..." y agrego: "a veces, hasta el menú de la cena", por si cuela y no me lo hace borrar.Para terminar:

Cabe que el lector se pregunte: "¿Habrá escrito Bono un buen diario?"

Paro para hacer un descanso y cuando retomo el trabajo, antes de continuar con el tajo me entretengo en mirar los correos. Está el de Ramón, con las nuevas notas que tendré que ir integrando en el diario, las ojeo a vista de pájaro: "Tipos como él no salen diez en un siglo en la política española", se refiere a Felipe González. Y continúo ojeando: "La verdad es que Felipe habla de maravilla y vale la pena escucharle", "algunos opinan que Felipe tiene un concepto muy elevado de sí mismo, si así fuera creo que tiene motivos sobrados". Y hay más:

Felipe no coarta la libertad, a menos a mí no me ha mermado mi libertad, pero reconozco que su capacidad y su fuerza operan de modo que muchas veces eclipsan a quienes lo rodean.

O esta otra que muestra hasta qué punto su querencia por Felipe González le intimidaba o le intimida: "Cuando tenía que hablar en la tribuna del Congreso en la primera legislatura, siempre deseaba que Felipe no estuviera presente. Su presencia aumentaba mis nervios". Llamo a Ramón con la escusa de si no será un error, si no existirán duplicidades, porque, la verdad, frases como esas ya van muchas y ahora se repiten; pero es una escusa, no son ni errores ni duplicaciones, lo sé porque algunas se las he tomado yo directamente a él en el trascurso de esas conversaciones insufribles, sin que me haya pasado desapercibido el tono de adulación que gasta cuando habla de su Felipe, que más parece que asisto a La Verbena de La Paloma. Pero estoy solo y Enrique no está cerca, que es con quien más frecuentemente comparto estas gilipolleces; así es que llamo a Ramón, con esa escusa, por compartir con alguien mi asombro, utilizando una incredulidad sarcástica:

—No, no creo que sean duplicidades —fue lo que me respondió después de haberle leído varias de las notas que me enviaba y algunas que ya tenía.

—Es que de estas ya tengo bastantes, y ahora me vienen más.

—Bueno, si quieres le consulto.

—¿Y qué le vas a decir? ¿Y si el hombre es así?

—Yo creo que es así.

—No le comentes nada, a mí con saber que no hay errores me vale para continuar. Tiene amigos, les dará a leer la copia final, ya me hará rectificar lo que considere, y si lo da por bueno... si no tiene pudor ante tanto jabón, no vamos a ser nosotros los que le intentemos cambiar.

—Sí, tienes razón, yo también pienso lo mismo —y tras una breve pausa continuó—. ¿Y para esto me llamas? ¿Sabes lo que digo? ¡Qué cabrón que eres!

Cuando colgué lo primero que hice fue abrir el archivo del diario para buscar el día donde mejor cuadrase: "Felipe debe de ser buen jugador de póker porque en la mirada no se le adivinan las cartas que tiene", me vino bien el jueves 3 de diciembre. Y continué con el prólogo:

Los socialistas nunca antes de 1982 habíamos tenido un dios. En casi cien años de historia todo lo más que tuvimos fue un santo, Pablo Iglesias. Pero a Felipe González lo convertimos en un dios.

Ahora me llega otra nota, esta, directamente de José Bono, una rectificación al resumen inicial del 92. Se lo envié junto a las hojas del diario pertenecientes a ese año que tenía ya redactadas, el archivo que le envié a Ramón y que me dijo que ya se lo había hecho llegar, ahora me remitía una rectificación, un añadido, no podía salir de mi asombro. Yo ya había encabezado el párrafo: "González nos proporcionó a los socialistas una de las escasas noticias positivas que nos deparó el 1992 al anunciar que repetiría como candidato a las siguientes elecciones generales...", pero no le debió parecer suficiente, había que añadir:

Los socialistas recibimos con alborozo la noticia de que Felipe González había deshojado la margarita y continuaba en primera línea, pronunció el esperado "podéis contar conmigo".

Continúo con el prólogo, lo tengo prácticamente terminado, tengo ante mí la nota que debe ser su párrafo final, me dijo que debía ir tal cual, sin cambiar coma:

Al cabo del tiempo, los reyes quedan desnudos ante la historia. Acaba sabiéndose todo sobre sus vidas, negocios, amores... Al final, nadie duda que los reyes sean humanos, muy humanos. Yo, desde luego, los prefiero frágiles a soberbios; arrepentidos a arrogantes; cercanos a estirados, y, sobre todo, humanos a divinos. Dicen que al escritor Juan Varela le apodaban el Divino, y uno de sus críticos comentaba: "Cómo va a ser divino si ni siquiera es humano". Nuestro rey es humano y así lo queremos.

José Bono, como se gusta llamar a sí mismo, cómo va a querer algo que se acerque a lo divino si para él lo divino está en Felipe: El Divino Felipe.

***

Este último párrafo me hizo pensar, recordé la conversación que en una ocasión mantuve con Enrique.

A Enrique le suelo decir que agarra tres cabos y les hace un nudo, porque se apunta a todas las teorías conspirativas; y él me responde: "Tú no le des al de adelante y verás cómo te da el de atrás".

Siempre que surge una nueva teoría conspiratoria se apunta a ella, yo no le hago mucho caso, le digo que los cabos no tienen por qué estar siempre anudados, entonces él me recuerda lo de su mujer. Se divorció de ella por unas gotas de pis, un pis encontrado a lado de la taza del váter de su casa.

—Me dio la pista, porque cuando yo salí de casa no estaban esas gotas y cuando regresé, ahí estaban, ¿qué otra cosa podía ser?

Se divorció, pero antes se preocupó de atar los cabos. Primer cabo, las gotas de pis. El segundo cabo, se preocupó de llevarlas a un laboratorio con el que trabajaba el periódico en el que en aquel entonces colaboraba, no pertenecía ni a él ni a ninguno de la casa. Y el tercer cabo, fue descartando a unos y a otros, todos amigos, y al final dio con el propietario del pis, el que ahora es el compañero de su ex.

—Tres cabos y resolví el problema.

Lo del pis, suerte, o mala suerte, según se mire. Aunque lo del pis fue sonado, de entonces viene mi manía de mear sentado cuando voy a cualquier casa, vaya a lo que vaya, que se ha convertido en costumbre o en obsesión. Y como fue sonado, todos sus amigos compartimos la misma obsesión.

Hasta ahí bien, o mal, según se mire, pero es que el argumento de su divorcio le sirve para apuntarse a todas las teorías conspirativas, la más concurrida el viaje a la Luna, habría que fundar un club de escépticos.

—No hemos estado en la luna —habla como los hinchas de fútbol: "Hemos ganao"

—¿Te ato los tres cabos?

—Empieza —Me gusta oírle esta historia.

—Primero, todos los cohetes del proyecto Apolo son muy parecidos y unos solo orbitaron la Luna y otros alunizaron. Segundo cabo, ¿dónde colocas tú, en la nave que se posó en la Luna, el propulsor para posarse y despegar de la Luna y el depósito del combustible necesario para posarse y para escapar de la gravedad de la Luna?, por pequeña que sea esa gravedad. Y tercero, al día de hoy, con la tecnología de hoy, sería complicado llevar a dos astronautas a la Luna y hacerlos volver, mucho más difícil entonces.

—Ese es un argumento valorativo que no puedes demostrar —le digo.

—Bueno, pues que te valga el tiempo de demora de las conversaciones entre la Tierra y la Luna.

También me explica que el escenario es digno de una película de Almodóvar.

En una ocasión me vino diciendo que en el 23F estuvo implicado el Rey. Algo que yo ya sabía o sospechaba, porque Milán del Bosch y Armada eran monárquicos convencidos que les venía de familia y jamás se habrían levantado en contra del Rey; los militares monárquicos de la generación de Milán del Bosch y Armada, nunca habrían conspirado contra su Rey, digo yo. Pero él va más allá, desde que le escribió un libro a un periodista, que ya les vale, pero los hay, los hay que nos hacen encargos.

Uno me lo dijo claramente: "Escribir un libro te lleva seis o siete meses —estos libros se escriben rápido,— tú me cobras tanto y yo en esos meses gano tanto, si me dedico al libro pierdo dinero —como si se tratase de encargar una estantería. Y terminó rematando: "Además, yo escribo poco, casi todo me lo dan ya escrito", era de la Radio.

¿Por qué un periodista nos encarga un libro? La mayoría de los caso por vanidad, pero en casos por estrategia, como en uno de mis encargos: "Escribo el libro, lo promociono, aparezco en los medios de comunicación y recupero posiciones, que me tienen arrinconado". Y dicen "escribo un libro", asumen que son ellos los autores del libro, porque para ellos lo importante del libro son las notas que te pasan, lo nuestro es puro trabajo mecánico. No, siempre es un trabajo de ficción, en la mayoría de los casos las notas ya son pura ficción, y nuestro trabajo, en ocasiones, es un trabajo de ficción más elaborado que muchas novelas.

Bueno, pues Enrique desde que negreó con aquel libro va más allá de las meras sospechas de que el Rey estuviera implicado. Ata cabos, también por lo escuchado, y su teoría es que existieron dos golpes, el del 23F y el del 24F, que los del 24F conocían la trama del 23F, que estamos hablando de periodistas y políticos, los del 24F dejaron hacer a los del 23F, que así le ataron los machos a Juan Carlos y se constituyeron en un poder en la sombra. Y termina: "Lo de Naranjito hay que leerlo en clave de comedia, de comedia y de soberbia"

Podría creerle, pero es que se apunta a todas, para él los constructores de las pirámides fueron los mismos que los constructores de las catedrales, que las unas mantienen las mismas claves cabalísticas que las otras y eso solo puede deberse a que son producto de los mismos constructores. Alucina, ¿que viven más de tres mil años?

Se levantó de la cama como movida por un resorte y se fue a la cocina. Desde allí, sin necesidad de gritar se hizo oír:

—No pudiste aguantar ni veinticuatro horas de duelo.

Dudé entre quedarme en la cama o seguirla hasta la cocina, como sabía que la cosa no pararía ahí, me presente en la cocina, había sacado un huevo de la nevera y comenzó a batirlo.

—¿Qué estás haciendo?

—Me hago una tortilla, creo que está claro.

—Ah, sí, claro, bueno. ¿Siempre que se te contraría te tienes que poner a cocinar?

—¿Contrariarme? Has estado todo el día guardándome lo de esta mañana.

—Bueno, sí, tienes razón; pero tampoco es para ponerse así.

—¿Te pregunto yo como follo?

—Follas bien.

—Pero sin estridencias, ¿no? Vosotros podéis follar bien o mal, y nosotras nos tumbamos y permanecemos atentas para poneros nota.

—No hables en plural.

—Es que todos os parecéis. En todo, hasta en la forma de follar: ¡sin estridencias!

—Deja ya de darle al tenedor, luego nunca te lo comes. Vamos, es que ni terminas de cocinarlo.

—Como tú en la cama.

—Joder, me voy por no oír más.

—Hasta las discusiones las dejas a medias. Nunca quieres oír lo que no te interesa.

—Por no oír más el tenedor, porque contigo no hay modo de discutir en otro sitio que no sea en la cocina.

Me di la vuelta para marcharme, ya había recorrido medio estudio cuando noté un golpe en la espalda y el ruido del tenedor al caer al suelo.

—¡Me lo has podido clavar! —Traté de tocarme la espalda con la mano, al pasarla pude sentir algún dolor —. Hasta me has debido hacer sangre —corrí a mirarme a un espejo, en él pude apreciar unos arañazos—. Míralo, me has hecho sangre.

—Eso fue de esta mañana, tonto el culo.

—¿Sí? Entonces…...

—Ni se te ocurra decir lo que pienso que vas a decir.

No acabó ahí la cosa, porque aunque las discusiones con ella siempre empiecen en la cocina, terminan por recorrer toda la casa. Aquella noche, después de echárnoslo todo a la cara, acabamos en la cama, pero no para reconciliarnos, que en eso ella sí guarda duelo. En estas ocasiones me dice que no le gustan los polvos compulsivos.

Esa escusa la ha aprendido de mí, en una ocasión en la que intentaban venderme un viaje en crucero. Era un vendedor pertinaz; no se le puede decir no a un vendedor pertinaz, tiene respuestas para todo y corres el riesgo de quedarte con la compra; así es que ante la contumacia de ciertos vendedores siempre hago lo mismo, les digo a todo que sí, que es muy interesante lo que me ofrecen, hasta que al final les hago ver que me han convencido, pero que no lo voy a comprar o contratar, que me lo tengo que pensar, que casi seguro que sí, pero que me lo tengo que pensar, que nunca realizo una compra compulsiva. Pienso que esa es la mejor manera de sortear la tenacidad de ciertos vendedores.

Elvira nunca me ha gratificado con una reconciliación. Antes y ahora, mi comportamiento en estos casos es el mismo que el de un vendedor contumaz, aunque antes la contumacia era leonina, ahora simplemente me dice que no hecha polvos compulsivos. Vamos, que se ríe de mí. En esta ocasión tampoco hubo polvos compulsivos.

***

La tertulia la iniciamos en los noctámbulos, allí iniciamos la noche Enrique y yo. Es un local de copas, un bar reconvertido en local de copas, situado en la frontera de un barrio salpicado por estos locales, un local atípico al borde del abismo, lo que para nosotros es el abismo, el más allá del barrio.

Después de pasar por varios pisos llegué al centro de la ciudad, a este barrio y por las noches a ese bar. Lo alquilé por su situación, en el epicentro del barrio, centrado en la manzana que es el centro del barrio, en su calle más estrecha, frecuentada y caótica; la calle más ocupada por estos garitos, en la finca del local de copas más estrecho, más frecuentado y más caótico; un piso pequeño, oscuro y desproporcionado, de pasillos estrechos y estancias amplias; un primer piso sobre el local más ruidoso del barrio, no tendría escusa para quedarme en él llegada la noche.

Enrique y yo habíamos escogido los noctámbulos como lugar de encuentro porque en poco se diferenciaba su clientela de entresemana a la de los viernes y sábados, algunos despistados que abrían su puerta, escudriñaban en su interior y que en la mayoría de las veces ni siquiera llegaban a sobrepasarla nos indicaba que estábamos en fin de semana, la mayoría éramos clientes fijos.

También es allí donde acabamos la noche. Los noctámbulos, que no es ese su rótulo, es el último en cerrar, es por eso por lo que lo conocemos como los noctámbulos, porque a él venimos a recalar los noctámbulos, los que nos resistimos a que acabe la noche, lo peor del barrio.

La Pelouse, ese es el nombre de los noctámbulos, es un antiguo bar reconvertido en local de copas, sin apenas modificaciones, nada que pueda parecerse a una reforma, únicamente algunos añadidos: unos posters de Formula I, una bandera de Asturias y lo que pudiera ser un alerón de un monoplaza, al que vi cambiar de color en varias ocasiones, colgado del techo. La columna de cerveza, la de toda la vida, de acero inoxidable; la cafetera, nueva, comprada a plazos; por fondo, tras la barra, una estantería baja, con todo tipo de vasos agrupados en sus baldas; y sobre ella, vasares en los que algún día reposaron botellas de vermuts y vinos, ahora, ocupados por licores y espirituosas. Pocos cambios, pero que se hicieron necesarios a juicio de su propietario cuando el barrio se convirtió en atracción de copeo. La fachada, de aluminio anodizado, misma que cuando se inauguró.

Enrique y yo solemos ocupar una mesa en el rincón más profundo del local, una mesa de formica con sillas de tubo y su asiento y respaldo también de formica. Soy yo el que suelo llegar en primer lugar, Enrique no se retrasa, nos tenemos tomada la hora. Llega, no termina de sentarse cuando me da el saludo: "Menuda tertulia hacemos", a lo que le respondo: "Tertulia de dos". La costumbre viene de lejos, cuando un camarero asistiendo a una de nuestras discusiones nos sentenció: "Menuda tertulia hacéis", hasta que se despidió para establecerse por su cuenta, cuando nos encendíamos en alguna discusión nos repetía: "Menuda tertulia hacéis". Y así, cuando se despidió, fue Enrique el que lo institucionalizó como saludo, en su recuerdo, que nos dejó un grato recuerdo aquel camarero, por su humor y sus salidas de tono, por su cordialidad y su descaro. Desde entonces Enrique y yo no hacemos la noche, hacemos la tertulia.

Es allí donde empezamos la tertulia; luego, si están los ánimos, recorremos el barrio de local en local, en ocasiones de punta a punta, hasta pisar sus lindes, pero nunca yendo más allá. En ocasiones la conversación hace que pasemos un local y otro sin siquiera verlos, hasta llegar a la linde; inadvertidamente atravesada, paramos como si algo ajeno a nosotros nos obligase a parar, seguimos con la conversación, hasta que advertimos que estamos en el borde del abismo, más allá de los límites de nuestro territorio, en territorio prohibido; y como si el que tenemos en frente fuese el reino de la oscuridad, damos media vuelta y, reanudando la conversación, retornamos a nuestros dominios, allí donde sentimos la seguridad de lo conocido. Rara vez abandonamos el barrio y si la noche es desagradable o está tonta, ni siquiera salimos de los noctámbulos. Cuando falta alguno, el otro hace la tertulia en solitario.

***

—...Hace un tiempo que no eres el mismo. Elvira te ha cambiado.

Eso me dijo Enrique. La conversación había derivado a temas de la editorial. Rara vez tocamos temas relacionados con el trabajo, pero como las noches son muchas horas, tarde o temprano caemos en ellos. Le pregunté por su editor, a él también le habían cambiado de editor.

—No se sabe —le había preguntado si al menos era inteligente.

—Entonces lo será, al menos no será tonto, porque a los tontos se les nota en la cara.

—Habla poco.

—Es discreto, signo de inteligencia.

—Y cuando habla, sobre escrito. No termino de sentarme y ya está rebuscando en los cajones, hasta que saca un guión.

—¿Un guión?

—Sí, sobre los temas que tiene pendiente conmigo. Todo lo tiene apuntado y me va leyendo punto por punto lo que tiene escrito.

—Segundo cabo: lee.

—Ya puedo decirle lo que le diga que no se sale del guión.

—Ya tienes el tercer cabo: no deja que te vayas por los cerros de Úbeda.

Inteligente y bien preparado. Zanjado el tema de su editor le comenté de Ramón y le transmití mi desconcierto, porque siempre habíamos tenido el mismo editor desde que empezamos a colaborar con la editorial, ¿por qué ahora nos cambiaban de editor y por qué nos lo cambiaban a los dos?

—Estás espeso. ¡Coño!, porque les teníamos tomada la medida.

—¿Y es que no salían los trabajos?

—Sí, pero a los de la moqueta les jodía.

—Pues nos han jodido, porque el tuyo te ata de corto y el mío, me parece que es él el que me está tomando la medida a mí.

—Porque saben de nosotros más que nosotros mismos, les habrán llamado a capítulo y les habrán dado una radiografía nuestra comentada. Dales tiempo.

—¿Sabes lo que me dijo Ramón el otro día?

—¿Estaba tranquilo o ya le habías encabronado?

—Me dijo que estábamos condenados a llevarnos bien.

—Porque conoce tu relación con Andrés, conoce vuestros comienzos y como al final habéis llegado a ser amigos, porque tú y Andrés os lleváis cojonudamente, eso es lo que más ha hecho para que nos cambiasen de editores.

—No, va más allá, dice que objetivamente estamos condenados a llevarnos bien.

Le conté la entrevista que el otro día mantuve con él, fue en su despacho, comencé tocándole los cojones, como en otras ocasiones, tocándole su abeja Maya. El móvil es un muñequillo de la abeja Malla suspendido en un muelle que descansa anclado en una base de madera o plástico imitando madera, que no me he fijado bien, y es un sacapuntas. Das un golpecito al muñequillo y ya no para de moverse, como si estuviese revoloteando alrededor de una flor. Le di el toquecillo. Miró a la abeja y me miró a mí, y no pudo contenerse:

—Te equivocas —me dijo—. Tú y yo estamos condenados a llevarnos bien. Objetivamente estamos condenados a llevarnos bien.

—No te hagas ilusiones —Se lo dije con desgana, al tiempo que le daba otro toque a la abela Maya.

Y continuó con su currículo: "Yo no vengo del mundo editorial. Yo soy más de películas que de libros, más de ir al cine y después ir a cenar con los amigos. Ni a ti te gusta tu trabajo ni a mí el mío, al menos yo no le tengo un especial aprecio. Vengo del sector del juguete, trabajaba en una empresa juguetera, los juguetes eran para mí productos que había que vender. Y se me daba bien, mis juguetes se vendían bien. Ahora estoy en una editorial, una fábrica de libros, y para mí un libro es un producto que hay que vender, no mantengo ningún lazo sentimental con los libros. A mí los libros me son indiferentes y a ti te repatea tu trabajo, los dos estamos para ganarnos el jornal".

—¡Coño!, ¿y no tiene razón?

—Sí, pero me jode que haya sido él quien lo dijese, eso se lo tenía que haber dicho yo.

—Llevas un tiempo que te fallan los reflejos.

—¿Te imaginas? Treinta años menos que nosotros y el cinismo que gasta.

—Treinta años menos que tú, que yo soy más joven que tú.

—Estaba redondeando.

—¡Coño!, qué manera de redondear, me sacas quince años.

Insistió en que estaba cambiado, que faltaba mucho y que había perdido parte de mi sarcasmo y mi mala leche. Todo lo achacaba a Elvira y a mi relación con Elvira. Me dijo que tendría que plantearme mi actual calidad de asiduo de los noctámbulos.

—No tiene nada que ver Elvira, ella tiene su vida y yo la mía. Elvira ahora está en un acto promocional de su colección.

—¿A estas horas?

—De libreros. Ayer estuvo en un encuentro sobre literatura, antes de ayer tuvo una cena con la que le está ilustrando los cuentos,... No, no es eso, Elvira hace su vida y yo la mía.

***

Aquella mañana había tenido una de esas conversaciones con José Bono, siempre salgo mal de esas conversaciones, porque he vivido los noventa en este país y todavía me acuerdo, y le oigo lo que son sus recuerdos de esos años, o lo que quiere recordar de esos años, y sus preocupaciones, los votos, el número de votos que se pueden ganar o perder, la incidencia que la corrupción podrían tener en su partido en las siguiente elecciones,... no me resulta cómodo.

Estoy acostumbrado a ese tipo de reuniones, con los que firman mis libros, y me lo tomo con filosofía, ninguno se siente aludido por mi sarcasmo: "Usted habrá vivido en primera persona los más importantes acontecimientos de nuestra historia reciente"; "Usted seguro que vale más por lo que calla que por lo que dice"; "Usted habrá influido en decisiones que habrán cambiado la historia del país". O en según qué personajes: "Un recorrido por su filmografía es como un recorrido por la historia reciente"; "Qué ironía y qué sarcasmo se desprende de sus trabajos"; "Usted, el más grande, la más grande de su época". Siempre les trato de usted y aunque expresiones como estas, y aún otras más descaradas, puedan parecer exageraciones que dejan al descubierto su tono irónico, mi experiencia me ha enseñado que cuanto más exagero, menos perciben el sarcasmo; también, mejor les caigo, me pasan más deslices y dispongo de más libertad para dar forma a sus memorias; más libertad para modificar e inventar, hasta para alterar fechas.

Pero en este caso, el trabajo se me está atragantando, y no será porque no esté atravesando líneas rojas. Enrique siempre dice que hay que evitar traspasar la línea roja tras la cual el "personaje", para él todos son personajes de una comedia, pudiera descubrir nuestro sarcasmo; dice que él sobrepasó en una ocasión esa línea y resultó muy embarazoso. He traspasado todas las líneas rojas que haya podido imaginar con José Bono, pero no se entera. Quizá este juego ya sobradamente desmedido, el enfrentarme a situaciones que alcanzan el surrealismo, también contribuye a aumentar mi malestar con este encargo.

Decidí enfilar la calle más larga de la ciudad, ponerme a pasearla y no parar hasta acabar con ella o con los zapatos. No llegué a su final, un punto en la rodilla me obligó a desistir. Entré en un bar y allí me recuperé de la caminata. Cuando me repuse, la última cerveza la tomé en la barra, junto a un grupo de clientes de conversación fácil, me uní a ellos.

En el grupo había un taxista, no lo supe hasta que nos despedimos, se deshizo el grupo y fuimos saliendo del establecimiento; entonces, alguien a mis espaldas me preguntó a dónde iba, era uno de los del grupo, le dije que al centro y se prestó a acercarme. Cuando se montó en un taxi fue cuando supe que era taxista.

—No, cómo me vas has llevar, es tu trabajo. Me llevas, pero me cobras la carrera que este es tu trabajo.

—Tonterías, te he dicho que te llevaba.

Ya estaba sentado en el asiento delantero. —Bueno, pues deja el piloto y si cargas me bajo.

—No, no está permitido. Además, no cargaría a nadie -puso el cartel de "OCUPADO" y emprendimos la marcha.

Me habló del sector, de lo mal que está el sector del taxi. —¿Te imaginas que tuvieses que pasarte diez horas buscando aparcamiento? Ese es hoy en día nuestro trabajo. Tú cuando vas conduciendo te fijas si te sale un peatón, en los semáforos y poco más, para nosotros ahora todos los compañeros son semáforos y todos en verde. ¿Te imaginas? Vayas por donde vayas delante de ti siempre va un compañero vació, o dos. ¿Te imaginas? Y miras por detrás, por si puedes ir un poco más despacio, y otros dos, tienes que salirte. Tienes que pensar en qué cruce te sales para no meterte en una zona donde no vas a cargar, que ahora son todas, tienes que fijarte que no entre algún compañero, Bueno, te sales, zas, otros dos pilotos verdes delante y otros dos pilotos verdes detrás. No hay manera, y yo llevo muchos años en el taxi, que me muevo, pero ahora, moverse es perder dinero.

Estuvimos hablando de otras cosas, de temas que ya habíamos tratado en el bar, pero inevitablemente se volvía al tema de su profesión, un semáforo le bastaba para volver al tema: "Cabrón, tú también estás en verde". A cuenta de la profesión salió una anécdota de su pueblo.

—Mira como somos los taxistas, que parecemos gatos. Tenemos una casa en el pueblo mi mujer y yo, que al paso que vamos, vamos a tener que irnos allí. No sé cómo lo estarán pasando otros, pero yo, con una profesión, con un coche y una licencia que valen un dinero, no sé cuánto tiempo podré aguantar. A los hijos ya los tengo criaos, y colocados, pero, ¿hasta cuándo? El día menos pensado se quedan en el paro, veremos entonces.

Continuó hablando de la familia, de los hijos, sobre todo de los hijos, de donde trabajaban y de lo precario que tenían sus puesto de trabajo; se notaba que esa era su primera preocupación: "Y cuando llegue el día, ¿cómo les ayudo yo tal y como está el sector?" Al final retomó la anécdota del pueblo.

—Somos como gatos, te cuento. Antes, cargábamos, hacíamos una buena carrera y los días siguientes volvíamos al mismo sitio y a la misma hora, y funcionaba, muchas veces funcionaba. No te extrañes, si vas al aeropuerto sabes lo que hay, si vas a la parada de los hoteles sabes lo que hay, pero si haces un polígono o un parque empresarial no sabes lo que hay, puede ser una empresa de telefonistas con trescientas telefonistas que les pagan una miseria y no vas a cargar nunca, o una empresa de informática con cincuenta empleados y vas a cargar. Nunca se sabe dónde puede haber un buen sitio para cargar. Los hoteles y las estaciones los conocemos todos, pero si das con un buen sitio, estás cargando bien tres o cuatro meses. Eso era antes, ahora ya no hay buenos sitios.

Pensé que otra vez se había desviado de la anécdota cuando continuó:

—Ahora viene lo del gato, la gata que era gata, más lista que el hambre. En los pueblos hay muchos gatos que viven casi casi de lo que encuentran, y viven bien. Mira que era lista esta. Un día le dio a mi mujer por poner un filete en la ventana, para que se terminara de descongelar al sol, cuando se quiso dar cuenta, la puñetera gata se había llevado el filete, mi mujer detrás de ella, ¡vete tú a cogerla!, y para qué, el mal ya estaba hecho. Bueno, pues a partir de entonces, todos los días a la misma hora, la gata sentada frente a la ventana. Bueno, pues los taxistas igual, y ahora igual que la gata, que ya no se volvió a llevar otro filete. Se lo dije a mi mujer: "Mírala, igualito que yo, igualito que nosotros". Y qué vas a hacer, si allá por donde vayas todos vamos de vacío.

No podía pagarle, no había bajado la bandera, tampoco quería despedirme así, le propuse tomar otra cerveza, aceptó. Malaparcó el taxi y entramos en el primer bar que encontramos. Me centro en la historia que me contó sobre cómo empezó en el taxi, hasta el momento actual, que dice, va a ser su ruina:

—Yo empecé trabajando la noche, como conductor, con el taxi de otro, él lo trabajaba por el día y yo por la noche. He sido un pinta, eran otros tiempos yo era joven y en aquel entonces el taxi era una jungla, todos nos pisábamos a todos. Yo iba con la bandera bajada y cuando veía a alguien que estaba esperando taxi y me interesaba, subía la bandera y cargaba, si no, pasaba de largo. En la noche antes había que hacer eso, íbamos sin protección. Acelerar para adelantar al compañero de delante y cargar, motones de veces, lo he hecho y me lo han hecho, tú no le des al de adelante y verás cómo te da el de atrás. Y medio esconder el taxi en Atocha y entrar a por los clientes... eso muchas veces; era una jungla y sobrevivíamos en ella como podíamos y con lo que saqué trabajando la noche como conductor y con dinero que me dejó la familia y la familia de mi mujer pude hacerme con la licencia, con ella he sacado adelante a la familia. Ahora que el sector ya no es lo que era, que ya es más raro que unos nos pisemos a los otros, después de años en los que se ha trabajado bien, que he sacado a mi familia adelante, a mi edad, estoy atrapado en el taxi.

Le pregunté si ahora trabajaba la noche. —Sí, de vez en cuando, por intentar completar el jornal, tampoco es lo que era. Cuando empecé se pasaba miedo pero se ganaba dinero, hasta por temporadas tenía clientes fijos que casi casi justificaban la noche. Ahora pasas igualmente miedo, porque nunca sabes a quién has cargado,no sabes a quien llevas detrás de ti. Por muchas protecciones que lleves, al final siempre hay un momento que te ves vendido. Pasan pocas cosas, pero no sabes si te va a pasar a ti. Ahora pasas miedo y no sacas nada, se lo lleva el gasoil.

Nos despedimos, los dos sabíamos que difícilmente volveríamos a coincidir; pero, lo mismo él que yo, nos despedimos con la familiaridad de aquellos que se van a encontrar de nuevo pasados unos días.

***

La noche pasada el que falló fue Enrique, La Pelouse estaba prácticamente vacía y no había motivo para pasar allí más de cinco minutos, decidí hace la ronda en busca de un poco de conversación.

Fui directamente a La Farmacia. Todos los barrios de copas tiene un local que se llama La Farmacia; este era auténticamente una farmacia, el negocio anterior fue el de una farmacia, y conservaba gran parte el su mobiliario anterior; así es que las antiguas estanterías de madera de lo que fue una farmacia estaban ahora ocupadas por botellas de rones, vodkas, whiskys, todo lo que la clientela demandaba; también, era de los pocos locales en los que se podía pedir una absenta. El antiguo mostrador lo habían trasformado en barra, un trabajo difícil que pienso lo resolvieron con gusto, raro hoy en día. La parte superior de las estanterías parecía no haber cambiado, sobre esos estantes reposan albarelos, no los que en un tiempo pudieran haber ocupado aquellos basares, aquellos debió de llevárselos el farmacéutico, quien conoció el local como farmacia me dijo que sí, que allí estaban unos muy parecidos a los actuales; los actuales tarros son réplicas de aquellos antiguos que existían en todas las farmacias, también estos, una alfarería con gusto. Todo contribuía a que el local fuese agradable, a diferencia de otras "farmacias" de otros barrios de copas que destacan por su ordinariez y mal gusto. Allí se podía pasar un buen rato y era raro no encontrar a alguien con quien conversar.

Le pregunté a Jorge, el camarero de La Farmacia, por la cuarentona, en aquellos momentos no recordaba su nombre, me dijo que fue la primera vez que la veía y que no la ha vuelto a ver por allí, pero que de vez en cuando sí suelen venir aquellos que la acompañaban. Le pedí una absenta.

***

Ramón dice que soy el negro que más visita la editorial, y debe de ser cierto porque en pocos días ya van dos veces, todo por mi creatividad. Estas dos visitas han sido las dos por lo mismo: frases, párrafos que se apartan de las notas, un intento mío de hacerme notar. Normalmente esto no suele ser un problema, pero en este encargo todo debe ir con arreglo a las notas, como me dijo José Bono, sin cambiar coma. Como no estoy acostumbrado a seguir el guión al pie de la letra, ya me lo han devuelto en dos ocasiones en una semana y, claro, hay que hacer acto de presencia frente al editor, mayormente porque el editor se cubre las espaldas frente a la editorial, para que los hombres de negro vean que se gana el sueldo que le pagan.

Lo cierto es que los editores acaban por entrar en complicidad con nosotros, yo se lo estoy poniendo difícil a Ramón. Cuando me llamó hace unos días y me presenté en el despacho, la abeja Maya ya no estaba en su sitio. Ramón estaba pendiente de mi reacción, no pude evitar un gesto de sorpresa y cuando lo miré, como preguntándole qué había sido de la abeja Maya, lo encontré esbozando una sonrisa maliciosa. Pude ver que la abeja Maya estaba tras él, en uno de los estantes de la librería que se halla apoyada en la pared tras de su mesa, descentrada dejando espacio en su centro para una foto de tamaño poster de los almacenes de la empresa: abarrotados de libros. La primera vez que la vi cuando sustituyó a otra de un paisaje marino, me pregunté a mí mismo cuántos de aquellos ejemplares llevarían mi firma, eran los tiempos en los que Andrés, mi anterior editor, ocupaba ese mismo despacho; ahora le han dado otro más grande, seguro que para compensarle por haberme aguantado durante años. Ahora lo ocupaba Ramón, que únicamente ha cambiado los objetos que se ven sobre la mesa a excepción de los ordenadores que son los mismos que ya utilizara Andrés. Estaba delante de mí como diciendo: ¿Y ahora como me vas a tocar los güevos? Todo quedó ahí, al despedirnos gastó una amabilidad artificiosa llena de malicia. Uno a cero.

Así es que hoy que he vuelto a visitarlo, también por mi exceso de creatividad, no he terminado de sentarme cuando he sacado un móvil, no es de la abeja Maya porque no lo he encontrado, es un móvil parecido, pero de una jirafa, lo ha encajado bien, me he pasado toda la entrevista dándole toques uno tras otro conforme veía que se iba a parar, no ha cambiado ni la expresión de la cara ni el tono, ni siquiera lo ha mirado en ningún momento, como si no existiese, he notado como procuraba no apartar la mirada de mí, para así no pasar a mirar la jirafa. Me imagino que se habrá pasado todo el rato preguntándose qué haría con él una vez acabada la entrevista. Después de saludarle, con la misma cordialidad maliciosa suya del otro día, inmediatamente antes de salir, lo he agarrado y me lo he guardado en el bolsillo. Uno a uno. Pienso llevarlo a las siguientes entrevistas, a ver qué pasa.

***

Ayer hice enviar un ramo de rosas rojas a Adelina. "Tu secreto amor" era aún más comprometido que "tu amor platónico". Siempre las encargo en la misma floristería y no les comento nada, suele atenderme una muchacha con mucho desparpajo, y muy guapa, trata con mucha familiaridad a los clientes, tiene una sonrisa preciosa, estoy enamorado de su sonrisa. Desde el primer día me he mostrado distante, casi enigmático, en ningún momento me he desprendido de ese hermetismo, sé que le resulta incómodo atenderme, porque no sabe cómo calificarme, no sabe qué actitud adoptar frente a mí. En ocasiones me tomo mi tiempo, bien para pagarle bien para recoger las vueltas, o en la redacción de la dedicatoria; noto su incomodidad, noto cómo no sabe bien qué postura adoptar, la observo como mantiene los brazos caídos y de repente como coloca las manos sobre el mostrado para a continuación ponerlas detrás suyo y nuevamente dejarlas caídas a sus lados; tampoco sabe muy bien si prestarme demasiada atención o qué actitud adoptar mientras redacto la nota o recojo las vueltas. Aunque mi trato nunca es descortés, me gusta mantenerla en ese desconcierto, supe desde la primera vez que pisé la floristería que llegarían a saber quién era la destinataria de las flores, una ancianita con los ochenta años pasados, sabía que eso la desconcertaría y pensé que sería buena idea alimentar ese desconcierto. Debe respirar con alivio cuando salgo del establecimiento; pero soy un buen cliente, mi trato es cordial y ese enigmático personaje que me he inventado para ella puede que la saque por unos momentos de la monotonía de la floristería aquel día que me decido a enviar rosas a Adelina.

Cuando me desperté recordé que era el día de después. Había café en la cafetera, solo tuve que calentarlo. Observé a Elvira desde la cocina, estaba frente al ordenador absorta, no sé qué mirará tanto de la puñetera pantalla, se pasa la mayor parte del tiempo mirando la puta pantalla para al final, escribir cuatro líneas.

Me gusta observarla sin que ella lo advierta, esperar sus movimientos; me atrae su actitud pensativa, sus movimientos en esos momentos de concentración. Esos son sus verdaderos movimientos, son ella porque no los controla su mente, ese movimiento de sus brazos o esos cambios de postura son ella más allá de su voluntad. Entre todos, espero ese movimiento muy suyo estirándose, apoyándose con fuerza contra el respaldo de la silla al tiempo que lanza sus brazos colocándolos casi en cruz, pareciendo que quisiera alcanzar las paredes, sin dejar de mirar la pantalla en ningún momento.

Tomo el café y me olvido de Elvira, la dejo trabajando en sus cuentos, me despido de ella con un beso, procuro no hacer mucho ruido con la puerta al salir. Bajo las escaleras hasta llegar casi al portal cuando retrocedo para subir al segundo, Adelaida vive en el segundo exterior, justo sobre el nuestro. Pongo el oído en la puerta para saber si está Adelina o ha salido. No oigo nada, está en la calle, a estas horas haciendo la compra, la poca compra que le sirve para alimentar un cuerpo tan flaco y diminuto, también la poca compra que podría trasportar un cuerpo tan flaco y diminuto como el de ella.

Adelina es la viuda eterna, es de esas personas que las conoces como viuda y ancianita y no puedes imaginártela de otro modo, como si fuese imposible que no hubiese nacido ya viuda y ancianita. Cuando subo para pedirle cualquier cosa que nos pueda faltar (siempre tiene de todo, nunca le falta nada) me pregunto cómo con esa bolsa con la que vuelve de la compra, que nunca va llena, puede proveerse de todo. Cuando subo a pedirle algo siempre me quedo en la puerta, esperando que me traiga lo que le he pedido, y siempre quedo con la curiosidad por el retrato colgado en su salón y que a medio se deja entrever, es su retrato y el de su marido, es uno de esos retratos en los que la pareja aparece casi en primer plano uno al lado del otro, muy retocado, muy del gusto de entonces, sería la prueba de que no nació viuda y ancianita, pero Adelina nunca pasa de dejar entreabierta la puerta; más, antes de dirigirse a la cocina a por lo pedido, con un gesto evidente que marca una frontera, cierra un poco más la puerta; no se sentiría cómoda si tuviera el atrevimiento de traspasar el umbral de su casa, el atrevimiento de vulnerar su intimidad.

Estoy ya en el portal decidido a pasarme en él un rato hasta que vuelva de la compra, siempre me gusta ese día de después, observar su expresión al verme, pero pasado un tiempo, en vista de que no viene, me voy a la cafetería, a la que solemos ir a desayunar Elvira y yo, voy a redesayunar, es la una y media de la tarde y voy dispuesto a pedir un café con chorros.

***

A mi casa le falta un balcón, siempre le ha faltado un balcón. Eso me intrigó durante algún tiempo, incluso me llegó a obsesionar.

Está ubicada en un inmueble de cuatro alturas, con dos apartamentos por piso; el interior, con todas sus ventanas dando a patios de luces, y el exterior con cuatro balcones que dan a la calle. El mío es el primero exterior, debería tener esos cuatro balcones que ahora que he salido de la cafetería de redesayunar mi café con churros, enfrentado a su fachada, estoy viendo, pero en su interior solo encuentro tres.

La parte baja del inmueble la ocupan una pastelería y el local más ruidos del barrio, más ruidoso, estrecho y oscuro que el Treinta y Tres Revoluciones, también más concurrido.

La pastelería fue la primera sorpresa agradable que me dio el barrio cuando vine a instalarme, de su obrador salen merengues, la única pastelería de la ciudad en la que se pueden comprar merengue. Y es que de niño comí pocos merengues, era otra época, no era época de abundancia, en casa pasamos estrecheces y se compraban pocos merengues. Pero también es que en aquella época que ahora me parece perdida en el tiempo, todo tenía sus fechas, esperábamos todo el año la llegada de los juguetes, la llegada de la navidad, porque solo era en la navidad cuando veíamos crecer nuestro inventario de juguetes; esperábamos que llegase el cuarenta de mayo para ir en manga corta, hasta esa fecha o parecida había que asarse bajo el jersey para evitar constiparse. El cuarenta de mayo nos desprendíamos de los jerséis y a los dieciséis años de los pantalones cortos, y solo en fechas señaladas podíamos comer pasteles. En esas fechas yo esperaba merengues, mi confitura predilecta. Quizá allá sido porque de pequeño he comido pocos merengues que cuando me hice mayor siguió mi gusto por los merengues. Durante años me he pasado sin merengues, hasta que llegué al barrio y los descubrí de nuevo en el escaparate de esa pastelería, porque dejaron de elaborarse en la mayoría de las pastelerías y ahora solo los encuentro allí, en esa pastelería. Ha sido venir al barrio y volver a comer merengues.

—¿Qué coño te pasa con los merengues? —me pregunta Enrique.

—Que he comido pocos —le respondo.

Y es que el pastelero me ha amenazado con dejar de elaborarlos, al parecer soy de los pocos que conservamos el gusto por los merengues. Cuando estamos en la noche, ante la amenaza del pastelero, no pierdo la oportunidad de alabar los merengues en un intento de que no dejen de elaborarlos. En la noche es la única preocupación que no dejo aparcada, la preocupación por los merengues, y a todo aquel con quien me cruzo le recomiendo los merengues.

—¿Qué coño te pasa con los merengues? —vuelve a repetirme Enrique, y es que he vuelto a alabar las excelencias de los merengues, no se me olvida la amenaza del pastelero.

Mirando desde fuera en la fachada de mi casa pueden verse claramente los cuatro balcones, no cabe equivocación porque se pueden apreciar claramente los lindes de la finca, por las barandillas de esos balcones, por su hierro y por su forja; la fachada, en ocre, con un ocre algo más oscuro en sus sobresalientes también la diferencia de las colindantes. Asegurada contra incendios, como reza en el cartel, labrado en la propia fachada a un lado del portal. Pero en su interior solo encuentro tres balcones, la cuenta es clara, me falta un balcón.

El apartamento está reformado, en tiempos debió de contar con tres habitaciones, aunque cuando lo alquilé ya estaba reformado y entonces ya contaba con solo una. Entras del descansillo de la escalera directamente al pasillo, a un lado la cocina y el baño que dan al interior, a un patio de luces muy pequeño; el pasillo, estrecho y excesivo, una parte de él podría haberse eliminado, parte de la pared que da a la estancia principal, siendo muro de carga no se ha querido sustituir por una viga metálica o no se ha podido; otra parte da a ninguna parte, para darle alguna utilidad, parte se convirtió en un amplio armario empotrado que uso como pequeño trastero por no tirar las cosas que quedan en desuso. Queda la estancia principal y la habitación que dan al exterior, con dos balcones en la instancia principal y uno en la habitación, me falta un balcón.

Ahora que estoy observando la fachada y los cuatro balcones veo como Adelina vuelve de la compra, cargando con la bolsa. Conserva un andar grácil, siempre va abstraída en sus pensamientos; su despreocupación en su andar y la fragilidad de la ancianidad aún hacen más atractivo ese andar que nunca da la sensación de cansado, aunque se tome su tiempo para ir recorriendo los metros. Recuerdo que en su día le pregunté por cuántos balcones tenía su casa, al estar sobre la mía debería tener los mismos, me dijo que cuatro, eso me confirmó mi convicción de que me faltaba un balcón, también confirmó mi intuición de que la casa anteriormente contaba con tres habitaciones, porque la suya es de tres habitaciones, no ha sido reformada, me dijo, "desde que me vine a vivir a ella con mi Alberto, y esto hace ya muchos años, cuando pudimos pagarnos una casa como es debido, no se ha hecho ninguna reforma, y antes tampoco se hizo, solo pintar regularmente sus paredes, se conserva tal y como siempre ha sido. Bueno, quizá algún picaporte", igualmente me confirmó mi intuición de que mi casa en un tiempo era de tres habitaciones.

Como veo que se va acercando, con paso ligero me acerco al portal para encontrarme allí con ella.

Ya me ha visto, ha hecho como que siguiese con sus pensamientos. Cuando llega al portal la saludo y me ofrezco para subirle la bolsa, acepta. Subo la bolsa acompañándola en su lento subir de las escaleras, no le doy conversación y ella tampoco lo hace, ni siquiera nos cruzamos las miradas, el ruido del subir los escalones en ese silencio toma todo el protagonismo, llegando al último descansillo rompo ese silencio.

—Adelina, voy a adelantarme que vas muy lenta y tengo cosas que hacer, te dejo la bolsa en la puerta.

—Ve hijo, ve, que no quiero ser un estorbo.

Subo a zancadas el último tramo de la escalera y le dejo la bolsa apoyada en la puerta. Al bajar y cruzarnos me despido de ella con un simple "que tengas un buen día", ella me devuelve el "buen día" y continúo bajando la escalera para meterme en casa y ver si avanzo en el encargo.


***

Me encontraba ya delante de mi ordenador; frente a mí, Elvira seguía frente al suyo. Los dos compartimos la mesa que se encuentra en el centro de la estancia. Estancia, antes de que vinera Elvira a vivir conmigo no sabía cómo nombrarla; porque no es un comedor, aunque se coma en ella; ni es un cuarto de estar porque no tiene la calidez de un cuarto de estar; y aunque en uno de sus rincones era donde trabajaba en los encargos, tampoco podía considerarse el estudio. Cuando se traslado Elvira a vivir aquí tomó más carácter de estudio, ahora si se podría considerar que es un estudio; peculiar, porque sigue haciendo las veces de comedor, salón y cuarto de estar, pero ahora la mesa que antes era una mesa de comedor situada en un lateral, se encuentra en el centro de la estancia; Elvira y yo la movimos hasta allí y colocamos en ella nuestros ordenadores. Es una mesa de madera maciza con un tablero de nogal torneado por sus cantos y con alguna filigrana, sus patas también son torneadas, la compré en una almoneda a los pocos días de trasladarme a vivir aquí.

Cuando aquella mañana encontré a Elvira desayunando, antes pasé casi por encima de sus pertenencias: varias cajas, una con libros, un ordenador portátil en su bolsa y dos maletas, la noche anterior debí de decirle que se vinera a vivir, no lo recuerdo, mi vida era muy desordenada en aquella época, con Elvira parece que la voy ordenando un poco. Deshizo sus maletas, puso sus libros en la librería, colocó algunos objetos de adorno aquí y allá, colgó un pequeño cuadro en una de las paredes de la estancia y aún le quedó alguna caja por abrir. Movimos la mesa, ella colocó su ordenador en un lado y yo en otro, cada uno ocupamos uno de sus laterales; cuando nos sentamos a trabajar estamos muy cerca el uno del otro, aunque no hablamos cuando trabajamos, únicamente utilidades: "¿Terminamos y nos ponemos a comer? ¿Has tomado el tiempo de la olla? ¿Quién baja hoy a por el pan? Por supuesto ningún comentario sobre el trabajo, nada de preguntar cómo nos va y mucho menos preguntar: ¿te has quedado bloqueado? En cuanto a charlas, no debería darse ninguna, pero en ocasiones, parados los dos, uno enfrente del otro, sin saber muy bien cómo continuar con el trabajo, es inevitable que caigamos en la charla, que en ocasiones se prolonga durante el resto de la jornada, más allá de la hora que nos tenemos marcada para plegar, hora que siempre sobrepasamos, también cuando mantenemos esas charlas. Ella es más metódica que yo, no hay día que no se ponga frente al ordenador; yo, no soy tan constante y soy más desordenado en los horarios, pero me gusta coincidir con ella, quizá sea por eso que ahora mi vida es más ordenada.

Me gusta mirarla mientras está con su labor, pero aún me gusta más observarla cuando queda pensativa, cuando entretiene el tiempo con cualquier objeto, hoy, y ahora, está dando cuenta de una caja de bastoncitos, esos que se utilizan para los oídos, nosotros los utilizamos sobre todo para rematar la limpieza de la pantalla del ordenador y del teclado, esa es una manía mía que le he pegado a ella. Un día que no sabía cómo continuar con un encargo, tenía a mano unos de estos bastoncitos y me entretuve limpiando los bordes y las esquinas de la pantalla y el entreteclas del teclado, lo hice costumbre y Elvira ha adquirido la misma manía, siempre disponemos de una caja de bastoncitos sobre la mesa, ayer compré una de esas cajitas, que ya llevábamos tres o cuatro días sin bastoncitos. Quedó en su lado y ahora está dando cuenta de ella, jugueteando con ellos, se ha levantado, ha encontrado un tubo de pegamento y los va pegando, con torpeza que no es muy hábil, hasta formar figuras geométricas y aun otras inverosímiles. Unas se le caen y otras se le despegan, pero insiste, al final se va a hacer con una buena colección, no sé si se salvará alguno, veo que termina con la caja

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Tampoco me pasa desapercibido que ella también me mira cuando yo no la observo, me gusta que me mire casi tanto como mirarla yo a ella. En ocasiones durante un largo rato, me doy cuenta de ello, necesariamente ella debe de advertir también que la miro a hurtadillas, quisiera pensar que a ella también le agrada que furtivamente me quede mirándola, yo pienso que sí.

Y mi antigua mesa de trabajo, una pequeña mesa de trabajo, es ahora nuestra mesa de comedor, pequeñita y mirando a la pared, no nos queda otra que comer dándonos con los codos y colocando muchas cosas fuera de ella, en taburetes que por lo general solo están al alcance de uno de nosotros, nos pasamos la comida pidiéndonos cosas.

***

Elvira ha bajado a por el pan, acabo de oír como cierra la puerta. Miro en el pasillo para cerciorarme de que realmente haya salido. Momentos antes se ha pasado un buen rato tecleando, muy rápido, como si no quisiera que se le escapasen las ideas, ahora siento curiosidad, tan abstraída estaba con lo que llevaba escrito que ni siquiera ha cerrado el archivo, aun aparece en la pantalla. Miro y veo que es el cuento que empezó la semana pasada, por lo que puedo ver, lo lleva muy avanzado.

Elvira no quiere que le lea lo que escribe hasta que no esté acabado, nunca deja el archivo en pantalla, lo de hoy ha sido un descuido, la primera vez que tiene ese descuido, con eso es muy puntillosa, si me da por levantarme para estirar las piernas, si ve que me acerco al alcance de lo que va escribiendo, inmediatamente lo cierra, se pone a pensar y no lo abre hasta que estoy nuevamente sentado. Cuando lo tiene terminado sí, me lo da a leer. Con indiferencia le digo que lo deje por ahí, donde lo pueda ver, le doy la enhorabuena y le digo que ya lo leeré. Pasado un tiempo le digo que lo he leído pero no le comento nada sobre él, es una situación a la que no sé enfrentarme, porque a alguien que realiza un trabajo creativo, no simplemente se le tiene que decir que, en este caso, lo que ha escrito está bien, hay que decirme que es maravilloso, y sin ponerle ningún pero porque si le dices "es maravilloso, pero...", no va a oír que es maravilloso, se va a quedar con el "pero". No conozco demasiado a Elvira, pero en este caso, pienso que ella si afrontaría con naturalidad los "peros", ya lo hizo el día que la conocí; pero, y aquí está mi pero, lo que le he ido leyendo desde entonces me gusta y no podría ponerle peros; entonces ¿Qué hago?, ¿le digo directamente que es maravilloso? No sé cómo reaccionaría ni cómo se lo tomaría ni qué opinión se formaría de mí. También hay otro problema.

Recuerdo que de pequeño llegué a destacar por los dibujos que pintaba, era muy pequeño, recuerdo uno de esos dibujos, lo recuerdo porque los que lo veían se admiraban que siendo tan pequeño pudiese dibujar tan bien. Era un paisaje de un río y una casa, el Sol lo dibujaba en la esquina superior izquierda, el horizonte lo situaba a dos tercios sobre la parte inferior de la hoja, el río atravesando en diagonal, de arriba abajo y de izquierda a derecha esos dos tercios, empezaba arriba a la izquierda siendo un punto y las dos líneas se iban abriendo en ángulo hasta alcanzar la parte inferior sin llegar a alcanzar el borde derecho, buscando de algún modo representarlo en perspectiva, ahora sé que en perspectiva cónica. El dibujo lo completaba una casa con su tejado a dos aguas a la orilla del rio, en la parte derecha de la hoja y ocupando más o menos el tercio superior de los dos tercios inferiores, y sobresaliendo algo del horizonte. Recuerdo que llegó un momento en el que sobre el cielo y sus nubes llegué a dibujar aves, simples ángulos con sus lados curvados que daban la sensación de ser aves volando, lo debí copiar de alguien, porque eso es todo lo que evolucionó mi dibujo por años; y esto porque cuando alguien lo veía me decía lo bien que dibujaba. Hasta que llegó quien muy secamente me dijo: "¿No te parece que ya eres mayorcito para estos dibujos?". Acostumbrado al halago, me causó tal decepción que dejé los lapiceros y no he vuelto a dibujar desde entonces.

A esa experiencia le he encontrado una aplicación práctica en mi relación con los literatos. No me caen bien los escritores, los que conozco son unos puñeteros elitistas y unos cabrones; confunden las canalladas con gracias, se creen la quintaesencia del sarcasmo; uno de ellos, perpetuo opinador, gilipollas, gastando su ingenio apodando a uno que le publican mal, que no vende sus libros, pero en el que ellos han creído encontrar el santo grial: "Hemingway", por su cuento El viejo y el mar, porque se lo están plagiando todo: "Se va a quedar con la raspa", y todos ríen; el mismo gilipollas concluye: "El día que murió Hemingway lo lloré durante tres horas". Cada vez que me cruzo con Reberte, no en la editorial, que a él le publica otra, en el lugar que frecuenta, en la cueva dorada donde se reúnen los literatos, donde charlan y se montan sus tertulias; cuando me cruzo con él siempre le doro la píldora, le hablo de lo bien que plantea las historias, de cómo construye los personajes, de su prosa elaborada, de las descripciones de los lugares y de la acción, del interés del conflicto planteado en su última novela, siempre todo referido a su última novela, no se la he leído, solo la he ojeado, pero le doro la píldora. Y es por eso que me habla, porque le gusta oírme, porque los escritores nos desprecian a los negros. He observado que cada vez escribe peor, pienso que es por eso, porque le doro la píldora. Lo hago con intención, lo más retorcido que puedes hacer para arruinar la carrera de un literato es alagarle, alabar su última novela, ponerla por las nubes, y yo no paro de hacer eso con todas sus últimas novelas. Con satisfacción observo que cada vez escribe peor.

No quisiera que le pasase lo mismo a Elvira, así es que cuando termina un cuento no sé cómo afrontar la situación. Cuando dejó el trabajo para bajar a por el pan se mostró según he creído entender aliviada y plena de satisfacción, por lo que creo entender que lo ha dado por concluido. Estoy mirando la pantalla pero temo que llegue en cualquier momento y lo tenga que dejar o me sorprenda. Como me puede la curiosidad lo he descargado y lo he pasado a mi ordenador.

Elvira ha vuelto con el pan, lo ha dejado en la cocina y ahora vuelve a sentarse frente al ordenador, entre tanto yo hago como que hago algo. Con Elvira ya frente a mí, abro el archivo y me dispongo a leerlo: "El muerto que no sabía que estaba muerto", mal comienzo, esto no es para niños.

***

En el barrio hay un espacio libre de edificaciones que llamamos parque. No es un parque porque está todo él cementado, su suelo es una placa de cemento desigual que siempre se rumorea que va a ser arreglado, quedaría cubierto por baldosas, seguiría sin ser un parque. Tampoco lo es por sus escasas dimensiones, porque apenas significa media manzana, media manzana en la que misteriosamente habrían desaparecido las casas, si se le llama parque es porque en una de sus esquinas existe una zona de columpios: dos columpios, un pequeño tobogán y una estructura de tubos metálicos sobre la que trepan los críos; como el suelo es de cemento, esa zona se ha cubierto con un material plástico acolchado de color verde, la única zona verde del barrio.

Hoy me he acercado al parque, está en la calle paralela a la mía, de espaldas a mi apartamento, dos cuadras más arriba. En el parque todo se llama "El Parque": Cafetería El Parque, Colchonería El Parque, Chuches El Parque, un pequeño local, no mayor que un pequeño quiosco con entrada por uno de los portales de las casas de una de las calles que da a "El Parque", Alimentación El Parque. Aún otros comercios están presentes en el entorno de ese parque, todos con "El Parque" como rótulo. Únicamente un local escapa de esa recurrente denominación: El Trocadero, un local de copas en el que hay que pedir su mojito o su daiquiri, cosa de unos gaditanos. Hoy el parque está muy concurrido y anoche el barrio también lo estaba por lo que es seguro que estamos de fin de semana. Me acerco a un pequeño quiosco de prensa, Prensa El parque, situado en una de sus esquinas, la que es cruce de las dos calle que lo limitan, porque la otra calle, la que recorrería su espalda, queda cortada por ese espacio que hemos elevado a la categoría de "parque" que así se prolonga hasta las fachadas de la manzana que hace de su fondo. Me llevo el periódico y le dejo al quiosquero el suplemento y el tique de un juego de sartenes, es domingo.

Voy de vez en cuando al parque porque me molestan los críos, no los soporto, son unos pequeños anarquistas que no respetan a nadie, y sus padres se complacen con su anarquía, la llaman juegos. Copias clónicas hiperactivas que nos tienen que caer simpáticas aunque nos den una patada en la espinilla, luego crecen y se convierten en mayores, llegan a editores o, aun peor, a ejecutivos de editoriales, intento imaginarme a Ramón cuando formase parte de esas criaturas, como aquel que está tomándose un yogur de manos de su madre. El periódico lo utilizo como barrera contra esos pequeños anarquistas, hago que sus padres salgan de su complacencia para recriminarles cuando alguno de ellos se acerca a mí: "Pepito, deja al señor, no ves que está leyendo, estás molestando", en este caso observo al niño, se queda perplejo, se preguntará qué tipo de barrera es esa del periódico que le impide arremeter contra quien la mantiene frente a sus narices. Pasta de papel pequeño, pero ya ves, a tus padres no les gusta que molestes a nadie que mantengamos esa pasta de papel convertida en cuadernillos delante de nuestra cara. Quizá cuando seas mayor llegues a entender el porqué, o no, pero ahora haz caso a tus padres y vete a molestar a otro. Así, con el periódico interpuesto, enfrentado al pequeño anarquista, me libro de su impertinente espontaneidad y me dedico a observar como molestan a otros, me sirve de terapia.

Seguro que le está dando un yogur probiótico, tan contenta porque por televisión le han mostrado las excelencias de los probióticos. Señora, le está dando un yogur mondo y lirondo, como tantos otros, tan saludable como cualquier otro, porque los yogures son saludables. ¡joder!, ¡con bífidus!, de los míos.

Fue a mí a quien se le encargo el estudio "científico" que avala la excelencia de los "bifidus". Fue un encargo que me llegó desde la Universidad Complutense, por medio de Andrés, ya me había proporcionado otros encargos de otras universidades, incluso otro también de la Complutense. Este encargo en concreto me llegó porque se trataba más de un trabajo literario que científico, se trataba de expresar con la mayor convicción posible las excelencias de los bífidus. Concretamente las excelencias de un conjunto de bacterias sin determinar al que le pondrían nombre, existían varias alternativas y cuando se decidiesen por alguna me pasarían el nombre que le darían.

—¡Bíffidus! —fue una exclamación mía, que ni sé cómo me vino a la boca pero que la solté por evitar que mi falta de contención pudiese traicionarme y lo que me viniese a la boca fuese: "¡Joder que camelo!".

—¿Bífidus? —El calvo con gafas de intelectual y manera de hablar de perdonavidas. Estuve por decirle que solo era una exclamación mía, que no se lo pensase demasiado, pensando yo que estaba tratando de buscar su significado; pero no, estaba pensando si sería un buen nombre para el producto.— Me gusta, ¿Está patentado? —preguntó a su séquito.

Llamó a la asesoría de patentes que llevaba el tema para que comprobasen si podría registrarse "bífidus", para que se interesasen sobre si ya la había registrado la competencia. ¡Cómo coñopodría haber registrado la competencia un palabro que me acababa de inventar!, así son cuando se les conoce. Terminó mirándome y tratando de explicarme me dijo: "Es que estamos todos los fabricantes de yogures en lo mismo, por eso le ruego la máxima discreción sobre todo este proceso". Esa mi primera aportación a los "bífidus", fue valorada por su departamento contable en 1.500 euros, eso sin consultarme nada.

Fue un trabajo de seis folios que figuró durante algún tiempo en el índice de publicaciones de la Complutense. Corría prisa, lo entregué a los quince días, después de que el trabajo llevase ya más de una semana terminado, me agradecieron mi celeridad, si lo hubiese presentado antes habrían sospechado del trabajo y de mí. Me dieron un dosier en formato electrónico con la descripción del proceso de fermentación y la relación de bacterias que conducen el proceso. La alternativa era inventar una bacteria, rebautizarla, o escoger un conjunto de bacterias con nombres ya establecidos y bautizar el conjunto. Localicé varias bacterias con nombres parecidos y bauticé su conjunto como "bífidus", eso ya se podría patentar. El resto del estudio, todo él, fue alabar a los bífidus y destacar sus beneficios para la salud; para ello únicamente tuve que magnificar los beneficios de los yogures. Al menos yo no engañé a nadie, los bifidus producen los mismos beneficios que el conjunto de baterías que agrupé bajo ese nombre. El trabajo me quedó bien, aun así debía ser revisado y corregido por el catedrático que lo firmaba; cuando lo vi publicado pude comprobar que no se modificó en ningún extremo, por lo que conservó el epigrama que escondí entre sus líneas. Ese encargo me dio de comer durante tres meses y me pagó un viaje a la Laponia sin tenerme que preocupar por el saldo de la tarjeta, de vuelta aun conservaba los 1.500 euros de la marca "Bífidus".

***

La primera vez que paré en el parque fue a los pocos días de instalarme en el barrio, de esto hará más o menos dos años. Antes de instalarme, antes incluso de localizar el apartamento, iba a ello, buscando qué alquilar, lo crucé, incluso apunté un teléfono, pero al final fue este en el que ahora estoy instalado el que agarré, me mudé del anterior porque su ascensor estaba siempre fuera de uso y era un piso alto, ahora vivo en un primero y sin ascensor. Fue la primera vez que coincidí con Adelina, era media tarde, es por las tardes cuando Adelina suele ir al parque a charlar con las amigas, aún hoy sigue yendo casi todas las tardes y siguen sentándose las amigas en el mismo banco. Yo suelo sentarme en un poyo corrido que recorre todo su frente que también hace las veces de separación con la calle, la que es paralela a la mía. Rara vez me siento en uno de sus cuatro bancos, porque suelen estar ocupados y porque de no estarlo quito el sitio a los asiduos que tienen por costumbre sentarse en ellos, porque en el parque, los asiduos, todos, tienen su lugar que suelen respetarse, como no hay suficientes asientos, los hay que vienen con su silla, una plegable de poco peso, son todos gente mayor, hasta ahora todos eran gente mayor, ahora comienzan a verse jóvenes.

Esa tarde que me paré por primera vez en el parque volvía de una de mis broncas con Andrés, vi que estaba animado, quería apartar de la cabeza esa bronca y pensé que lo lograría estando sentado en ese poyo observando su ajetreo. Adelina estaba con sus amigas, no la reconocí como vecina y observé que me miraba y cuchicheaba con ellas, quizá por la curiosidad que despierta un nuevo vecino, quizá porque la tarde anterior tuve la primera enganchada en el nuevo apartamento. En ese ajetreo de la tarde tampoco faltan los críos, aquella tarde estaban jodiendo con la pelotita, más para abstraerme y calmar los nervios que por otra cosa, me acerqué al quiosco y compre la prensa de la mañana, casi olía, hoy en día la fecha de caducidad de la prensa se fija por horas. Me puse el periódico frente a mí, ocultándome y ocultando de mí a esos impertinentes críos, aún me llegó una vez más la pelotita, inmediatamente surgió una voz que supuso una liberación: "Niños, dejar en paz al señor que está leyendo", desde ese momento esas criaturas se preocuparon de alcanzar la pelota antes de que me llegase, se desvivían porque no llegase a molestarme. Desde entonces, cuando me detengo un rato en el parque, lo primero que hago es comprar la prensa, aunque sea un ejemplar del día anterior que se le haya quedado retrasado al quiosquero, avisado por él que es la prensa del día anterior, solo tengo que añadir un día al la fecha para conocer el día del mes y de la semana.

***

(por corregir)

Pasé unos días en los que el ponerme a escuchar sobre el tabique, el suponía que me separaba de la que en otros tiempos habría sido una de mis habitaciones, interrumpía mi trabajo. El trabajo lo llevaba bien, por mucho que dijese Andrés, era un encargo creativo, con pretensiones de literario, lo firmaría uno del famoseo, me dieron un accésit por él, o quedé finalista, que no lo recuerdo muy bien; aun así, el puñetero balcón me interrumpía cada vez que ponía la vista en él, porque inevitablemente me levantaba para intentar oír a través de él, me sirvió de escusa ante Andrés: "Me tiene entretenido un misterio", El misterio del balcón desaparecido, se da para muchas tramas y argumentos, de una narración corta o incluso de una extensa novela, lo tendré en cuenta, por si un día mando a la mierda los putos encargos.

Me obsesioné tanto que me acerque a diversos organismos para intentar aclararlo, en ninguno hallé respuesta. Fue cuando me acerqué al registro de la propiedad cuando obtuve alguna información, mi apartamento figuraba escriturado como un apartamento con cocina, baño estancia principal y dos habitaciones. Había dado con la constancia de que una de mis habitaciones había pasado a la finca colindante; me quedaba descubrir el porqué, pero tenía constatación de que en un tiempo esa habitación era mía, de mi apartamento.

En tanto intentaba descubrir el porqué de tal segregación, unos días, fue cuando recabé información de Adelina, entonces ya nos saludábamos, le pregunté porque sospeche que mi estancia principal, muy espaciosa y con dos balcones, estaba reformada y ocupaba también el espacio de lo que en tiempos debió ser una habitación, con lo que la escritura se correspondería con un apartamento de dos habitaciones, que podría corresponderse con el mío aun sin ese escamoteado balcón. Fue entonces cuando Adelina me confirmó que su apartamento era de tres habitaciones y por lo tanto deduje que el mío también fue en tiempos de tres habitaciones. El misterio se complicaba, no existía por ningún lado el dato que me permitiese pensar que en algún tiempo esa supuesta habitación con su balcón que se encontraba tras el tabique perteneciese a mi apartamento.

Intenté recabar más información del registro de la propiedad, medí el apartamento y con esas medidas, con los metros cuadrados de mi apartamento recabé información sobre los metros cuadrados que figuraban en el registro. Nuevamente un camino cerrado, los metros cuadrados del registro coincidían con los medidos por mí.

De momento me olvidé del tema, lo dejé por imposible, alguna vez perteneció al apartamento pero al día de hoy me era imposible certificarlo, lo dejé por imposible, hasta que comencé a oír ruidos tras el tabique, un ruido molesto y desagradable, como un run run muy ruidoso que no lograba identificar. Simultáneamente comenzó a verse actividad en el balcón, unas veces abierto y otras cerrado y pude observar en su interior como la estancia estaba pintada con motivos infantiles, también pude observar en ella una lámpara infantil de la que colgaba un móvil, era el sistema solar con el sol y sus planetas colgando de unos hilos anudados a unas varillas metálicas que los mantenían colgados en el aire, se movían levemente a la menor corriente.

Volví a la costumbre de poner el oído en la pared para intentar conocer algo sobre los nuevos vecinos, quedaba claro que el apartamento había estado desocupado y ahora se había instalado en él una pareja al menos con un crio, por la decoración de la habitación que se observaba desde la calle, de corta edad. Llegue as identificar el run run, casi lo tenía identificado cuando, con la oreja pegada a la pared pude oír: "Niño, deja un rato el triciclo que me tienes la cabeza loca". Era un triciclo, la criatura no paraba de dar la tabarra con el triciclo, me llegó a molestar, pero una noche que llegué pronto, que comprobé como bajo mis pies temblaba el suelo, la parte que coincide está sobre el local más ruidos del barrio, advirtiendo que la habitación escamoteada se encontraba sobre ese mismo local, que con la misma estructura y aislamiento le temblaría igualmente el suelo a sus pies, que el ruido que me llegaba sería el mismo que le llegase a él, que le impediría dormir, sonreí y me metí en la cama, las copas que llevaba encima me permitieron dormir a pierna suelta.

***

Algo debí de hacer o no hacer, porque me dirigieron insultos que no caben en el diccionario, algunos que ni siquiera conocía y eso que a lo largo de mi vida he escuchado muchos. Me echaron de la cama y ahora me encontraba sentado sobre el escalón con la espada apoyada sobre el quicio de la puerta, aturdido; la luz de las farolas competía con el cielo que comenzaba a clarear, estaba amaneciendo. Aturdido y desorientado intentaba situarme. Frente a mí una acera estrechada por coches aparcados en batería, solada de pequeñas baldosas de cemento alineadas en diagonal. Me entretengo en leer las matriculas de esos coches en un intento de poner mi mente en blanco, cuento que son siete los coches entre alcorque y alcorque; no hay nadie transitando la calle, es un fondo de saco, con una pequeña rotonda arbolada en el centro, rodeado de edificios de cinco alturas, me he entretenido en comprobarlo, de fachadas impersonales recorridas por galerías, las que veo enfrente con barandilla de tubo metálico que enmarca cristales translúcidos. Un álamo o un chopo, sobresaliente de la mínima arboleda interrumpe la visión de ese edificio de frente a mí en el que mantengo fija la mirada. Intento localizar alguna luz en alguna de sus ventanas, ninguna luz sale de ninguna de sus ventanas; me levanto y me adentro en la calle más allá de aquellos coches que se encuentran aparcados al borde de su acera, hago un intento por localizar, sobre el portal donde permanecía sentado, aquella habitación de la que salí despedido; son intentos torpes de poner mi mente en orden, porque únicamente una luz en alguna ventana me permitiría aventurar que era esa; no recuerdo ni piso, ni letra, ni siquiera si el apartamento da a la calle o es interior; todo son primeros intentos de orientarme; yendo más allá, mirando hacia la embocadura de ese fondo de saco, tampoco me sirve de orientación. La calle está vacía, no he visto a nadie durante ese tiempo que he permanecido sentado en aquel portal. Emprendo el camino sin dirección fija, buscando una referencia que me permita situarme, que me diga que no he traspasado una frontera que me haya llevado a un mundo desconocido; a lo lejos veo a un viandante cruzando la calle, no está lo suficientemente cerca para que pueda alcanzarle, me sirve el verlo cruzar y comprobar que no estoy solo. Continúo y pronto me sale otro a mi alcance, le pregunto, primero por cuál es ese barrio, después cómo puedo llegar al centro de la ciudad. Me indica que alcanzando la avenida que puede distinguirse al final de la calle, tomándola a la derecha me llevará al centro, me dice cual es, la conozco. Al despedirme le pregunto el porqué de tanta tranquilidad, me dice que es domingo.

Hasta llegar a la esquina y alcanzar la avenida he visto cruzar de vez en vez algún vehículo, también algún taxi libre, al llegar a ella comienzo a caminarla, he tomado la decisión de regresar andando, para despejarme.

***

Caminé a buen ritmo por aquella avenida, la que me acercaba al centro, casi completamente despoblada. Pude cruzarme, rebasar o que me rebasaran unos pocos viandantes, todos ignorándonos a todos; ellos me cruzaban abstraídos por quién sabe qué pensamientos, yo intentaba poner en orden las ideas; todos con paso decidido, como intentando escapar de un paisaje de desolación. Mi sensación fue la de transitar por una ciudad abandonada, una ciudad que había pasado una guerra respetando sus edificios, pero obligando a abandonarla a sus habitantes, únicamente quedábamos en ella aquellos que en la noche no advertimos la tragedia. Porque fue en aquella noche la debacle, ellos como yo despertaríamos encontrándonos en el centro de aquella desolación, inexplicable para nosotros; a ellos como a mí les costaría entender el porqué de aquella sobrevenida soledad.

Estando en estos pensamientos comprendí que aquellos y yo, los que me cruzaban, me rebasaban, a los que rebasaba y yo mismo, éramos víctimas de la misma inexplicable fatalidad. Seguía caminando y seguía completando el imaginario; ellos como yo no entendían la realidad que nos rodeaba, no entendíamos esa desolación y no entendíamos el porqué nosotros éramos los únicos supervivientes o lo únicos desprevenidos habitantes que habíamos quedado en aquella ciudad ahora carente de actividad y de vida. Ellos irían en busca de su refugio como yo del mío. Todos, ellos y yo, intentando aparentar una normalidad que nos hiciese pasar desapercibidos los unos de los otros, procurando que los demás no descubrieran en nuestro andar o en nuestro rostro el pánico que nos invadía. Me imaginaba invadido por el pánico y los imaginaba invadidos por el pánico, miedosos a lo desconocido y desconcertante, impotentes ante la desorientación que sufríamos. Viví la avenida aun más vacía y solitaria, ignorando a los pocos vehículos que de vez en vez rompían su quietud, así solo quedaban ellos y yo, nosotros, únicos supervivientes o únicos desprevenidos.

Abandoné la avenida cuando me colocó a cuatro cuadas del barrio, a cuatro cuadas de sus fronteras, las fornteras que Enrique y yo le tenemos marcadas. Hacía rato que el ruido de los cierres de los primeros establecimientos en abrir en aquel domingo: bares, cafeterías, alguna panadería, me obligaron a abandonar mi fantasía. En algún momento vi como alguien cruzaba la avenida y cómo conforme me iba acercando se paraba frente a un local y levantaba su cierre. Al primero lo identifiqué como a aquel afortunado que tras apresurarse, alcanzaba su refugio; luego, tras el traqueteo de otros cierres, volví a la realidad de que la ciudad estaba despertando, más perezosa porque era domingo.

***

Finalmente me encontraba ya en el parque, había decidido que fuese ese el destino a mi caminar, no refugiarme en casa y ver cómo el barrio iba despertando, verlo despertar ausente del ajetreo de su actividad comercial, del ir y venir del reparto diario, serían los vecinos, así lo pensé, los que poco a poco irían poblándolo, ocupando su actividad. El quiosco ya estaba abierto, su quiosquero colocaba las últimas revistas para su exposición en los últimos huecos que le quedaban libres, me senté en uno de los bancos, nos saludamos con un gesto con la mano, el parque comenzaba ya a ser cruzado por alguno de sus vecinos, un grupo de jóvenes noctámbulos vinieron a sentarse en otro de los bancos antes de abandonar el barrio, allí estuvieron un rato conversando antes de reanudar su marcha. La cafetería abrió su cierre y dejé que pasase un rato para acercarme a ella en busca de un desayuno, me lo tomé sentado en una de sus mesas, una de las que da a la calle, mientras, el camarero, el que la abrió, el único que la atendía en esos primeros momentos se encargaba de ultimar una limpieza que comenzaría la noche anterior antes de cerrar. En algún momento cruzamos las miradas, yo desayunando y él lustrando la cafetera, debió observar en mí alguna incomodidad, sería por eso que me dijo: "La hostelería es así, se trabaja a destiempo, para eso estamos". Era un hombre de unos cincuenta y tantos años, me sorprendió verlo abrir la cafetería un domingo, lo había visto ya en otras ocasiones, en el barrio y en la cafetería, pensé que era su dueño; no quise preguntarle, pero por cómo se desenvuelve en su actividad en la cafería las otras ocasiones que lo he visto, pienso que así es, que es el dueño. Desde la cafetería pude ver como el barrio se despertaba aquel domingo y parque y calles libres de noctámbulos eran tomados por sus vecinos.

***

El vándalo del triciclo seguía con su run run al otro lado del tabique. Esos días, quizá una o dos semanas que mediaron entre comenzar a oír su run run y este domingo que me encontraba pasando la mañana en el parque, había llegado a obsesionarme, quería conocer quién era aquel pequeño energúmeno que me interrumpía en mi trabajo. También fue la intención de poner cara a aquel crio y a sus padres lo que hizo que me quedarme aquella mañana en el parque, sentado en uno de sus bancos, porque en los domingos el parque no es frecuentado por sus habituales. Quería conocer a aquellos que me habían robado balcón y habitación, porque los consideraba los ladrones de ese balcón y esa habitación que debería ser mía.

Comenzaron a llegar los críos y los triciclos, me fui al quiosco y compré mi habitual periódico; como era domingo, como esta vez tocaba juego de cacerolas y cazuelas, el vale que le dejé al quiosquero junto con el suplemento fue el de unas cacerolas y cazuelas; yo me conformaba con saber en qué día vivía y valerme de su inapreciable cualidad de barrera antivándalo. No me había cruzado por el barrio ni con el triciclero ni con sus padres, pero escuchando el run run del triciclo a través del tabique, ahora escuchando el run run de los tricicleros que gastaban goma en el asfalto del parque, me especialicé en triciclos y los ruidos que producen tales artilugios, hasta en el estilo peculiar que tiene cada uno de los tricicleros que los diferencia a los unos de los otros. La cadencia del pedaleo, el avance de la rueda dependiendo de la biela del pedal, la mayor o menor dureza de sus neumáticos, las gomas que llevan pegadas a la rueda que confiere a cada triciclo una mayor o menor adherencia al suelo y, también, su especial run run, todo hace inconfundibles a los unos de los otros. Podía asegurar que el vándalo del triciclo que me había robado habitación y balcón todavía no había llegado, quedé a su espera.

Triciclos

.../...

***

El encargo lo llevo como lo llevo, como es mi costumbre, sin orden ni concierto, picoteando aquí y allá, algo que saca de quicio a Ramón que quisiera tener claro si al fin se cumplirá con los plazos. Voy dando forma a los apuntes del diario según me llaman la atención las notas que tengo sobre ellos. Ramón comenzó pidiéndome que le fuese enviando los años según los fuese acabando, me presentó un planing con la fecha de entrega de cada año, comenzó a reclamarme los años según se iban cumpliendo los plazos, llegó en una ocasión a presentarse una noche en La Momia, Enrique ya iba por su segundo naufragio, tuvimos que dejarlo, había recorrido medio barrio hasta llegar a localizarme en La Momia. Su caballo de batalla es que no desconecte el celular, me dice que tiene familia y que lo de aquella noche, patear el barrio hasta localizarme, no se lo pagan. Le invitamos a una copa, Enrique y él cuajaron una buena conversación, a mi costa, Enrique ya llevaba tres copas y le contó mi vida y milagros, parte, no toda mi vida y milagros, la que le interesó, también con los adornos que se imaginó, Ramón se reía, me miraba y me repetía a cada anécdota: "Pero que cabrón que eres", esto cuando Ramón ya iba a por la segunda, en todo momento permanecí al margen de la conversación, llegado un momento Enrique propuso moverse, se lo llevó a "el tubo", yo quedé allí, por ver si llegaba a amarrar en Suiza. Todo quedó pendiente.

***

(por corregir)

Esta tarde he estado en la editorial, ayer quedó todo pendiente y no quise que Ramón me vinera a buscar nuevamente esta noche, tenía aparcadas en el celular tres o cuatro llamadas suyas, no las he atendido, he preferido pasarme por la editorial para colocarle la jirafa en la mesa. Por ese lado ningún problema, pero se me has puesto un poco borde con mi manera de trabajar, he aguantado el chaparrón con filosofía, no hemos comentado nada de anoche, no estaba el horno para bollos, le he dejado la jirafa y ya que estaba allí, como hacía algún tiempo que no sabía nada de Andrés, mi antiguo editor, me he pasado por su despacho.

Ya conocía el despacho, joder lo que ha ganado con el cambio, tan impersonal como el otro, pero mucho más espacioso, ya le dije: "Lo único que te falta es la moqueta". Me dice que vendita la hora que le cambiaron de despacho, que ha salido ganando, y le respondo que ya se lo dije yo la primera vez que lo vi, pero lo dice con segundas, me lo dice con segundas, los dos sabemos que se refiere a la tranquilidad que le quedó cuando me pasaron de su cartera a la de Ramón, el que me ha venido a sustituir en su cartera es nuevo en el oficio y todavía no tiene el colmillo retorcido, lo tendrá. Pero lo que son las casualidades, ayer salió la conversación con Enrique, antes de que nos decidiésemos a la toma de Ginebra.

—Somos como notarios, ¿no te has fijado? —me dijo Enrique.

—No sé a lo que te refieres.

—No has tenido en tus manos un ejemplar de tu libro El fin de una época.

—No, ese libro no es mío —le respondí, los libros que escribimos, cuando nos referimos a ellos los tomamos por nuestros, aunque eso sea una condena más que un mérito, pero los hemos escrito y así nos referimos a ellos, el de Iñaqui Gabilondo no lo había escrito yo, continué—. Se lo habrá escrito otro —por aquel entonces no lo había ojeado, hoy podría asegurar que lo ha escrito él propio Gabilondo.

—Parece que estuvieses delante de la escritura de una hipoteca, solo le falta que timbren las hojas.

Con Andrés salió lo mal que esta el sector del libro, yo, por seguirle la conversación le dije que las descargas por internet estaban acabando con el libro, que era una lastima.

—No, qué coño internet, nos estamos cargando el libro, nosotros, no necesitamos que nos ayude internet —me respondió.

Me comentó lo que ya sabía, me habló con el poco cariño que se edita hoy, Andrés, a diferencia de Ramón, ha pasado toda su vida profesional entre libros, si ha terminado editando a impresentables como yo, o como Enrique, o como a los que ahora tenga en cartera, ha sido por las putas políticas de las editoriales, por su manera de entender la productividad, porque conmigo ha sido un editor eficiente, seguro que lo ha sido en los otros muchos puestos que ha tenido que recorrer por esas putas políticas de productividad que no ven más allá de sus narices. Ahora vas a la editorial y es como si entrases en un sombrío local de copas, la mitad de las luminarias están apagadas, confidencialmente, el que tuvo la idea, uno de esos listilolos pisa moquetas, me dijo:

—Di orden de que no se encendiese una parte da la iluminación, a los pocos días otra parte, asía hasta hoy que está apagada la mitas, ¡y nadie se queja!, y se ahora la mitad del consumo.

Le dije que había sido una idea cojonuda. No le dije que la empresa, probablemente, hace unos años se gastase un pastón en ese sistema de iluminación asesorada por técnicos, que le cobraron una pasta para conseguir una iluminación adecuada a la actividad de las oficinas: un genio, en pocos días tiró por tierra toda esa inversión, y no se quejó nadie. Con Andrés ha pasado lo mismo.

Y ahroa llevan camino de acabar con el libro, mal editados, mal impresos, con descuido muchos de ellos y intentando que el lomo sea lo más grueso posible para poder cobrar los entre quince y veintinueve euros que se pagan hoy por ellos. Libros con grandes másgenes, gran tipo de letra y sobrado interlineado. Andrés me dijo: "Siempre se han editado libros así, los de de prestigio, los de autobombo, unos cuantos, ahora, hasta la narrativa se edita así, y para que me quedase claro me dio un ejemplar de El fin de una época.

Lo ojee según bajaba en el ascensor, a la salida, me cruce con un quiosco de prensa, lo llevaba en la mano y se lo ofrecí al quiosquero, me miró extrañado: "Si, se lo cambio por un mechero", aceptó el cambio, al despedirme seguía extrañado, le dije: "Se lo he cambiado porque no tenía fuego". Entonces fue cuando quedó convencido.

Son pensamientos que me han acompañado en mi caminar de vuelta a casa, soy consciente de que este encargo son más las memorias de Felipe González contadas en tercera persona que las propias de José Bono, me imagino que José Bono sabrá. También, que estoy dando forma a unas notas que desvelan el talante de estos personajes:

Todos los dirigentes somos cooptados, estamos en la ejecutiva porque Felipe o Guerra lo han querido. Casi nadie pisa con fuerza en Ferraz. Este sistema de organización de la vida interna del PSOE ha dado consistencia y estabilidad a un partido que ha resultado clave en la transición de la dictadura a la libertad en España. Hay que ser justos y conceder los méritos que corresponden a cada uno. La disciplina que supo imponer, especialmente Alfonso Guerra, resultó determinante en asuntos tan complejos como la aceptación de la Monarquía, la entrada en la OTAN, y tantos otros que podemos denominar "menores" pero que sin la intervención del PSOE se hubieran trasformado en "mayores".

Como recuerdo como quedó el país hace veinte años en manos de esta gente, como recuerdo que los desmanes de estos cuatreros se solucionaron aireando dos nombres: Roldán y Juan Guerra, lo pienso; y ahora que tengo delante de mí, en la pantalla del ordenador, un barullo de notas, veo los nombres, personajes de entonces, que me sirven para advertir como aquellos personajes que hace veinte años manejaban los partidos y las instituciones, son los mismos que hoy manejan los partidos y las instituciones. Veo como está hoy el país, que aunque salga poco del barrio, algo salgo y de algo me entero, veo como está hoy el país, advierto que está dirigido por los mismos de hace más de veinte años, ya en primera fila, ya en la sombra, y me da que pensar.

.../...



Grabadora:

(Pasado a texto 27/04/13)

Se levantó de la cama como movida por un resorte y se fue a la cocina. Desde allí, sin necesidad de gritar se hizo oír:

—No pudiste aguantar ni veinticuatro horas de duelo.

Dudé entre quedarme en la cama o seguirla hasta la cocina, como sabía que la cosa no pararía ahí, me presente en la cocina, había sacado un huevo de la nevera y comenzó a batirlo.

—¿Qué estás haciendo?

—Me hago una tortilla, creo que está claro.

—Ah, sí, claro, bueno. ¿Siempre que se te contraría te tienes que poner a cocinar?

—¿Contrariarme? Has estado todo el día guardándote lo de esta mañana.

—Bueno, sí, tienes razón; pero tampoco es para ponerse así.

—¿Te pregunto yo como follo?

—Follas bien.

—Pero sin estridencias, ¿no? Vosotros podéis follar bien o mal, y nosotras nos tumbamos y esperamos para daros la calificación.

—No hables en plural.

—Es que todos os parecéis.… En todo, hasta en la forma de follar: ¡sin estridencias!

—Deja ya de darle al tenedor, luego nunca te lo comes. Vamos, es que ni terminas de cocinarlo.

—Como tú en la cama.

—Joder, me voy por no oír más.

—Hasta las discusiones las dejas a medias. Nunca quieres oir lo que no te interesa.

—Por no oír más el tenedor, y contigo no hay modo de discutir en otro sitio que no sea en la cocina.

Me di la vuelta para marcharme, ya había recorrido medio estudio cuando noté un golpe en la espalda y el ruido del tenedor al caer al suelo.

—¡Me lo has podido clavar! —Traté de tocarme la espalda con la mano, al pasarla pude sentir algún dolor —. Hasta me has debido hacer sangre —corrí a mirarme a un espejo, en él pude apreciar unos arañazos—. Miralo, me has hecho sangre.

—Eso fue de esta mañana, tonto el culo.

—¿Sí? Entonces…...

—Ni se te ocurra decir lo que pienso que vas a decir.

No acabó ahí la cosa, porque aunque las discusiones con ella siempre empiecen en la cocina, terminan por recorrer toda la casa. Aquella noche, después de echárnoslo todo a la cara, acabamos en la cama, pero no para reconciliarnos, que en eso ella sí guarda duelo. En estas ocasiones me dice que no le gustan los polvos compulsivos.

Esa escusa la ha aprendido de mí, en una ocasión en la que intentaban venderme un viaje en crucero. Era un vendedor persistente; no se le puede decir no a un vendedor persistente, tiene respuestas para todo y corres el riesgo de quedarte con la compra; así es que ante la contumacia de ciertos vendedores siempre hago lo mismo, les digo a todo que sí, que es muy interesante lo que me ofrecen, hasta que al final les hago ver que me han convencido, pero que no lo voy a comprar o contratar, que me lo tengo que pensar, que casi seguro que sí, pero que me lo tengo que pensar, que nunca realizo una compra compulsiva. Pienso que esa es la manera más rápida de quitarte de en medio a un vendedor persistente.

Elvira nunca me ha gratificado con una reconciliación. Antes y ahora, mi comportamiento en estos casos es el mismo que el de un vendedor persistente, aunque antes la persistencia era leonina, ahora simplemente me dice que no hecha polvos compulsivos. Vamos, que se rie de mí. En esta ocasión tampoco hubo polvos compulsivos.

Trama

tarde

...

noche

Discusión en la cocina.

mañana

Los dos está frente al ordenador. El con su trabajo, de vez en vez observa como Elvira va realizando el suyo.

conversación con Enrique

-este encargo me está agobiando, hace que me plantee muchas cosas

-Porque soy un amigo, si no, me levantaba de la mesa.

-Mírame, más de sesenta años y mira como ando. Déjalo ahora que estás a tiempo.

-te repites

-Este será el último encargo que acepto, todavía no sé si seré capaz de escribir algo mío, algo que merezca la pena. Elvira es también mi última oportunidad.

Conversación con su antiguo editor

-No te engañes a ti mismo, no es este encargo, tampoco es la primera vez que te pasa. Estás atravesado la crisis de los cuarenta, desde que cumpliste cuarenta años atraviesas la crisis de los cuarenta.

Entrega del trabajo

-Me lo dijo Alberto, como me dijo que me harías sudar para que se fuesen cumpliendo los plazos, como me dijo que el trabajo estaría en su fecha. Me dijo lo de la crisis y me dijo que me dirías que este sería el último encargo.

-Y este ha sido el último encargo.

- Bueno, yo, de todas formas, cuando te consiga algo te llamo.

-Perderás el tiempo.

Última página

Cuando conecté el celular encontré un mensaje de Ramón: "Llamame. Tienes un nuevo encargo. No podrás decir que no. Te vas a divertir".

-Es mi editor, dice que tengo un nuevo encargo.

-¿Le vas a llamar?

-Estoy en ello.

-Anoche me dijiste que.

-Tengo curiosidad, dice que será divertido.

-¿y vas a coger el encargo?

-No, ya te dije anoche que había acabado el último encargo.

Ramón estaba al otro lado del teléfono: "Te tengo otro encargo"

-Ya te dije que el de ayer era el último.

-Este es distinto, te va a divertir.

-No, mira, parece que no entiendes, es como si no hubieses oído nada de lo que te dije ayer.

-Hay dinero, y te lo juro, no te puedes imaginar lo que te va a divertir.

-Pásate y te lo cuento, no es cosa de comentarlo por teléfono.

- No, el de ayer fue el último, te voy a colgar.

-No cuelgues, no hagas que me pase el día buscándote. Está todo prácticamente ultimado, solo falta tu firma, si estás de acuerdo, el contrato quedaría cerrado la próxima semana, y tienes seis meses para un trabajo que, de verdad, te va a divertir -pasaron unos segundos sin que respondiese-. ¿No dices nada?

-Está bien, pero solo para conocer de que va, sin ningún compromiso.

-Si quieres, puedes pasarte a lo largo de la mañana, no me voy a mover de aquí.

Colgué el teléfono. Seguro que era otro puto encargo, pero eran seis meses, lo voy a firmar sin ni siquiera leerlo.

-¿Tienes libre toda esta semana?

-¿Cómo?

-¿Tienes algún compromiso para los próximos siete días?

Diálogos:

Si digo que los consejos de administración de las grandes empresas son cuevas de ladrones, alguien me podrá objetar que estoy diciendo una obviedad. Y tendrá razón. En efecto, los directivos de una empresa están para robar en beneficio propio y beneficio de la empresa. Contra esto poco podemos los ciudadanos.

Y si subimos a un taxi y comenzamos a hablar de ladrones, en seguida el taxista pensará que estamos hablando de políticos (la sabia percepción del que se pasa el día conduciendo muy pegado al asfalto). "Es que para ser político hay que valer", nos dirá, y no refiriéndose a su inteligencia y honestidad, sino todo lo contrario.

Los ciudadanos estamos resignados a que nuestra "clase política" (manera de hablar para impersonalizar y que los calificativos resulten menos duros) esté corrupta. Y si decimos que todos los políticos son iguales, alguno de ellos se podría ofender (ya es significativo que eso les ofenda, se supone que a nuestros representantes los escogemos por sus virtudes y capacidades, igualarle a este colectivo debería considerarlo como un honor). Veamos si nuestro taxista tiene razón.

Apunte de Diario de la nevera, 2006 (20 de marzo)

Enrique y los sindicatos

—Pues has hincado en hueso.

—Y tanto, porque tienen exoesqueleto.

—Exageras, siempre exageras —Porque arrancase. Es una historia que se la tengo oída cientos de veces, pero me gusta oírla.

—Zipi y Zape, como tú dices, comen sopas de la mano de sus amos.

—Sigues exagerando —sobraba porque un una vez ha arrancado ya no para, por darle el pie.

—No exagero, estos sindicatos son unos cabrones que no hacen nada por los trabajadores y viven a costa de ellos.

—Tienes tendencia a la exageración —a estas alturas ya no me oía, también sobraba.

—Mira, voy a atarte los tres cabos como tú dices. El caso de mi suegro, que aun pasando lo que pasó me llevo bien con él. Le despiden, a dos años de jubilarse, el muy inocente lo pone en manos de su sindicato, que para colmo era afiliado de toda la vida, lo pone en manos de su sindicato. Primer cabo, tiene cita con uno de los abogados, tiene cita a las diez y el abogado entra a trabajar a las nueve; las nueve es buena hora para empezar a trabajar ¿no?; pues a las diez le hace esperar porque todavía no ha llegado, ¡jódete! Segundo cabo, enciende el ordenador, descarga dos archivos de dos escritos y los encabeza con sus datos; eso es todo lo que hace por él, sigue jodiéndote. Tercer cabo, se queda con el diez por ciento de su indemnización, termina de joderle. Para colmo, cuando se jubiló tuvo que recurrir a un abogado particular del lío que le había montado, que perdió dinero.

—Como tus exageraciones llegue a sus oídos, van a venir por ti como balas —Eso le dije, porque es una historia que cuenta mucho, en cualquier ambiente y con cualquier gente, y siempre en tono exaltado, como es él, que a veces en sus discusiones, asusta al que tiene enfrente.

Solo fue el principio, como el tema le enciende, termina escupiendo culebras, tantas que ese día, el camarero, desde la barra, le tuvo que reconvenir:

—¡Coño!, Enrique, más bajo que hay menores de veinticinco años.

Elvira

Cando conocí a Elvira estaba escribiendo su primer cuento, estaba intentado abrirse camino, todavía no me había trasladado al barrio. Me contó el argumento de su cuento, una niña enrolaba a un niño en un viaje apasionante, así decía ella; era la niña la que conducía el viaje y el cuento, la que tiraba del niño para embarcarlo en ese viaje que Elvira decía, alucinante. Era un viaje que los llevaría a rodear el mundo, porque su objetivo era alcanzar el Sol. Y corriendo tras el Sol, me decía, viven todo tipo de peripecias. Le dije que no me parecía un cuento optimista, porque al final, tras dar la vuelta al mundo persiguiendo al Sol, regresan al mismo punto de partida, allí a donde comienza el cuento. Ella me respondió: "No lo has entendido, ese no es el lugar donde comienza la historia; en ese patio de juegos donde Pablo conoce a María y esta le convence para que la acompañe, es el lugar donde comienza el cuento, pero no la historia, María ya llevaba iniciado ese viaje cuando se encuentra con Pablo. Y tampoco es ese el final, el final me lo reservo, para que lo leas cuando te lo encuentres en alguna librería". Daba por hecho que terminarían publicándoselo.

Esto fue hace unos años, y no solo me llamó la atención la forma en que defendía su cuento, también me llamó la atención cómo entendía ella la literatura infantil:

—Los niños deben estar cansados de que les hablen como a niños, que los traten como a niños, que les cuenten historias como se les cuenta a los niños, que esas historias sean para niños; los niños deben estar cansados que los traten como disminuidos mentales —muy rápido, me estaba hablando muy rápido, siempre ha hablado muy rápido cuando se tocan temas en los que ella se implica—. Intento escribir historias que les interese, pero cuando las escribo, cuando les narro la historia, lo hago pensando en que son mentalmente adultos, que solo son niños porque están aprendiendo a vivir en un mundo adulto.

Marinero mercante

Cuando Jorge nos estaba poniendo las copas volví a preguntarle; Sí, habían pasado por allí hacía un par de noches, no me supo decir más.

—¡Coño!, les podías haber preguntado.

—¿Y qué les habrías preguntado?

—Por la tía que los acompañaba.

—Pues ya ves, se me olvidó, lo tenía apuntado pero se me olvido —se fue a atender a otros clientes.

Aquella noche empezamos por La Farmacia, fui yo quien puse interés por acercarnos allí, con la inquietud de volver a coincidir con los acompañantes de Afrodita, le había puesto nombre, se me ocurrió que Afrodita sería un buen nombre. Eran del barrio, hasta recordaba el portal, era raro que en los quince días que llevaban pasados no hubiese coincidido con ellos, aunque fuese cruzarme con alguno de ellos por la calle. Confieso que medio me tenía obsesionado Afrodita, aunque solo fuese por volverla a ver, saber algo más de ella; cuando no es mucho desvío, procuro pasar por aquella calle y aquel portal.

—¿Te refieres a Afrodita? —Me preguntó Enrique, le había narrado la anecdota.

—Sí, solo es curiosidad. Aunque tengo un poco de urgencia, debería localizarla antes de que pasen otras dos semanas.

Continuamos con la conversación que traíamos, al tiempo que íbamos consumiendo la copa. Aún tuve que ver cruzarse un par de veces a Jorge y repetirme: "Lo tenía apuntado", cómo le gusta pinchar.

Era fin de semana, el local estaba medio lleno, era muy al principio de la noche; esos días, pasando determinada hora no se encuentra una mesa libre. Frente a nosotros, un poco más al fondo, en una de las mesas, se encontraban dos muchachas, no pasarían de los treinta y muchos; de vez en cuando nos miraban, me había dado cuenta, yo también las miraba, furtivamente, creo que no se han dado cuenta de mis miradas. Me gusta su estilo, es desenfadado, no van escotadas, pero una de ellas viste una blusa y la lleva medio abotonada, dejando ver mucho; de la otra lo que más miro son sus piernas, las tiene cruzadas bajo la mesa, la mesa no me deja ver más allá de medio muslo. Enrique también se ha fijado en ellas:

—Aquellas dos nos están mirando. Bueno, aunque también están mirando a aquellos dos del fondo. ¿Les entramos?

—¿Y si mejor nos entran ellas?

Estuvo de acuerdo, las dos mesas anteriores a la de ellas estaban libres, Enrique le dijo a Jorge que nos desalojara de la mesa momentos después de que nos sentásemos. Nos llevamos las consumiciones a la mesa que estaba más alejada de ellas, aun así algo podría oírse de una mesa a otra, es un local que no tiene la música muy alta. Ya en la mesa comenzamos la caza. Enrique fue quien comenzó:

—También ha sido casualidad, ¿Cuánto hace que no nos veíamos?

—Bueno, desde los primeros años de universidad.

—¿Y qué tal te ha ido?

—Bueno, he llevado una vida complicada. Sabes que no logre terminar ¿no?

—No, creo que la última vez que nos vimos estabas en segundo o tercero, arrastrando muchas.

Entonces fue cuando se acercó Jorge diciéndonos que la mesa estaba reservada, si no nos importaba ocupar otra. A regaña dientes nos cambiamos, no sin antes advertirle que no tenía cartel de reservado, que era lo mínimo para que no se diesen situaciones desagradables como esa. Se disculpo. Aun así, Enrique le persiguió hasta la barra: "¿Y si el resto de mesas estuviesen estado ocupadas? ¿Qué habría pasado"; "No me toques los güevos" le respondió Jorge no muy alto y sin mirarle, al tiempo que se agachaba para pasar al otro lado de la barra. Aun le respondería Enrique, también en tono bajo: "No esperes propina, por faltón". Volvió a la mesa, ahora yo estaba casi hombro con hombro con una de ellas, dándole la espalda, Enrique, en la otra parte de la mesa, las tenía enfrente. Continuamos la conversación.

—¿Tampoco sabes lo de mi familia? Claro, si no sabes que no pude terminar, tampoco sabes lo de mi familia. Fue un desastre, por eso no pude terminar, se arruinaron.

—Tenían una fábrica de pinturas ¿no?

—Me lo estás poniendo difícil.

—¿Sí?

—Sí, porque son vivencias de juventud que todavía me duele recordarlas —Tras unos instantes continué—. Imagínate una fábrica de pinturas en los tiempos en los que comenzó a llevarse los papeles pintados. Tuvieron que cerrar, nos comieron las deudas y me tuve que poner a trabajar. Pero, joder, cuéntame también tú algo de ti.

—Yo si terminé, pera no me sirvió de nada, al final me puse a trabajar en un periódico.

—De algo te serviría.

—No, cómo te va a servir de algo en un periódico la carrera de caminos. Empecé haciendo reseñas de teatro y hoy, director de sección, de la sección de cultura. ¿Te dije que me casé?

—Joder, apuestas fuerte.

—Me separé.

—Ah.

—Pues eso, separado y sin novia, y llevando la sección de cultura; ¿te acuerdas que de joven solo me interesaba el fútbol? y a ti, ¿cómo te ha ido durante todos estos años?

—Lo mío es más largo de contar.

Me tomé mi tiempo, empecé por los trabajos que tuve que recorrer hasta llegar a trabajar en un barco pesquero, una época dura para mí, meses en el barco sin tocar tierra. Conté que ya en el pesquero tuve un naufragio del que sobreviví después de estar dos días en una lancha neumática a la deriva. Luego, tomé miedo, por el naufragio y por lo duro del trabajo, procuré alejarme de los barcos y de la mar, pero, pasado un tiempo, olvidado el miedo, la vida en la mar me había atrapado, junto a otros tres o cuatro con mi misma inquietud nos procuramos un velero y salimos decididos a dar la vuelta al mundo. Naufragó, viví mi segundo naufragio; eso nos impidió completar la vuelta al mundo, todos nos salvamos.

—Dicen que el que sufre dos naufragios y sobrevive a ellos se convierte en inmortal, y así debe de ser porque aún sufrí un tercero, cerca de Sumatra.

Había pasado media vida en la mar, finalmente en un mercante, del que unos piratas me habían tirado por la borda cerca de Sumatra, logrando sobrevivir agarrándome a una boya de la lacha de los mismos piratas que me tiraron al mar, de la que no me solté hasta que me hallé a menos de una milla de la costa.

—Desde allí me repatriaron en otro mercante, pero primero hicimos escala en Suiza, en su capital... ¿Cómo se llama la capital de Suiza? No logro recordarlo.

—A mí no me mires, que en estos momentos me pillas en blanco —Enrique, que en ningún momento había dejado de intervenir, en muchas ocasiones mostrando su asombro, incluso su incredulidad, forzándome a adornar aún más la historia, hasta lo inverosímil, que me había malogrado varios pasajes y que se mantenía siempre al acecho para destacar las incongruencias del relato, sabía que ahora no debía responder, esta historia la hemos contado ya varias veces, unas veces uno, otras el otro. Continuó—. Estoy alucinado con tu historia.

—¡Coño! ¿Cómo se llama la capital de Suiza?

Una de ellas vino a refrescarme la memoria, tras de mí pude oír: "Ginebra".

—Eso, Ginebra. Allí es donde amarró el mercante haciendo una escala, en el puerto de Ginebra.

Fue entonces cuando me volví hacia ellas haciendo grupo. Continué, continuamos con la historia, para rematarla, pero ya después de haber juntado las mesas. Nos cruzamos los nombres, una se llamaba Irene, la que me sacó del lapsus, y la otra Virginia. Después de diez o doce minutos de conversación les propusimos movernos, ir a otro local.

¿Se lo creyeron? ¿No se lo creyeron? No recuerdo aquel día, la mayoría de las veces no, pero en algunas ocasiones cuesta trabajo desengañarlas. En lo que ninguna repara es que en Ginebra, Berna, Basilea o Zúrich, que en ocasiones responden una y en ocasiones otra, no hay puerto de mar.

Sermón de vino

Aquella mañana había estado con José Bono.

Hace un tiempo coincidí con Javier, al salir de la entrevista recordé aquella noche. Todavía recuerdo su nombre, me crucé con él en varias ocasiones, esos días frecuentó el barrio en sus noches, como una extraña celebración de su despido. Era de carácter nervioso, vivo, lo seguirá siendo, porque era joven, todavía andará por ahí dando tumbos y riéndose de la vida, porque lo recuerdo como un chaval alegre. Era un grupo, pero fue con él con quien intercambié unas palabras.

Se había quedado en el paro, hacía quince días que había firmado su última nómina, al día siguiente iba a recoger el finiquito. No estaba preocupado, así se es de joven. Se hacía sus cuentas, había estado en la empresa ocho años y le quedaba un buen paro, me dijo que contaba con tiempo para encontrar un buen trabajo, no pensaba que le fuese a costar mucho encontrar otro empleo. No le quise preguntar si era consciente de la situación actual, porque era consciente, pero confiaba mucho en sí mismo, por lo que me contó no le faltaban motivos.

Su forma de hablar, la forma de expresarse, como se movía en el grupo traslucía agilidad y viveza y por lo que me contó, contaba con formación sobrada para afrontar un situación de desempleo.

Me dijo que era instalador de cámaras frigoríficas, grandes cámaras de muchos metros cúbicos, cámaras industriales. Decía que era bueno en su oficio, que se había preocupado de aprenderlo todo sobre su trabajo y que tuvo un buen oficial que le enseñó lo práctico y no lo había olvidado. Se jactaba de que sus instalaciones eran las que requerían menos mantenimiento de todas las montadas por su empresa.

—Hasta las firmo —me dijo. Estas son cosas que uno no llega a saber nunca si no es visitando la noche, cómo puede uno imaginarse que haya quen firma el motáje de cámaras frigoríficas. En la noche se desatan las ganas de conversar, de contar de uno mismo lo que no se contaría de no estar frente a una copa, de no llevar una o varias, es cuando uno se para a hablar con aquel que se encuentre a tu alcance—. Me gusta firmarlas. Así es que si te encuentras con una cámara frigorífica que en una esquina ves un icono de un ratoncillo, esa cámara la he montado yo, de las que he montado como oficial que tenía la responsabilidad de su montaje.

A él mismo le debió parecer raro eso de firmar una cámara frigorífica, por eso continuó diciéndome que comenzó a firmarlas cuando dejó de trabajar con el oficial con el que se formó y comenzó a ver con el descuido con el que las montaban otros oficiales, comenzó a firmarlas cuando pasó a ser responsable de su montaje—. De ayudante a oficial jefe en menos de tres meses —el alcohol le soltaba la lengua, estaba orgullo se sí mismo.

—Es que no cuesta mucho más montarla bien que montarla mal, únicamente hay que cuidar los detalles —También quiso aclarar eso de los detalles, pude percibir que no le gustaba que le pudiera tomar por un puñetero detallista—. Es que en el montaje de las cámaras tiene mucha importancia los detalles, eso lo aprendí con mi oficial, y preocupándome de documentarme, de conocer las técnicas del montaje y las especificaciones de los materiales que vas a usar. Si te preocupas de documentarte sobre los puentes térmicos, sobre sus efectos en la pared de aislamiento, cuidas que no caigan escombros entre los paneles de aislamiento; si no, hasta los hay que es allí donde los van echando para no tenerlos que sacar con la carretilla. O sabiendo que un puente térmico por pequeño que sea afecta a toda la superficie del aislamiento, su efecto se multiplica; sabiendo esto te preocupas de solapar bien los paneles y sellarlos bien con su cinta adhesiva.

Terminó diciéndome —No tienes que fijarte en el icono, si pones un sensor de temperatura en el panel interior de la pared y otro en el panel exterior de una de las cámara que he montado yo y haces lo mismo con otras que también ha montado mi empresa, verás la diferencia.

Todavía la consideraba su empresa. Y casi estaba celebrando el despido, porque de nada le servía hacer las cosas bien, la empresa no consideraba eso, solo si cumplías los plazos.— No se lleva bien eso de que hagas las cosas bien y no te lo reconozcan; mira, he sido uno de los primeros en salir, así que aquí me tienes, celebrándolo.

Hasta los montadores de cámaras frigoríficas firman sus trabajos, y yo salía de la entrevista con José Bono al que le daría mi trabajo para que lo firmase. Tiene razón Javier cuando dijo que no se lleva bien; cuando estás frente al teclado, te pasan muchas cosas por la cabeza. Por eso, aquella noche, en La Pelouse, le di a Enrique mi particular sermón de vino.

—Ya, ¿pero qué haces tú? Me vienes, me dices lo frustrante que es el trabajo, me dices que lo deje, que yo tengo todavía vida por delante, pero tú qué haces —medio me reprochó que no era la primera vez que le iba con las mismas, que no era esta mi primera crisis y me largo la charla, parecida a la de otras ocasiones:

—No te preocupes de mí. Me haces decir lo que no quiero decir: conozco mis limitaciones, yo me encuentro a gusto con el trabajo y no tengo tus crisis porque sé que doy poco más de sí. Joder, hasta me gusta mi trabajo, me he acostumbrado a él, me divierte. Incluso mira, me río de ellos y no me importa que firmen lo que yo escribo porque reconozco que escribo mal y es su firma por lo que se venden. Lo que para ti es una comedura de coco para mí es la oportunidad de vivir de la escritura, y sin otra responsabilidad que la de terminar los trabajos en plazo.

Me dijo lo de otras veces, que yo sí tenía delito, que yo sí podría vivir de la escritura pero que era un güevazos.

—¿No puedes ponerte a escribir hoy una narración corta y mañana otra, ir escribiendo cuando te vengan las ideas, sin obsesionarte, solo ponerte de vez en cuando al teclado para escribir algo para ti? No lo haces porque eres un güevazos —y continuó casi cambiando de tema—. ¿Qué haces aquí?

—¡Coño!, lo que tú.

—Cualquier día, cuando menos te lo esperes, te vas a ver solo, igualmente sentado aquí en la mesa y solo.

—¿Y eso?

—Porque en el momento en el que encuentre a una mujer con la que compartir la vida, con la que intentarlo de nuevo, no me vuelves a ver por aquí. ¿Y tú qué haces?: "No, esta vez es distinto, no va a ser como otras veces, esta vez me implico a fondo, Elvira me importa lo que otras no me importaban". ¿Y qué haces?

—¿Piensas que mi relación con Elvira tiene que ser convencional, como esas parejas que acaban en el amodorramiento? No, yo creo que Elvira no espera eso de mí, no me lo estoy montando bien, pero porque no sé como coño gestionarlo, no sé cómo gestionar mi relación con Elvira.

—Qué te voy a decir que tú no sepas. Pero ten en cuenta eso, el día menos pensado dejas de verme por aquí.

—Al final me vas a caer mal.

—Sí, pero yo no estaré por aquí para verlo. ¿Que te parece si nos pasamos por "Las revoluciones"?

Treinta y tres revoluciones está prácticamente enfrente de La Farmacia. Un tubo, entras, y dejando a un lado una mesa para cuatro, le sigue la barra, que recorre gran parte del local; donde acaba la barra, un deshago en el que puede tomarse una copa de pie, dándote codazos con el resto de la clientela; al fondo dos mesas una a cada lado y tras la pared de fondo, los servicios, con entrada por el centro de esa pared de fondo. Un tubo estrecho que a la altura de la barra apenas deja espacio, si está llena, para poder alcanzar ese desahogo que solemos ocupar Enrique y yo cuando decidimos acercarnos a ese local. Oscuro como una cueva, del gusto de Enrique, y con la música muy alta, difícil poder conversar si no es gritando al oido. Estaba claro que quería que acabase con mi sermón de vino.

Adelina

(por corregir)

Habían pasado ya unas semanas desde que me instalé cuando coincidí por primera vez con Adelina, era la mañana y volvía a casa, nos cruzamos en el portal, yo no tenía ganas de conversación, pero Adelina tenía curiosidad, era un vecino nuevo con costumbres poco recomendables, fuese por curiosidad o por despejar dudas sobre aquel vecino del que lo desconocía todo, saber algo de él para ahorrase miedos, no dejó que subiera la escalera sin antes intentar someterme a un interrogatorio. No lo logró y puede que mi brusquedad, en lugar de tranquilizarla, la inquietara aun más. No estaba muy avanzada la conversación, solo habíamos cruzado cuatro preguntas y repuestas de cortesía cuando me preguntó a qué me dedicaba.

Los negros, cuando aceptamos los encargos firmamos un compromiso de confidencialidad, no podemos decir a nadie el carácter de nuestro trabajo, puede parecer que esto no reviste importancia, pero en el caso de Enrique y mío, cuando ambos dejamos hace tiempo de colaborar en periódicos, dedicándonos exclusivamente a este tipo de encargos, sí resulta un compromiso, porque en nuestras relaciones sociales debemos construirnos una identidad laboral; así fue como acabamos por elaborar historias como la del marino mercante, inventándonos identidades que justificasen nuestra vida laboral.

Aquella mañana no tenía una a mano y todavía no me había tomado el ibuprofeno, tampoco por aquel entonces respetaba a Adelina como la respeto ahora, únicamente era alguien a quien acababa de conocer y me estaba importunado intentando conocer de mi vida. Así es que le salí con una impertinencia: "Me dedico a estuprar doncellas". Esperé su respuesta, ella tardó en reaccionar, pensé que no sabría que responderme, pero al final, enérgica me respondió: "Lo voy a consultar en el diccionario, y si es lo que me imagino, no le voy a volver a hablar a usted jamás". Me dejó plantado, fue ella la primera que encaró las escaleras, quedé pensando, no tanto por lo que me respondió sino por cómo me respondió, su expresión al responderme, creo que fue en ese momento cuando comencé a tomarle cariño. Tras unos instantes, subí las escaleras a grandes zancadas, las grandes zancadas de las que soy capaz, cruzándome con ella sin decirle nada. Cuando pasó por mi descansillo yo ya estaba dentro de casa, observando por la mirilla.

Adelina

Si lo buscó en el diccionario o no, nunca se lo he preguntado, pero lo cierto es que cuando coincidíamos no me hablaba, ni siquiera me saludaba, en casos, incluso me dedicaba una mirada recriminatoria, en otros simplemente me ignoraba; pasaron dos o tres meses, nos cruzaríamos más de veinte veces, en el portal, subiendo o bajando las escaleras, o por la calle, siempre me ignoraba.

Busqué entre mis libros Luces de bohemia, compré un papel de regalo discreto, envolví en él la obra de Valle-Inclán y la llevé en mi bolsillo durante algunos días, hasta aquel en el que volví a cruzarme con Adelina.

—Debo pedirle disculpas —no dijo nada, pero tampoco intento zafarse de mí, permaneció atenta.— En realidad escribo libros, me dedico a escribir, pero no soy escritor, todo es mucho más complicado, un día con más calma le explico, ahora quisiera regalarle este libro, es de Valle-Inclán, Luces de Bohemia, quisiera que lo aceptase, leyéndolo podrá ver el origen de mi impertinencia.

—Se lo acepto —tomando el libro, y a modo de despedida continuó.— ¡Qué vida más desordenada llevan ustedes los escritores!

—Ya le he dicho que no soy...— ya iba camino de las escaleras, observé como las subía trabajosamente, desde aquel día volvió a saludarme.

***

Le explica en que consiste su trabajo

***

"Qué cosas escribe usted, ¿no le dará vergüenza?" Eso fue lo que me dijo Adelina cuando nos cruzamos en el portal después de mi dedicatoria más atrevida:

Pétalos y espinas, para ti son los pétalos. Devuelva las espinas a quienes lo merezcan.

Una dedicatoria en la que mezclaba el tú y el usted, y es que entre Adelina y yo siempre hemos jugado a la ambigüedad en el tratamiento, es un tema recurrente, un tema con el que procuraba su complicidad. Ella casi desde el mismo momento en el que me perdonó mi primera impertinencia ha alternado el tratamiento de usted con el de hijo, sin término intermedio; y yo, en un momento dado comencé a tratarla de tú, en casos de usted, intencionadamente de usted, pero siempre para después disculparme por ese tratamiento solemne: "Perdóname, el usted solo se lo merecen las feas", en estos casos siempre finge ruborizarse, o quizá, siempre se ruborice.

Por eso aquella nota mezclando el tú y el usted me delataba. Fue la única ocasión en la que se atrevió a referirse a las rosas, refiriéndose de modo ambiguo a su dedicatoria. No me di por aludido: "Adelina, que mala es usted, sabe que no lo logrará"

Sobresaltada.— ¿El qué? No piense qué...

No la dejé terminar.— Me llamas de usted para que yo también te llame de usted, no lo vas a lograr, siempre te voy a llamar de tú.

—Hijo, llámame como quieras, a mí qué me importa eso.

Nunca ha vuelto a referirse ni a las rosas ni a sus dedicatorias. Nos despedimos, ella se alejó por la acera camino del mercado y yo subí a casa a por mi ibuprofeno.

Recital en la Complutense

Aquella tarde cuando fui al despacho de Ramón me encontré con la jirafa sobre la mesa, fue una visita innecesaria, no había asuntos que tratar, había hablado por teléfono con él, me dijo que tenía para mí unos manuscritos y unos recortes de periódico que me podrían ayudar, le dije que estaba cerca y que me pasaría a por ellos, es por eso que la entrevista se prestaba a chascarrillos. Me dio los manuscritos, los recortes de periódico y más notas de José Bono, la entrevista se prolongó poco y la terminamos en la cafetería de enfrente.

Unos días antes le había vuelto a obligar a pasar por el barrio, me pilló solo, Enrique faltó esa noche, todavía no había salido de "los Noctámbulos". No le di mucha oportunidad de que me plantease sus quejas, entré yo rápido con las mías. En ese ambiente mis quejas fueron un sermón de vino más que los tira y afloja que nos traemos como escritor y editor. Lloré sobre su hombro, vuelta a lo mismo, que el encargo se me estaba atragantando, que me planteaba el continuar con ese tipo de trabajo, que había reflexionado y que quizá no volviese a tomar otro encargo. A las muchas quejas sobre el encargo le sumé otra.

—No sé para qué me pagan por esto, hago de escribano; como dice, no cambio ni coma, más o menos es así, porque cuando cambio coma, me llama y tengo que volver al original de la nota.

Es lo que está pasando, en muchos casos me devuelve hasta alteraciones en el orden, aunque el resultado refleje fielmente el contenido de la nota, diciéndome que con ese cambio pierde la gracia. Yo no le veo la gracia. Le comenté un caso.

—No solo soy yo, que ya procuro no fabular por mi cuenta, es que me pongo frente al teclado y ya temo que lo que escriba me lo tire para atrás, que no son solo las rectificaciones que te pasa a ti, es que a mí me está llamando constantemente para que rehaga notas para dejarlas en su casi literalidad.

Continué.— El otro día me llamó por un apunte de los primeros que le enviamos, en su nota ponía "Uno puede elegir a su esposa, pero no puede elegir a sus primos", aunque no cabía una posible ambigüedad, por enviarle una mejor redacción, vamos, joder, para hacer algo, para ganarme de alguna manera lo que me paga la editorial, intenté mejorar en algo la redacción: "Uno puede elegir a su esposa, pero no puede elegir a sus propios primos", me parecía mejor redactado, y está mejor redactado joder, porque fuera de contexto, con la frase que me enviaba en la nota no queda claro si se refiere a sus propios primos o a los primos de la esposa. Bueno, me lo hizo rectificar, dejar la frase tal y como me la pasó. Como estaba jodido, le devolví el apunte incluyendo al final un chascarrillo mío:

Al llegar a Barajas, la Reina se va en un coche y el Rey conduce otro, "Porque va al dentista", nos dicen.

—Estaba esperando que me volviese a llamar, incluso esperaba que de mal talante, y, sin embargo, me llama y me dice: "Me gusta, me gusta lo que le has añadido a la nota, es gracioso". Así es que no hay quien lo entienda.

Le hice una confesión a Ramón: "Con lo único que suelo tener cuidado en los encargos es con las fechas, que si las cambio lo notan rápido; con lo demás, en otros encargos, fabulo yo más que ellos".

—Tú no cuidas ni las fechas —me respondió.

—Te equivocas, en este mismo apunte viene una fecha, la del recital que Raimon dio en la Complutense, el 18 de mayo del 68, que a mí me sonaba que lo dio en el 67, me preocupé de comprobarlo.

Continué llorándole en el hombro, le dije que este encargo me estaba llevando a cuestionar La Transición, que pensaba que no han hecho otra cosa que continuar lo ya hecho por Franco. Nos levantamos de "los Noctámbulos" y me lo llevé a correr la noche.

Especialista de cine

Enrique andaba ya por el barrio antes de venir a instalarme en él, lo frecuenta desde que se divorció, hará unos dos años y medio, como yo vine hace dos años, el ya andaba por aquí desde seis o siete meses antes, me lo encontré de arquitecto. Es una buena historia, trabajas en un gabinete de arquitectura, no tienes ni hora de entrada ni de salida, porque diseñas, eres de los que piensan y lo mismo te da pensar en casa, en la calle o en el trabajo, sacas el trabajo y punto. Se puede usar porque justifica que se nos vea cualquier día a cualquier hora de la noche, y también justifica el quedar libre por el día, porque trabajo que no hagas hoy, ya lo harás mañana.

Eso fue hace dos años, hoy ya es raro quien no sabe que somos negros, que escribimos para otros, incluso en muchos casos damos a conocer los libros que llevamos escritos, no todos, que hay algunos que nos jugamos el trabajo si llegara a difundirse, pero en ese aspecto nos hemos relajado mucho, ya no guardamos la confidencialidad que se espera de nosotros. Pero al principio, en un local podíamos ser periodistas, en otro aparejadores, en otro publicistas, no se puede decir dibujante porque lo primero que te piden es que los retrates con cuatro trazos o les hagas una caricatura, ni escritor, porque te preguntan por los libros que tienes publicados; siempre profesiones liberales, que justifiquen el desorden de tus horarios y de tu vida, pero pudiendo mantener al personaje con discreción, porque lo que hacemos es construir personajes; cuando no tenemos ganas de historias, con cuatro datos y cuatro frases, y cuando estamos charlatanes lo más descabelladas posible, midiendo siempre hasta donde podemos llegar. En dos años hemos llegado muy lejos porque ante la incredulidad siempre doblamos la apuesta. En ocasiones cansa, pero por lo general es divertido.

Aquella misma noche en la que Enrique era arquitecto, pude advertir las inmensas posibilidades que tiene esto de las historias, no quiero decir cuentos, pero sí, son cuentos y nosotros hacemos de cuentistas. Comenzó diciendo que eran suyos los proyectos de varias casas de pisos y terminó nombrando algunos de los edificios más conocidos de la ciudad, en casos, construidos antes de que él naciera.

Fue cuando decidí hacerme especialista, especialista de cine, poniéndolo en práctica a la noche siguiente, con éxito; Enrique me felicitó y me lo copió. Es una historia que se ajusta más a él, por su físico, el da más el físico de especialista, aunque yo juego con la edad, que me permite decir que comencé de especialista en Almería, en los tiempos en que se rodaban en Almería películas del oeste. A grandes trazos la historia es esta:

—Siempre, desde pequeño, llamaron mi atención las peleas que se veían en las películas, las caídas, las persecuciones.

—Claro, es que de niño...

—No, pero yo me lo tomaba en serio. Separaba el sofá de la pared, iba a la habitación a por un colchón, lo ponía detrás del sofá, me subía al sofá y comenzaba a pelearme con un enemigo imaginario, llegaba un momento en el que aquel enemigo imaginario me pegaba un puñetazo y caía tras el sofá.

—Qué imaginación.

—No, vocación, desde niño tenía esa vocación, se nace con esa inquietud. Hasta que un día me fui a Almería, con cuatro perras, las justas para poder vivir dos o tres meses, hasta que encontrase algo.

Continúo.— Tuve suerte, porque allí encontré a un hombre, que había empezado casi cuando se comenzaron a construir los poblados, que me enseñó a montar a caballo y a caerme del caballo, estuve practicando dos meses. No me llevaría yo moratones en esos dos meses, pero sí, al final aprendí a caerme y caía bien (risas). Pero es la historia de mi vida, coincidió que fue cuando se dejó de rodar allí. Si cuando legué yo se rodaban películas una tras otra, siempre había varias en rodaje, aprender a montar a caballo, aprender a caerme del caballo y dejar de rodarse. Conseguí trabajo en dos o tres películas, casi las últimas que se rodaron, y con lo ganado, esperé por ver si me contrataban en alguna otra. Con lo ganado habría aguantado seis o siete meses, pero, la historia de mi vida, hice lo que no tenía que hacer (aquí meto una partida de póker que queda muy bien, póker cubierto que era el que se jugaba entonces. Y claro, lo pierdo todo que también queda bien, y me pongo a trabajar de camarero, que sigue quedando bien, en el mismo bar donde perdí el dinero, que eso remata ya el episodio).

Con la historia de que llegué a conoce a uno que le había dado la mano a Clint Eastwood se ríen mucho; termino diciendo que cuando lo conocí llevaba semanas sin lavarse la mano, a esas alturas ya no chocan los tópicos, también se ríen.

Luego, has estado rodando de una ciudad a otra, puedes incluso haber cambiado de país, y puedes haber alternado varios trabajos. Según como lleves la noche así es el número de veces que te has tirado de un edificio de veinte o treinta metros de altura, como se hacía antes, sin arnés y sin otra seguridad que un montón de cajas vacías agrupadas bajo una lona, eso impresiona. Y en la actualidad, dices que colaboras en películas, con algunas frases, eso es suficiente para ligar.

Das el título de tres o cuatro películas, les dices que eras un determinado personaje (que no aparece en la película tal personaje), que sales en una determinada escena (que no existe tal escena) y al final hacen memoria y recuerdan que sí, que te han visto y en la escena que les has dicho. Incluso puede que te pregunten si eras tú aquel que recuerdan que también salía en tal otra película, dices que sí.

La Dama de La Curva

(por corregir)

Anoche, por fin, he vuelto a coincidir con los muchachos que acompañaban a Afrodita, no fue en La Farmacia como en aquella primera ocasión, estábamos en el 33 Enrique y yo cuando los vi peleando con los de frente a la barra por abrirse paso.

Durante aquellos día seguía desviarme para pasar frente al portal en donde me despedí de Afrodita, y durante este tiempo, cuando pasaba a La Farmacia, lo primero que hacía era echar un vistazo a toda la clientela por ver si se encontraba o encontraban entre ella, y anoche Enrique me llevó al 33, estaba iniciándose la noche y el local ya estaba lleno, no terminaron de rebasar el espacio de la barra cuando los acerqué hacia mí y les ofrecí una copa.

Uno lleva el pelo teñido, en rubio agua oxigenada, muy corto y puntiagudo, su cara de niño bueno no se corresponde con él, es ingenioso e incisivo y si le provocas puede llegar a ser mordaz, lo comprobé la noche que los conocí, me engañó su cara y su sonrisa, no es muy alto. El otro, algo más alto, con pantalones muy ajustados, es también ingenio e incisivo, pero no engaña, se le ve en la cara y le delata el esbozo de una sonrisa maliciosa cuando la hace. Los dos, flacos como palos. Aquella noche, la noche en la que los conocí, me hicieron pasar un buen rato.

—No se llama Afrodita —me dijo el pelopincho.— Aunque nosotros tampoco la llamamos por su nombre, la llamamos "La Dama de La Curva".

Fue casi de lo primero que hablamos, después de llevarles unos chupitos. Se rieron de mí al quedar al descubierto mi interés por Afrodita.

—Conoces la historia ¿no? —me preguntó el más alto.

—Cómo no la voy a conocer, en todas las carreteras hay una Dama de la Curva —le respondí.

—O varias —nuevamente el pelopincho.

Esa historia, por repetida, ha dejado de oírse. Tiene razón el pelopincho; no una, siempre hay varias damas de la curva y varias curvas donde se aparece para avisarnos que tengamos precaución, que la siguiente es una curva peligrosa. En todas las carreteras del mundo donde haya curvas, existe la leyenda de la Dama de La Curva, que gracias a ella salvas la vida, porque si no hubiese sido por ella no habrías levantado el pie del acelerador y te habrías salido de la curva.

—La llamamos la Dama de La Curva por lo misteriosa —continuó el más alto.

—Yo también la llamo la dama de las curvas por... —puso las dos manos enfrentadas a su pecho, dándoles forma de cuencos, como intentando rellenar un gran sujetador.

No pude averiguar nada sobre ella, también para ellos era un misterio, una mujer misteriosa. Vivía frente a ellos, una de las habitaciones daba a otra de las suyas, pasaba de vez en cuando a conversar con ellos, pero ni en las conversaciones, ni escuchado tras el tabique, que también eso hicieron, hasta ese punto había despertado en ellos la curiosidad, pero ni intentando escuchar a través del tabique colocando sobre él un vaso, lograron saber nada de ella; ni en qué ni dónde trabaja, ni de dónde venía. No lograron tan siquiera conocer sus horarios porque no se oía ruido en su apartamento a ninguna hora y apenas lograban cruzarse con ella al salir o al entrar; ni siquiera me pudieron decir si vivía sola o acompañada, solo que aquel día en el que nos encontramos en La Farmacia fue el día que se instaló y la invitaron a salir esa noche como gesto para darle la bienvenida. Solo conocían su nombre y me lo dijeron, aunque yo siga llamándola Afrodita, lo mismo que ellos la llaman la Dama de La Curva o la dama de las curvas. Les pregunté, ya llevábamos un buen rato hablando:

—¿Vosotros cómo lo haces?, ¿dónde ponéis las manos?, no lo entiendo.

Fue el pelopincho el que saltó.— Nosotros somos los que no te entendemos.

— Me pregunto dónde ponéis las manos, porque yo empiezo, me engancho a las tetas y no las suelto hasta que me levanto. ¿Vosotros qué hacéis?

Se miraron el uno al otro y fue nuevamente el pelopincho el que me respondió.— Nos miramos a los ojos.

Continué la conversación como pude, aún estuvimos algún rato hablando, me volvió a tocar pagar la ronda, porque en los bares lo de ayer queda olvidado. En esta ocasión fueron cuatro chupitos.

Vinilos

Vinilos es un local al que solemos ir poco, su camarera va a terminar por tratarnos mal, peor de como nos trata ya. Nos atiende con desgana, Enrique se ha empeñado en ligársela, ya le he dicho que tiene novio, pero él insiste y ella no solo la paga con él sino que también la paga conmigo; la noche pasada me sirvió el vodka en un vaso caliente, recién salido del lavaplatos, lo hizo apostas.

El tema del local es la música de mi tiempo, la que escuchábamos en vinilos, aquellos discos en los que en el fondo de sus surcos se escondía la música. Las paredes están todas pintadas en verde oscuro, están recorridas por una hilera de cuadros colocados a modo de cenefa a la altura de la vista, su tamaño puede ser algo mayor de treinta por cuarenta, con un marco negro muy fino; en cada uno de esos cuadros, bajo su cristal, se encuentra uno de esos vinilos que hicieron historia; el día que me entretuve en mirarlos con detenimiento pude comprobar que eran el testimonio de una época que revolucionó la música, están colocados sobre una fotografía o reproducción de un cartel, página de periódico, página de revista, del grupo, el cantante, la cantante o referido al propio long play. Es un local amplio, iluminado por las lámparas, barras horizontales, que iluminan cada uno de los discos, por otras lámparas que iluminan mesas y encimeras y por la iluminación de la barra en concreto; la iluminación es agradable, muy tenue en el conjunto del local, iluminado por esos puntos de luz periféricos, algunos aislados entre sus mesas y por la zona de la barra que se constituye en foco luminoso; la sensación es la de permanecer en una relativa oscuridad, pero estando rodeado por un horizonte de luz, a lado de un oasis de luz que sería la barra y con algunas mesas que semejarían tiendas de campaña que traslucen de su interior un farolillo. Frente a la barra, un amplio espacio redondo con un gran vinilo impreso en el suelo, la barra bordeando parte de ese disco, curvada, dejando un espacio para charlar y consumir entre ella y el disco; dos huecos, con varias mesas cada uno, en la pared de un lateral y del fondo, separados del resto del local por encimeras sobre las que poder dejar bebidas y permanecer en pie junto a ellas; También varias mesas en uno de sus rincones y a un lado de la entrada.

El local, en su día, se acondicionó con pretensiones; el tiempo, el uso y un medido abandono lo han convertido en uno de los locales más agradables del barrio. Mayoritariamente ambientado con música de aquella época, si no está muy concurrido, si el cuerpo te lo pide, puedes medio bailar algún tema sobre el disco impreso en el suelo; entonces, juegos de focos colgados del techo comienzan a funcionar proporcionando a ese espacio el ambiente de aquellas discotecas. Un local agradable al que vendríamos más si no fuera porque Enrique se pone imposible.

Pérez-Elesco

Elesco y el concepto Luz

Su tratamiento del negro recuerda las pinturas negras de Goya, El claroscuro, en su contraste a Rembrand y en sus contornos a los pintores venecianos. Su arte es conceptual.

"Es en lo conceptual donde podemos perdernos para encontrarnos a nosotros mismos."

Para Elesco los faroles son la luz:

"No puedo negar que el concepto de mis fotografías es la luz, los faroles para mí simbolizan la luz; el concepto Luz es muy importante para mí."

En la fotografía de Pérez-Elesco encontramos conceptos olvidados en el actual concierto artístico-plástico, conceptos que faltaban en nuestro presente, Elesco renueva esos valores olvidados, los actualiza, los impregna de lo conceptual y nos los ofrece para nuestro análisis, Elesco nos hace pensar.

Elesco, con esa dimensión de su fotografía revaloriza el presente con elementos del pasado, eleva la fotografía a las más altas cotas del arte y lo conceptual, sus exposiciones son siempre manifestaciones de hechos artísticos genuinos.

Quien haya tenido la oportunidad de asistir a su última exposición habrá quedado impresionado por un hecho artístico inolvidable. Protagonizando este acontecimiento plástico, Elesco renueva lo que ya demostrara en anteriores exposiciones:

  • Elesco y La Luz. Centro Nacional de Arte conceptual. Granada
  • Lo conceptual en la fotografía de Elesco. Instituto de las Artes Plasticas. Cuenca
  • Elesco: Luz y Concepto. Guggenheim-Bilbao
  • Su colección Reflejos está considerada una de las mayores aportaciones a la fotografía contemporánea.

    En el Susi

    Anoche entramos en el Susi, un local de ambiente gay, hay varios en el barrio, aunque todos son frecuentados por gays y heteros, indistintamente; este es al que más solemos ir. Es un local pequeño, con solo tres mesas, una para solo dos personas, los fines de semana retiran las mesas, es un local para estarse en la barra.

    Pasado un rato reparé en que al fondo de la barra se encontraba una pareja de muchachas, ya nos habíamos cruzado con ellas en varias ocasiones, eran del barrio, hablaban entre ellas de vez en cuando, me imagino que hablarían de sus cosas. Habíamos estado antes en La Farmacia tomando una absenta, era miércoles, los locales estaban desahogados, por eso decidimos pasarnos por Susi, los fines de semana no se puede entrar en él.

    Le dije a Enrique de montarles la historia del marino mercante.

    Me preguntó.— ¿Sabes dónde quieres que nos metamos?

    No le contesté, ya lo había decidido.— Lo malo es que vamos a tener que ponernos en evidencia, aquí no tenemos confianza con la barra y tampoco encuentro la escusa para que nos acerque a ellas.

    Enrique sin pensárselo dos veces, aprovechado que el camarero estaba en aquella parte de la barra, agarró la bebida y se fue hacia allí, vi como entablaba conversación con él y al poco, cómo me hacía gestos con la mano para que fuese también yo allí.

    —Explícale a este como se hace un daiquiri, que no me dé lo que me ha dado esta tarde en su casa —el camarero me explicó cómo se hacía un buen daiquiri, no lo he olvidado, en las noches, cuando tengo la oportunidad doy la receta de ese daiquiri.

    Quedamos mal colocados, Enrique daba la espalda a las muchachas, una morena, algo más baja que la otra con mechas rubias, yo quedaba frente a ellas. Lo suyo es que ellas queden a mi espalda para armar la historia con despreocupación, es el que escucha el que las tiene que tener de frente, porque en realidad es el que escucha el que va conduciendo la historia.

    Enrique empezó mal, porque no reparó en que ya nos habíamos cruzado con ellas en varias ocasiones, que en cierto modo éramos ya conocidos. Advertido por mí: "Llevas ya meses intentando saber lo que ha sido de mi vida, no va a ser esta noche cuando te enteres, no ha sido fácil y me afecta", recondujo la historia como pudo y al final logró convencerme, pero todo quedó muy tosco. Aun así continuamos con la historia: fui estibador en Singapur por un tiempo, Enrique guía turístico en Kenia.

    Afortunadamente para la narración no nos hacían caso, no me dirigieron en ningún momento la mirada, todo indicaba que había sido un fracaso. Podíamos haber iniciado la conversación como solemos hacerlo cuando estamos en la barra, presentándote directamente aprovechado algún resquicio en su conversación, más si casi casi éramos conocidos.

    —¿Cómo coño se llama la capital de Suiza que no soy capaz de recordarlo?

    —Berna —La morena de pelo largo fue la que respondió a mi súplica.

    Al principio pensé que nos estaban siguiendo la gracia, que se lo habían tomado como una gracia o un estrambote. Pero no, las dos dieron por buena la historia y por supuesto niguna reparó que Suiza no tiene puerto de mar.

    La morena era algo más baja y algo mayor que la de mechas, le sacaría cuatro o cinco años, estaban entre los treinta y cinco y los cuarenta, probablemente algo más. La de mechas, con mechas rubias y el pelo corto, delgada, vestía una sudadera fina muy amplia en verde pistacho, con un emblema en hilo negro y un generoso cuello de pico que dejaba ver una camiseta también verde, muy claro, de cuello redondo, también amplío. Era esbelta, con las piernas muy delgadas, forradas por un pantalón pitillo negro que extremaba esa delgadez, calzaba zapatos negros de medio tacón. La morena, rellenita, mostraba sus formas bajo una malla negra parecida, si no lo era, a las de ballet; sobre la malla una minifalda de anchas rayas verticales blancas y negras, las ondas de su melena enmarcaban su cara; en sus pies, zapatillas también imitando a las de ballet. Salíamos ya del segundo local al que nos acercamos cuando nos entretuvimos Enrique y yo en contarles el engaño, la flaca se echó la mano a la cabeza cuando les pedimos que nos ubicasen Suiza. Para despedirnos les dijimos la verdad, que éramos arquitectos. Llegué al portal mediada la noche, con los pies fríos y la cabeza caliente, la última vez que me enrollo con tortilleras.

    ***

    Le invité a un buen cocido

    (a vuelapluma - por corregir)

    —Si tu madre no le ponía morcilla al cocido te va a gustar. Si bajas dos calles más abajo vas a poder comer también cocido, te lo van a ofrecer como si te estuviesen ofreciendo la quinta esencia de los fogones, te van a sacar cincuenta o seseta euros y te vas a hacer un lío con los cubiertos.

    Fuimos a comer a Casa Paco, lo llevé porque si no me iba a tocar ir a alguno de esos restaurantes que ni puede comprar un buen libro ni puedes comer a gusto. A Paco lo conocía de hace tiempo , iba de vez en cuando por allí y me trataba bien, y su cocido es el único que conserva la receta de antaño, pasada de generación en generación. Estábamos uno frente al otro, sobre una mesa con tapa y patas de madera, rustica, la tapa ennegrecida por la mugre que ocultaba los sus innumerables arañazos, y las patas tan ennegrecidas como la tapa, simples cuadradillos gruesos que bajan hasta el suelo sin ninguna forma y ensamblados a la tapa por traveses también de madera para dales solidez, aunque no para conservar la estabilidad que tuviera la mesa en sus orígenes, ahora se tambalea mínimamente, no lo suficiente como para hacerla incómoda. Todo lo compensa el cocido y el trato de Paco. Ramón no piensa lo mismo, todo lo mira con prevención, no sabe si agarrar o no la servilleta, y mira con insistencia los cubiertos, como dudando de ellos.

    —Vas a comer el codido tradicional, el de tres golpes. No te extrañes, el cocido siempre ha sido parte de la cocina popular, hasta que han venido ahora a deconstruirlo, pero siempre ha sido propio de una cocina modesta, y contundente, que sales con sudores en la frente —paro en mi ponencia sobre el cocido porque veo a Ramón cada vez más incómodo.— Sabías que veníamos a por un cocido ¿no? —no responde, continuo.— Un simple puchero puesto al fuego con garbanzos carne un hueso, chorizo y un buen trozo de tocino, todo cocido muy lentamente y servido en la mesa tal y como sale del fuego. Y ya aquí en la mesa, tres golpes, sin quitarle la tapa, escurriendo el puchero se saca el caldo, el primer golpe: caldo, no esperes sopa ni fideos que las sopas se hacen con curruscos de pan —le muestro uno de los trozos de pan que hay sobre la mesa, en una canastilla ovalada.— ¿no has comido nunca sopas de pan? —no espero a que responda, tampoco sabe qué responder.— Tampoco tienes por qué haber comido sopas de pan, eres joven, pero de continuar esto por el camino que va prepárate para comerlas.

    Ahora viene mis quejas, que estoy hasta la cabellera de las memorias José Bono, y surge le tema, lo saco yo tampoco le dejo intervenir, el sigue intrigado con la servilleta y los cubiertos.

    —Que no sé por qué lo critico, José Bono no engaña, no solo no engaña sino que no quiere engañar. Siempre ha sido la cabeza despejada una metáfora de inteligencia, de una mente despejada, pues José Bono no nos quiere engañar, cuando se le ha ido despejando se ha preocupado de poblarla de injertos.

    Parece que esto le ha hecho que se enfrente al almuerzo con más naturalidad, ya ha dejado a servilleta y cubiertos por imposibles y entra en la conversación.

    —No como el cantamañanas de Iñigo que se ha pasado toda su vida bajo un peluquín y ahora cuando las gilipolleces las dice en inglés y en español, va y se lo quita.

    —Joder, qué me vas a decir del que más ha influido en la actual música del país. Además, viaja en avión no en burro, será para que no se le pegue —le dije para seguir su gracia, no pegaba nada, o no tenía gracia o no la entendió, así es que termino.— Eso le he oído en alguna ocasión.

    Cambia de tema para, antes incluso de que nos traigan la comida entrar en materia.— Ahora que ha salido el tema, ¿cuándo voy a ver algo?

    Mal intento, le debía el año 9_ desde hace casi dos semanas.— Espera, hay tiempo, espera que terminé con el cocido. El segundo golpe, los garbanzos, apartas los trozos y la emprendes con los grabanzos, que Paco los cuece a fuego lento y que te van a gustar, eso si tu madre no les echaba morcilla, porque Paco no le pone morcilla, dice que la morcilla les da un sabor que puede al resto y que echa a perder el cocido. El tercer golpe es la carne, si todavía te queda sitio para la carne, que pone buenas raciones. No vas ha comer en ningún sitio mejor cocido, si es de tu gusto sin morcilla.

    Como Paco se retrasaba en servirnos el cocido y Ramón iba a volver a la carga, empecé yo:

    —Te invito con una condición, que no me estropees la sobremesa con las memorias de José Bono —me lo discutió.— Luego vamos al despacho y lo hablamos allí, tenemos toda la tarde.

    De momento lo frené, la comida fue tranquila y tuvo que reconocer que era un cocido cojonudo, y se lo tomo sin escrúpulos, pero en la sobremesa intento sacar el tema de las memorias.

    —Coño, que te voy a invitar.

    —Sí, pero he visto los precios en la entrada.

    Insistió. Como veía que se había convertido la comida en una de negocios, le interrumpí, saqué la jirafa y la coloqué en la mesa. Se echó a reír. Aún tuve que discutir con él al menos media hora, yo creo que insistía porque sabía que dejando la taberna no iba a lograr llevarme a la editorial, todo quedó en media hora de discusión por una cuestión de orden: si tenía o no derecho a sacar el tema de las memorias de José Bono después de haberle invitado, porque tuve reflejos y me apresuré a pagar.

    el Guggenheim-Bilbao

    (a vuelapluma - por corregir)

    Anoche coincidí con Carmen y Marianela, Marianela es la morena del pelo largo y Carmen la de las mechas rubias, que hay veces que las confundo. Estaban en __________ , Enrique había fallado. Ya me había cruzado con ellas en varias ocasiones por la calle y nos habíamos cruzado los saludos, en una ocasión incluso en una ocasión llegamos a cruzar unas palabras Marianela y yo, venía de cerrar la tienda al medio día y yo iba a verme con Ramón, me indicó el balcón de su casa, que coincidía que nos cruzamos en su calle y se veía desde allí. En el barrio puedes estar seis o siete meses cruzándote con la gente sin casi mirarte con ella, pero se rompe ese primer distanciamiento, con una simple conversación en la panadería o en la cafetería, y desde entonces puede llegar a parecer que te conoces de toda la vida, se llega a un trato espontáneo que traspasa los convencionalismos, eso según las personas.

    Anoche coincidí con ellas en ___________, estaban en una mesa y me senté con ellas, estuvimos hablando de muchos temas, lo que se habla en estos casos, de los temas que van surgiendo, surgió sobre ellas, era inevitable. Me contaron que tenían una tienda a unas cuadras de allí, fuera del barrio, pero muy cerca, una licorería, pero una licorería muy especial, porque no tenían ni whisky, no coñac, ni ginebra, ni vodka, ni ron, bueno tenían un ron, me dijeron, pero un ron exótico, porque lo destilaban en una pequeña destilería familiar, con un aroma que me dijeron, espectacular. Es, según me dijeron, una licorería donde se pueden encontrar los licores más singulares, de muy diferentes países, licores que no suelen llegarnos porque son tradicionales de pequeñas comunidades, elaborados casi por familias. La tienda la abrieron antes, pero fue después de un viaje a África cuando se decidieron por convertir la tienda en una licorería. Fueron por su cuenta y visitaron a una comunidad fuera de los circuitos de las agencias de viajes, las invitaron a un brebaje que elaboraban ellos y les encantó, pensaron que deberían existir infinidad de licores y bebidas buenos licores y bebidas consolidados por la tradición, y que nos eran desconocidos la mayoría de ellos. Cuando después de unos meses lograron localizar, por Internet, por amigos que hacían viajes e iban advertidos, visitando consulados y legaciones, se hicieron con un buen catálogo y la forma en que pudieran enviarles de diferentes lugares del mundo esos licores, dieron el paso y colgaron el rótulo de licorería. Me dicen que no les alcanza la crisis, que tiene una clientela que sigue comprándoles, aunque sí la hayan notado algo, pero como las ha pillado con casi todo pagado, la están aguantando bien.

    También salió él porqué se decidieron a montar la tienda, que la montaron cuando se conocieron.

    —Es muy difícil para nosotras trabajar en una empresa, no es cómodo— me comentó Marianela.

    —Yo creía que las cosas habían cambiado —continué yo.

    —Y han cambiado —me respondió Carmen.

    Para continuar Marianela.— No nos queman en la hoguera, pero siempre estás expuesta a la gracia zafia. Hay quienes son muy hirientes.

    Les dije que no se tomasen a mal si no me acercaba y le compraba algún licor, les dije que yo no bebía en casa, que no tengo la costumbre de comprar alcohol, también les dije que de todos modos buscaría la ocasión de pasarme por su tienda y comprar alguno. Me dijeron que no era necesario que me pasase por su casa, que allí tenían casi todos los que tenían en la tienda, me hablaron de varios, que me dijeron, son impresionantes.

    En algún momento recordamos la noche en la que me convertí en marino mercante, echamos unas risas, pero yo todavía, en aquellos momentos era arquitecto, así es que me dispuse a explotarlo, no las corregí en ningún momento, y recordé que Irene, la que vino a auxiliarme recordándome que la capital de Suiza esa Ginebra , era licenciada en Arte y estuvimos hablando de arte y por lo tanto también de arquitectura. En un momento vino a decir:

    —Debería seguirse hoy el ejemplo de Fidias, se le reconoce como el primer arquitecto como tal, de la Grecia de Pericles, arquitecto de la Acrópolis. Supo integrar las edificaciones en el entorno, ajustarlas a ese entorno, esto hace tres mil años, si no lo hubiésemos olvidado... —Enrique y yo la dejamos continuar.— Y supo construir un conjunto que sirvió de templo, fortaleza y lugar de encuentro, al servicio de la ciudadanía, cubriendo las necesidades de aquella comunidad. Y al tiempo, lo dotó de una belleza solemne y sencilla. Tuvo que exilarse a la muerte de Pericles para que no lo ajusticiasen, y de la Acrópolis al día de hoy únicamente sobreviven las ruinas del Partenón.

    Nos miramos Enrique y yo. Ahora les estaba contando a Carmen y a Marianela las raíces históricas de la Arquitectura. También les cuento como el Partenón sobrevivió a varias guerras hasta el 1675, esto lo narro literalmente, como me ha llegado de boca de Irene:

    La Acrópolis fue visitada por dos ingleses, que todavía hallaron la mayor parte de la estatuaria tal y como había estado en tiempos de Pericles; pero doce años más tarde un ejercito veneciano, al mando del conde Königsmarck, puso sitio a Atenas, y entonces los turcos se decidieron a utilizar el Partenón como, polvorín. El viernes 26 de septiembre de aquel mismo año, un teniente alemán lanzó el fatal disparo que hizo volar el Partenón. Trescientos soldados murieron a causa de la explosión, y tres días después los turcos se rindieron.

    El comandante en jefe veneciano trató de retirar la estatua de Poseidón y los caballos del carro de Atenea del tímpano occidental, pero sus obreros no supieron realizar el trabajo y las estatuas cayeron, partiéndose en pedazos. Un año más tarde los venecianos abandonaron de nuevo Atenas a merced de los turcos, que construyeron otra mezquita entre las ruinas del Partenón.

    A principios del siglo XIX llegó lor Elgin, que se llevó las estatuas que quedaban, y luego vino la guerra de independencia griega, que duró desde 1821 a 1829, periodo durante el cual la Acrópolis fue una vez más escenario de numerosas luchas enconadas. Algunas hermosas ruinas es cuanto queda del edificio de Fidias y Pericles.

    Se quedaron impresionadas, y aprovechando su asombro, fui hablando de los edificios que había diseñado, en solitario o en colaboración con algún gabinete de colegas, siguí impresionándolas, porque iban conociendo gran parte de esos edificios, hasta que les hablé de mi colaboración con el equipo de arquitectos que proyectaron el Guggenheim-Bilbao y por lo tanto parte de él se debía a mí. Salieron del engaño y nos echamos una risas. El tema salió cuando ya debían marcharse, les dije que otro día con tiempo les contaría algo sobre mí que fuese cierto, no me creyeron, pero medio quedamos en que Elvira y yo nos pasásemos algún día por su casa.

    Pantalón con raya

    Esta tarde me he pasado por la editorial y he coincidido con Elena, y sí, llevaba los pantalones con raya. Ahora estoy escribiendo estas líneas porque he llegado pronto a casa, Elvira no está y no me apetece ponerme con el encargo. Me ha recordado lo que me comentó Enrique hace ya casi un año, me comentó que la había visto vistiendo un pantalón con raya, Enrique sabe que no me gustan los pantalones con raya para las mujeres.

    —Se me ha olvidado comentártelo, la semana pasada coincidí en la editorial con Elena y llevaba pantalones con raya.
    —¡No, Elena no, a dónde vamos a llegar con el mal gusto!
    —¿Antilujuria?
    —Total.
    —Eso pensaba yo también y tú, joder, con tu manía has hecho que cuando veo un pantalón con raya, mire para otro lado.
    —Buen criterio.
    —Pues no siempre.
    —Siempre, antilujuria pura y dura. Y más en Elena que no tendrá ni cuarenta años,...
    —Si tú lo dices.
    —...¿A dónde va ella con un pantalón con raya? ¡Coño!, ¿también me vas a discutir la edad de Elena?
    —No, pero lo del pantalón con raya si te lo discuto.
    —Tiempo perdido, la raya en el pantalón no le puede caer nunca bien a una mujer, nunca.
    —Te digo que no siempre.
    —Pues ya me dirás.
    —No era un pantalón de traje de chaqueta. Era de un tejido muy lacio, muy ajustado en la parte de arriba,.
    —En el culo, ajustado en el culo.
    —Sí. Pero cayendo muy libre, no era antilujiria, ni mucho menos.

    Es cierto, para nada antilujuria, es granate oscuro y cae casi en recto; como el suyo no es un gran culo le sienta bien, no podría enseñar mucho más; el tejido es satinado, con una caída muy parecida al satén, los lleva bien. Casi parece extraño verla moverse con esos pantalones, porque es muy activa, choca verla con ellos, siempre va con falda o con pantalones de hechuras parecidas a los vaqueros, aunque nunca la he visto con vaqueros. Suele vestir discreta y con una vestimenta práctica que yo pienso que es muy propia de ella.

    Nos sorprendió a Ramón y a mí en plena discusión por el año 9_, Ramón no lograba conectarse al correo corporativo y ella venía a auxiliarle. Me reí por dentro cuando observé como Ramón se levantaba inmediatamente para dejarle su puesto, casi sin decir palabra, Elena no preguntó nada ni hizo ningún comentarios, nos saludó con desenfado, ni siquiera le preguntó cómo y cuándo dejó de funcionarle, ahora estaba sentada frente al ordenador tecleando y atenta a la pantalla, Ramón la observaba y yo observaba a los dos, ninguno de los tres dijimos palabra por algunos momentos, fue Elena la que rompió un silencio que nos dejaba en evidencia, que sobre todo dejaba en evidencia a Ramón.

    —Por mí podéis seguir, no será la primera vez que oigo como le abroncan por no cumplir con los encargos. A él tampoco le importa que lo escuche.

    —¿La vas a pagar conmigo? —respondí, para continuar.— Tengo mi orgullo, no me lo tires por los suelos.

    Ramón miraba a uno y a otro sin saber que hacer o que decir, Elena continuó, se dirigió a Ramón refiriendose a mí.— Cuando salga, al primero que se encuentre, le va a decir que has perdido el tiempo.

    —Le debo trabajo desde hace diez o doce días, no hagas que cuando salgas se lance contra mí —Ramón seguía sin saber que decir.

    Elena le preguntó a Ramón.— ¿Cuándo fue cuando enviaste el último correo? —Ramón dudó sobre cuando, Elena no le dejó responder.— Esta misma mañana ¿no? —Ramón dijo que sí.— Pues ya lo tienes.

    Fue en ese momento cuando me miró por primera vez.— ¿Me invitas a un café de máquina en el vestíbulo?

    Algunos deben de tenerme envidia porque Elena y yo, de vez en cuando, cuando coincidimos, nos paramos a hablar un rato frente a la máquina del café que hay en recepción. También para a hablar con otros, y seguro que más con esos otros que conmigo, porque yo apenas paso por la editorial, pero yo no he terminado de despedirme cuando estoy pasando por todos los despachos para comentarlo. Lo hago porque Elena a penas para en la Editorial y tiene a todos detrás de ella. Se encarga del mantenimiento del sistema informático y los puestos, junto a dos o tres técnicos más de la misma empresa, rara vez viene ella y cuando viene pasa como una diosa, pone en marcha aquello que no funcionaba y desaparece. Seguro que mantendrá con otros las conversaciones que mantiene conmigo, pero yo lo hago notar y le doy la máxima importancia, no pierdo la oportunidad de significarme por haber hablado con ella. Aunque el que tenga enfrente se haya parado a conversar con ella en más ocasiones, como no pueden ser muchas porque a penas pasa por la editorial, cuando me oye, que es siempre que mantengo la mínima conversación con ella, como si veo que presta atención lo narro con la máxima solemnidad y detalle, no le queda duda que siente hacia mí una atracción que no siente hacia ellos. Habrá hasta quien piense que hay algo entre nosotros, y muchos, si no todos, querrían que se fijase en ellos y que tuviese algo con ellos; y ella debe de saber la expectación que despierta porque es verla entrar y quedar el despacho en silencio. A todos les pasa lo que a Ramón, que no son capaces de articular tres palabras sin trastabillarse en alguna. Cuando sale Elena ninguno ha sido capaz de mantener la mínima conversación coherente.

    Ahora ocurrió lo mismo, a penas me dio tiempo para que le dijera que me esperara, que Ramón me iba a entretener muy poco. Se ha levantado y la veo pasar frente a mí; el pantalón lo lleva algo corto, cuando anda y cuando está sentada deja ver los tobillos, va sin calcetines ni medias, lo viste con un calzado negro de puntera chata y un tacón muy bajo, sin llegar a ser el masculino, se le aprecia perfectamente la raya, no es antilijuria y no me lo imagino sin raya. Ya se alejaba hacia la puerta cuando le dijo a Ramón: "Que no te tome el pelo, que si le dejas te tiene detrás de él por los pasillos". Ramón quedó con ganas de decirle algo más que no fuera una despedida en tono cortes, pero no le dio tiempo a más, desapareció tras la puerta.

    A mí me valió la visita de Elena, porque Ramón estaba impaciente por ver sus correos, lo pude esquivar con facilidad. En recepción, esperar a Elena porque aún tuvo que asistir a uno que la reclamó: ya que estaba allí...; sacamos los cafés y charlamos un poco, coincidimos porque ella tiene una conversación muy desenfadada, en ocasiones alocada, habla mucho y hasta a mí me resulta difícil entrar en conversación. Después, lo de siempre, lo suyo habría sido que me fuese camino de casa, para dar gusto a Ramón, o que me hubiese acompañado a la cafetería de enfrente a tomar algo y después despedirnos, pero como había coincido que apareció Elena y conversé con ella, lo de siempre, pasarme despacho por despacho para, en muchos casos, solamente entreabrir la puerta, decir: "Ha pasado la diosa, ¿no la habéis siquiera visto? Cada día más diosa, he estado con ella en recepción, se me caía la baba" y cerrar la puerta sin dar tiempo a más. Por último pasé por el despacho de Andrés, ya más serio, para charlar un poco con él.

    17.000 folios

    (por corregir)

    Nunca le pregunté a Enrique por su encargo, las 17.000 páginas de ordenador. Estábamos sentados en una de las mesas de Vinilos, la que quedó libre, junto a la entrada, momentos antes habíamos pedido nuestras consumiciones, estaban tres en la barra, solo uno ocupado, sirviendo a otros clientes; cuando la camarera a la que suele molestar Enrique nos vio acercarnos a la barra se acercó a su compañero y le debió pedir que nos sirviese él porque fue él quien se acercó a preguntarnos, yo lo preferí, me tomaría la copa como es debido, y Enrique por fin ha debido entrar en razón, porque no ha dicho nada, que conociéndolo, cabría esperar que se acercara a ella para preguntarle el por qué no le quería servir, para volver a la greña. Hacía ya un tiempo que no pasábamos por allí, por esa actitud de Enrique.

    Le pregunté.— ¿cómo llevas el encargo de los siete mil folios?

    —Finiquitado —me sorprendió porque no habría pasado más de _____ que lo aceptaría, porque lo aceptaría al tiempo que yo aceptaba el mío.

    —¿Cómo que finiquitado? ¿En __________ te has comido 17.000 folios?

    —El encargo era ese "17.000 folios de apuntes en diarios", pero ese era el nominal, el trabajo en sí ha sido de treinta o cuarenta páginas.

    —No te entiendo.

    —Un encargo cómodo y bien pagado, lo entregué a los quince días.

    —Explícate, joder

    —Merece su misterio.

    —Venga, arranca.

    —¿Cuántas veces me has tirado a la cara que te han publicado hasta en La Complutense?

    —Joder, qué pesado eres, explícate de una puñetera vez.

    —Yo voy a estar presente en el Congreso de los Diputados y en el Archivo Nacional, o en alguno de los dos, que no me ha quedado claro.

    —Lo sé, he leído la nota editorial. Y no solo eso, me mandó una nota para incluirla en el prólogo, remarca que lo que negreo es exactamente lo que figura en esos diarios, que es el original. Algo así, hay párrafos que me quedan en la memoria: "Lo escrito no es una versión definitiva tras varios borradores, sino la redacción original cuyo contraste con la completa, de más de 17.000 folios, !joder!, 17.000 folios, queda abierto al esforzado ánimo de quien quiera consultarla en el Archivo Nacional o en el Congreso de los Diputados, donde tengo intención de donar el texto íntegro de lo publicado", más o menos así. Ahora explica eso de solo treinta y tantos fólios.

    —Agárrate para no caerte. De esos 17.000 folios únicamente van a existir los treinta y tantos que he negreao yo y algunas notas manuscritas de tu José Bono; el resto, como si fuese una casa de muebles.

    —¡No me jodas!

    —17.000 folios encuadernados en cincuenta o sesenta tomos, expuestos en vitrinas, uno a modo de códice caliztino, encerrado en una hornacina de cristal, al igual que el famoso de Compostela, abierto por donde ellos estimen, en ese folio a la vista de todos lo que yo haya negreao.

    — ¿Hasta ahí hemos llegado? El de Compostela, por lo que sé, al menos lo es en todas sus páginas.

    —Que nosotros sepamos hasta ahí llegan. ¿Sabes lo que son 17.000 páginas escritas en ordenador?

    —Cómo no lo voy a saber.

    —Yo lo he calculado. ¿Como se editaba antes o como se edita ahora? Ahora son 100 o 120 libros,... o novelas, habría que decir novelas, malas novelas de quinientas o seiscientas páginas. ¿Cuánto te lleva negrear 100 o 120 encargos? ¡Quién cojones se lo va a tragar!

    —Los pones en un buen sitio y... ¿quién va a sospechar?

    —Cojones, que hay que ser constante, meticuloso y concienzudo para estar día tras día durante veinte años para completar 17.000 páginas de ordenador, multiplícalo por tres: 51.000 páginas, cien tochos. A cinco tochos por año.

    —Nos toman por tontos.

    Seguimos con el tema. Salió que ya no nos vemos en las librerías de viejo, no se ven los libros que negreamos. Enrique me dijo lo que ya sabía, que había acuerdos implícitos o firmados que impide que al romperse la colección pasen estos títulos al canal de viejo, que se guillotinan. "Y los ejemplares de particulares que se venden a los seis meses, los nuestros son de los que se venden a los seis meses, ¿a dónde van a parar?" Seguimos la conversación, le dije lo que él también sabía, que esos acuerdos para que no pasasen a los montones de barato existían desde hace mucho, desde que se dieron cuenta que inundaban esos montones, pero aun así se seguían viéndo los ejemplares de particulares; Enrique quedó callado por un tiempo, que ya es raro, que es de respuesta fácil, para terminar diciendo: "Habrá quienes se encarguen de retirarlos de cuando en cuando, porque ahora que lo dices, no se ve ni uno". Y así creo que debe de ser.

    En la Editora de Elvira

    Hoy he estado en la Editora de Elvira, ahora, terminando la tarde, estoy frente al ordenador tecleando esto, frente a ella. Llegó y se está dedicando a poner en orden lo que haya tratado esta mañana con su editor, ella cree que estoy con el encargo, eso le he dicho.

    Me cae mal su editor, esta mañana he estado hablando con él, no puedo evitar que note que me cae mal, sin embargo él no se da por aludido y me trata con condescendencia, será porque soy la pareja de Elvira; eso también me molesta, porque no descargo esa tensión y cuando volvemos a vernos la tengo acumulada. Se preocupa tanto por mí que me lleva y me trae para que vea unas y otras cosas, de la editora, como si ese fuese un tema de mi interés.

    Y va de moderno: chaqueta informal y pañuelo en lugar de corbata... que no es lo moderno, así fue como se inventó y así llevaba lord Byron el pañuelo de Claire Clairmont; pero ahora es moderno y a él le va lo moderno; lleva un pañuelo muy fino a modo de corbata. Esta mañana hemos coincidido y como siempre que lo veo, no tiene otro tema: la Editora, los libros y los cuentos. Diez minutos para aburrir. Luego, como le gusta su oficio, debe ser bueno, Elvira y él han congeniado y parece que se complementan. Es difícil congeniar con Elvira en lo tocante a su trabajo, pero parece que la sabe llevar, es uno de los dos hermanos propietarios de la Editora, uno se dedica a las letras, él y el otro a los números, no se estorban el uno al otro.

    Yo me he amoldado, qué remedio. Pasados esos diez o quince minutos de tabarra editorial, y si no estamos en la editora, la conversación va tomando otros derroteros y debo reconocer que tiene una conversación amena. La semana pasada estuvimos los cuatro cenando, en su casa, Elvira y yo y él y su mujer. Elvira me llevó con prevención, no me dijo nada pero se podía respirar cuando íbamos hacia su casa que no me perdonaría si me pasaba de sarcástico, no fue necesario, la noche resultó agradable; los dos, en ese ambiente distendido, fuera de la editora, debo reconocer que son muy agradables.

    De vuelta, Elvira me ha comentado que ha tenido mucha suerte con la ilustradora, es muy buena y ha entendido el cuento desde un primer momento; incluso, me ha dicho, que lo mismo que sus ilustraciones supieron recogen el espíritu del cuento, cuando empezaron a colaborar y solo era un mínimo argumento, el cuento ha ido derivando al carácter de sus ilustraciones. Me da envidia observar lo orgullosa que se siente de cómo va su trabajo.

    La licorería de Carmen y Marianela

    (por corregir)

    El local de Carmen y Marianela es un local mínimo, no pasará de nueve metros cuadrados. La noche que nos acercamos a él Enrique y yo, los dos pensamos que necesariamente debería contar con una zona de almacén, aunque no encontrásemos la entrada a ese almacén. El local estaba protegido por un cierre metálico enrollable, de lamas troqueladas en innumerables y pequeños taladros redondos, hoy en día son muchos los cierres con ese tipo de lamas troqueladas; siendo mayor el nivel de iluminación del interior que el del exterior permite la completa visión del local, matizada como por una especie de velo, parecería que el local está protegido no por un cierre sino por un tamiz muy liviano. Carmen y Marianela mantenían las luces del local encendidas, por lo que podíamos observar su interior a la perfección. Los dos pensábamos que con los licores que mantenían en exposición en las estanterías del local un comercio no podía sobrevivir, fue por eso que ambos decidimos que el local contaría con una zona de almacén en el que Carmen y Marienela almacenasen la mercancía, la necesaria para el correcto funcionamiento de la licorería.

    Ahora, cuando la noche parece ganarle la partida a la tarde, vengo de visitar la licorería, he vuelto con uno de esos licores y a lado del teclado lo tengo junto a uno de esos pequeños vasos para chupitos, me dijeron que era para tomar en chupitos, me dijeron que me gustaría y es cierto, es un licor seco muy agradable, no me recuerda a ninguno de los que encontramos en los locales.

    Esta tarde he podido observarlo con mayor detalle, no tiene ni almacén ni servicios, Marianela me dijo que lo mantienen abierto por una de esas salvedades que se dan en las ordenanzas municipales, que ni cumple con las condiciones ni las medidas mínimas exigidas para locales abiertos al público, como tantos otros del barrio, ellas no referencian entre el barrio y esas dos calles en las que se encuentra la licorería, será porque ellas recorren esas dos calles a la luz del día y con sus calles pobladas por sus vecinos, no reconocen las fronteras que Enrique y yo damos por ciertas. Les costó renovar los permisos cuando lo adquirieron en traspaso, pagan una pequeña renta y ya tienen pagado el crédito que tuvieron que solicitar para hacer frente a ese traspaso, Carmen continúa: "Fueron tiempos duros, puedes ver el local, es muy pequeño, es difícil poner un negocio en él, y el traspaso no fue pequeño, durante los primeros mese tuvimos que recurrir a la familia y a los amigos", Marianela termina: "Hoy lo tenemos todo devuelto".

    Aún siendo un pequeño local, su fachada es amplia, raro en el barrio, el local es casi un cuadrado de 3x3; casi tres metros de fachada es mucho para un comercio del barrio. La fachada es diáfana: el local es todo él como un gran escaparate con una cristalera de dos metros y la puerta del local también de cristal, con una moldura metálica mínima. La cristalera está enmarcada por frisos superior e inferior de unos 20 centímetros de ancho y dos columnas cuadradas huecas, también de unos 20 centímetros de lado, una queda al lado de la medianera y la otra separa la cristalera de la puerta, quedan por el interior de la línea de la fachada y en el lateral que da a la cristalera con taladros de arriba debajo del diámetro normal de las botellas de licor. Toda la fachada está pintada en color verde degradado que va del verde claro en la parte inferior al verde oscuro en la superior, que contrasta con la pintura del interior del local, también en degradado verde pero en este caso en el sentido contrario, claro en la parte superior y oscuro en la inferior, y con una menor intensidad en ese degradado, sin llegar al oscuro y al claro de la fachada.

    El local está muy iluminado y está totalmente libre de mobiliario excepto una pequeña mesa mostrador desviada hacia un lateral y colocada casi en diagonal y las estanterías que se apoyan en sus paredes, simples baldas que ni siquiera recorren la totalidad de las paredes, dejando espacios entre sus tramos que son de longitud desigual, el espacio en su vertical no se ajusta a la medida de las botellas, dejando espacios libres y tampoco esas baldas están completamente ocupadas por las botellas de licor, todo contribuye a disimular el poco espacio del local. Y a primera vista da la sensación que nos dio a Enrique y a mí: que la mayor parte de las existencias están guardadas en algún almacén, pero observando ahora veo que en las esquinas del fondo, una en cada una, estanterías que van de arriba abajo, de suelo a techo, con un mínimo fondo, el suficiente para que apoyen con seguridad las botellas en horizontal, y colocadas en diagonal con la esquina, pintada en marrones, como las baldas; estas estanterías, a las que apenas se les ve su estructura, permiten que asciendan cinco columnas de botellas; hechas cuentas y son suficientes para que el local esté abastecido. Le digo a Carmen que me sorprende como tienen organizado el local, el partido que le sacan y cómo, con las limitaciones de espacio, está abastecido sin renunciar a crear un entorno de una sorprendente estética.

    Me comenta que en ocasiones, cuando les llega algún pedido tienen la tentación de abarrotar de algún modo las estanterías, pero renuncian a ello; me señalan el rincón de la cristalera que da a la medianera y veo cajas de cartón superpuestas hasta media altura, sin que estén necesariamente unas en línea con otras, son las mismas cajas donde le vienen los pedidos y las van apilando hasta que encuentran lugar en las estanterías. Me dice Carmen, está tras la mesa mostrador que es de tapa de cristal: "Hemos renunciado a exponer botellas en aquella columna, pero nos ha solucionado problemas de almacenaje". Todos los orificios de aquella columna están vacíos, como dice Carmen, al contrario que la columna de separación entre cristalera y puerta que sirven para exponer, pienso que la gran mayoría de los licores que tienen a la venta, colocadas las botellas en horizontal de abajo a arriba apoyadas en horizontal en esos huecos que recorren la columna.

    Hablamos entre otras cosas del negocio, les va bien y se organizan para atenderlo en ocasiones una, en ocasiones otra y en ocasiones las dos, de modo que no les absorba todo el tiempo. Para despedirme les pido que me recomienden un licor, me hacen un breve interrogatorio y me recomiendan el que ahora tengo junto al teclado: espectacular, como les gusta decir a ellas.

    Charla de Ramón

    (por corregir)

    Anoche llamó Ramón cuando todavía estábamos en "Los Noctámbulos", dijo que le esperásemos, que estaba de camino. Ramón ha terminado por pasar de vez en cuando por el barrio, aunque no tengamos nada pendiente, que es nunca, pero viene para tomar una copa con nosotros, normalmente toma una copa, a lo sumo dos y se recoge. Cuando llegó, nos dirigimos a _____________ es un local tranquilo, no sentamos en una de sus mesas y me largo la charla, es por lo que lo temo, porque tarde o temprano termina dándome la charla, anoche me la dio, cada vez se atreve a ir un poco más allá, ayer el cabrón me puso las cosas claras, no me dijo nada que yo no sepa.

    —No sé como la empresa te da encargos, bueno sí, me tiene a mí y a otros como yo que soy el que tengo que pelearme para que el encargo salga adelante. Si fuese uno de los de la mesa ovalada —los directivos se reúnen en una mesa ovalada.— y pudiera decidir, hace tiempo que no recibirías ningún encargo, no te lo tomes a mal.

    —No me lo tomo, pero debería.

    —El que debería tomármelo a mal soy yo.

    —Venga, no empecemos, no te lo tomes por lo personal, esto ya lo hemos hablado.

    —A quien estás jodiendo es a mí.

    —Lo ves, vuelta a lo mismo.

    —Y no entiendo el porqué te dan los encargos que te dan, tú lo sabes, ahora estás con el de José Bono, que tienen interés en que salga lo mejor posible. Y no es solo este, Andrés me lo ha comentado, cuando llegaba un encargo por el que tenían un especial interés le decían que te llamase para que te hicieses tú cargo de él. Pero... puedes ser bueno y eso saberlo la empresa, pero, leñe, también saben que te lo tomas con desgana, que si puedes hacerlo bien no lo haces, boicoteas tu propio trabajo.

    —No es mi trabajo, no lo voy a firmar.

    —Yo te lo digo, te dan encargos porque no se les alcanza mis planteamientos, pero el día que se lo planteen como te digo que me lo plantearía yo, dejan de darte encargos.

    —Mira, ya te lo he dicho en otras ocasiones, no te lo tomes por lo personal, estamos aquí tomando unas copas, en ningún momento intento joderte, pero los encargos me los tomo así, seas tú mi editor o no, me caigas bien o me caigas mal. Estoy hasta las narices, si quisiera trabajar de otro modo no me sería posible, y si no meto de vez en cuando una puya con mala leche no soy capaz de seguir con otro folio. Cuando me cargo, y no soy dueño de eso, mi escape es entremeter alguna gilipollez. Y mi forma de trabajar es esa, no sé llevar nada en orden, me guste o no me guste el trabajo.

    —Coño, deja esto y escribe para ti.

    —¿Para mí? Llevo media vida escribiendo y no tengo un nombre, ¿qué editorial va a publicar su primera novela a un desconocido de más de sesenta años? Sabes tú, y eso que llevas poco en el negocio, que no tengo ninguna oportunidad.

    Le noté lo que me iba a proponer, no le dejé hablar.— No me hables de presentarme a un certamen o a un premio, que yo ya he escrito varios premios.

    ***

    (por corregir)

    Con el tiempo todos los de la editorial llegamos a conocernos, y a tratarnos con mayor o menor familiaridad, yo como otro más porque los negros llegamos a integrarnos en el colectivo como otros empleados más; no pasa lo mismo con los escritores con firma, ángeles alados que pasan muy por encima de nuestras cabezas, desde sus alturas, nos ven a todos, especialmente a nosotros los negros, muy pequeñitos.

    Con quienes más trato tengo es con nuestros editores, los editores de negros, también con los administrativos, inevitablemente te cruzas con ellos, unas veces con unos otras veces con otros. Con Matilde es un caso especial, es el cajero de la empresa, la cajera, los negros cobramos en metálico parte de los encargos, la otra va a cargo de partidas que ni las entiendo, es ella la que me paga los encargos y la que me pone a la firma las partidas que justifican los pagos, lo fimo sin mirar y me llevo el dinero sin contarlo, pero a esas visitas, debo sumarle otras muchas por mi recurrente petición de adelantos sobre los adelantos, y en muchas ocasiones me ha sacado de apuros agilizando esas peticiones. Matilde es como un madona de anchas cadera, gasto mucha familiaridad con ella y como se le puede decir, como no tiene complejos, como si le molesta algo no se lo calla y te larga otra peor, en ocasiones le pregunto cuál de las tres gracias es, ella se ríe y me pide que no me ría: "No te rías, pero de joven me decían que me parecía a Sandie Shaw", no la creo y le digo que no la creo, a lo que termina: "Más hubiese querido Sandie Shaw parecerse a mí cuando era joven".

    Su marido es el encargado del almacén, entró en la empresa como aprendiz de cajista cuando en la empresa se hacían trabajos de tipografía, se convirtió en un buen cajista, el mejor, resistió el paso de las linotipias y una vez achatarrada la última minerva pasó al almacén, hace años que es su encargado. Matilde empezó ayudando en la caja, hoy la lleva ella y lleva los números de los empleados de la empresa, es ella la que maneja toda la nómina, aunque posiblemente siga con el sueldo de cajera."Siempre vienes con una hora de adelanto", diciéndome que siempre voy a por dinero antes de que se haya cursado la autorización; yo le respondo que vengo de dar la vuelta al mundo.

    Con quien tengo una relación especial es con Pedro, es editor de ángeles, con él entro en complicidad con facilidad; nunca las hace, pero le gusta colaborar en las que hago yo, siempre está dispuesto a lo que le pida. Frecuentemente recurro a él, algo que no pedo hacer con André, mi más solida amistad en la editorial, pero para esas cosas es muy serio.

    Por eso esa aquella mañana me dirigí directamente al despacho de Pedro, el día anterior había tenido bronca con Ramón. Me levanté y me dirigí hacia la puerta.

    —¿Me vas a dejar con la palabra en la boca? —sorprendido cuando pensó que iba a abandonar el despacho.

    Me limité a abrir la puerta y dejarla abierta. Volví para sentarme nuevamente frente a él.— Como veo que lo que quieres es que se entere toda la empresa, es para que no fuerces la voz.

    Continué aguantando el chaparrón, pero tan tranquilo, viendo como se esforzaba por gritar en voz baja. Cuando terminó y me dispuse a salir, ni siquiera tuve que abrir la puerta.

    Esa mañana me levanté y me puse con el encargo, para procurar tenerlo en la última fecha que me marcó. Cuando una de esas notas me llega cuando estoy empezando lo suelo pasar por alto, pero llevaba ya varios apuntes y me iba cargando, fue cuando me pongo con esta en la que queda patente cómo afronta José Bono sus diferencias con la Justicia. Es referida a la supuesta defensa de un menor que fue sentenciado a pagar 25.000 pesetas por ofensas a un alcalde de la competencia, eso si hago caso a los datos que me aporta, que todo parece invenciones para justificar unas y otras anécdotas:

    Varios magistrados encargaron al abogado Javier Sánchez Carrilero que interpusiera una demanda civil contra mí pidiendo 40 millones de pesetas de indemnización. Hablé con un famoso magistrado de Albacete y le mostré las cintas de la conversación con una gitana a la que se la prometía una sentencia favorable para su hijo si accedía a determinados favores. A otro le expliqué lo que mucha gente en Albacete decía: que un magistrado había aprobado las oposiciones a judicatura porque se presentó su hermano a los exámenes haciéndose pasar por él. La demanda contra mí no se presentó.

    No tengo menos que comentarla, como tantas otras que las comento en negrita para retirar los comentarios en su versión definitiva.

    "Qué machote José Bono, como pone a los magistrados en su sitio."

    Aún di forma a otras cuantas notas, para llevarle algo a Ramón y que me dejase tranquilo unos días. Y fue cuando me disponía a borrar los comentarios, en este caso únicamente aquel sobre la hombría de el honorable, cuando decidí enviarle el borrador a Andrés sin borrarlo, simplemente le quité la negrita.

    No se lo envié directamente desde casa, cargue el borrador en un pendrive y me dirigí a la editorial, era casi la hora de comer.

    Recurría a Pedro: "Pasa al despacho de Ramón y dile que tenga cuidado con lo que le llegue mío, que te he llamado y que por lo que te he contado va con pólvora. Ahora te cuento"

    Fue a avisar a Ramón y cuando volvió le esplique que había dejado ese comentario, con la intención de cabrearle, porque no es la primera vez y eso le obliga a revisar todo lo que le mando. "Coño, para eso está ¿no? No revisas tú lo que te envían los ángeles".

    —Sí, pero ellos no me hacen tus cabronadas.

    Una vez ya estaba avisado le pedí que le enviara el archivo desde mi correo.

    —¿Cuál es la contraseña? —me preguntó para abrir mi correo.

    —"Leonor".

    —¿No la vas a cambiar nunca?

    —Todavía la recuerdo, para qué la iba a cambiar. Además, no creo que la olvide nunca. ¿No te ha pasado el olvidar alguna vez la contraseña del correo?

    —A mí nunca.

    —Pues yo con "Leonor" tengo la seguridad de que no se me olvida.

    Le envió el correo y quedamos a la espera de su llamada, dejé el teléfono sobre la mesa y nos entretuvimos hablando de los ángeles. De uno de ellos me llego a decir que cada vez iba a peor que "en lugar de aprender, desaprende. Va a llegar el día que sus libros los firme Jorge", Jorge es uno de los correctores de estilo de la empresa. "Trato más con Jorge que con él mismo. Un desastre".

    Había pasado ya demasiado tiempo, no era posible que no hubiese llegado al comentario. Nos fuimos a comer. Nos dio tiempo a comer a hacer la sobre mesa y a volver la editorial y todavía no había recibido su llamada, miré el correo y tampoco tenía nada. "Joder, que le pasará que no llama y no se le oye", estábamos a su puerta, la entreabrí y no estaba. Joder, se fue a comer tan tranquilo. Lo esperamos junto a la máquina del agua, desde la que se ve su puerta y desde donde es difícil que él nos vea a nosotros. Volvió a los diez o quince minutos, pasó a su despacho con toda tranquilidad. Deje a Pedro, algo había salido mal, entré en el desapacho de Ramón.

    —¿No te ha llegado lo que te mandé?

    —Sí.

    —¿Y?

    —Se lo he enviado, para ver que le parece.

    —¡Coño! Es que no lo has revisado!

    —Sí

    —¿Y todo bien?

    —Todo bien. Si no te ha llamado es que está todo bien, si no, ya lo conoces, lo lee siempre nada más le llega.

    —¡Qué cojones tienes!

    No había terminado de decírselo cuando me llegó la llamada de José Bono. "¡Qué cojones tienes!". Aún, antes de ponerme al teléfono me dijo: "Cosas más raras le he mandado y eran notas suyas." No pude responderle José Bono ya estaba al otro lado del teléfono:

    —Hombre... no me hagas eso, si se me pasa la liamos —¿Qué cojones podía decirle? Estaba pensado cómo disculparme cuando continuó.—Las fechas no me las cambies que pierde la gracia.

    No entendía nada, volví a escucharle: "Y menos poner como la fecha en la que firmo el diario el 18 de julio", eso es quererme buscar un lio".

    Ahora lo recordé, hace unos días, allí donde me lleva a comer Ramón, pude hojear un libro de anécdotas históricas, hoy son esos libros y los de autoayuda los que se publican, con firma, recuerdo la tapa menudas historias lo firmaba Concostrina y pude leer como prefacio que aunque intentó contrastar las fechas probablemente no fuesen las exactas: "No lo tengan en cuenta. Día arriba, día abajo no cambiaría el curso de la historia. Ejemplo: Franco habría sido igual de nefasto si se hubiera pronunciado el 18 o el 20 de julio". Termina recomendando que se consulten fuentes más doctas: "Ojalá, a beber en fuentes más doctas". Lo recordé cuando estaba dando forma definitiva al prólogo que me llegó fechado el 31 de julio de 2012, en Albacete, cambié la fecha pero olvidé ponerlo en negrita.

    Tuve que disculparme y darle algo a cambio para que las cosas no fuesen a más. Le regalé un chascarrillo que supuse le gustaría.

    —En una entrevista Lola Flores le dice: "Te tenía por un viejo y eres un chavalín", usted la piropea y ella le responde: "Mira José, la que vale... ¡vale pa to!", así, como suena: "pa to", y termino el apunte, que ya me dirá usted el día: "Usted es honrado. Yo pongo la mano en el fuego por usted; está libre de polvo y paja", que se lo podría decir, si no encuentra usted a alguien mejor... Pilar Urbano, la periodista.

    —Estupendo, me gusta. Solo una cosa... eso de que "me tenía por un viejo"...

    —Para buscar el contraste, para que quede aún más remarcado lo de "chaval".

    —Sí, tienes razón, me gusta, búscale tú el día, pero que ahora no se te vaya a olvidar.

    —Dejo el teléfono y me pongo a ello.

    Antes de colgar me dice: "Je, je, lo de machote... no es que no me guste, pero quítalo, da mucho el cante".

    Ni Ramón ni yo pudimos cabrearnos, al final el comentario no supuso ni tarjeta amarilla ni roja, fue una cuestión de fechas, un descuido mío que movió a José Bono a llamarme. Bajamos a tomar un café de máquina en recepción y me comprometí a ponerme al día antes del viernes.

    En el Teatro Nacional

    (por corregir)

    Elvira se ha despedido de mí con un beso al ver que encendía el ordenador, me ha dicho que lo dejase para mañana, pero mañana no voy a recordar nada de lo que ahora quiero dejar escrito. Anoche fue uno de esos días en los que Elvira me acerca a los circuitos de la Cultura. Hemos estado en una sala alternativa, no recuerdo ni obra ni autor, fue incómodo cuando acabada nos levantamos de los asientos y me preguntó qué me había parecido.

    Ya me ha llevado al último estreno de un Novel y hemos asistido al más relevante acto escénico de la temporada, en el Teatro Nacional, fue al poco de venirse a vivir, me llevó entusiasmada, por la expectación que suscitó, refrendada la expectación por la prensa.

    Una promesa de la escena por lo innovador de sus montajes. Autor del libreto, escenógrafo y director de este montaje suyo, atendiendo a la expectación creada con anterioridad al estreno, se la jugaba, se jugaba su incipiente prestigio, no fue así, recibió unánimemente las mejores críticas, su montaje fue calificado de revolucionario; de ahí el entusiasmo de Elvira, porque nos gusta el Teatro y, en eso coincidimos, es difícil asistir a un buen montaje.

    A Elvira le sorprendió, a mí también pero en otro sentido, ella se sorprendió entusiasmada, yo con recelos; se habían retirado todas las butacas del patio de butacas, solo quedaban las de los pisos superiores, nosotros estábamos en el primero. En las reseñas y críticas se advertía de lo innovador de la disposición del escenario y de la recomendación del autor para guardar discreción sobre su concreta disposición: "El espectador debe estar desprevenido ante lo que va a encontrarse al entrar en la sala, esa desinformación forma parte del montaje", esas eran las palabras del autor que consideraba esa reserva tan necesaria como en cualquier otra obra es necesaria la reserva sobre el desenlace. Mis recelos se cumplieron, estuve incomodo en la butaca durante toda la obra.

    En el intermedio, Elvira recorrió el vestíbulo tratando de localizar al autor para mostrarle su agrado con la obra, una felicitación anticipada pienso yo. Podía abordarle porque era conocido de uno de los propietarios de su editora, fue por eso que pudimos asistir a tan magno acontecimiento a los pocos días de su estreno, él fue el que nos proporciono las localidades, dos de las sesenta o setenta que se mantenían habilitadas para cada sesión, ya que ni siquiera todas las butacas de los pisos superiores permitían la visión sobre el innovador espacio escénico, escasamente se contaba con sus primeras filas.

    Entre tan escaso público, no le costó reconocerlo y localizarlo, por supuesto podía vérsele centrado en medio del vestíbulo, donde ya se encontraba incluso antes de que los primeros espectadores fuésemos levantándonos de nuestras butacas. Fue lo más entretenido del acto teatral según mi gusto, el momento en que Elvira me presentó, me presentó como su pareja, pero inevitablemente surgió el tema de las profesiones: "Arquitecto", me presentó como arquitecto, lo curioso es que en ningún caso le conté a Elvira que fuese arquitecto. Cuando surgió el tema me mantuve expectante, porque mejor que nadie se lo difícil que es definir mi profesión, Elvira sabía que mi trabajo debía la misma reserva que aquel espacio escénico. No titubeó: arquitecto. Lo comentamos, sabía que para evitar hablar de mi trabajo frecuentemente me presentaba como periodista; ella con buen criterio me dijo que esa no era una opción, porque se interesaría demasiado por mi actividad de periodista y recabaría detalles para los que probablemente no encontrásemos, habló en plural, no encontrásemos una respuesta satisfactoria.

    Fue una noche ajetreada, la obra sin un argumento coherente y con una trama mínima y repetitiva, sin que al menos yo le encontrase un sentido, ya en el intermedio, un corte en la obra de un único acto, se presagiaba absurda sin ser teatro del absurdo, anodina. Casi nos cuenta el final, Elvira le reconvino, el autos le dijo que no era la pretensión de la obra que existiese expectación sobre el desenlace, tajante dijo: "No hay final", no se dio cuenta que terminó contándonos el desenlace, no tenía desenlace. Había permanecido al margen de la conversación, Elvira me reconvino con la mirada, eso se le da muy bien a Elvira, hablarte con la mirada, como negarse, saque le tema de la Cultura y el apoyo a la Cultura, el autor se animó tanto como cuando hablaba de su obra, seguí con el tema, sobre la importancia de la cultura y la importancia de los payos que merece la cultura, hasta hay bien, Asta Elvira se sentía orgullosa de mí, de mi convicción y de mis argumentos, logre que el autor permaneciera callado por unos breves minutos, había que continuar, busqué su entusiasmo, el del autor: "Pienso que en casos de obras difíciles, innovadoras, de acogida difícil, se debería apoyar especialmente", Elvira también se mostró de acuerdo conmigo, continué: "Pienso que en casos como este que incluso está en riesgo el prestigio del autor, deberían de compensarle", Elvira me miro, como ella mira cuando advierte que voy a degüello, tarde, ya iba todo rodado: "Todo lo recaudado sería poco para compensarle económicamente", el autor asistió complacido, yo no quise mirar a Elvira: "Yo le asignaría diez veces lo recaudado como retribución a su trabajo, por lo menos diez veces lo recaudado, hasta ese extremo pienso que debe llegarse", pienso que tras esas palabras el autor intentó hacer cálculos, continué: "Y eso sí, también pienso que debería asumir algún riesgo más allá de su prestigio, el montaje debería correr de su cuenta".

    Elvira no sabía dónde meterse, nos despedimos y el autor quedó pensativo. Tomamos nuestros respectivos asientos sin comentar nada, seguí inquieto en la butaca como en la primera parte y pude observar como Elvira también lo estaba, lo que no quitaba para que en la tertulia que solemos mantener en alguna cafetería cercana cuando asistimos lo mismo al teatro como a otros acontecimientos culturales, en esa tertulia de dos mantuviese las excelencias de un montaje tan innovador y su merito. En una cafetería cercana al Teatro Nacional comentamos la obra, por el camino ya salió el tema de nuestra conversación con el autor, me abroncó por mi falta de etiqueta, pero también se rió recordando con la cara que quedó al despedirnos de él. Ella defendió la obra sin demasiada convicción, yo tampoco puse mucho empeño en patearla.

    (por corregir)

    Esta noche, la tertulia la comenzamos en la propia sala, recién acabada la obra, cuando acabábamos de levantarnos de los asientos. La sala es una sala muy pequeña a la que ya me ha llevado Elvira en varias ocasiones, en este como en los otros montajes, escenario y público compartimos espacio, los espectadores sentados en unas sillas rodeamos a los actores, una disposición de escenario que responde más a las exigencias del local que a las pretensiones de los montajes. Los actores doblaron el espinazo repetidas veces recogiendo los aplausos de su público, nos estábamos levantando de las sillas para ir abandonando la sala, algunos aprovechaban para, puestos en pié, seguir con sus aplausos. Quizá fue por nerviosismo, pero Elvira tuvo la mala idea de pedir mi opinión en esos momentos, cuando los actores todavía no habían alcanzado el amplio biombo que les servía de entre bambalinas, habiendo observado que no hice ni gesto para aplaudir. Llevamos ya más de seis meses juntos, me ha llevado ya a acontecimientos culturales parecidos a ese, pienso que fue imprudencia suya, que no se me puede achacar responsabilidad mía; un "La madre que los parió" resonó en la sala que se impuso a aplausos y murmullo de otros espectadores, murmullos que sin duda alababan la representación, a su autor, su director si lo hubiera y a los actores, pero el "la madre que los parió" se impuso a todo aquello. Inmediatamente recibí un rodillazo en la pierna que casi me dobla, había empezado mal la tertulia. Los aplausos cesaron y todos fuimos abandonando la sala, en la salida aquella que nos facilitó la entrada una vez comprobadas nuestras entradas me dedicó una mirada que me pareció poco amistosa, recorriendo los metros que nos separaban de la cafetería en la que solemos sentarnos cuando asistimos a esta sala, continué: "No se les hace ningún favor aplaudiéndoles; ni a ellos ni a nosotros los espectadores, ellos no aprenden y nosotros, si no estamos prevenidos, terminaremos tragándonos otro bodrio mayor".

    Empecé mal, la forcé a defender una obra que sé que le disgustó casi tanto como a mí, más porque insistí: "Uno que se pasea durante más de media representación con los calzones bajados enseñándonos los güevos, ese es merito de la obra y del actor, porque ha mantenido los güevos colgando como un mono durante toda la obra, que ya es difícil que en ningún momento se le encogiese el escroto". No podía ser de otro modo, el personaje era un cura y aquellas que se empeñaban en bajarle los calzones para verle los güevos, monjas. Tuve que hacer esfuerzos para evitar en sus ires y venires no me los plantase en la boca, porque quedaban a la altura. Eché de menos la tan denostada cuarta pared.

    Elvira no me soporta cuando me pongo así: "No me das la razón por eso", le dije; ella defendía la libertad para la creación artística y recurría a la dificultad que entraña una disciplina artística como el Teatro, yo me mantenía en lo incómodo que es tener un par de güevos a un palmo de las narices. Debo reconocer que hice descender el debate al nivel de lo grotesco, esto hasta que los dos nos cansamos de enfrentarnos dialécticamente defendiendo posiciones que los dos compartíamos, yo compartía los argumentos de Elvira sobre el teatro independiente, sobre el teatro de círculo, sobre la experimentación, sobre asumir riesgos, etcétera, etcétera; y estoy seguro que ella mantenía mi misma opinión sobre la representación a la que acabábamos de asistir, aunque a ella le, hubiese gustado un debate en otros términos más racionales. Calmados ambos, pedimos una segunda consumición y pudimos intercambiar opiniones más productivas sobre el Teatro, la Cultura, las vanguardias, sobre los diferentes aspectos que intervienen en el hecho teatral o más ampliamente el hecho cultural; estos aspectos se iban encadenando unos a otros, como ocurre cuando se logra cuajar una buena conversación.

    La Chimenea

    Aquella noche acabamos en La Chimenea, es el mayor local del barrio. Cuando estás en él intuyes que puede serlo, aunque la distribución de su espacio lleva a que dudes si no lo será Júpiter que ocupa gran parte de una nave en tiempos dedicada a taller mecánico y posteriormente pequeño garaje que daba servicio a los vecinos antes de abrirse un gran parking subterráneo en la hondonada, ya fuera del barrio. Ahora aquel garaje lo ocupa el Júpiter y un pequeño supermercado de barrio. El Jupiter es un espacio amplio, un rectángulo cuyo fondo dobla su frente, sin apenas modificar lo que quedó de taller y garaje, con las canalizaciones del sistema eléctrico y la iluminación al aire, presidido por una gran cúpula achatada pintada en su interior como nos imaginamos y hemos visto por fotografías y poster a Júpiter; se supone que bajo esa especie de cúpula amarrada a su alto techo estamos en el interior del planeta; su iluminación, la del gran planeta y la del local va cambiando conforme pasa la noche intentando enfatizar la ilusión. El Júpiter se encuentra en una de las fronteras del barrio tal y como Enrique y yo las tenemos establecidas, porque se encuentra a mitad de la cuesta que va a dar a la hondonada, ya fuera del barrio; a veces nos referirnos a él como "el parkin", Enrique suele decir "¿qué te parece si aparcamos por un rato?". Vamos poco a "el parkin", no me gusta el ambiente que se da a broncas y malos royos, pero también porque en su amplitud, no cuenta con una sola mesa.

    Una noche, una de esas discusiones banales que solemos mantener Enrique y yo la invertimos en cuál de los dos locales era el mayor, Enrique defendía que posiblemente fuese mayor La Chimenea que el "parkin", pero que las divisiones de La Chimenea, que son muchas, con muros de asta o pie de ancho, le comían mucho espacio libre y comparado con el gran espacio útil de el Júpiter, La Chimenea salía perdiendo. Nos llevó más de media hora no llegar a ninguna conclusión.

    La Chimenea Forma parte de una cuadra que en tiempos estaba ocupada por las tiendas del barrio, con construcciones bajas a dos aguas, con la cumbrera en paralelo con el frente, recorriendo a lo largo la cuadra. En principio fue un horno de pan que distribuía el pan a otras panaderías, despachando pan solamente de vez en vez al vecino que se acercaba a su puerta, cuando el barrio mantenía como una isla, una amplia zona por urbanizar y el horno se encontraba más o menos centrado en esa isla, cuando las calles del barrio quedaban interrumpidas por esa isla y lo que la recorría y comunicaba las calles eran caminos intransitables de tierra en verano y barro en invierno. Hoy ese descampado lo ocupan cinco o seis cuadras, todas edificadas a cuatro alturas, la panadería ha quedado encajada en una de ellas.

    Cuando estos caminos fueron adoquinados a semejanza del resto de calles del barrio y comenzó a poblarse esa media docena de manzanas, cuando comenzó a transitarse con normalidad frente al obrador de pan, este abrió al público habilitando una pequeña zona para el despacho de pan. Con el tiempo, a ambos lados del obrador fueron surgiendo tiendas que daban servicio al barrio: una frutería, un restaurante grande y popular, a la vez asador de pollos, una ferretería, una droguería, todos construidos a los lados del horno de pan, siguiendo su construcción, de una altura con el tejado a dos aguas, y ocupando toda la cuadra. La parte posterior de la cuadra la ocupó un garaje de autocares, una amplia nave que una empresa construyó para encerrar sus autocares.

    "Así fue como quedó el barrio: todo construido con casas de cuatro alturas y esta manzana libre para la especulación, casi en el centro de la ciudad", terminó diciéndome el dueño de La Chimenea para explicarme los orígenes del local, todo lo sé por él. Continuó contándome, todo ello cuando le pregunté si sabía si su local era mayor que Júpiter.

    -El mío es mayor, y luego tengo la terraza. Mi trabajo y mi dinero me costaron sacarla adelante, porque tuve que untar a uno del ayuntamiento. Y la acondicioné bien.

    El local se lo compró a los herederos del panadero, que mantuvo la panadería hasta el momento de su muerte: "Aguantó hasta el final". Me dijo que lo compro a buen precio, se dejó todos sus ahorros, era camarero según me dijo, y ahorró para establecerse, se endeudo con los bancos, pero aunque le costó reunir el dinero, lo compró bien, por las rencillas que surgen con las particiones: "Muchas veces un hermano es capaz de perder lo suyo con tal de que los otros también lo pierdan. Ese fue el caso".

    Continuó contándome la historia del panadero. "Vio como se iba haciendo el barrio a su alrededor, ese descampado que no sé decirte porqué quedó por terminar, y lo que debería haberle supuesto progresar, fue su dolor de cabeza". Llegó un momento en el que todos vendieron a su alrededor, malvendieron porque se encontraban en situación de desahucio, por las ordenanzas municipales, llegaron a considerarse construcciones ilegales, no ajustadas a esas ordenanzas: "Me imagino que las cambiarían a su antojo".

    "No quiso vender y se lo hicieron pagar, hasta le llamó un concejal para intentar convencerle. Bueno convencer le, puso sobre la mesa su situación, le dijo que lo iba a perder todo, le hizo ver que lo mejor era que aceptase lo que le ofrecían; le dijo que contra esa gente, con su dinero y sus abogados, llevaba las de perder. No vendió y se lo hicieron pagar, no le pudieron tirar la panadería, pero tuvo que quitar el horno, se lo hicieron quitar aplicándole aquellas ordenanzas que pudieron encontrar y las se inventaron. Aun así aguantó como panadería, con un pequeño horno que no pudieron decir que era industrial y prescindiendo de los empleados. Cuando visité el local para comprarlo daba pena pasar y ver cómo todo estaba echado a perder, con toda la parte de atrás y parte de la de adelante clausurada", como anécdota, riéndose por la mala leche de los del ayuntamiento terminó: "Lo que destacaba de todo, interior y exterior, todo convertido en una ruina, era una enorme chimenea reluciente que sobrepasaba las casas que la rodean; quien me acondicionó el local me dijo que mantuviera la chimenea, pero la hice tirar".

    Me dijo que quien le había acondicionado el local fue el mismo que acondicionó un restaurante en el que trabajó, le gustó como estaba aquel restaurante distribuido por ambientes, todos muy acogedores, no había olvidado ese restaurante, no olvidó quién lo había acondicionado, por aquél entonces ya estaba ahorrando para establecerse, lo llamó, tuvo la suerte de que seguía acondicionando locales y lo puso en sus manos. "Todo menos mesas y sillas, que fue otra suerte, localicé un ebanistería que fabricaba unas mesas y unas sillas únicas. Y cuando digo únicas es únicas, ¿te habrás fijado, no?"

    Las mesas y las sillas son todas diferentes entre sí. Las mesas se diferencian todas por su tamaño y forma, pequeñas diferencias que las hacen únicas. En lugar de ser cuadradas o rectangulares mantienen sus esquinas redondeadas y sus lados deformados por curvas y ondulaciones que son diferentes en cada una. Las sillas con las patas torneadas, al igual que las mesas, pero con torneados diferentes entre sí; el asiento y el respaldo con formas parecidas a las tapas de la mesas, todas con ligeras diferencias, el respaldo ligeramente acolchado y curvado, buscando la forma de la espalda al reposarla sobre él. Como no son de mucha filigrana son de buen gusto, y muy cómodas. Las encontró por casualidad y estaba decidido a comprarlas cuando el vendedor le habló de esa singularidad, se las podían entregar todas diferentes entre sí, él hizo el encargo con todas diferentes excepto una mesa y una silla que se repiten.

    -La mesa que es réplica la tengo localizada, pero la silla hace tiempo que le perdí la pista.

    El local está distribuido en varias alturas, me dijo que aprovechó que el suelo de la parte del fondo estaba rellenado de escombros para vaciarlo y bajarlo casi metro y medio, la zona donde ahora se encuentran almacén y los servicios, en la parte de atrás, detrás de la zona de barra.

    Tienes que haber estado en él en varias ocasiones para hacerte una idea de la distribución de sus espacios, también porque los espacios no están separados por muros ciegos sino que quedan en muchos casos reducidos a columnas que enmarcan huecos y espejos. Todo él está encalado en tosco y sus muros con las aristas y rincones redondeados, el suelo en terrazo rojo, pavimentado sin huella.

    El escaparate de la panadería es ahora una cristalera que deja la mitad de la zona de la barra a la vista desde el exterior. Se entra por una puerta que deja la zona de la barra a la izquierda y un espacio de mesas a la derecha que va desde el frente hasta el fondo, con seis o siete mesas, pueden ser ocho. Entre ese espacio y la zona de la barra un tramo de escalera de siete u ocho peldaños que sube a una parte superior a espaldas de la barra. Ese tramo de escalera, como los otros, parece salir de los muros como sobresalientes de estos, con las mismas formas de estos y con la huella de sus escalones en terrazo rojo, como los suelos, su barandilla en obra de medio pie, con su pasamanos redondeado. Arriba, la barandilla sigue hasta el fondo, sobre la sala de masas inferior, desde donde puede verse esta desde arriba ya que guarda altura con esta otra zona en la que ya estamos. Al otro lado, recorriendo todo la espalda de la barra otro espacio que se prolonga cuatro metros hasta el fondo, descontado el tramo de escalera que sube a la terraza; y al fondo de este espacio, un rincón de cuatro por cinco que da paso a otro espacio rectangular que vuelve hasta la fachada, con un ventanal desde el que se puede ver la calle; en el espacio del rincón son seis o siete escalones los que dan paso a este otro espacio, ya que se encuentra a la altura de un primer piso; en este espacio existe una puerta en su lateral que da paso a la terraza.

    La parte baja la ocupa ese espacio de mesas ya mencionado a la derecha, la escalera por la que hemos subido a otras alturas y, a continuación, la zona de barra de siete u ocho metros de largo, con mucho espacio para estar frente a ella; pasada esta, el tramo de escalera que da a almacén y servicios, que hundidos media altura ocupan lo que en la parte superior son la sala y el rincón. Completa la parte baja otra zona, bajo el espacio superior con vistas a la calle, para estar de pie en él, con mobiliario donde poder dejar la bebida.

    La iluminación es atenuada en todos los espacios y la decoración aparece muy puntualmente en los escasos espacios que no están ocupados por espejos empotrados unos diez o quince centímetros en la pared, dando sensación de ser huecos en ella; son fotografías en blanco y negro de lo que era la panadería en sus orígenes que el dueño actual se preocupó de recuperar del local cuando lo compró; en muchos casos, fotografías que se encontraban arrumbadas en aquellas zonas clausuradas; fotografías que recorren la historia de la primitiva edificación, desde que aparece aislada en el descampado hasta que pasa a formar parte de esa hilera de establecimientos que daban servicio al barrio, algunas con muestras de humedad, fotografías que una vez formaron parte del horno de pan y de la panadería.

    Recorriendo el local, sus salas en sus distintas alturas, cuesta trabajo diferenciar lo que es un hueco en el muro que da a otra sala de un espejo que refleja esa misma sala u otras. No vallas allí intentando buscar a alguien porque te va a ser difícil localizarlo. Es un local muy acogedor y su clientela muy variada, agradable de estar en él cuando apenas está concurrido como cuando está hasta los topes, como también se pone. A su atractivo se suma el de su terraza, con una distribución en alturas que reproduce las alturas del local, excepto la sala con vistas a la calle que se encuentra a altura de la terraza, pudiéndose acceder a ella por una puerta en su lateral, como ya quedó dicho. Un tramo de escalera apoyado en el fondo de la sala posterior de la barra, que con el tramo de escalera que da a la sala convierte a ambos tramos en una escalera en ele con un largo rellano, da acceso a ella, a parte de la puerta existente en la sala con ventanal a la calle. En ella existe otra barra, justo sobre la barra del local, que se mantiene abierta la mayor parte del año, porque está cubiera por una gran lona que también sirve para ocultar las medianeras con su ventanucos.

    ***

    (por corregir)

    Estábamos acabando la noche, me disponía a cruzar, metros más adelante, al otro lado de la calle, todavía estaba abierto el _____, me encontraba en mitad del adoquinado cuando Enrique me hizo parar.

    —¿Tú has visto a los carteros que anden cruzando la calle? Vuelve a la acera y camina, hoy toca impares.

    Llegamos al ______, casi en los confines del barrio, estaba cerrado. Le recriminé no haber parado en ________.

    —No debí hacerte caso: cerrado. Habrá que volver, ¿has ido tirando migas de pan?

    —Desde que salimos de La Pelouse.

    —Entonces lo tenemos fácil, tomemos allí la penúltima.

    Enrique volvió a hacer de guía, en algún momento nos perdimos, inadvertidamente traspasamos alguna de las fronteras, me negó que estuviésemos perdidos, dijo que sabía por donde iba y que iba bien.

    —¡Que coño vas a saber, estamos andando en círculos!

    —Entonces solo tenemos que seguir hasta localizar algún oasis.

    Estaba amaneciendo cuando nos adentramos en un parque, no el parque del barrio, otro con alguna traza de serlo, porque había algo de verde, verde y árboles, entre ellos nos topamos con lo que podía ser una escultura, un busto sobre un pedestal en forma de obelisco. En el obelisco un emblema que bien podría ser de los zapadores del rey, un pico y una pala en aspa enmarcados en redondo por dos ramas de laurel, bajo una corona. El busto desproporcionado con el obelisco, pequeño y puntiagudo, informe para llamarse escultura, todo de muy mal gusto.

    —¡Me cago en el alcalde! —exclame. Estaba frente al Apóstol del árbol.

    —¿Qué cojones es esto? Quiere ser una escultura ¿no? La cabrona está desenfocada.

    —¡Me cago en el alcalde! —repetí mientras procuraba hacerme una mejor idea de aquella parodia de escultura.

    —No será cosa del alcalde —Enrique rectificándome terminó.— Esto es obra del concejal de Cultura, seguro.

    Observé en la base del obelisco: "Apóstol del árbol. 1926".— Resuelto, del concejal de Medio Ambiente, es el Apóstol del Árbol.

    —¿Y sabes dónde estamos? —me preguntó Enrique.— Porque es hora de recogernos.

    —No, pero dejémonos de migas de pan y guiémonos por nuestro instinto —indicando un punto al azar, pero que nos llevó de regreso al barrio.— En línea recta por allí.

    Ya de vuelta y callejeando, con el día ya amanecido y con la reanudación del tráfico, como los coches volvía a hacer su aparición en las calles Enrique intentó retenerme una de las veces que crucé la calle por cualquier sitio: "Ven por acá, por el paso de cebra"

    —No es un paso de cebra —le dije.— es una trampa canadiense, no ves que el ayuntamiento nos toma por animales.

    Aquel mismo día, después de dormir unas horas, recordando aún la parodia de escultura, empecé el trabajo en el encargo con un apunte:

    En esta visita pude apreciar que no todos los políticos tenemos buen gusto, me topé con el busto del "Apóstol de árbol", iba con el alcalde, el concejal de Cultura, el de Medio Ambiente, incluso el de Urbanismo, también con sus señoras. No quise romper la cortesía que les debía como invitado haciendo una crítica directa, como el alcalde era amigo se lo dije casi en verso: "Te lo digo con todo mi alma, para que te llegue muy hondo de la tuya", al tiempo que le tarareaba "Por una cabeza...", no sé si lo entendería.

    No coló, me lo tiró para atrás, pero algo debió trascender porque lo usó un flamenco para una de sus promociones. José Bono a cambio me envió una nota sobre el trasvase Tajo-Segura y la conservación de los árboles. La incluí, como también, retrocediendo a uno de los primeros días, puse que estaba en desacuerdo con Felipe González en la política hidráulica, por si colaba. ¿Aceptaría José Bono estar en desacuerdo con su Felipe en algo? O coló o no lo vio, pero el apunte salió adelante.

    Errique Montálvez y Pérez-Elesco

    (por corregir)

    Anoche coincidí con Carmen y Marianela en La Farmacia, ya estaba mediada la noche cuando Enrique propuso que nos pasásemos por allí: "Vayamos en busca de Afrodita", me dijo, como si fuese a ser allí donde poder encontrarla, como si aquella noche en la que conocí a Afrodita se hubiese cometido un crimen y algo pudiera moverla a regresar a la escena del crimen. En varias ocasiones, en esas noches en las que no se encuentran argumentos, faltos ya de ideas, ya le había pedido a Enrique el pasarnos por La Farmacia buscando coincidir nuevamente con Afrodita: "Acompáñame, tengo la imperiosa necesidad de retornar a la escena del crimen", siempre se encoge de hombros y me sigue sin protestar y sin oponer otra sugerencia. En esta ocasión fue de él de quien partió la idea, yo me encogí de hombros y le seguí, hasta entrar en el local.

    Era fin de semana, por las horas, todos los locales estaban llenos y la calle concurrida por numerosos grupos en búsqueda del lugar donde continuar con la juerga, las puertas de los locales estaban todas ocupadas por fumadores; La Farmacia la encontramos también abarrotada, con todas sus mesas ocupadas y sin espacio en la barra, la única que faltaba era Afrodita. En una de las mesas del fondo estaban Carmen y Marianela, que me saludaron con la mano, pedí mi consumición y una vez servida me fui con la consumición a compartir mesa con ellas.

    Ocurre que hay personas que te pasas meses sin coincidir con ellas, aunque vivas puerta con puerta o compartas lugares y hábitos, para las que eres un desconocido, las que son para ti desconocidas, pero que una vez se produce el primer saludo o cruzas con ellas las primeras palabras, y comienzan a ser cotidianas en tu vida, comienzan a aparecer cotidianamente en los espacios que compartes con ellas, con una frecuencia que antes no se daba. Quizá sea que siempre han estado ahí y siempre han pasado desapercibidas para ti y probablemente tú para ellas.

    Es el caso de Carmen y Marianela, hace solo quince o veinte días que estuve en su licorería y desde entonces ya hemos coincidió en diversas ocasiones, cruzándonos por la calle, en el mercado y el fin de semana pasado, una de sus noches, en otro local. Anoche coincidimos en La Farmacia, viene al caso el incidente que hace ya tiempo protagonizamos Enrique y yo, a cuenta de nuestro espíritu falsario.

    Hasta que Enrique se hizo asiduo del barrio lo normal cuando me preguntaban por mi ocupación era que les dijese que era periodista, sin que fuese enteramente falso, pero había que justificar ese empleo en la actualidad, algo que no entraña dificultad porque no es difícil encontrar en la prensa artículos firmados mediante iniciales, memorizas unas iniciales que aparezcan con cierta frecuencia y sales del aprieto, eres un periodista en activo con lo que puedes justificar unos ingresos y un horario desordenado, para mí, y también para Enrique es una tapadera perfecta que salva el tener que entrar en detalles sobre nuestra verdadera actividad, casi delictiva. Lo usaba yo y lo usaba también Enrique en aquel tiempo, aunque lo mismo él que yo, en ocasiones gastásemos imaginación componiendo para nosotros mismos los más estrafalarios personajes; cuando coincidimos en la noche del barrio nos dimos cuenta de nuestras afinidades. La actividad de periodismo es aun hoy la que más usamos, también porque da mucho juego, más si en el local en el que te encuentras disponen de prensa como un servicio más que prestan al cliente; entonces, la primera media hora la tienes cubierta, porque agarras un periódico, buscas entre sus páginas y escoges un artículo de la mayor relevancia posible, preferentemente de sus páginas impares, te apropias de las iniciales y comentas la noticia y el tema, incluso puedes explayarte en el estilo de redacción y las cualidades que debe de contar esa redacción periodística; bueno, que la primera media hora la cubres sin ningún problema, sin necesidad de recurrir a otros temas.

    Una noche cometimos un error, nos presentamos como escultor y fotógrafo, Enrique escultor y yo fotógrafo, que no es mucho engañar porque Enrique es aficionado a la papiroflexia y yo tengo una compacta. No medimos las consecuencias de usurpar tales personalidades, se nos exigió que les mostrásemos algo de nuestros trabajos, yo tuve que decir que mi especialidad eran las naturalezas muertas para evitar enseñar el estudio. Un desastre. Elena fue la que nos saco del atolladero, Enrique fue quien pensó en ella y fue yo el que me quedé con el encargo, a Enrique le corta mucho la presencia de Elena, como a tantos otros en la editorial. Le tendría que pedir que nos montase unas páginas en la Web con esas supuestas personalidades.

    El encargo en sí ya era un marrón, pero se lo pude plantear a Elena sin parecer demasiado rastrero. Le gustó el encargo, y el incidente, nuestra mascarada le encantó y aun más el lío que se monto, porque verdaderamente se moto un buen lío, que nos llegaron a pedir autógrafos. Yo le comenté la idea que Enrique y yo teníamos de cómo solucionarlo: una o dos páginas en internet, una para el escultor y otra para el fotógrafo, nada del otro mundo, con referencia a unas esculturas y unas fotografías mediocres para salir del paso; ella no comentó nada sobre esa idea y me pidió que le diésemos las fotos que mejor pensásemos que nos podrían servir para elaborar las páginas, aunque me pidió que no me quedase corto en el material para que ella tuviese para escoger las más apropiadas; nada más, únicamente necesitaba material gráfico, lo demás correría por su cuenta.

    Joder con Elena la que nos preparó, el lio que se montó después fue culpa de ella, porque no nos subió a la red una o dos páginas, nos subió media docena a cada uno. Me río de las historietas que nos montamos Enrique y yo, un juego de niños comparado con la cobertura que nos proporcionó Elena. Al verlo quedamos sorprendidos, Enrique yo nos dejamos deslumbrar y no pensamos en las consecuencias, peores que las inicales, porque Elena se encargó de dotarnos de biografía, obra trayectoria profesional y proyección, nos convirtió en artistas con relevancia internacional, presentes en los más exclusivos círculos artísticos, incluso nos puso nombre artístico: Errique Montavez y Pérez-Elesco, el escultor Errique Montavez y el fotógrafo Pérez-Elesco. A mí me gusto mi nombre, pero Enrique protesto, porque estuvimos los dos viendo el resultado del trabajo de Elena, en una cafería, Enrique protesto, como Enrique puede protestarle a Elena, con una tímida objeción, no le gustaba eso de Errique, era como Enrique pero con faltas tipográficas. "No te gustará, pero dentro de dos o tres días, cuando se consulte en un buscador aparecerán tus páginas las primeras".

    Así fue, dabas al buscado y aparecían las ocho o diez páginas que nos montó, aparecían en la cabecera de la lista. Fue un escándalo, afortunadamente quedo limitado a los confines del _________ , temimos que trascendiera y pudiera ocasionarnos problemas legales graves, vamos, que terminásemos en la cárcel. Pronto fuimos conscientes del problema, pedimos a Elena que anulara las páginas y dejamos de aparecer por el __________; aún hoy no hemos vuelto, y nunca más hemos utilizado las caretas de escultor y fotógrafo; aunque no fue posible borrar el rastro de Errique y Pérez-Elesco, porque se crearon espejos de varias de esas páginas que aun se pueden consultar.

    (por corregir)

    Este incidente nos hizo ser más cuidadosos en nuestras imposturas, y también nos llevó a reflexionar sobre nuestro compromiso de confidencialidad, que hemos venido relajando poco a poco, por lo que ahora es normal que a aquellos con los que mantenemos un trato de cercanía les confesemos nuestra verdadera ocupación.

    Las barras de casi todos los locales conocen nuestra verdadera ocupación, como muchos asiduos, que también la conocen, bien porque Enrique o yo se lo hayamos comentado, bien por la indiscreción de alguno que ya conozca nuestra ocupación, aunque siempre pedimos que guardasen un mínimo de discreción; pero se ve que a aquellos a los que se lo hemos comentado, como nosotros mismos, hacemos poco caso a ese compromiso; nosotros aun teniéndolo firmado, que es a lo más que podemos aspirar los negros con nuestra firma.

    A ningún camarero, ya prácticamente todos saben que somos negros, le extraña que en conversación con un aguantabarras le digamos que somos agentes de seguros, esa es una careta que usamos mucho con los aguantabarra. Cuando nos lo escuchan sonríen y entran en el juego, nos prestan la mayor atención y no descuidan que los vasos queden vacíos, enseguida le preguntan y me preguntan si nos sirven otra consumición, porque es tradición que el agente de seguros le coloque la cuenta al aguantabarra, algo parecido a lo que hicieron Pablo y Javier conmigo la noche que me presentaron a Afrodita, lo que repitieron otra noche y lo que han vuelto a intentar en otras.

    Cuando un aguantabarras comienza a ponerse nostálgico es el momento de desvelarle nuestra ocupación de agente de seguros, y si insiste, basta con preguntarle si está bien asegurado, comentarle que por lo general no se está bien asegurado, darle una relación pormenorizada de lo que le puede ocurrir, haciéndole ver que no está asegurado para esos casos, que son más frecuentes de lo que él se imagina. Lo agobias, se agobia, y termina por despedirse para alejarse de ti; eso sí, para ello, antes tiene que pedir la cuenta.

    Enrique y yo decimos cual es nuestra ocupación, pero procuramos no entrar en detalles, a lo más que llegamos es a decir que tenemos ejemplares en tal o cual biblioteca o que nos han concedido tal o cual premio. Y en ocasiones eso es ya demasiado, porque pueden consultar en internet y relacionarnos con el firmante.

    " Entre mi palmares se encuentra el Espigón de oro del certamen Costa Amanecer", como le dije una noche a Jorge, el camarero de . Al día siguiente lo había consultado en la Web, me dijo: "Entonces. la novela del sobrino del diputado es tuya, ¿no?", acertó, se la había escrito yo.

    Ese es uno de tantos, si lo mencioné fue porque aquel día había estado con Andrés en la editorial y me comentó la entrevista que mantuvo en la televisión la noche anterior uno de los ángeles de Pedro.

    -Gilipollas, es gilipollas -me dijo.

    Y es que había metido la pata como un gilipollas. La historia viene de atrás. Al susodicho le hicieron un encargo para un premio, para El espigón de oro de Costa Amanecer", la verdad es que ese certamen va un poco manga por hombro, porque depende de todos los ayuntamientos de Costa Amanecer, les cuenta ponerse de acuerdo y les cuesta mantener las decisiones. La editorial le hizo el encargo, pero a los del Espigón de oro les debió llegar un compromiso, un diputado quería que fuese su sobrino el que se llevase el Espigón. Lo gracioso es que el sobrino no tenía nada escrito y había que escribírselo, y la editorial no tuvo el coraje de avisar a su ángel, porque todo surgió pasado ya un tiempo de hacerle el encargo y porque se trata de un ángel ángel, de esos a los que la editorial mima especialmente porque lleva mucho invertido en márquetin. No se lo avisaron al tiempo que yo recibía el encargo de escribirle la novela al sobrino del diputado. Todo muy de correprisa, la novela no era para un premio, porque yo con los encargos llego hasta donde llego y porque la tuve que improvisar en cuestión de semanas. El jurado no la pudo leer porque el encargo lo entregué la misma mañana que se concedía el galardón, la novela fue merecedora el galardón y el ángel ángel agarró un rebote de órdago, eso aun sin saber que la propia editorial fue la que le escribió la novela al sobrino, aun hoy no sabe que fui yo quien se la negreó.

    Hasta ahí lo normal, si me lo hubiesen hecho a mí también me habría cabreado, pero su soberbia y mala leche no podía contener su cabreo en el ámbito de la editorial y de la jaula de oro de los ángeles. "Fue a la televisión con la intención de ajustar cuentas con el sobrino del concejal", me decía Andrés para explicarme lo ocurrido. Fue una entrevista que él mismo negoció para que las preguntas se centraran en los certámenes literarios y lo que podía haber escondido tras esos certámenes, los jurados y las decisiones de los jurados. Los puso a bajar de un burro, a certámenes y a jurados, esto ya sin ser consciente que su vitrina está sobrecargada de galardones provenientes de estos certámenes y de estos jurados. Pero lo cojonudo vino la final, cuando quiso dejar bien claro lo que se esconde detrás de esos certámenes:

    -A mí, me encargaron una novela para el Espigón de oro de Costa Amanecer, me llevó mi trabajo y mi tiempo, para que al final se lo llevase el sobrino de un diputado -para terminar diciendo al entrevistador, que entró en complicidad, y justificaba su enfado.- Quien se presente hoy a un premio literario es tonto, porque están dados de antemano.

    Es en momentos parecidos a estos cuando me doy una vuelta por el parnaso de los ángeles. Enrique se pregunta por qué me acerco por allí: "Nos miran por encima del hombro", no me canso de decirle que siendo ángeles, alados, para qué si no les iba a servir las alas, yo en momentos como estos sigo acercándome a la "jaula de oro".

    Aquella tarde fui con la intención de encontrarme con el ángel ángel, era inevitable que esa tarde el ángel ángel estuviese allí, siempre lo están después de una entrevista. Al entrar en la jaula pude reconocer junto a la barra a un ángel arcángel, hay muchos de ellos, para los que el calificativo de ángeles se queda corto.

    Es fácil entrar en conversación con ángeles y arcángeles, porque siempre están dispuestos a hablar de sí mismos y nunca esperan que puedan cuestionarles su posición divina, juegan sobre seguro y les complace reafirmase en su condición, lo que no es tan fácil es sacarles una consumición.

    Me acerqué al ángel arcángel, porque estaba en la barra y con la consumición recién pedida, el saludé y pedí yo la mía. Mi conversación con ellos es monotemática, también es intercambiable, lo mismo me sirve para uno que para otro, como veras sobre ellos únicamente hay que alabarles su trabajo: "Me gusta tu prosa, es sobria", y si veo que se quedan extrañados, porque no conozco su prosa, no los leo, si veo que quedan extrañados prosigo: "No es ni ampulosa ni florida: sobria, lo sobria que puede ser la buena literatura", entonces respiran, lo mismo sirve para unos que para otros. También alabo sus excentricidades, los hay que escriben con estilográfica, dicen no haber tocado nunca una computadora; si la tocaron alguna vez les agobió y no la volvieron a tocar. Estos reniegan de la informática y la tecnología, dicen estar reñida con la creatividad del escritor; uno de estos, también hay muchos, en una ocasión terminó diciéndome: "¿Crees que Cervantes hubiese escrito su Quijote si en sus tiempos hubiese existido la informática? Cervantes escribió su Quijote con pluma", para terminar preguntándome: "¿Agarras la ironía?", tuve que alabarle el ingenio.

    A este arcángel, recordé oírle en una entrevista que escribía de pie, que era así como se inspiraba para componer sus parágrafos, que iba de un lado a otro por la habitación y de pié escribía conforme los iba puliendo; le oí decir que no era incómodo, que a lado tenía un taburete alto y que de vez en cuando se sentaba en él. Íbamos ya por la segunda consumición, tortitas de nata incluidas, cuando le alabé la excentricidad:

    -Se nota en tu prosa que escribes de pié. Yo prescindiría del taburete, porque hay parágrafos que no responden al tono general de la novela, deben ser los que escribes sentado.

    -No, no debe ser eso -me respondió.- Aquello fue solo una ironía porque apareció una foto mía escribiendo de pie con un taburete alto a mi lado, pero tendré en cuenta eso que me dices que algunos parágrafos no están a la altura de mi prosa.

    Di cuenta de lo que me quedaba de la segunda consumición, y antes de despedirme me reafirme en mi observación: "Pues aun con lo que me dices, yo diría que escribes de pie". Me despedí muy cortésmente y me alejé de la barra dejándole la cuenta. Le correspondía pagar, estaba ya en la barra cuando yo me acerqué a acompañarle. Aquella tarde el airado ángel ángel no apareció por la jaula.

    Esta experiencia, en la que simplemente mencionando el certamen del Espigón de oro desvelé más de lo que hubiese querido, y otras experiencias parecidas en las que en medio de la conversación una anécdota aparentemente intrascendente llevaba a que se desvelasen datos y detalles que nunca hubiésemos querido que se llegasen a conocer, nos ha llevado a Enrique y a mí a ser muy cautelosos cuando nos presentamos como negros, en casos puede ser incómodo y en no pocas veces entramos en contradicciones tratando de no ser en exceso indiscretos, mediada la noche es cuando más incomodo resulta y cuando más indiscreciones cometemos. Lo hemos comentado en más de una ocasión: se nos da mejor inventarnos una ocupación que defender la nuestra propia, por descabellada que sea; y sin duda, son esas usurpaciones las que provocan las conversaciones más animadas, no porque negrear no proporcione anécdotas con las que cubrir la primera media hora, sino porque debemos callarlas, y porque somos más espontáneos en nuestras imposturas.

    En una ocasión, presentándonos como negros, no habían pasado diez minutos, ni siquiera habíamos llegado al ecuador de esa primera media hora en la que o entras en complicidad o se te levantan y se van, o peor, asumen que eres un capullo y te soportan una vez han asumido en ti esa condición, no habíamos superado los diez minutos de esa primera media hora cuando Enrique y yo entramos en discusión sobre quién de los dos había logrado colocar sus títulos en las instituciones de mayor prestigio. Una de esas discusiones modorras que solemos mantener Enrique y yo; esto fue antes de aceptar el encargo que ahora me ocupa; hoy con sus 17.000 hojas de ordenador resumidas en quince o veinte en el Congreso de los Diputados y el Archivo Nacional y mi Les voy a contar, que me han tasado en 656 páginas, en la Editorial Planeta, ahora la discusión habría resultado interesante; en aquel entonces, la discusión nos llevó a debatir sobre si era más relevante estar en las bibliotecas de varias universidades, donde yo tenía colocados títulos, o en el CESIC, donde Enrique tiene publicado un artículo de carácter científico.

    (por corregir)

    El encargo de Enrique fue muy parecido al mío sobre los yogures macrobióticos y los "bifidus", pero especialmente destinado a los desayunos y a la infancia.

    —¿Conoces algo sobre la diana del cowboy? —eso fue lo que me preguntó Enrique.

    —¿Qué tiene que ver el CESIC con dianas y con cowboys?

    —El encargo es sobre alimentación infantil.

    —Y qué tienen que ver los cowboys con la alimentación infantil.

    —Es un término estadístico: diana del cowboy o diana del americano. —no quise parecer sorprendido, pero lo estaba, me preguntaba en este caso, qué relación podría haber entre estadística y cowboys. Permanecí en silencio y continuó.— Según he podido saber por este encargo, se utiliza mucho para extraer conclusiones con apariencia de científica.

    —¡Coño, termina!

    —¿Tienes prisa? —sin que le contestase, sin que el esperase contestación, tras una breve pausa, continuó.— Suponte que eres una empresa de alimentación y vas a iniciar una nueva línea de negocio, suponte que vas a sacar al mercado cereales para el desayuno infantil, te apoyarás en una campaña publicitaria, pero ¿Cómo te garantizarías el que se introdujese en un mercado que ya está cerrado? No se trata de incitar a los consumidores a que desayunen, porque ya desayunamos todos, se trata de que cambien los hábitos, se trata de desplazar a otros productos y que se consuma el tuyo.

    —¿Y dónde aparece el cowboy?

    —Se trata de demostrar que tu producto es mejor que los otros, y si es de un modo científico, mejor. La misión del cowboy es demostrar, en este caso, que los productos que se consumen actualmente en los desayunos son perjudiciales para la salud. En otros casos puede ser lo contrario, demostrar que el producto que vas a promocionar es el mejor, pero en este caso me estoy encargando de dar forma a un estudio que demuestra lo perjudicial que es la bollería para la alimentación infantil, que lo será o no, pero en estudio es un auténtico fraude, y yo me encargo de darle forma, que guarde una coherencia y que sea fácil de entender, porque será entregado a muy diversos medios de comunicación y tienen que leerlo tus amigos los periodistas.

    Al final me explicó en qué consistía la diana del cowboy o diana del americano y por qué se denominaba de tal modo, porque gráficamente se representa por un cowboy que dispara sobre una diana, pero el fraude consiste en que dispara sobre una pared en la que no existe tal diana y posteriormente a los disparos, se dibuja la diana colocando su centro allí donde han caído la mayoría de los disparos, esto demostraría que nuestro cowboy es un excelente tirador.

    Según me explicó, la diana del cowboy avala conclusiones tomadas de ante mano; en este caso se trataba de demostrar que la bollería era perjudicial para la salud y hacer coincidir esa conclusión con la campaña publicitaria de los cereales que aquella compañía iba a introducir en el mercado, que ¡coño con los cereales!, cuesta acostumbrase a ellos, a quienes se tomen esa molestia. Consiste en recopilar muchos datos, tabularlos y escoger una serie de ellos a conveniencia. Según me dijo Enrique, y le creo, sirve para demostrar casi todo. En el caso de la bollería, ayudados por la ley de las probabilidades, porque en toda serie, aunque los datos se ajusten al azar, siempre existirán desviaciones; en este caso, el estudio que llegó a la conclusión de que la bollería aumentaba los niveles de colesterol en aquellos niños que consumían un determinado número de bollos, y el estudio logró llegar a esa conclusión tabulando el consumo de bollos por unidades: los que consumen uno, los que consumen dos, los que consumen cuatro,. etcétera; escogieron aquella columna en la que por pura estadística, por la propia ley de las probabilidades, daba como resultado que los niños y niñas que consumían ese determinado número de bollos tenía más altos los niveles de colesterol que los y las que no los consumían. Simplemente había que dar publicidad a esa columna, ocultando el resto, que en casos daba como resultado unos niveles inferiores de colesterol.

    El artículo se lo dieron prácticamente hecho, únicamente tuvo que darle forma, y así se lo hice ver, pero el apelaba a que de lo que se trataba no era de si el artículo tenía o no mérito: "nuestros trabajos ninguno tiene mérito —me dijo—, de lo que discutimos es de quién los ha colocado en los lugares más insólitos".

    Al final, tuvo que reconocer que no puede compararse ese trabajo de veinte o treinta páginas en el CESIC con los más de cinco volúmenes que tengo colocados en diversas universidades; pero antes, se nos levantaron de la mesa, tuvo que pasar algún tiempo, abstraídos en nuestra discusión, para advertir que se habían despedido. Aquella noche no la doy por perdida, porque Enrique reconoció mi mayor mérito; pero en nuestras argumentaciones desvelamos detalles y datos que habrían sido comprometedores de no ser porque nos tomaron por algo parecido a unos lunáticos y no dieron crédito a nada de lo que escucharon.

    No se volvió a repetir ninguna discusión parecida, pero las indiscreciones en estos casos se siguen dando.

    (por corregir)

    Cuando visité a Marianela y Carmen en la licorería, aunque un buen rato lo entretuvimos charlando sobre la licorería, cómo surgió la idea y cómo la llevaron a cabo, aunque también surgieron otros muchos temas, lo que no surgió fue a qué me dedicaba realmente. Tampoco surgió el tema en las otras ocasiones que coincidí con ellas, fue anoche cuando surgió, cuando Enrique que se encontraba en la barra y logró deshacerse de un aguantabarras, se acercó y se sentó con nosotros, fue entonces cuando Marianela lo preguntó:

    —¿Nos vais a decir en algún momento a qué os dedicáis?

    Mi intención, antes de que Marianela nos lo preguntase, era decirles de una vez por todas cuál era nuestra verdadera ocupación. En el caso de Marianela y Carmen, como en el caso de aquellos con los que adquirimos cierta familiaridad, ni Enrique no yo tenemos ningún inconveniente en descubrir nuestra verdadera ocupación, ni guardamos ninguna reserva sobre los aspectos y anécdotas que envuelven esa ocupación, que ya digo, es casi casi delictiva; aspectos y anécdotas que ponen al descubierto a los firmantes y sus miserias, aspectos sobre los que deberíamos guardar la mínima confidencialidad, que podría comprometernos no guardarla, porque tal confidencialidad la tenemos firmada, pero son esas anécdotas lo más jugoso de nuestra profesión, lo que la diferencia de otras ocupaciones, porque con cada encargo entramos en contacto con un diferente firmante, personajes que por el propio hecho de realizar ese encargo, que le escribamos un libro por ellos, ya denota una personalidad peculiar, personalidad que la experiencia confirma, roza el ridículo.

    Mi intención era contarles mi verdadera ocupación, desde aquel día que visité la licorería estuve buscando la oportunidad de confesársela, no sé si es apropiado considerar que sería una confesión, pero la oportunidad no surgió, la conversación siempre transcurría por otros temas, y ellas tampoco me lo preguntaron en ninguna ocasión, fue ahora cuando lo plantearon, lo planteó Marianela, en La Farmacia y mediada la noche.

    —¿Nos vais a decir en algún momento a qué os dedicáis?

    No me lo pensé, estaba clarísimo lo que tocaba responder.— Ahora mismo os lo digo: Enrique es escultor y yo fotógrafo.

    —¡Joder.! —saltó Enrique al tiempo que lanzaba la espalda hacia atrás para casi tirar la silla y caer al suelo junto con ella.

    Errique Montálvez y el Arte Total

    "Pasado el romanticismo, el realismo, el impresionismo, el figurativismo, el cubismo, el abstracto, las nuevas vanguardias, la melancolía me ha llevado al Arte Total".

    Errique Montálvez es fundador y principal exponente del Arte Total, una concepción del arte que lo engloba todo, todo puede ser objeto y sujeto de arte. En sus obras, a través de su dilatada trayectoria ha incluido todo tipo de objetos, cotidianos e insólitos, porque el Arte Total lo que pretende es integrarlo todo en el ámbito del Arte, en el ámbito de la creación Artística.

    Cuando el panorama del Arte nos llevaba a transitar por territorios insistentemente frecuentados en los que las vanguardias se sucedían unas a otras, sustituyendo lo contingente y preservando lo subyacente, Errique Montélvez rompe con la superficie y con el fondo, consiguiendo con esta ruptura emerger con un arte nuevo totalizador.

    Según sus propias palabras, fue una crisis de identidad, una crisis de su posición como artista y su relación con el hecho artístico lo que le llevó a sumergirse en sus propias contradicciones y emerger libre de ellas, con un espíritu creativo renovado, lo que él llama su periodo melancólico que le ha llevado a traspasar los límites de las convenciones y dotar a sus obras de la fuerza del todo.

    Consecuencia de este periodo de introspección personal y superado el periodo melancólico, funda el movimiento Arte Total en compañía de Pérez-Elesco, aportando este último al movimiento su visión conceptual del Arte, elemento que chocaría con el concepto de Arte Total de Errique Montálvez, pero que una vez asumido por el movimiento, convierte al Arte Total en el más claro exponente de mestizaje en las artes plásticas.

    La actual exposición nos muestra a un Errique Montálvez maduro, las obras expuestas muestran el sosiego con el que actualmente se enfrenta a la creación de estas obras y son el resultado de fructíferos años de indagación e introspección.

    ***

    (por corregir)

    Orión es un local tranquilo, aunque nunca te lo encontrarás vacío, cuanto el barrio está despertando a la noche, aun en los días más desangelados, Orión ya se encuentra ocupado por su clientela, es un local de clientela fija, y cuando en el resto de locales hay ir dándose de codazos para abrirse paso, Orión es la opción, porque siempre encuentras un sitio en su barra.

    Está atendido por Eduardo que es el propietario y por Merche, una camarera que lleva ya algún tiempo en el barrio, cuando llegué a él trabajaba bajo mi casa, allí fue donde la conocí, en el local más ruidoso del barrio, luego se pasó a este, más tranquilo y donde, dicho por ella misma, reciben mejor trato los camareros.

    Cuando traje a Enrique al barrio estaba poco menos que hundido, estaba muy reciente lo de su divorcio, Merche lo recogió como se recoge a un perrillo herido, abuso de él, porque le costó muy poco llevárselo a la cama. El calentón les duró poco menos de dos meses, con sus correspondientes lunas, lo agarraron con ganas, pero a los dos meses se desinflaron. Al poco tiempo Merche se traslado al Orión y Enrique y yo estuvimos un tiempo sin pisarlo, hasta que Enrique se tomó con naturalidad encontrarse con Merche, Ahora es en la mayoría de las veces del que parte la idea de venir a él, yo lo agradezco, porque otra de sus opciones es el puñetero Treinta y tres revoluciones. Fue esa noche y allí, en Orión donde se enteró del rumor que se había extendido por el barrio, Sonia estaba libre, había discutido con su novio, fue la propia Merche la que se lo dijo: "¿Sabes lo que se comenta?, que la camarera del Vinilos ha discutido con su novio, te lo digo para que sacies tu gusto por andar detrás de las camareras".

    —¿Sonia ha discutido con su novio? —Insistiendo Enrique.

    —Si la camarera del Vinilos se llama Sonia. —de sobra sabía que se llamaba Sonia.— sí, hace tiempo, date prisa si no quieres que te la levanten, porque no solo eres tú el que está detrás de ella.

    —¿Y cómo sabes tú que estoy detrás de ella? —Merche no le contestó, se fue a atender a otros clientes. Ya desde la otra esquina de la barra volviéndose y en voz muy alta, para que se enterase todo el loca y en tono irónico.— ¿Quieres dos cubitos de hielo que veo que se te han deshecho los que te puse?

    Ya sabía lo de Sonia, era un rumor que corría por el barrio desde hacía tiempo, es verdad lo que dice Merche, son muchos a los que le gustaría que Sonia les hiciese caso, es por eso que el que hubiese roto con su novio fue una noticia que recorrió el barrio, yo no se lo quise comentar, porque conozco a Enrique, me obligaría a volver al Vinilos y asistir nuevamente al asedio. Tenía que ser precisamente Merche quien se lo dijese.

    La actual relación de Merche y Enrique responde a como son ellos dos, tozudos, que no son capaces de ceder ni él ni ella. Durante un tiempo se saludaban y se trataban con distancia, rozando la indiferencia, pasado ese tiempo, se dijeron a ellos mismos que los dos meses no debían impedir que se relacionasen como amigos, por lo vivido en esos dos meses, y con el paso del tiempo, andan a la greña, a ver quién puede más, con chiquilladas que yo pienso que les molestan y satisfacen a los dos.

    Enrique se pone imposible cuando se lo comento, cuando le digo que entre los dos siguen saltando chispas. El niega que sienta algo por Merche, pero no puede evitar fijarse en como atiende a según qué clientes.

    —Lo hace porque piensa que me importa, y me fijo por ver como ella sola se pone en ridículo, porque no me importa.

    —¿Estás seguro que no te importa?

    —¡Joder!, ¿lo vas a saber tú mejor que yo?

    —No, pero siempre que decidimos venir aquí ¿de quién parte la idea?

    —¿Y qué coño tiene que ver eso?

    —Estáis los dos a lo mismo, porque me he fijado como le irrita que te acerques a alguna para largarle el cuento del especialista.

    —Yo nunca he vestido de especialista aquí en el Orión.

    —Sí, la semana pasada.

    —¿Sí?

    —Sí, y no te funcionó.

    —¿Y qué quieres decir con eso?

    —No, nada, porque no sé nada, pero si la observé y vi como le salía humo de la cabeza.

    —Pura mala leche, que mala leche sí que tiene.

    Conversaciones parecidas a esta siempre terminan igual, Enrique mandándome a tomar por culo, y aquella noche llevábamos camino de repetir la historia, porque le dije que a poco que uno dejase de joder al otro se volvían a enganchar: "¿Quién te ha dicho a ti que quiera engancharme? Déjame en paz, que equivocarme, se equivocarme solo".

    —No, si yo no quiero forzar nada, ¿qué coño de interés voy a tener en que os lieis otra vez si me has amenazado en más de una ocasión con el divorcio?

    La llamó y le pidió que se cobrase, dejándole muy claro que iba a acercarse al Vinilos.

    —¿Por qué no eres tú el que cedes? —le dije.

    —¡Joder, déjame en paz!, al final vas a ser tú el que me caiga mal.

    —¿Qué te he hecho ahora?

    —Estás haciendo de Celestina.

    —La última vez que te comento nada.

    —Eso me lo dices siempre que salimos de aquí —porque ya estábamos saliendo de Orión y nos encaminábamos al Vinilos.

    No quise insistir, porque lo siguiente habría sido mandarme a tomar por culo y esa noche no estaba de humor, por la mañana me habían llegado más notas del señor Bono. Ya en el Vinilos, lo que me temía, tuve que tomarme el vodka aguado en baso caliente, recién salido del lavaplatos.

    ***

    (Terminar, ensamblar y corregir)

    Ayer coincidimos Elvira y yo con Andrés y su mujer, Pilar, en la entrega de los premios de la editorial. Es un evento al que no voy, pero casi fue una confabulación para que Andrés y Pilar conocieran a Elvira. Fue Andrés quien lo propuso, me había oído hablar tanto de Elvira que ya me lo había propuesto en varias ocasiones: "¿Y tiene que ser precisamente en la cena de la entrega?", le dije.

    —Yo tengo que ir obligado, porque un día fui su editor, y como no, me ha invitado expresamente, tiene especial interés en que asista. Vamos, el mismo interés que ha mostrado a todos los que casi nos ha forzado a ir para ver como recoge el premio.

    —A media editorial —le respondí casi cortándole.

    —Me parece que vamos a ir solo su actual editor y yo, no asistir sería significarme demasiado. Si vienes, hacemos mesa y conozco de una vez por todas a Elvira, es también una forma de hacerme un favor.

    Quedó en que le hacía un gran favor, no le dije que también iba por la curiosidad de ver como el ángel agradecía el premio. A Elvira le extraño, sabe de mi poco interés por tales celebraciones: "Andrés y su mujer quieren conocerte", le dije, ella sabe que Andrés era mi anterior editor, porque en más de una ocasión le he hablado de él y de su mujer, le pareció buena idea, incluso mostro interés al arreglarse para asistir a la cena.

    Cuando entramos en el salón pude ver a Andrés y su mujer acomodados ya en una de las mesas, era una mesa de seis, junto a ellos sentados también, se encontraba Ramón y la que debía ser su mujer. De eso no me habló nada, y no me molestó, pero, joder, la noche anterior, no habían pasado veinticuatro horas, ya le tuve toda la noche pegado a mí, hasta que lo metí en un taxi para que lo llevase a casa, eran ya casi las cuatro.

    Hicimos las presentaciones, Ramón me presentó a su mujer, yo presenté a Elvira. Cuando Ramón me presentó a su mujer pude advertir en ella una más que evidente hostilidad, no sabía si Ramón le habría contado que tengo algo que ver con las noches en las que llega a deshora o lo sospechaba, en el transcurso de la noche el propio Ramón, que en principio me responsabilizaba de su desorden horario, tuvo que reconocer que yo no era tan responsable como se decía a sí mismo y como le decía a su mujer, tuvo que reconocer que le venía bien utilizarme de pantalla y que sus cada vez más frecuentes visitas al barrio, cada vez tenían menos que ver con nuestra relación laboral. ¡Coño!, que se ha aprendido ya varios de nuestros disfraces, de Enrique y míos.

    Elvira cayó bien desde el primer momento, tiene una bonita sonrisa, espontánea, y se mueve con mucha naturalidad. A Andrés le cayó bien desde el primer momento, me lo dijo en el transcurso de la cena, y cuando se la presenté le dijo: "No parece que seas de las que atacan a su pareja por la espalda", ante el desconcierto de Elvira tuve que decirle que le había comentado la escena del tenedor.

    Lo del tenedor no se ha vuelto a repetirse, aun así, alguna que otra cuchara ya me ha lanzado, y en una ocasión el mago de madera de un almirez que tenemos, en ningún caso deja que me desentienda de la discusión, en eso no ha cambiado, y las discusiones se repiten cada vez con más frecuencia, algunas de ellas por don José Bono, por mis frecuentes reniegos, no los soporta, en ese tema es menos condescendiente que Andrés que los soporta estoicamente, bueno, a veces. Lo bueno es que he aprendido a discutir con ella, en ocasiones soy yo el que me impongo en las enganchadas; y lo mejor, hemos aprendido a reconciliarnos prescindiendo del periodo de duelo.

    A quien sí le doy la paliza con José Bono es a Andrés, que me escucha, aunque no me dé la razón, a él es también al que le cuento todo lo que no contaría a ningún otro, a quien recurro cuando necesito llorar en el hombro de alguien y al que busco para contar aquello que no puedo callar. Aquella tarde, cuando decidimos compartir mesa en la entrega del premio, estábamos en la cafetería frente a la editorial, tomando unos cafés, y, cómo no, como me agobia el encargo, tocó lloros en el hombro: Es el último encargo que acepto, debo llevar una vida más ordenada, hacer más caso a Elvira, Elvira es mi último tren, puedo escribir, por qué no, y firmar con mi nombre, voy a procurar discutir menos con Elvira.

    —Bueno, eso no se si voy a poderlo cumplir, que ya no hay duelo.

    —No sé cómo te aguanto —me respondió.— Antes de que arranques a hablar ya sé lo que me vas a decir.

    —Yo tampoco sé cómo te aguanto, siempre terminas con un "no sé cómo te aguanto".

    —Te engañas a ti mismo.

    —No sé cómo te digo nada, ahora viene en sermón.

    —No es este encargo el que te va a llevar a la depresión como dices, ni es este encargo el que te lleva a reflexionar.

    —El sermón.

    —. Llevas deprimiéndote y reflexionando desde que te conozco, haciéndote siempre los mismos propósitos para olvidarte de ellos una y otra vez.

    —Sermón.

    —"Este ha sido mi último encargo", "mañana mismo me pongo a escribir para mí", "Elvira." "Te va a encantar cuando la conozcas"," es mi última oportunidad",.

    —Vas a terminar cayéndome mal.

    —Pero ahora, cuando nos despidamos, te vas a pasar la noche recorriendo tugurios. No estás ya en edad, pero mañana ya habrás olvidado todos tus propósitos. "Elvira está perdiendo el tiempo conmigo", ¡claro cojones!, te pasas horas de bar en bar.

    —Eso no tiene nada que ver.

    —Todo te lo he oído una y otra vez. Hasta tus discusiones con tus parejas. Eres un pesao.

    —Lo del tenedor es nuevo ¿o no?

    —Como santo Tomás, tengo que ver las cicatrices.

    —Resbaló.

    —¿Cuántas veces me lo has contado ya?

    —Sí, joder, pero siempre cambiando algo, y que te lancen un tenedor tiene su punto.

    —Ya me cansa hacer de confesor, padre y tutor tuyo. Céntrate que ya tienes edad.

    —Eso digo yo, ¿Quién te ha pedido que seas mi confesor, mi padre o mi tutor?

    —¿Qué otra me queda? Siempre me vienes con las mismas.

    Saqué la pequeña libreta que a modo de agenda llevo siempre en alguno de los bolsillos.

    —¿Qué haces ahora? —me preguntó al ver cómo la sacaba y me disponía a escribir en ella.

    —Otra manía.

    Escribiendo en la libreta.— Con... Andrés... Evitar... comentarios... personales.

    —Otra manía, luego ni la miras.

    —Pero queda escrito, así sabremos el porqué desde mañana vamos a comentar de futbol y de política. Además, me ha costado un euro.

    —Vete a la mierda.

    —Que te cuente de mi vida no quiere decir que tengas que ser ni mi confesor, ni mi padre ni mi tutor.

    —Coño, pero no te repitas.

    —¿Cuántas veces me has dicho que tu Andresito va a suspenderte siete de seis?

    —Chapotea en la mierda. No es lo mismo.

    —Es lo mismo, nos repetimos, los dos —ninguno de los dos quisimos continuar con la discusión, aprovechamos para tomar unos sorbos de café. Después volví al principio, a mi relación con Elvira.— Mañana me dices, ya verás como tengo razón: está perdiendo el tiempo conmigo.

    —¿Entonces?, ¿qué hace junto a ti?

    —La engañé, engaño, caigo bien, luego no les queda otra que aguantarme —tras una breve pausa, sin darle oportunidad de responderme continué.— Lo del tenedor está bien, ¿no?

    —Eres como un niño.

    —Tú podrás tener tu experiencia con las mujeres, pero no puedes decir que alguna te haya lanzado un tenedor: ¿Cuántas te ha clavado un tenedor en la espalda?

    —Te resbaló.

    —Para no tener que quitarme la camisa y enseñarte la marca.

    .../...

    Entró el presunto premiado, iba pavoneándose, saludando a uno y a otro: un ángel, este año el premio no era para ninguno de nosotros. Al pasar junto a nosotros paró para saludarme, suele ser una de mis víctimas cuando me acerco por el Parnaso, a Andrés casi lo ignoró. Me levanté para saludarle, más para cerrarle el paso que por cortesía. Muy a su pesar, porque aún le quedaba gente a la que saludar, inicé una pequeña conversación.

    —¿Cómo por aquí?= No me digas que te has presentado este año.

    —Mi plica es "Morfeo".

    —Claro, el premio es tuyo.

    —Cómo si no iba a presentar yo una obra para concursar.

    —Bueno,aun así me sorprendes, siempre has dicho que.

    —Es un trabajo alimenticio.

    —La buena literatura no se valora, son esos trabajos alimenticios los que gustan a la gente.

    —Sí, está escrito para el premio.

    —Claro, aun así, este también lo habrás escrito de pie, ¿no?

    —Ya te dije que aquello fue una anécdota.

    No me lo dijo con buena cara, no se le escapó el sarcasmo, no se le había escapado ya en aquella ocasión. Cuando me acerque al Parnaso procuraré no buscarlo durante algún tiempo, más con de su flamante galardón. No volvía a reparar en él hasta el momento en el que se abrió el sobre y resultó ganador "Morfeo"; se levantó gesticulante, dando besos y abrazos, con abundancia de aspavientos de alegría y sorpresa.

    .../...

    En ese punto Ramón miró a su mujer como diciendo "¿lo ves?, ¿ves como no es culpa mía?" Ella no le había dirigido la palabra en todo lo que iba de velada, también procuraba no dirigirle la mirada, esquivar todos sus intentos de acercamiento, tampoco atendía o atendía de mala gana a sus preguntas, y Ramón se dirigía a ella siempre en voz baja, cas hablándole al oído.

    ¿Qué menos!, la noche pasada le llegó a casa pasadas las cuatro, casi tambaleándose, con las llaves del coche en el bolsillo, lo tuvo que dejar en el barrio.

    —Cuida de que no me lo arañe el camión de la basura —me lo dijo cuando le estaba metiendo en el taxi.

    —El camión de la basura ha pasado hace horas.

    —Entonces,... cuida de ponerle el tique de la hora, solo faltaría que llegase una multa a casa.

    Lo dejé subido en el taxi camino de casa.

    .../...

    Andrés y yo terminamos haciendo un apartado al que se sumó Ramón, en otro apartado hicieron tertulia ellas. En un momento escuché cómo en ese otro apartado se estaba hablando de moda. Pilar había trabajado desde muy joven en una empresa de confección, entró en ella cuando estaba terminando los estudios de confección, ya trabajando terminó estos estudios y con el paso del tiempo los completó con un curso de patronaje, Andrés la conoció cuando todavía estaba estudiando y se hicieron pareja cuando ambos se pusieron a trabajar, algo que sucedió casi simultáneamente, Andrés entró muy joven en un periódico, pasó a otro y con los años llegó a parar a la editorial; Pilar comenzó en una pequeña empresa de confección, entró manejando una máquina planchadora, sin que se le tuviera en cuenta su formación, con muy pocas expectativas de progresar dentro de ella, tampoco tardó en cambiar de empresa, cuando completo su formación con el curso de patronaje, allí sí vio que existían posibilidades de promoción, continuó su formación con diversos cursos que le permitieron progresar dentro de la empresa, integrándose en el departamento de diseño, llegando a ser su coordinadora. Hasta hace diez años que cayó en una reestructuración y se quedó en la calle, cuando los críos estaban en una edad difícil, cuando le daban más trabajo, cuatro críos entre los diez años del pequeño, Andresito, y los diecinueve de Almudena, la mayor.

    Por aquel entonces buscó un nuevo empleo, de parecidas condiciones del anterior, en el que al menos se valorara sus estudios y experiencia; tras un tiempo en el que las ofertas que le llegaban la obligaban a retroceder a la máquina de planchado o de costura, Andrés y ella decidieron que no merecía la pena desatender a los hijos por alguna de aquellas ofertas. Pilar desde entonces ha estado al cuidado de los hijos, alejada de la actividad laboral, de lo que es su vocación, administrando el sueldo de Andrés para sacar adelante a los cuatro críos. Ahora con Almudena ya casada, en su día engañó a un compañero de estudios, y Andresito jugando al mus en los pasillos de la facultad, pienso que echa de menos el poder ejercer su vocación, en todas las reuniones saca temas relacionados con la moda y el diseño. Pude advertir como Elvira mostraba interés por el tema, un interés sincero, advertí como la conversación entre ambas fluía con espontaneidad.

    .../...

    Ramón estaba cada vez más incómodo, hasta que al final me dijo: "Tienes que conectar el móvil y atenderlo".

    —¿A qué viene eso ahora? —Le respondí.

    —No puedo llegar a casa a la hora que llegué ayer.

    —¿Y tuvo algo que ver el que tuviera o no conectado el móvil?

    ***

    Pilar, que tiene esa capacidad de estar al plato y a las tajadas, que sin desatender su conversación con Elvira y Gloria, la mujer de Ramón, estaba atenta a lo que comentábamos, no lo pudo evitar e intervino, primero dirigiéndose a Gloria: "No permitas que te lo estropee" y después a Ramón: "Y tú no te dejes arrastrar, que este siempre está buscando compañero de correrías".

    "Yo estaba más tranquila cuando trabajaba en la juguetería", dijo Gloria, a lo que Ramón le respondió: "No era una juguetería, era una fábrica de juguetes", aunque ante la mirada de Gloria terminara con desánimo: "Ya, eso no tiene nada que ver".

    —Claro que no tiene nada que ver, no puedes llegar a casa a las cuatro de la mañana —comenté yo, con ánimo de agitar la conversación, algo que logré, Ramón me dedicó la misma mirada que antes le había dedicado a él Gloria y por lo bajo llego a decirme "¡Que cabrón eres!" yo le contesté: "Por lo de la jirafa", me la ha hecho desaparecer.

    La conversación se animó, que estaba muy apagada. Gloria se interesó por el tema de la jirafa, el primer tema que hasta aquel momento llamó su atención, y casi la primera vez que dirigió la palabra a Ramón a no ser para responder de mala gana a alguna de sus preguntas. Pilar siguió haciéndome propaganda, ahora comentándole a Elvira las perrerías que le hacía a Andrés cuando era mi editor.

    —No sabes lo tranquilo que está ahora y lo que le alimenta la comida —Oí que le decía a Elvira.

    —Eso ha sido porque le han cambiado de despacho, que me lo ha dicho el propio Andrés ¿verdad? Yo no tengo nada que ver —le respondí sin que Andrés me contradijera.

    —¿Me puedes decir que haces a las cinco de la mañana en la calle? —continuó preguntándome Pilar.

    —El otro día, sin ir más lejos, estaba paseando un parque junto a Enrique.

    —Enrique... Otro igual, te has buscado buen compañero de correrías. ¿Y a esas horas están abiertos los parques?

    —¿Cómo los van a cerrar? Qué preguntas haces.

    —Pues deberían cerrarlos, para que juerguistas como tú no anden por la calle.

    —Propónselo al alcalde.

    —Empezaste a caerme mal el día que Andrés me llegó a las cinco de la mañana a casa.

    —Ramón llegó ayer a las cuatro —apostillo Gloria.

    —¿Qué hicisteis aquella noche por la calle a las cinco de la mañana?; porque a esas horas no hay nada abierto.

    —Excepto los parques.

    —¿Qué hicisteis aquella noche?, cuenta.

    —¿No te lo contó Andrés?

    —No me creo lo que me contó Andrés.

    —Créetelo, es cierto —le dijo Andrés

    —Paseando por la calle, hablando de vuestras cosas, caminando hasta llegar a casa después de que cerraran el café en el que habías estado también hablando de vuestras cosas — narró Pilar en tono irónico.

    —Así fue. Me lo preguntaste al día siguiente, lo recuerdo, y eso fue lo que te dije. Si coincidimos los dos...

    —Pudisteis poneros de acuerdo.

    —No le des más vueltas, eso fue hace más de dos años y fue así como ocurrió.

    —Me empezaste a caer mal aquella noche —terminó por sentenciar Pilar.

    La conversación, peligrosamente, continuó centrada en mí, fue en ese momento cuando el arcángel alzó con entusiasmo la estatuilla que le acreditaba como galardonado.

    Después de la entrega aún permanecimos allí un buen rato, haciendo la sobremesa. Ellas tres, una vez abandonada la conversación sobre mí, retomando la conversación sobre la costura y la moda, sobre las aspiraciones de Pilar de volver a ponerse a trabajar; Gloria llegó a mostrarse más comunicativa, dando por olvidado, al menos de momento, el incidente de la noche anterior; Elvira en algún momento comentó sobre su colección de cuentos, de las esperanzas que ponía en aquel proyecto, Pilar y Gloria se habían interesado en conocer más cuando ella les dijo que estaba en ese proyecto, Andrés me confirmó la aseveración de Pilar, desde que no tenía que sufrirme estaba engordando; Ramón intentada entrar en conversación, interviniendo cuando le dejábamos, lo teníamos un poco apartado, como haciéndole rabiar, olvidándonos de la cortesía, haciéndole ver su condición de pardillo; casi como una confabulación en la que Andrés y yo nos habríamos puesto de acuerdo sin necesidad de palabras. Llevábamos ya un buen rato conversando sin apenas dejar intervenir a Ramón.

    —¿Y con tu nuevo editor qué tal? —terminó por preguntarme Andrés.

    —Buen, muy bien, es un tipo competente —Ramón permanecía atento a mi respuesta. — entiende su trabajo y entiende el negocio de la editorial, expone bien sus ideas, logra empatizar con el que tiene enfrente, cree en la elaboración colectiva y trata de implicar a todos en el proyecto,... Quiere meterme en vereda, vamos: un pardillo.

    —Eso me pareció a mí el primer día que lo vi: un pardillo —Andrés en complicidad conmigo.

    —¡Coño!, que estoy delante —protestó Ramón.

    Continué sin hacerle caso. —Cuando espabile no va a ser de los más tontos.

    —Y tú, Andrés, joder, ya le has sufrido, deberías ponerte de mi parte —siguió protestando Ramón.

    —También te dije que no te dejaras arrastrar, que si te descuidabas te llevaría a su terreno, y ya ves, ayer hasta las cuatro de la mañana.

    —¡Y tú hasta las cinco, no te jodes¡

    Y otra vez Pilar, mira que no para de hablar, que es a la que más oigo hablar de las tres:

    —A ti —refiriéndose a mí —, lo que te pasa es que no sabes salir solo de la editorial y enganchas al que más a mano tienes. Y claro, al que más a mano tienes siempre es a tu editor.

    Casi estábamos solos en el salón, pude advertir que Morfeo todavía andaba por ahí, lo vi en una mesa al otro lado del salón, había enganchado a uno que le escuchaba con gusto. Nosotros decidimos continuar la velada en otro sitio. Saliendo, casi enfrente y probablemente el único local que permanecía abierto de la zona, estaba una cafetería en la que decidimos continuar.

    No nos habíamos terminado de sentar cuando Pilar volvió sobre el tema de las cinco de la mañana, lo debe tener clavado y debe ser cierto, desde ese día debí empezar a caerle mal, no es la primera ocasión que lo saca a relucir, en otras ocasiones que hemos coincidido ya lo ha sacado. Ahora insistía: ¿qué hicimos aquella noche hasta las cinco de la mañana?

    Andrés fue el que en primera instancia le respondió.— No se os puede decir la verdad, porque no os la creéis. Eso fue exactamente lo que hicimos, ya le conoces, si le dejas no para de hablar.

    —¿Y qué es eso de la jirafa? —intervino Gloria, al parecer había quedado intrigada con la jirafa, en el salón la conversación fue saltando de tema en tema y de la jirafa no se habló nada. Hizo intención de responderle Ramón, pero se adelantó Pilar. Pilar habla mucho, y muy rápido, hay que estar muy vivo con ella para que no te deje al margen cuando la conversación está animada.

    —Mira, la jirafa es un sacapuntas...

    —¿Qué sabes tú de la jirafa? —interrumpiéndola.

    —Andrés me lo cuenta todo.

    —Ah, eso está bien saberlo.

    —¿Te molesta?

    —No, todo lo contrario, así, cuando tenga que decirte algo, no tengo que decírtelo a la cara, se lo comento a Andrés.

    —¿Y tienes algo que decirme?

    —No, ya se lo comento mañana a Andrés en la editorial.

    —Muy gracioso.

    —¿Por qué no volvemos al tema de la jirafa? Tengo curiosidad —intervino Gloria, no sé si por esa curiosidad que manifestaba o por nerviosismo, pensando que la discusión podía llegar a mayores, como un intento de cortar esa discusión. No conocía a Pilar, no hay quien la pare cuando toma carrerilla. También advertí la mirada de extrañeza de Elvira, hice intención de tranquilizarla, pero Pilar continuó, ahora dirigiéndose a Gloria y a Elvira:

    —Está bien, lo dejo porque no nos conoceis y váis a pensar que estamos discutiendo.

    —No, por nosotros continuar —dijo Gloria—, yo solo era que tenía curiosidad, nada más. Ya se lo pregunto a Ramón en casa.

    —Mira —le trató de explicar Pilar —, lo de la jirafa es otra memez de este, A Andrés, hubo una temporada que lo traía frito con un reloj de arena.

    —¿También te ha contado lo del reloj de arena?

    —Claro que me lo ha contado, ya te he dicho que me lo cuenta todo, así es que ándate con cuidado. —continuó dirigiéndose a Gloria — Le ponía sobre la mesa un reloj de arena y cuando caía el último grano de arena, sin que se hubiese terminado de tratar aquello de lo que estaban hablando, se levantaba de la mesa y se marchaba, sin decir palabra, dejando a Andrés con la palabra en la boca. Te digo que desde que no tiene que tratar con él ha engordado.

    —Eso es por el despacho —le respondí.

    —Lo que no entiendo es cómo todavía seguimos considerándote un amigo.

    —Bueno, Pilar, eso son las anécdotas —Andrés saliendo en mi defensa.

    —Claro, luego está que te pasabas con él hasta las cinco de la mañana. A saber lo que hacíais por ahí a esas horas con nada abierto.

    —Solo fue un día, lo de las cinco de la mañana fue solo un día —se defendió Andrés. Ahora dirigiéndose a Ramón. — También he pasado buenos ratos con él, pero eso sí, hay que mantener las distancias, que si no te arrastra, mira tú, ayer no llegaste a casa hasta las cuatro de la noche.

    —Joder, olvídate ya de lo de anoche, eso se solucionaría si le saliese de las narices mantener el móvil abierto, que anoche estuvimos tratando temas del trabajo, por su manía de mantener siempre el móvil desconectado.

    —Tuvo que regalárselo la editorial —le dijo Pilar.

    —¿Qué? —Ramón.

    —Que no le salía de las narices comprarse un móvil y tuvo que regalárselo la editorial. Andrés fue quien pidió que se lo compraran. Para lo que le sirvió, de siempre lo ha llevado desconectado.

    —¿Lo veis?, ¿lo ves, Gloria?, así, si no me tomo la molestia, ¿cómo van a salir los temas?

    Ramón salvó la cara y yo quedé como un maniático. Aún Pilar siguió insistiendo con lo de las cinco de la mañana, esta noche se puso pesada con lo de las cinco de la mañana.

    —Aquella noche comenzaste a caerme mal —insistió.

    —Lo sé —le respondí. — como también sé que esa noche le leíste la cartilla a Andrés.

    —Oye, no la líes —me intento interrumpir Andrés.

    —¿Qué es lo que sabes de lo que aquella noche hablamos Andrés y yo?

    —Al final la lías —insistió Andrés.

    —Nada, solo que le montaste tal pollo que estuvo a punto de llamarme para pedirme el venir a dormir a casa.

    —Claro, y lo tendrías desconectado —Pilar.

    —A mí no me mires —le dijo Andrés ante su mirada recriminaroria. ¡Cómo saben las mujeres hablar con los ojos!

    —¿Te quisiste ir de casa aquella noche?

    —Joder, sabía que ibas a terminar liándola —me recriminó Andrés. Y ya dirigiéndose a ella. — No, pero me dijiste cosas muy fuertes.

    —¿Y tú se las dijiste a él?, ¿lo que hablamos aquella noche fuiste y se lo contaste a él?

    —A mí no me mires que aunque me cuenta todo, eso no me lo contó, solo que estuvo a punto de llamarme, ya te he dicho —me estaba interrogando con la mirada, es que muchas veces no tienen ni que pronunciar palabra.

    —¿Le cuantas todo? —Le preguntó a Andrés.

    —Eso es lo que dice él, le cuento lo que me interesa.

    —¿Le cuentas algo nuestro a ese? —ese ese era yo.

    —Cómo le voy a contar cosas íntimas, le cuanto lo que me interesa, por hablar.

    —Yo no he mencionado nada de íntimo —le respondió Pilar. Ahí le pilló, no supo cómo salir del paso, nuevamente la mirada, le intimido la mirada y Pilar únicamente tuvo que ir hilvanando.

    Primero salió el tema de la peluquería, porque era un tema reciente, hacía tres días que estuvo en la peluquería y volvió dos veces a que le cambiaran el peinado, es una manía de Pilar, no sentirse a gusto con ella misma cuando sale de la peluquería, pero tres días antes esa manía la llevó al extremo de volver a la peluquería para que la volvieran a peinar, después del tercer peinado quedó tan a disgusto como con el primero, Andrés me había comentado esa manía, Pilar también lo comenta frecuentemente en las reuniones, aunque anoche no lo recordara o no lo quisiera recordar, y Andrés sí me comentó que aquel día casi llora delante del espejo después de que la peinaran en tres ocasiones. Pero Pilar no tenía por qué saber que me lo contó, Andrés me contó eso como me pudo contar otra cosa, pero lo primero que le vino a Pilar a la mente fue lo de la peluquería, porque lo tenía reciente y quizá porque se avergonzase de esa manía suya. No sé si la expresión de Andrés le dijo que me lo había contado, ella lo dio por hecho, y de ese tema pasó a otros, todos intrascendentes, y algunos desconocidos para mí, por ella me enteré de ellos. Hasta que, inevitablemente, se llegó al tema de la cama. Los siguientes diálogos hay que entenderlos teniendo en cuenta que la conversación entre Andrés y Pilar había llegado a un punto cómico en el que ya nada importaba si algo me lo había contado Andrés o no, ella se refería a temas que ya habían salido en otras reuniones y que yo conocía aunque no me lo hubiese contado Andrés, y Andrés se defendía refiriéndose a las cosas que supuestamente no me había contado y nunca contaría a nadie.

    —Yo jamás le contaría a nadie tu manía de ducharte después de cocinar pescado.

    —¡Serás!, ahora ya lo saben todos —le respondió ella.

    En un momento, no solo Andrés, todos, Ramón, Gloria, Elvira, yo mismo, y la propia Pilar, todos, fuimos develando una tras otra, pequeñas manías de nuestras respectivas parejas. Con esa muletilla: "Yo nunca desvelaría que..." Así fue como se llegó a los temas de cama, inevitables e inevitable. Pilar le preguntó si me contaba lo que hacían o no hacían en la cama. La verdad es que Ramón sí me ha contado en ocasiones justas gloriosas, también, en alguna ocasión, torneos fallidos, hasta decepcionantes o cómicos; pero esto en pocas ocasiones, y únicamente como anécdotas que se cuentan por lo glorioso o por lo cómico, nada que desdiga de Pilar.

    —Yo de esas cosas no hablo con nadie —se defendió Andrés.

    —¿Cómo que no? No mientas a tu mujer. Me lo cuenta todo —Respondí yo.

    —¡Cómo te gusta liarla! —Volvió a recriminarme Andrés.

    —A ti ni se te ocurra contarle nada —Le advirtió Gloria a Ramón.

    Pilar insistió en conocer qué me había contado, Andrés insistió en que no me contaba nada, que eran cosas mías.

    —¿No le habrás contado lo de aquella ocasión que...?

    Terminé la frase. —¿ Aquella ocasión en la que quisisteis hacerlo uno en la cabecera de la cama y otro a los pies?

    —¡Se lo cuentas todo!

    —Nooo.

    —¿Cómo que no? ¿Y cómo sabe eso?

    —Desde luego, no se puede confiar en vosotros —dijo Gloria decepcionada, recriminándoselo a Ramón, como si él fuese el que contara sus intimidades.

    —¡Coño!, ¿pero cómo se os ocurrió? —continué yo.

    —Fue cosa de él, si te ha dicho otra cosa te ha engañado —respondió Pilar. — ¿Qué más le has contado?

    —Nada más.

    —¿Solo eso?

    —Sí.

    —Vaya, qué coincidencia.

    —Esas cosas, lo quieras o no, se cuentan, aunque te moleste. Anda que no nos reímos —continué.

    —A mi costa.

    —No, a costa de los dos, ¡Pero cómo se os ocurre?

    —Cosas de la televisión —dijo Pilar.

    —¿De la televisión?, ¿ahora se dedica la televisión a recomendar posturas?

    —No, pero oí que no había que caer en la rutina.

    —Luego la idea fue tuya.

    —No, lo de la postura fue cosa de Andrés, ya se lo dije yo.

    —¿Y qué pasó? —Preguntó Elvira.

    —Bueno, aquello no funcionaba, no había forma de mantenerla dentro.

    —¿Te digo yo el porqué?

    —Ni se te ocurra que Andrés la tiene como un vaso de gin-tonic.

    —Bueno, entonces será cosa de pericia.

    —Cómo te gusta liarla —insistió Andrés.

    —¡Me gustaría verte a ti en esa postura!

    —Nunca me verás, solo conozco una postura.

    —¿Sí? —preguntándole a Elvira. Elvira me miró, como intentando conocer hasta que punto debía ser indiscreta.

    —Ni se te ocurra contar nada —le dije antes de que respondiera. — Os acabáis de conocer y estoy yo presente, quedáis mañana y os lo contáis todo.

    —¡Pero qué machista eres! —Pilar — pensáis que nos lo contamos todo.

    —Si hubiera algo que contar.

    —¿Cómo que si hubiera algo que contar?

    —Andrés me está tocando con el pie para que no siga.

    —Deja en paz a Andrés.

    —Estas cosas siempre acaban mal —dijo Ramón.

    —Déjale —le dijo Andrés — si no la lía no se queda tranquilo.

    —Habéis estado mucho tiempo montándooslo con los críos pared con pared.

    —¿Y qué nos recomiendas?

    —Que vayas a la editorial, y que os lo montéis en el despacho de Andrés.

    —Ya, lo que le faltaba, si ahora no le miran ya mal en la editorial...

    —Sin atrancar la puerta.

    —Ya.

    —Mejor, con la puerta abierta.

    —Sí, y te avisamos para que vengas a vernos.

    —No, no quiero que me vengan a la mente determinadas imágenes en determinados momentos.

    —Tendrás tú que decir.

    Ramón nos contó que en una ocasión lo hicieron Gloria y él en un banco de un parque, lo contó ante el sonrojo de Gloria que le recordó lo que le había pedido antes, que no contase nada, al final fue ella la que completó la historia. El tema del sexo ocupó el resto de la velada, hasta que nos advirtieron que iban a cerrar. Al salir, Andrés y Ramón se ofrecieron para acercarnos a casa, rehusamos el ofrecimiento, a Elvira y a mí nos apetecía caminar un rato, luego ya pediríamos un taxi.

    Antes de despedirnos Pilar me dijo en voz baja: "No seas idiota y metas la pata como en otras ocasiones"; Andrés también me habló de Elvira: "No me vuelvas al despacho con tus neuras que no te voy a escuchar", Elvira y Gloria se intercambiaron los teléfonos; Gloria, ya estaba entrando en el coche, le dijo a Ramón: "Ahora me tienes que contar de qué va eso de la jirafa". Vimos alejarse a los coches cuando ya habíamos iniciado el caminar. Elvira había caído bien a todos, no es de extrañar, se comportó como es ella, pero esa no es la cuestión.

    Creí advertir en ella una actitud de recriminación, no me lo dijo con palabras, pero la sentí molesta por mi comportamiento, le debió parecer fuera de lugar mi discusión con Pilar, no quería que guardase de mí esa mala impresión y le expliqué que mi relación con Andrés y Pilar es muy especial, que si había utilizado un tono que le podía parecer inadecuado es porque entre nosotros existe la complicidad que existe entre los viejos amigos, que nada de lo que nos digamos nos puede molestar.

    —Mañana me presentaré en el despacho y me comentará la justa que seguro mantiene esta noche con Pilar. No te habré empezado a caer mal ¿no?

    —Idiota, me has empezado a caer mal hace mucho, pero no por estas tonterías, esas cosas me gustan de ti.

    Esa es la cuestión.

    ***

    Lo primero que hice cuando nos separamos fue conectar el móvil, Elvira se extrañó y casi se echó a reír, estaba seguro de que recibiría un SMS de Andrés. Sabía ya el carácter que tendría ese SMS, estuve atento a la conversación que mantuvieron desde el salón a la cafetería, congeniaron; pondría a Elvira por las nubes, pero no quería retrasar la satisfacción de verlo reflejado en el SMS. Seguro que no tardaría mucho en entrarme el SMS de Andrés, y así se lo dije a Elvira, también le dije que le podía anticipar lo que pondría: "Te va a poner por las nubes".

    —Doble contra sencillo a que antes de que lleguemos a la altura del jardincillo —dos cuadras más adelante había un pequeño jardín haciendo esquina, mínimamente aislado por setos de aligustre — tengo su SMS en pantalla.

    Efectivamente el SMS llegó al poco rato, me costó un tiempo localizar el móvil y presentarlo en pantalla, los dos lo miramos: "Pues sí es verdad que me ponen por las nubes". No solemos mirarnos los SMSs, pero en esta ocasión Elvira mostraba interés por ese SMS, por conocer la impresión que había causado en Andrés, y en Pilar que el SMS era de los dos.

    Cuando de vuelta a casa tomamos un taxi, ya nos habíamos subido a él y ya estaba en marcha, aún recibí un segundo SMS, había olvidado desconectarlo, era también de Andrés. Nuevamente Elvira, una vez supo que era de Andrés, se puso conmigo a mirar atenta la pantalla, esperando a que después de mucho trastear lograra que el SMS apareciera en ella: "Pasate mañana por la editorial ni se te ocurra no pasar es cosa de Pilar que te mande este SMS pero pasate". Nos miramos y ninguno de los dos pronunció palabra.

    ***

    Ayer estuve en recepción con Elena, hacía semanas que no coincidía con ella, así es que al darnos las novedades salió lo de Andrés, la dejé hablar.

    —Sabrás la última que se ha cocinado en administración —administración no es el departamento de administración, aunque también, es una gran sala donde se agrupan una gran parte de los servicios de la editorial, separados en casos por mamparas; es inimaginable su capacidad para parir chismes. Todos, lo que más tememos es que nos despellejen en administración, y en una o en otra ocasión todos hemos sido despellejados en administración. Nuestra preocupación, la de Enrique y la mía, es prolongar en el tiempo el momento en el que nos vuelvan a despellejar. Enrique lo pasó realmente mal en los tiempos en los que estaba divorciándose, incluso antes, cuando desde administración corrían la voz de las infidelidades de su exmujer, fueron esos chismes lo que peor llevó de su separación. Elena continuó.— Te lo digo porque eres amigo de Andrés, algo deberías contarle.

    —Ya se lo he contado, pero a mi modo. ¿Qué te ha llegado a ti?

    —Lo último, lo de esta última semana. ¿Has pasado esta última semana por aquí?

    —No, ahora a Ramón lo veo más en el barrio que en la editorial.

    —Entonces empiezo por lo del viernes pasado, la que se lió en administración aunque ellos lo nieguen. Ese viernes sí estuviste aquí, creo que también te pasaste por administración, pero esto no lo conocerás porque fue cuando ya habías salido de la editorial.

    —Coño, sabes más de mí que yo mismo.

    —Ramón, me lo cuenta todo. Lo del viernes es como si no hubiese pasado, para administración no ha pasado, pero ese viernes tres o cuatro... ¿quieres los nombres?

    —No, con saber que son de administración me sobra.

    —Tres o cuatro casi salen a tortazos por Andrés, tres o cuatro administrativas. No sabía que Andrés tuviese tanto tirón.

    —¿Cómo? Que tres o cuatro tías se pelearon por Andrés.

    —Los motivos, o no me han llegado o no te los cuento porque los sabrás tú mejor que yo.

    —¿Yo? Yo tampoco sabía que Andrés tuviese tanto tirón.

    —Está bien, te lo cuento, pero sin retroceder más allá. Al parecer, Mercedes, Merche, Milagros y Micaela están trás de él, y esa mañana se enteraron de que alguna de ellas estaba enviándole emails.

    — ¿Mercedes, Merche, Milagros y Micaela detrás de Andrés? ¿Me hablas de un email?

    —Sí, y las cuatro comprometidas a no dar un paso una por delante de las otras.

    —Coño, pero si es Andrés.

    —Fíate. Una de ellas, no se ha descubierto todavía quien, adelantándose a las otras, las otras se enteraron y el viernes pasado casi se tiran de los pelos. Hasta ahí, allá ellos y ellas, pero es que ahora, después del ridículo que supuso, están despellejándolo.

    Estábamos muy cerca del mostrador de recepción, Lola, la recepcionista, se estaba enterando de nuestra conversación, le pregunté:

    —Totalmente cierto, le están poniendo que parece otro —me dijo.

    Continuamos la conversación, ahora junto al mostrador de recepción, con Lola participando de ella, yo procurando llegar a conocer el alcance de las difamaciones, aunque tratándose de administración no habría sido necesario enterarse de mucho más, una vez surge el rumor, una vez comienzan a despellejar a alguien, no paran hasta quedarse con el último trozo de su piel entre las uñas.

    No me encontraba bien, me afectó lo de Andrés, debía decírselo, pero, ¿qué decirle?, ¿cómo ir a decirle que le estaban despellejando en administración sin más solución que decírselo? Cuando se despidió Elena para irse me propuse irme yo también, no permanecer un minuto más en la editorial, ya pensaría algo y entonces sí me pondría al habla con él. Pero como dice Pilar, no sé salir solo de la editorial, hice lo que no había intentado hasta ese momento, ir con Elena más allá de los cafés de máquina, sin ninguna intención, no tenía las ideas claras, únicamente por no salir solo de la editorial. Cuando nos encaminábamos a la puerta le propuse tomar otro café, ya en una cafetería, fuera ya de la editorial.

    —Aunque no esté casada no te lo acepto. Y sé un poco más discreto, no me lo pidas delante de Lola.

    Me dejó parado, ante la puerta de entrada, tan parado como deja a Ramón. En un acto reflejo giré la cabeza hacia atrás, buscando a Lola, su expresión, quizá buscando su complicidad, tratando quizá de salir de una situación que me parecía cómica; Lola, al ver que me giraba para mirarla, encogiéndose de hombros, con desenfado dijo: "Como le da". Volvi otra vez la mirada, la vi alejarse sin que me diera oportunidad de reaccionar. ¡De dónde coño sacará la puñetera tanta información!


    Salí solo de la editorial, decidí volver a casa, el camino lo invertí en recomponer los hechos como si se tratase de un rompecabezas, con las piezas que me había dejado Alicia.

    "Pásate mañana por la editorial, ni se te ocurra no pasarte". Por el tiempo que pasó entre el primer SMS y el segundo calculé que aquella noche Andrés y Pilar vivieron una justa gloriosa, ese "es cosa de Pilar" casi me lo aseguraba, porque es muy competitiva y no iba a dejar pasar mis bromas.

    Aquella mañana Elvira y yo desayunamos en la cafetería de enfrente de casa, nuevamente nos habíamos quedado sin café, al salir de la cafetería nos despedimos, más cariñosos que de costumbre; yo me dirigiría a la editorial como me pidieron Andrés y Pilar, y ella volvía a casa, a continuar con sus cuentos, poco a poco iba avanzando en la colección. Como de costumbre esperé a que entrara en el portal; momentos antes, en la despedida, en la puerta de la cafetería, ya estando en la calle había agarrado con fuerza ese culo que ahora veía desaparecer en el portal.

    Tomé el camino de la editorial, sin forzar el paso, con un caminar tranquilo llegaría a la hora a la que tenía por costumbre aparecer por allí, más que mediada la jornada de la mañana, con el tiempo justo para arreglar los asuntos que tuviera pendiente antes de la hora del almuerzo, hacía tiempo que había advertido que eran esos momentos los más propicios para solventarlos con rapidez. Lo primero que hice cuando llegué fue dirigirme al despacho de Andrés.

    Abro la puerta y me encuentro a Pilar sobre la mesa y a Andrés con los pantalones en los tobillos, esa es la imagen que conservo de la escena. Ambos me miraron al advertir mi presencia, yo estaba sorprendido, parado en medio de la puerta.

    —¿Qué tienes ahora que decir? —dijo Pilar, Andrés esbozaba una sonrisa de oreja a oreja, yo permanecía petrificado. Pilar continuó.— Ahora cierra, no tengas cara.

    Cerré inmediatamente, quedé parado, seguía petrificado, con la mano sin desasir el pomo de la puerta. Volví a abrir y les espeté:

    —Tampoco hay que tomárselo todo al pie de la letra, eso es más incomodo que lo que intentasteis a cabecera y pies de la cama.

    —Si tú lo dices. —me respondió Andrés.

    —¿Quieres cerrar caradura? — dijo Pilar.

    Volví a cerrar, quedando nuevamente tras la puerta, decidiendo si me alejaba con discreción o continuaba molestando. Abrí nuevamente:

    —Andrés, ¿cuándo vas a quedar libre y me cuentas...? —Pilar agarró el ratón y lo hizo volar hacia mí, cerré la puerta a tiempo de oír cómo se estrellaba en ella. Me hubiera gustado tener a Elvira cerca en esos momentos, para poder comentarlo con ella, ¡qué güevos le han echado! Salí de la editorial y me dirigí a una cafetería, a hacer tiempo.

    Cuando pensé que ya no molestaría volví para la editorial, me encaminé nuevamente hacia el despacho de Andrés, me iba a reír de él un rato o de los dos si todavía estaba Pilar. En el camino me crucé con una de administración, no suelo entretenerme mucho con los de administración, en este caso fue inevitable, no me dejó seguir hasta darme las novedades. Había trascendido la reposición de El cartero siempre llama dos veces protagonizada por Andrés y Pilar. Lo que habría podido ser una anécdota memorable lo convirtieron en un chisme grosero y zafio. Andrés estará en los cincuenta y cinco y Pilar puede que en los cincuenta y tres, se supone que lo vivido por Andrés y Pilar habría estado bien si hubiesen sido unos jovencitos, pero a su edad... dar ese espectáculo; Andrés presentaba un aspecto cómico y de Pilar le extrañaba que no le importase que la pudieran sorprender con la blusa desabrochada, enseñando sus carnes.

    No supe reaccionar, me despedí cuando pude, de mala manera, y continué mi camino, procuré recomponer mi ánimo cuando pasé al despachó de Andrés, no lo logré. Solo estaba él, Pilar ya se había ido, Andrés enseguida advirtió que no estaba de humor, que me había pasado algo que me había alterado. El esperaba eso, que le dijese que fue todo un espectáculo lo que presencié, que estaba ridículo, que ambos estaban ridículos, que no tenían ya edad; más o menos lo mismo que poco antes había oído de labios del departamento de administración. Se lo comenté, sin darle detalles.

    —Ya, ya me di cuenta y lo esperaba. Pilar y yo nos reímos cuando cerró la puerta, la tendrías que haber visto, tendrías que haber visto su expresión, como si estuviese presenciando la escena de un crimen, todo lo artificiosa que es ella. ¿Y te ha afectado eso? ¿Eres nuevo?

    A los diez minutos ya me estaba riendo de él y de Pilar, y de la escena, de su falta de originalidad, me interrumpió: "¿Falta de originalidad? Cuenta tú cómo hacerlo que no se haya hecho ya". Me reí de su aspecto cómico con los calzones en los tobillos, de su expresión cuando me miró al abrirse por primera vez la puerta,... Terminé diciéndole que no están en la edad, que eso queda para los jóvenes: "Voy a tener que hacer esfuerzos para olvidarme de la imagen que dabas, no me va a ser fácil olvidarme de esas lorzas".

    Me propuso ir a comer juntos, le dije que no, que no estaba de humor. Intentando convencerme: "Coño, que te voy a llevar a Casa Paco, ¿te vas a negar a un buen cocido?", insistí en que no estaba de humor; "¡Coño, que al que van a despellejar es a mí!". No dejé que me convenciera, tenía la cuenta pendiente con administración y quería cobrarla antes de salir de la editorial.

    Entré en Administración como entra en escena un actor de los grandes, con gestos grandilocuentes, con movimientos de brazos amplios y enérgicos, impostando la voz y proyectándola hasta el fondo, hacia las amplias cristaleras que dan a la calle, haciéndolas vibrar como una soprano hace vibrar las copas: "¡Qué ovarios tiene Pilar!", se quedaron sorprendidos, llamé la atención de todos, lo que quería, Milagros no me dio oportunidad de continuar: "Precisamente hoy Pilar...", no tuve que interrumpirla, fue Merche: "Ya se lo he contado yo".

    —¡Qué ovarios tiene Pilar! —hice una pausa, en esta ocasión nadie me interrumpió, continué, sin abandonar la teatralidad.— Hoy se ha presentado en la editorial, se ha encaminado derecha al despacho de Andrés y sin más se lo ha hecho con él encima de la mesa. ¡Hay, que echarle, güevos!

    —Bueno, tendrías que haberles visto —apostilló Milagros.

    —Se ha enterado que una loba iba detrás de él y sin pensárselo dos veces se ha presentado aquí a mostrar sus poderes, ha marcar su territorio, y lo ha marcado bien, ahora que vuelva la loba.

    —¿Qué alguna va detrás de Andrés? No me lo creo —dijo Merche, que fue la que los sorprendió.

    —Créetelo —le dije.

    —¿Y cómo se ha podido enterar Pilar? —me preguntó Micaela.

    —Coño, la loba le debe estar enviando emails, Pilar le ha descubierto uno.

    — No me lo creo —Merche.

    —¿No te lo crees? —Le respondió Mercedes.

    —¿Y se sabe quién es la loba? —Micaela.

    —Joder, eso lo debéis de saber aquí, en administración, porque la loba, por lo que dijo Pilar al salir del despacho, la loba es alguna de vosotras —se había hecho corrillo, Mercedes, Milagros y Micaela tras mis palabras se alejaban para volver a sus puestos. Continué.— Al salir, recomponiéndose la falda dijo: "Ahora que vengan las de administración".

    —¡Quién va a estar tirándole los tejos a Andrés!, eso son imaginaciones de Pilar —Merche, al tiempo que se daba la vuelta y tomaba el camino de Mercedes, Milagros y Micaela.

    —¡Coño! Que he visto el email.

    —¿Y sabes quién lo envió? —Micaela, volviéndose hacia mí, interesada.

    —Eso no lo he visto, lo sabrá Pilar.

    —¿Y qué ponía? —en este caso se interesó Merche.

    —Eso te lo digo delante de un café. Salimos, que es ya la hora de almorzar, nos sentamos delante de unos cafés y te lo cuento.

    —¡Uy! Tomarme un café contigo, ni lo sueñes, estoy casada.

    —¿Y eso te impide aceptar una invitación a unos cafés en la cafetería de enfrente?

    —De ti sí.

    —Joder, qué fama tengo.

    Me dispuse para salir, di por saldada la cuenta. Aun pude escuchar comentarios como: "Qué aires trae hoy este", y como Merche terminaba: "Tampoco se pueden hacer invitaciones casi a gritos, delante de todos". No cerré la puerta, para seguir escuchando los comentarios. "He oído que últimamente está bebiendo mucho".

    ***

    Aquella noche bajé al barrio más tarde de lo acostumbrado, no me pasé por los noctámbulos, Enrique ya no estaría allí, casi derecho me dirigí a La Farmacia, Enrique estaba en la barra, dando conversación, no le saludé, él tampoco hizo ademán de saludarme, siguió con la charla, mientras me servían la consumición me fue inevitable escucharles: "Dos calles más abajo hay una pastelería que hace unos merengues estupendos".

    —¿Es una perversión?, es que ya van tres o cuatro veces que insistes con los merengues.

    —No, es totalmente cierto, no es ninguna perversión.

    —Entonces es peor, porque lo llevabas bien.

    —Está bien, ¿podemos rebobinar?, pero es totalmente cierto, dos calles más abajo hay una pastelería que hace unos merengues estupendos.

    —¡Qué raro eres!

    Ya me habían servido la consumición, al paso que me encaminaba a una mesa de las que estaban libres, la que quedaba más cerca para no perder onda, no lo pude evitar: "De pequeño quería ser ornitólogo".

    —¿Quién es ese? —oí como le preguntaba, yo ya estaba en la mesa.

    —Es Pérez—Elesco —le respondió Enrique.

    —¿Quién?

    —Un fotógrafo que intenta sobrevivir de la fotografía.

    —¿Fotógrafo? ¿Qué tipo de fotografía hace? —me costó trabajo oírla, intentaba que yo no la oyese.

    —¿Qué tipo de fotos hace? Desnudos —ella cortó la conversación, no me pasó desapercibido que me estaba observando. Enrique continuó.— Desnudos de animales.

    —Me tomas el pelo.

    —No, es ornitólogo.

    En ese momento dejé de atender a la conversación, por la puerta entraba Ramón, pidió una consumición y vino para la mesa. Mi preocupación seguía siendo Andrés y como lo estaban despellejando las víboras de administración.

    —Los de administración están despellejando a Andrés ¿tú no sabías nada?

    —¿A qué te refieres?, porque el viernes empezaron con la reposición de El cartero siempre llama dos veces, eso sí lo sabrás, porque tuviste parte, pero ahora ya están en otra.

    —¿Y no me lo has podido decir?

    —¿Cómo? Hace días que no vengo por aquí y tú, la editorial ya ni la pisas.

    —He estado esta mañana, ha sido cuando me he enterado.

    —¡Coño!, tenía cosas pendientes contigo. Aquí no es el lugar, tampoco vas por la editorial, y cuando se te ocurre ir ni te veo.

    No le respondí, los dos prestamos atención a Enrique.

    —Rebobinemos, al punto en que íbamos bien. ¿Te gustan los merengues?

    —Lo tuyo es una perversión.

    —Sí —le respondió Enrique.

    —Mira, vamos a dejarlo.

    —¿Tampoco así?

    —Vamos a dejarlo.

    —¿Por qué?

    —Es que ya no me creo ni que seas especialista.

    —De cine, eso créetelo.

    —Mira, me voy con mis amigas que me están llamando.

    Lo dejó plantado y a mí me miró como diciéndome qué gusto le podía ver a la profesión de ornitólogo. Enrique se acercó a la mesa, aun antes de que se sentase:

    —¡Qué cabezota eres! —le dije.

    —Te digo que al final monto una buena historia con los merengues.

    —¿Sabías que los de administración están despellejando a Andrés? —le pregunté.

    —Ya le tocaba, pero no sabía nada.

    Empecé narrándole la escena del despacho, la adorné con todos los detalles que pude imaginar, Enrique no paraba de reírse y Ramón no dejaba de mirarme, Enrique:

    —¿Y les pilló Merche? No sé lo que me habría gustado más, si ver a Andrés y Pilar en los papeles de Jack Nicholson y Jessica Lange o haber visto la expresión que pondría Merche. ¡Cómo coño se les ha ocurrido! Así, tenían asegurado ser carne de cañón de administración —Ramón seguía mirándome.

    Después pasé a lo serio, a Andrés le estaban despellejando porque supuestamente iba detrás de todas las de administración como una babosa. Le di algunos detalles, alguno de los detalles que Elena y Lola me habían dado a conocer, tan rancios y tan zafios como son los y las de administración.

    —No me cuadra, ¿cómo se ha pasado de los chismes de la escena del despacho a poner a Andrés de babosa?

    —¡Coño, díselo ya de una puñetera vez! —Explotó Ramón, para continuar.— ¿O se lo dices tú o se lo digo yo? -continuó.— Sabes que la noche de la entrega estuvimos cenando juntos ¿no?, pues se le ocurrió retarles para que se lo montasen en el despacho.

    Continué yo: "Y sin pensárselo dos veces a la mañana siguiente se lo hicieron". Cuando se agotó la escena del despacho Ramón pasó a contarle mi escena en administración, lo contó casi con más detalles de los que yo recordaba, para terminar: "Y coincidió que las cuatro andaban detrás de Andrés"

    —¿Tanto tirón tiene Andrés? —se preguntó Enrique.

    —Joder, que se tiraron de los pelos —continué yo.

    —¡También es coincidencia! —se dijo Enrique, para dirigirse luego a mí.— O sea, que la has montado bien montada.

    —Pero mira como la enganchada entre las cuatro, eso como si no hubiese pasado —terminé diciendo.

    Aún continuamos comentando sobre el tema durante un rato, hasta que Ramón propuso el movernos. Les dije que no contasen conmigo, no estaba tranquilo, iba a ir a casa de Andrés.

    —¿A las tres de la noche? ¿Vas a despertarle a las tres de la noche? —me dijo Enrique.

    —Sí, me quedo más tranquilo si hablo con él.

    —Tú mismo —me dijo Enrique,— pero me parece una locura.

    Conecté en teléfono, Enrique se extrañó:

    —Voy a avisar a Elvira que voy a ver a Andrés, que no se preocupe —le dije.

    —¡Tendrás cara! —A Enrique le salió del alma.— ¿Hoy que vas a casa de Andrés la llamas para decirle a dónde vas a pasar la noche?

    —No lo entiendes, le he contado lo de Andrés, quiero que sepa que voy a hablar con él.

    "No, no lo entiendo, ni voy a ser yo quien te diga nada, ya eres mayorcito", salió del local sin despedirse. Antes de que saliese Ramón recordé mi conversación de la mañana con Elena, le reproché:

    —Y tú, ¿es que vas contándoselo todo a Elena?

    —¿Yo?, no soy capaz de articular dos palabras seguidas cuando está ella presente.


    Al salir tropecé con el grupo de amigas, les cedí el paso, afuera Enrique estaba distraído esperando a que saliera Ramón, cuando las vio: "No puedo disculparme por lo de los merengues porque es cierto; ahí, dos calles más abajo está la pastelería. Pero si queréis podemos hacer juntos el camino al 33 revoluciones". Yo seguí calle arriba, la llevaba ya medio andada cuando le oí gritarme: "Aún estás a tiempo de tomarte la penúltima en el 33 revoluciones en lugar de ir a molestar a estas horas". Ramón me había alcanzado, le pregunté si no se quedaba a tomar la penúltima: "Quiero que las cuatro me den estando en casa", se prestó a acercarme a casa de Andrés y acepté.

    Me abrió Andrés, con las legañas pegadas a los ojos, por saludo me preguntó "¿Qué te pasa?", al tiempo que me daba paso para que entrara.

    —No, o sí, pero no he podido esperar a mañana para contártelo, esta mañana he estado en la editorial y me he enterado que te estaban despellejando los de administración.

    —Ah, bueno sí, ya lo sé —había entrado directamente a la sala de estar, me invitó a sentarme en una de las sillas de la mesa camilla que ocupa una de sus esquinas, él se sentó en otra, trataba de despejarse un poco.

    —No, pero es que me siento responsable.

    En esos momentos entró Pilar.— ¿Qué haces aquí?, ¿te pasa algo?

    —No, cosas de la editorial, ha venido a decirme que me estás despellejando los de administración —le dijo Andrés.

    —No me has dicho nada —recapacitó.— ¿Por lo del vienes?

    —No, sí, bueno, ahí empezó todo —le dijo Andrés.

    —¿Y tú vienes a estas horas a avisarnos de eso? Ya estamos acostumbrados a los chismes de los de administración.

    —Se siente responsable —le dijo Andrés.

    —¿Responsable? Mira, nos sentó de maravilla, ahora que vengan a hablar los de administración.

    —No lo hemos hablado —continuó Andrés,— pero no te puedes imaginar lo que fue.

    —Con el corazón acelerado todo el rato —terminó Pilar.— ¿Responsable de qué?, como si fuera la primera vez que los de administración...

    —No me siento responsable por eso, que ya sois mayorcitos —mirando ahora a Andrés.— Es que yo terminé de liarla.

    —Lo sé, sé que te pasaste por administración el viernes —me dijo Andrés.— Pero por eso solo tenemos que darte las gracias.

    —A ver, contármelo todo que no me estoy enterando de nada.

    —No habías salido del despacho y los de administración ya estaban rajando...—"De mala manera, como son ellos", apostille, Andrés continuó.— Se cruzó con uno de administración, bueno con una, con Merche.

    —Ya lo comentamos —dijo Pilar.

    —Estuvimos un rato hablándolo en el despacho, parecía que todo estaba solucionado. y cuando salió, se dirigió a administración y les montó una de sus verbenas.

    —¿Verbenas? —Pregunté extrañado.

    —Sí, así las llamamos —me aclaró Pilar.

    Andrés le narró la verbena que monté en administración: "O sea, que me has puesto de rompe y rasga", me dijo Pilar para a continuación reprocharle a Andrés: "Tú a mí no me cuentas nada".

    —¿No decías que te lo contaba todo? —le dije.

    —Como a ti, me cuenta lo que le interesa —me respondió.

    —Falta lo mejor —le dije, y a continuación Andrés le contó la coincidencia, el que las cuatro estuvieran tras de él.

    —No me lo puedo creer —dijo Pilar.

    —¿Cómo que no te lo puedes crees? —protestó Andrés.

    Sonia, ahora la mayor desde que se fuera Almudena, se despertó y apareció por la sala, preguntando cómo es que estaba allí y qué era lo que ocurría.

    —Pues mira hija, que tu padre y yo nos hemos pegado unos tiros en su despacho, encima de la mesa —le dijo Pilar, muy chula.

    —¡Mamáa!, ¿Y me lo tenías que contar?

    —Y que cuatro de la editorial están detrás de tu padre —con la misma chulería.

    Inevitablemente Andrés y yo asistimos a cómo Pilar le contaba toda la historia a su hija, atropelladamente, e inevitablemente apareció Andresito, el pequeño, con más de veinte años pero que se ha quedado con "Andresito", también preguntando el porqué de tanto alboroto, porque sí se montó un buen alboroto.

    —Que mamá y papá se lo han hecho en la editorial, sobre la mesa del despacho de papá, sin ni siquiera atrancar la puerta, sin tomar las mínimas precauciones. Luego nos dicen a nosotros.

    —¿Quieres parar?, ¿qué tienes que decir nada a tu hermano de lo que hacemos tu padre y yo?

    Andresito protestó: ¿por qué era él menos que su hermana? Su otra hija también se despertó y también apareció por la sala, y la historia se volvió a narrar.


    Llegó un momento en el que el tema se agotó, fue cuando le expresé el porqué último de mi intempestiva visita, estaba dispuesto a montarla en administración, montar una verbena como hoy me he enterado que las conocen ellos; después de lo que pensaba había sido una metedura de pata tras otra, quería, de alguna forma, que Andrés me diese el visto buen.

    —Espero tu autorización para montarla mañana en administración —le dije a Andrés.

    —¿Desde cuándo pides permiso para montar tus verbenas? —me contestó Pilar.

    —Como estás visto en la editorial... —le dije a Andrés.— Todo esto, que en cierto modo he provocado yo, te coloca en una posición delicada.

    —¿Mal visto? Eso era antes. Espera —Se levantó y abandonó la salita sin decir más.

    Sonia preguntó a su madre a dónde había ido su padre: "Ya lo conoces" le respondió. Andresito: "Yo si vais a hablas de los líos de la editorial me voy a la cama, que mañana tengo clases", "Y yo también trabajo —dijo la que ahora es la mediana— pero me espero a ver por dónde sale". Andresito se cruzó con Andrés en la puerta, venía con una especie de pequeña cartulina en la mano, la dejó encima de la mesa. Ante nuestra extrañeza:

    —El carnet de "El salón de ángeles".

    Salón de ángeles

    Esa noche me enteré que Andrés tenía el pase para el Salón de los ángeles, me lo había estado ocultando durante meses.

    —O sea que tú con el pase para el Salón de ángeles y sin decirme nada.

    —Espera —me respondió—, han sido unos meses raros.

    ¡Coño!, y tan raros, y fue esa noche cuando me enteré lo tan raros que habían sido estos últimos meses, lo del Salón de ángeles fue lo menor.

    El Salón de ángeles es el modo que la empresa tiene de gratificar a sus sumisos incautos. En tiempos los gratificaba con un sobre, en los tiempos en los que se cobraba la nómina en la propia empresa, cuando era el cajero el encargado de pagar la nómina en mano. Cuando recuerdo a Matilde al frente de la caja, entregando las nóminas, entonces una jovencita, no se parecía para nada a Sandie Shaw, ya era una mujerona y ya con la misma resolución que la caracteriza, castigando a muchos de la editorial con sus movimientos de cadera. Fue en aquel entonces cuando comenzaron a salir Rodolfo y ella.

    Un día se apareció en el taller, Rodolfo ya era cajista, por entonces la editorial todavía contaba con la imprenta y el taller todavía conservaba el olor penetrante y ácido de las linotipias, tardó años en desaparecer ese olor de sus paredes; pocos bajaban a él cuando Matilde bajó resolutiva, a la editorial nunca le han faltado mujeres con carácter, se enfrentó a Rodolfo:

    —¿Qué tienes que decir de mí? —en aquel entonces Matilde era casi una cría, como Rodolfo. — ¿Por qué tienes que ir diciendo por ahí que estás de tras mío?

    Rodolfo no levantó la vista del componedor, y la anécdota ha quedado grabada en los anales de la editorial, porque a resultas de ese encuentro el renglón que Rodolfo estaba componiendo quedó trastocado, quedó "tronado" en lugar de "tornado". El corrector de pruebas no prestaba demasiada atención a las composiciones de Rodolfo, por la seguridad con la que Rodolfo manejaba el componedor, cuando se advirtió el error los cuadernillos ya estaban cosidos. El ángel arcángel, que los cuadernillos lo eran de un libro de un ángel arcángel, montó un escándalo al que nadie atendió, pero que condujo a saber que fue Matilde la causa última del error. A la semana, Matilde y Rodolfo ya iban de novios.

    Matilde esperó la respuesta de Rodolfo; al entender que esta nunca llegaría, Rodolfo no abandonó su labor con los tipos, colocándolos uno tras otro en la regleta, Matilde dio media vuelta y se alejó de él para abandonar el taller, aun le dijo:

    —Que no me entere yo que vas por ahí hablando de mí a mis espaldas.

    Y para terminar, con el mismo desaire y aun mayor contundencia, sin volverse para mirarle, ya casi fuera del taller: "Eso me lo dices a la cara".

    Fui testigo del encuentro, era de los pocos que de vez en cuando visitábamos el taller, fue a raíz de aquel día que llegamos a intimar Rodolfo y yo. Aquella fue la forma más resolutiva que he oído a una mujer pedirle a un hombre que saliese con ella, con diferencia; porque con el tiempo, recordando aquella anécdota, Rodolfo me confesó que en ningún momento comentó con nadie que Matilde le atrajera y mucho menos que anduviese tras ella; pero que sí, cuando iba a por la nómina lo hacía temblando como un flan.

    En aquel entonces el cajero, Matilde, se encontraba en una pequeña oficina a la que todos debían ir para cobrar la nómina. Sobre la mesa dos cajas de cartón, las mismas en las que se distribuyen los propios sobres; en una, los sobres de las nóminas y, en la otra, los sobres de las gratificaciones, de papel Manila los unos y los otros; las dos cajas una junto a otra, una más ocupada de sobres y otra menos, una más a mano, la de las nóminas, y la otra, la de las gratificaciones, más a desmano de Matilde y más alejada de los perceptores de esas nóminas, casi al borde de la mesa pero bien visible para ellos, dispuesta una y otra como quería la empresa. De aquella pequeña oficina de mamparas acristaladas los había que salían con un sobre o con dos, quedaba bien patente que ser sumiso y obediente rentaba.

    Llegó un momento en el que se inventó lo de la moqueta, no un invento, vino de fuera: una zona enmoquetada en la que se hallaban los despachos de la dirección y sus cuadros medios, no todos, los agraciados con tal distinción. Estar en la zona enmoquetada, tener despacho en la zona enmoquetada, tener relación con la zona enmoquetaba vino a marcar la diferencia. Luego están los despachos, el propio despacho, su mobiliario, su decoración, incluso su situación, marcan más diferencias; el de Ramón el más pequeño, peor amueblado y peor decorado de toda la editorial, pero para mi gusto el mejor situado, el más alejado de la moqueta.

    Lo de los sobres se acabó al tiempo que se acabó el cobrar en metálico, cuando se domiciliaron las nóminas; fue entonces cuando la empresa atendió una de las muchas protestas y los suprimió. Queda de ellos, según es de conocimiento de todos, una gratificación que se ingresa directamente en la cuenta de los agraciados, que viene a ser el dos o tres porciento de la nómina, según los casos. Con ese miserable dos o tres porciento a la empresa le basta para comprar lealtades. Y ahora en los últimos años ha surgido lo del Salón de los ángeles, salón frecuentado por ángeles y arcángeles, al que también tienen acceso aquellos que se distinguen en méritos a favor de la editorial; ha terminado conociéndose como Salón de ángeles, porque no solo ángeles y arcángeles salen de él sobreelevados sobre ellos mismos, también aquellos que han alcanzado el derecho a visitarlo salen de él en estado de éxtasis, casi levitando.

    Ahora me entero que Andrés es uno de los afortunados con el pase para el Salón de ángeles, y lo sé por él mismo; a mi mente me vinieron dos preguntas: ¿Cómo coño habrá conseguido el pase para el Salón de ángeles? y ¿cómo no ha trascendido?

    Mi segundo interrogante se aclaró inmediatamente: jamás había pisado el salón de ángeles y no le había dicho a nadie que tenía el pase del salón de ángeles. El porqué lo tenía, en primera instancia no llegué a comprenderlo: "Gracias a Fernández", me dijo. Fernández es el mayor hijo de puta que ha pasado por la editorial, y estoy hablando de la editorial y de su junta directiva, la tenía tomada con Andrés, le hizo la vida imposible durante todo el tiempo que estuvo en la editorial, hasta hace escasamente un año que, por esas aptitudes suyas, fue captado por otra editorial de las grandes.

    —¿Cómo que gracias a Fernández? —le pregunté sorprendido.

    Andrés, antes, explicó a las chicas aquello del salón de ángeles, no le habían oído antes hablar de ello. Y, casi por insinuación de Pilar, se despidieron para volver a la cama: "Bueno, otro día nos lo explicas con más calma y nos dices el porqué tanta deferencia de la editorial".

    —Durante estos meses te he mantenido un poco al margen —me dijo Andrés.

    —¿Un poco al margen? —le dije.

    —Ahora te lo puedo contar porque el encargo lo tienes prácticamente acabado.

    —¿Y tú cómo lo sabes? ¿Que Ramón no sabe callarse nada?

    —Ahora te lo puedo contar porque lo tienes prácticamente acabado. Te queda escasamente una semana de trabajo y la fecha de entrega es dentro de cuatro semanas, poco más de cuatro semanas, como siempre te pondrás a ello uno o dos días antes de la fecha de entrega, pero ya lo tienes prácticamente terminado. Antes no podía contártelo.

    Empezó por los 17.000 folios dejando para después lo del salón de ángeles. Me enteré que en cierto modo seguía siendo mi editor, porque era el coordinador del encargo en su conjunto, coordinaba el trabajo de Enrique, ya terminado, el mío y el de un tercero, un viejo conocido de la editorial que de vez en cuando colaboraba con ella. Fue ese colaborador circunstancial el que puso en aviso a la editorial sobre la autobiografía de José Bono y fue así como la editorial se quedó con el proyecto que va más allá de la autobiografía, están los 17.000 folios y la amenaza de nuevos volúmenes de esa autobiografía.

    —Roberto, en teoría no trabaja para la editorial, trabaja para José Bono —Roberto es el colaborador, también viejo conocido mío, un gacetillero bien relacionado, me proporcionó en su día mi trabajo en el Ministerio de Agricultura.— Las notas que te llegan de José Bono, no son de José Bono, son de Roberto. Y esas notas, lo mismo que tus apuntes en el diario, todo, pasa por mis manos.

    —¡Tú eres un cabrón! —le dije. Se echó a reír.

    —Roberto y tú habéis resultado una combinación explosiva, vais a lograr una autobiografía memorable.

    Me hizo un balance de notas y apuntes, lo que le llegaba de Roberto y lo que le devolvía yo, y de los comentarios y las aclaraciones de José Bono, siempre de acuerdo con unas y con otras. Esta le gustó mucho, le dijo a Ramón que te felicitara en su nombre: "Estas páginas son además un ejercicio de transparencia, de mostrar a mis conciudadanos cómo somos y cómo actuamos los políticos". Lo está leyendo del móvil, continúa con otro apunte, me dice, "esta nota la devolviste como te llegó de Roberto":

    Salgo con la excusa de ir al servicio, pero no lo uso, llamo a Felipe y le informo de lo escuchado: "Aguanta, ten paciencia, pero ni condenes ni rompas. Si te ves muy apurado entrega cuerda pero domina el caballo". Le hablo de la dificultad de lo que plantea: "Me pides que repique y vaya a la procesión... eso es imposible". "Tú eres un todoterreno que sabes lo que hay que hacer", concluye.

    —Cuando se la pasó Roberto a José Bono se le cruzaron los cables, Roberto le dijo que era bueno que en una autobiografía hubiese chascarrillos, le dio una explicación que le convenció y el chascarrillo te llegó a ti. Tú lo devolviste tal cual y al verlo, le dijo a Roberto: "Pues tenías razón, no le ha cambiado ni coma". Todo un personaje ese José Bono. Te lo digo, está quedando una autobiografía memorable.

    —Entonces —le interrumpo,— aquella nota del prólogo: "He de decir que lo compuse ajeno a toda pretensión emparentada con la literatura",...

    —De Roberto, un guiño que te hizo para ayudarte a encontrar el tono de cómo debía ir el encargo. Yo le dije que eso sobraba, que para eso te valías solo, pero al final ha quedado bien.

    Terminó diciéndome: "Comprenderás que debías quedar al margen para que el encargo tuviera alguna oportunidad de llegar a término, no quiero imaginar cómo habría quedado si llegas a ponerte de acuerdo con Roberto".

    Aquella noche sirvió para que Andrés me pusiera al tanto de esos últimos meses y de otros aspectos del funcionamiento de la editorial. He estado pasando por su despacho durante estos últimos meses, le he largado siempre mi sermón de vino y él se ha limitado a decirme lo a gusto que se encontraba en su nuevo despacho. Empiezo por los despachos, el de Ramón el más pequeño y peor decorado de todos, eso me creía yo, que era el despacho de Ramón.

    —Los despachos son los despachos de los editores, pero están asignados por el rango de quienes edita ese editor; por eso los despachos de los editores de ángeles-arcángeles son los más espaciosos y lujosos, hasta rozar la horterada. El despacho de Ramón no es su despacho, es tú despacho, la editorial te tiene asignado el más pequeño y más destartalado de todos los despachos —me dijo. ¿Tan mal considerado estoy en la editorial? Con mis trabajos hago méritos para ello, pero... los hay que sin proponérselo sacan peores trabajos.

    —Todo esto ya lo sabes, pero te lo repito: tus zapatos no saben lo que es pisar sobre una moqueta, eso lo primero; lo segundo, cuando te cruzas con alguien de la dirección apenas lo saludas; y lo tercero, lo que más les cabrea, todavía está que pagues una vez un desayuno cuando coincides con ellos en la cafetería.

    También me enteré de otro extremo en la jerarquía de la editorial. Siempre pensé que a Andrés se le ignoraba, siempre lo he considerado un buen editor, y pensé que se le condenaba al ostracismo en un pequeño y destartalado despacho editando a escribientes de autobiografías. También esa noche me enteré que en la jerarquía de la editorial los editores de autobiografías están mejor considerados que los editores de ángeles. Es más fácil editar a ángeles que editar a indeseables como nosotros, que a los ángeles se les lleva y se les trae con toda facilidad porque detrás están los derechos de autor. No hay que bregar con ellos para que entreguen sus trabajos en fecha, porque estas fechas están fijadas por ferias y promociones, y la más leve insinuación del editor de que el libro no llegará a tiempo a tal o cual evento cultural causa en ellos el mismo efecto que el dar cuerda a un juguete. Trabajan igualmente por encargo, pero ellos están satisfechos con los encargos: que toca novela histórica, novela histórica; que toca erótica, pues erótica; que toca novela con toques infantiles para enganchar al lector menudo, novela apta para menores y para mayores, ellos mismos se encargan de decir que es para todos los públicos, que interesa a los niños pero que también es entretenida para los mayores, para no perder público; siempre están de acuerdo porque es la editorial la que sabe lo que mejor se venderá, y a ellos les encanta vender; sus editores viven una existencia relajada, a los únicos que dan trabajo es a los correctores de estilo. Nosotros no, siempre estamos renegando, no nos tomamos los encargos en serio y siempre intentamos inundarlos de epigramas.

    Es una asociación de ideas perversa, la editorial asigna los despachos según los méritos de los editores, a Ramón le han asignado el más pequeño y destartalado de los despacho, como en su día se lo asignaron a Andrés, y si de Andrés, tras conocerlo, pensaba que estaba mál considerado por la editorial sin motivos, ahora de Ramón, pensaba que se trataba de una persona con escasos méritos, porque la imagen que tenía de él era la que me proporcionaba su despacho, asignado por la editorial. Debo revisar los mecanismos que utilizo en mis razonamientos, aunque solo sea por conservar algo de autoestima.

    —Era una juguetería —me dijo Andrés con relación a Ramón.— Gloria no se equivocaba, porque cuando entró Ramón se dedicaba casi exclusivamente a importar juguetes, principalmente peluches, y venderlos, y ahora vuelve a ser una juguetería porque la labor que desarrolló Ramón ha pasado a ser una parte residual de su negocio. Ramón cambió la manera de entender el negocio y se encargó de poner en el mercado juguetes propios, se encargaba de su desarrollo, de su fabricación y de su puesta en el mercado; sacó adelante, según me ha comentado, diez o doce nuevos productos, él los llama productos, hasta que hubo uno en el que fracasó; según él, no por culpa propia, porque recortaron los presupuestos que él propuso para su lanzamiento al mercado. Pero eso es lo de menos, le pusieron de patitas en la calle, y el mismo día que se lo comunicaron, cogió los bártulos, se montó en el coche, estuvo deambulando sin destino, según me ha contado, y no se bajó del coche hasta que la casualidad lo trajo frente a la editorial. Pasó, logró que le recibieran, entregó el dosier que había confeccionado previamente a su salida de la juguetería, les vino a decir algo parecido a "para mí los juguetes son productos, no me interesan para jugar con ellos, y los libros para mí serían productos, no tengo ningún interés por los libros, pero puedo hacer con ellos lo que he hecho con los juguetes, colocarlos en el mercado con éxito", no pudieron oír mejor propuesta, salió de la editorial consiguiendo el compromiso de que lo recibieran esa misma semana para darle la contestación. Para Ramón, la editorial es una bajada a los infiernos, aunque probablemente conservó su nivel de ingresos, porque en la juguetería entró muy joven y seguro, no le pagarían con arreglo a su trabajo; pasó de ser un ejecutivo de éxito a editor de indeseables como tú, en el más cochambroso de los despachos, esto último te lo debe a ti.

    Continuaron hablándome sobre Ramón, los dos matrimonios coincidían de vez en vez, me dijeron que Gloria seguía insistiendo en que cuando Ramón trabajaba en la juguetería estaba más tranquila, y le sigue reprochando que dejara aquel trabajo, porque Gloria no se enteró de que lo despidieron y aún hoy no sabe que lo despidieron, le dijo que la editorial le hizo una oferta ventajosa y la aceptó.

    —En principio iba a ser tu editor solo circunstancialmente, solo para este encargo de José Bono, pero tal y como ha ido, lo vas a tener definitivamente como tu editor.

    —Pues no será porque se lo haya puesto fácil.

    —¿Sabes qué fin ha llevado la jirafa?

    —¡Coño, no! Me la ha hecho desaparecer.

    —Está en el salón de ángeles, no me digas cómo ha llegado a colocarla ahí, no lo sé, pero allí está.

    —¡Joder!, por eso me dice que está en la editorial, bien expuesta, que si no la localizo es porque después de tantos años no conozco todavía la editorial.

    —Ahora si quieres, ve a por ella. Ya puedes ir acostumbrándote a él.


    Se estaba haciendo de día, retomé el tema: ¿Por qué Andrés tenía el carnet de El Salón de ángeles?

    —Ya te lo he dicho, gracias a Fernández, como también es gracias a Fernández mi actual despacho. Que es más grande que el de García, aunque él lo niegue.

    García era el editor del ángel extra-arcángel, editor del más arcángel de todos los arcángeles de la editorial. Ahora me explicaba cómo García, el más fatuo e incompetente de todos los editores disponía del mayor y más hortera de todos los despachos de la editorial. Y encontré una nueva explicación al hecho de que uno, espejo fiel reflejo del otro fueran editor y editado; siempre pensé que hacían bueno el dicho popular de que "ellos se crían y Dios los junta": no, los había juntado la editorial. El despacho de Andrés mayor que el de García, no me lo podía creer; García herido en su egolatría por Andrés, y Fernández, el mayor hijo de puta que ha pasado por la editorial hacedor de tal maravilla.

    —Cuando se fue quería llevárselo con él —dijo Pilar.— ¿Te imaginas?

    Miré a Andrés para que me lo confirmara, no podía creérmelo, Fernández le hizo la vida imposible todo el tiempo que estuvo en la editorial, Andrés me confirmó lo dicho por Pilar.— Sí, me hizo una oferta irresistible, tan irresistible que tuve que consultarlo con Pilar, tan irresistible que estaba dispuesto a seguir soportándolo allí a donde fue, a la competencia.

    —Le dije que ni se lo pensase —continuó Pilar,— con los chicos ya criados, qué necesidad tenía de seguir aguantando a ese hijo de puta. Ya era tiempo de que lo dejase en paz, anda que no se las hizo pasar. Cuando iba a quedar en la editorial, tranquilo, lejos de ese mal nacido, ¿iba a irse con él para seguir sufriéndolo?

    —A Fernández le dije que me lo tenía que pensar, y se lo comenté a Lola, con la oferta que me había hecho, para que lo contase a quien mejor pensase. Ya conoces a Lola que cuando le comentas algo que se puede contar lo primero que te pregunta es: "¿Esto lo puedo contar?", en este caso le dije directamente que lo contase. Me dijo que lo mejor, si quería que llegase a Dirección, era contárselo a Margarita —Margarita era la secretaria del propio Fernández,— que también estaba hasta las narices de él. A los dos o tres días me llamaron de Dirección, no pudieron igualar la oferta de Fernández, aun así me gané una buena subida, y para compensarme, ya ves, para evitar que me fuera con Fernández, me dieron el pase a El Salón de ángeles, ya ves qué compensación, y me prometieron que me cambiarían de despacho cuando hubiera oportunidad, la oportunidad surgió a la semana con el encargo de "Les voy a contar".

    —¿Y todo esto te lo has tenido callado todo este tiempo? —le reproché.

    —Te debía unas cuantas. Y lo mejor, sigo siendo tu editor pero te he perdido de vista.

    Definitivamente se había hecho de día. Aclarado el porqué de su derecho de acceso a El Salón de ángeles, acreditado por un carnet muy parecido a los que nos fabricábamos de chicos cuando nos inventábamos toda suerte de clubs exclusivos; después de habernos reído con ganas porque a Fernández la maniobra le salió cara, la editorial le retiró la indemnización que ya tenía pactada; después de comentar otros aspectos de la editorial; después de referirnos a Lola, a veces amena conversadora, a veces paño de lágrimas y siempre nuestra eficaz confidente; después de despellejar a los de administración, le tocó a mi sermón de vino: el hastío por mi trabajo y mi inseguridad con Elvira.

    Lo uno ya lo tengo resuelto porque el encargo lo tengo prácticamente terminado y será el último, pero mi relación con Elvira está por resolver. Tengo la batalla perdida de antemano, observo a Elvira, veo como se está haciendo un nombre, que tiene media vida por delante, y me pregunto qué estará haciendo junto a mí. Está perdiendo el tiempo.

    El gato de Schrödinger
    # Nota de edición

    Sin descripción Sin descripción

    ***

    También es mala leche que para describir unas subpartículas se mate a un gato.

    Es un experimento imaginario

    Sí, pero por qué no poner en la caja algo que sería más descriptivo y que no implica matar a un gato... ¡La intimidad! Mientras la intimidad está encerrada en una caja la persona tiene un 50% de ser dañada, pero le queda ese otro 50% de vivir tranquila; cuando se destapa la caja y esa intimidad queda expuesta, irremisiblemente la persona resulta dañada.

    Pues sí que haces un buen cambio, da ideas, que experimenten con la intimidad.

    El experimento está muy bien, el gato muere y en paz. No me des la noche.

    Que no, coño, que los gatos son muy rápidos, que da un salto.

    ¿Me dejas en paz? El experimento es así, no te pongas pesado como otras noches, tendría que ser un supergato, y para eso está la criptonita, punto.

    Sin embargo...

    ¡La madre que te parió!, y no hemos salido de Los Noctámbulos.

    ***

    ***-¿Cómo has visto la que se ha montado?

    -Divertido -me respondió Lola.

    -¿Nada más?

    -Sí que has montado una buena verbena. Algo de eso me esperaba.

    Continué:

    -¿Se sabe que el despacho de Andrés es mayor que el despacho de García?

    -Algo se comenta, pero el propio García lo desmiente.

    -Pues es mayor, cuatro pies más de ancho y uno y medio más de largo. Lo he medido yo mismo.

    -Eso sí que no me lo callo, ¿lo cuento, verdad?


    **Llegó la hora de despedirse, no, la hora de pagar. Hubo quienes se encaminaron hacia los servicios, quien se puso a leer el periódico, lo tuvo que pedir a un cliente que en esa cafetería no hay prensa, y quienes directamente tomaron la puerta de salida, casi corriendo, no, literalmente corriendo: me quedé solo. ¡Qué cabrones!, me dejaron sin escapatoria, tuve que pagar la ronda.

    ***

    La noche del museo del Prado

    (editar)

    Era el día de los museos, o la noche de los museos, que nunca lo tengo muy claro, pero aquella noche los museos estaban abiertos. Enrique tiene sus manías y sus rarezas, quiso que fuésemos a visitar la pinacoteca de la ciudad, del país, porque es una pinacoteca de prestigio mundial.

    Nuevamente sería, aquella, otra noche en la que nos arriesgásemos a abandonar la seguridad del barrio, y pera asistir a un museo. "Quiero enseñarte una curiosidad", me dijo, para continuar:

    —Los museos del país encierran todos sus curiosidades, el Prado encierra unas cuantas, hoy voy a mostrarte una de ellas.

    —¿Y crees que me interesará? .—le pregunté.

    —Por supuesto que no, pero no tenemos otra cosa que hacer.

    Agarramos el primer taxi que vimos, Enrique lo paró y no me dio la oportunidad ni de protestar. No terminábamos de subir cuando Enrique, tras unos segundos haciendo memoria: "Fernando", el taxista se había vuelto para saludarnos, era el taxista con el que compartí unas cervezas hace unas semanas, aquel con el que pensé no volver a coincidir, Enrique continuó: "¿Te acuerdas de mí?"

    —Claro, cómo no me voy a acordar, como también me acuerdo de ti .—refiriéndose a mí.— O sea que sois amigos.

    —Bueno, de este no hay forma de ser amigo .—le respondió Enrique.

    —¡Quién lo iba a decir!

    —Yo tampoco me lo explico, me engañó un día y así surgió la amistad.

    —No, si yo me refería a... ¡Joder!, ya me había olvidado. ¡Quién lo iba a decir!

    —Venga arranca que ya has bajado la bandera.

    .—El cliente más pesetero que se ha montado en este taxi —al tiempo que metía la primera y arrancaba.

    —Coño, que estábamos haciendo esperar a los de atrás.

    —¡Quién lo iba a decir! —repitió. Resulta que Enrique también había coincidido con Fernando una noche, una de las "noches de Enrique", esas en las que se pone estupendo, cuando termina con una copa de más. Todo indicaba que aquella sería otra noche Enrique.

    Le dijimos que nos llevase la Museo del Prado. "Coño, ¿vosotros también a festejar la noche de los museos? Por eso me encontráis esta noche, pero ni por esas, sois a los segundo que cargo, y mirar las horas que son".

    —Pues de aquí al Paseo del Prado no vamos a ser nosotros los que te hagamos salvar la noche —continuó Enrique.

    —Es un crack .—dirigiéndose a mí para después dirigirse a Fernando.— Lo pasamos bien aquella noche.

    —Sí que se pasó bien.

    —Empezamos en una marisquería, a las tres de la mañana, me subí al taxi para regresar a casa, tú te habías despistado y yo a esas horas todavía iba por la primera, lo paré para recogerme y llegué a casa a las siete de la mañana. ¿Quién se puede imaginar que hay una marisquería abierta a las tres de la noche? Solo él .—habíamos parado en un semáforo, Enrique había abierto la puerta y se dispuso a bajar.— No arranques que me voy a cambiar de sitio .—Se subió al asiento del acompañante y me dejó solo detrás.

    Estábamos frente al museo y nos estábamos despidiendo, Fernando alargó el brazo para bajar la bandera, Enrique le interrumpió: "No, espera". Dirigiéndose a mí:

    — ¿Quieres ponerte hasta el culo de percebes?

    — Mejor que empaparme de Velázquez.

    — ¿Se ha estropeado?, ¿se sigue comiendo buen marisco?

    — El domingo estuve con la mujer.

    — Entonces no subas la bandera, arranca y vamos para allá.

    — Pero tendré que subir la bandera ¿no?

    — Para que luego me llames pesetero, la subes cuando lleguemos.

    — No te lo pienses, arranca. Ya sabes: o das o te dan.

    Entonces caí de dónde había sacado Enrique el dicho, últimamente no paraba de repetirlo.— ¿Oséa que el dicho es de Fernando?

    — De su paso por la jungla.

    Arrancó y nos encaminamos hacia la marisquería. "Míralo, abierta a las tres y media de la noche". Fue lo primero que dijo Enrique cuando bajamos del taxi. Pedimos una mariscada para cuatro.

    — Con una para dos nos habría valido, nos la van a poner bien servida —dijo Fernando.

    Nos dijo que les traía muchos clientes y siempre que venía le trataban bien: "El domingo no nos quisieron cobrar a mi mujer y a mí". Tenía razón, nos costó acabar con los percebes, el centollo, los carabineros, las cigalas, los langostinos,... Como dijo Enrique: "nos pusimos hasta el culo".

    Entre percebe y percebe salió la conversación del museo.

    — A ver, dilo de una vez pr todas: ¿qué maravilla nos vas a enseñar? —Fernado estuvo de acuerdo en acompañarnos al museo después de la mariscada, Enrique, hasta que nos desveló la maravilla se pasó media recena alimentando el suspense sobre ella.

    — No es la única, pero la que os voy a enseñar es la más curiosa, no la más estrafalaria, hay otras, pero esta... ya el título: "Luego dicen que el pescado está caro".

    — Mi mujer me dice que ha subido mucho, ya no encuentra bacaladillas a un euro como las encontraba antes —dijo Fernando.

    — ¿El kilo? — preguntó sorprendido Enrique.

    — Sí, que como está el taxi, ni te cuento las bacaladillas que hemos comido a un euro, ahora no las encuentra por menos de dos euros, casi tres —Fernando.

    — Pues a eso se referíria Sorolla, más motivo de curiosidad, ya sabría a los precios a los que iba a estar el pescado en 2012, porque ese título no tenía sentido en aquel entonces, en aquel entonces el pescado era realmente caro, era cosa de ricos. —Enrique.

    — Vale, ¿y aparte del título?

    — Uno de los modelos es Rubalcaba. Luego, delante del lienzo continúo con las curiosidades.

    — ¡Coño! —me sorprendió.

    — Eran las cinco de la tarde...

    — Coño, que tiene que ser una pintura de mediados en siglo XIX —le dije.

    — De ahí la maravilla —me respondió.

    — ¿Rubalcaba en el museo del Prado? —Fernando sorprendido. Ni Fernando ni yo dábamos crédito, aun con la insistencia de Enrique.

    — ¿Y aún hablas de más curiosidades?

    — Ya os cuento. ¿Te extrañas? —me dijo. Y continuó, salió a relucir nuestra carrera delictiva— ¿Después de los 17.000 folios de ordenador?, ¿te extrañas? 17.000 folios que me los terminé en cuatro o cinco semanas.

    Fernado no entendía aquello de los 17.000 folios, lo uno llevó a lo otro y pasamos la recena hablando de nuestro oficio, hasta llegar al presente.

    — ¿Le estás escribiendo un diario a ese meapilas? — medio me preguntó Fernando refiriendose a mi actual encargo, el de José Bono. Se llegó al presente encargo de Enrique, ni yo mismo sabía que estaba ya en otro, el último que le conocía era la autobiografía de una folclórica; también la terminó en cuatro semanas.

    — ¿Ya la has terminado?

    — Y me he entretenido mucho, porque me divertía tomarle notas.

    — ¿Y has tomado ya otro encargo?

    — Hace unas semanas. La autobiografía no me llevó dos meses, ya tenía yo otra autobiografía de otra folclórica.

    — Joder, que poco ha tardado en retorcérsete el colmillo.

    — También he tomado prestado algo tuyo, de una autobiografía de un cantante.

    — ¿De cuál?

    — No te lo pienso decir.

    — ¿No estarás intentando que te lea para averiguarlo?

    — Me defraudarías si lo hiceras, no te veo perdiendo el tiempo. Pero no quiero que me des la lata, ya te he dicho demasiado.

    Fernando nos miraba a uno y a otro, seguía sin dar crédito, casi nos costó más el convencerlo que si le hubiésemos contado el cuento del marino mercante.— Vamos a ver, ¿le has copiado la biografía a una folclórica de la biografía de otra folclórica?

    — Cómo si no la iba a terminar en menos de dos meses.

    — Joder, pero la vida de la una no puede coincidir con la vida de la otra.

    — Ni son de la misma época, pero a ella le ha encantado. Tampoco es que la haya copiado, digamos que está inspirada.

    — ¡Jodeer! —terminó por exclamar Fernando

    — Ya te hemos dicho que somos medio delincuentes.

    Enrique ahora estaba con el diario de un tal Bárcenas, implicado en el caso Burtel, comenzaba a contarnos sobre ese nuevo encargo, habíamos acabado con el marisco, al camarero nos preguntó cómo había ido todo.

    — Bien, todo bien —le respondió Enrique; para continuar diciéndole.— Excepto que el clarete estaba caliente y el marisco soso —metió la pata, no era el sitio.

    Recuerdo cuando nos presentamos Ramón y yo, me llevó a un buen restaurante, para impresionarme. Salió diciendo: "Pues a mí no me ha parecido que la carne estuviera sosa. Del vino no digo nada, hasta ahí no llego".

    — Date tiempo, ya te harás con paladar —le respondí.

    Mirando para atrás, en estos pocos meses, le llevamos hechas muchas, Enrique y yo, los dos. Cuando empezó a venir por el barrio siempre le adjudicábamos la del vaso ancho, que la del vaso ancho siempre coincide que es una copa de siete o diez años. Íbamos de trileros: chupito, chupito... y de vaso ancho. Enrique la primera, yo la segunda y Ramón la de vaso ancho. No se libraba de pagar la de vaso ancho.

    Que se adelantaba a pagar, rara vez, estábamos siempre al quite, recogíamos las vueltas del camarero y le poníamos en la mano un billete, del mismo valor del que había dado para pagar: "No te aceleres, déjanos pagar también a nosotros", siempre le dejábamos la de vaso ancho; y si en alguna ocasión logró adelantarse, que no recuerdo, seguíamos con los chupitos hasta que le volviera a tocar la ronda. No tenía modo de librarse de la de vaso ancho. Hasta que se debió de cabrear, una noche llegó con un periódico y no se apartó de él en toda la noche, le dije: "A estas horas no hay críos en triciclo", pude verle una sonrisa por lo bajo, mediada la noche llegé a entender que era una sonrisa maliciosa. Toda la noche con el periódico debajo del brazo, sí, pero cuando tocaba pagar se ponía a leerlo y no apartaba la mirada de él hasta que la cuenta estuviese pagada. El muy cabrón, hasta provocando, en la que le tuvimos que pagar antes de despedirnos, colocando el periódico boca abajo, muy pegado a la cara, sin dejarnos ver como, con seguridad, se estaba riendo de nosotros. Se fue a casa sacándonos hasta la recena. Se jodió lo de adjudicarle la de vaso ancho.

    La tarde que nos presentamos me saludó con mucha familiaridad, y se puso a hablarme a menos de un palmo de las narices, sin abandonar la familiaridad. Di un paso atrás, lo que buscaba, sabía lo que pretendía con esa cercanía forzada, estaba marcando su territorio, me pilló por sorpresa, dejé que se apuntara uno, el único que estaba dispuesto a cederle.

    A la noche, en los postres, cuando el camarero tuvo la imprudencia de preguntarnos cómo había estado todo, lo de costumbre en esos sitios: "Todo bien, excepto que el vino estaba excesivamente frío".

    — ¿Frío? Lo tenemos en una vinoteca con la temperatura controlada.

    — ¿A qué temperatura lo tenéis?

    — A 14 grados.

    — Pues tendréis el termostato estropeado, porque 14 grados es, si quiere, hasta excesivo para este vino, quizá dos grados de más, la temperatura para este vino serían los 12 grados; estaba a menos de 12 grados. Seguro que es el termostato —Tengo que reconocer que mi paladar no está hecho para bebidas de menos de 40 grados, no reconozco un vino joven de un gran reserva, menos diferenciar su temperatura.

    — Le agradezco que me lo diga, lo haremos mirar — con una amabilidad forzada, como siempre en estos casos.

    — Sí, porque la carne estaba un poco sosa, y demasiado hecha. Acompáñala con un vino excesivamente frio y... Por lo demás todo bien.

    Se quedan mosca y se molestan, pero no nos cobraron el postre y salimos de allí después de que nos invitasen a café y copa. Se la hice en el salón restaurante, se la hice en la casa de comidas y comencé haciéndosela en su terreno: en el gran restaurante, todavía no me las ha devuelto; aunque ahora empiezo a conocerlo, no tardará.

    Enrique se equivocó, allí no era el sitio, y lo sabía, estaba con lo de Sorolla y lo de Rubalcaba cuando nos preguntó el camarero y dijo lo que le vino. Fernando estuvo al quite.

    — No le hagas caso, no lo conoces..., todo estaba bien.

    Aún, cuando se fue el camarero, le dijo a Fernando: "Nos has fastidiado los cafés". Ya habían dejado la nota, se la pasé: "¿No crees que te has pasado?"

    Salimos de la marisquería y seguíamos hablando del tal Bárcenas. Había oído hablar algo del caso Burtel, pero el tal Bárcenas era un desconocido para mí.

    — Tengo trabajo para casi dos años, eso como poco —nos dijo Enrique.

    — ¿Otros 17.000 folios? — Le pregunté.

    — No, pero tan raro como los 17.000 folios.

    Noche del museo

    .../...

    ** Enrique ya iba con una copa de menos.

    ** Iba adelantado, le oí: "Quieto", paré y me quedé quieto, miré y lo vi con el móvil en la mano, intentando hacer una foto a una estatua, estaba haciendo esfuerzos para mantener la vertical: "Coño, estate quieto que así no hay modo de hacerte una foto"

    — Nada, que no para de moverse —La estatua no se movía, era un arcángel alado de purpurina, con las alas desplegadas. Ahora intentaba mirarle de reojo.— Lo ves, te has movido.

    — No será que llevas una copa de más —Le dijo el arcángel cuando le vio dar un traspiés.

    — ¿Una copa de más yo? No solo no llevo una copa de más sino que te voy a enseñar a hacer de estatua.

    Yo había quedado semi apoyado sobre la pared, se volvió hacia mi.

    — Lo ves, no paras de moverte.

    — ¿No le puedes decir a tu amigo algo? —me pidió el arcángel.

    — Perder el tiempo, hasta que no la mee... —le respondí.

    — "El pensador de Rodin", de Auguste Rodin. Mira.

    Cuando Enrique se pone a hacer El pensador en equilibrio sobre una pierna ya va completo, es su defensa ante los camareros cuando estos no le quieren servir más, irremisiblemente queda tumbado en el suelo. Esta vez no iba a ser distinto, acabó despatarrado, con el móvil por los suelos, en tres piezas.

    El arcángel bajó del cajón sobre el que estaba haciendo su trabajo y se acercó a mí: "La lleva buena, no le ayudas a levantarse"

    — Y hace que me suba yo sobre el cajón.

    — ¿Tienes un cigarro? —estaba fumando, saqué el paquete y le di uno.

    — ¿llevas fuego? —le pregunté.

    — Sí —mirando a Enrique.— No se mueve.

    — Está tomando aire.

    Fue cuando Enrique comenzó a incorporarse, primero, medio a gatas recogió las tres piezas en las que había quedado el móvil. Ya de pie se entretuvo en intentar recomponerlo, aparentemente el móvil quedó en uso.

    — ¿Y el arcángel? Ha desparecido el arcángel.

    — La tiene tomada con los arcángeles —le dije al que hacía de estatua.

    — Pues qué suerte —Respondió el arcángel.

    — No me lo entretengas —me dijo cuando advirtió que estaba conmigo— que no voy a terminar de hacerle la foto. Venga, ponte solo un momento, que solo es un momento.

    — Yo no me pongo, estoy fumando un cigarro.

    — ¡Qué coño de arcángel eres con un cigarro¡

    Por la acera se acercaba una cuadrilla, todos chavales jóvenes. Los paró

    —¡Quietos ahí!, que me tenéis que hacer un favor —pararon desenfadados, dispuestos a seguirle el disparate.— Uno de vosotros tendría que ponerse sobre el pedestal para que le haga una foto, si no os importa, y tiene que hacer de arcángel, que ese no quiere.

    — Pues sí que la tiene tomada con los arcángeles —me dijo el arcángel. A los chavales les cayó bien aquello de subirse al pedestal y hacer de arcángel y se prestaron los cuatro.

    — Vale, lo único es que solo hay alas para uno.

    — ¿Cómo que solo hay alas para uno? —protestó el arcángel.

    — Pues claro, ¿es que acaso tienes más de un juego de alas?

    El móvil se le fue otra vez al suelo, volvió a quedar en tres piezas.

    — Ya no se hacen teléfonos como los de antes —dijo Enrique mirando las piezas que todavía rodaban por el suelo. Me miro.— Déjame el tuyo.

    Le dejé el mío, se tomó su tiempo para encenderlo, en dos o tres toques fue a la función de cámara, miró al arcángel: "Solo faltan tus alas". El arcángel me miro, como preguntándome qué hacer.

    — A mi no me mires —le dije— si se las dejas te las va a defenestrar.

    — Sí me sacas de dudas —me dijo el arcángel.

    — Seguro acaban rotas, no ves que va como una cuba.

    — Tú también, ¿como una cuba? Mira —volvía a las mismas, intentó levantar una pierna para hacer el pensador.

    — Déjalo que llevas mi móvil y si se te cae me dejas incomunicado.

    Volvió a intentarlo y volvió a caer, pero esta vez con el brazo extendido a lo alto y el móvil en la mano. Tuve que oírle tres o cuatro veces decirme como se había preocupado más por mi móvil que por su integridad física, los chavales, lejos de impacientarse, después de levantarlo del suelo le ayudaron a convencer al arcángel, todos le garantizaban que si le pasaba algo a las alas le pagarían otras nuevas, se les calentó la boca y hasta se comprometieron a pagarle el jornal el tiempo que pudiera estar sin alas, al final, medio obligado, pero también para ver en qué paraba la historia se las dejo.

    Enrique, ya con las alas en la mano: "solo uno tiene alas", se las puso el más espabilado y ya disponiéndose a subir al cajón: "y solo hay sitio en el cajón para tres".

    — Lo van a romper —me dijo el arcángel.

    — Eso es seguro —le respondí.

    — Joder, menuda noche.

    La foto se hizo, no sin que antes Enrique protestara por la cámara de mi móvil, porque no cabían los tres en la foto, luego, casi para mantener el equilibrio, dio un paso hacia atrás y ese problema se solucionó, quedaba que los nuevos arcángeles tampoco paraban de moverse, hasta que otro muchacho, se había hecho corrillo, se acercó a él y le sirvió de apoyo para mantenerlo en la vertical.

    Se salvaron cajón y alas, y antes de despedirnos el arcángel se prestó a que intentara hacerle otra vez la foto, Enrique le dejó un billete de diez euros.

    — ¿No recoges el móvil? —le dije. A lo que me respondió: "¿Cuál de los tres?" Las piezas del móvil quedaron en el suelo y nosotros nos perdimos calle abajo.

    ** Me propuso volver al parque donde nos topamos con el "apóstol del árbol".

    — Aquella noche nos costó llegar dos horas.

    — Hoy no, hoy atravesamos un agujero de gusano.

    — Acuérdate de las migas de pan.

    — Esto es distinto, es Ciencia.

    — ¿Tú sabes lo difícil que es moverse entre veintisiete dimensiones?

    — Confía en mí.

    Cómo cojones lo haría, en cinco minutos estábamos frente al apóstol.

    ** ¿Es Rubalcaba o no es Rubalcaba?

    ** Ahora ha surgido la conversación con Elvira, estamos frente a frente en nuestros respectivos ordenadores, le he dicho que anoche estuve con Enrique en el museo del Prado, no se lo cree, le digo que era la noche de los museos, ha seguido sin creerme: "No te veo yo de noche en el museo del Prado", me ha dicho. Termino diciéndole que vimos a Rubalcaba en un lienzo de Sorolla, ni me ha contestado, se ha puesto a teclear y con ganas. Mi conversación ha debido servir para que saliese del bloqueo, porque cuando la iniciamos llevaba casi media hora mirando a las musarañas.

    ***

    Tenía que ser, mi manía de evitar las trampas canadienses, y a la noche le faltaba algo, nos paró un policía.

    -¿Saben que no utilizar los pasos de peatones para cruzar es peligroso? -nos preguntó el policía.

    -Discúlpele -le dije.- no hay manera de que cruce por un paso de cebra -Enrique protestó, continué.- Tiene alergia a los pasos de cebra.

    - ¿Han bebido no?

    -¿No se nota? -le respondió Enrique.

    -Acompáñenme, deben hacer el test de alcoholemia.

    -¿Test de alcoholemia? ¡Coño que vamos por la acera, y sin coche -siguió Enrique.

    -Acompáñenme -insistió.

    -No señor, no estoy dispuesto a someterme a ningún test de alcoholemia, si quiere sí, le dejo el móvil, para que compruebe que mientras cruzábamos la calle no hemos hecho ninguna llamada -buscó el móvil hasta recordar que lo dejó en el suelo, el policía derrochó paciencia, y yo. Al recordarlo, a mí.- Déjame tu móvil para que lo compruebe el señor policía.

    Le dejé el móvil y se lo entregó al policía, este no lo aceptó, siguió insistiendo en que le acompañásemos para comprobar nuestros niveles de alcohol en sangre. Enrique se negó:

    -No señor, yo no soplo, yo bebo. Evítese el trabajo, ¿quién ha dado más en el test esta noche?

    -Uno venía con uno seis -le oímos a otro policía que nos estaba esperando con la boquilla en la mano.

    -¿Tú crees que llegamos al uno coma seis? -me preguntó.

    -Tú sí -le respondí.

    -Bueno, pues apúntenos uno coma siete para ser los medallistas de la noche.

    -No -le dije.- Antes tendríamos que pasar por otro local para que yo también me suba al cajón.

    -Coño, que lo apunte igual -al policía.- A usted no le importa que mi compañero no llegue al uno coma siete ¿verdad? Apúnteselo, que ya es hora que le den una copa que no esté llena de alcohol.

    Acabamos en comisaría.

    ***

    ***

    Anoche fui yo el primero en llegar a los noctámbulos, al poco llegó Enrique, lo vi entrar, vi como se enfrentaba a un grupo que se encontraba en la barra y le estorbaban el paso, eran parroquianos y le mandaron a tomar por culo, ni les miró, continuó en su camino hasta llagar a la mesa y sentarse, no nos saludamos, hasta que le sirvieron la bebida no cruzó palabra, por fin arrancó:

    — Me tienes que acompañar mañana — me dijo.

    — ¿Acompañarte?, ¿a dónde?

    — A las oficinas de Telepon — su compañía de teléfonos.— Me han pasado un cargo de 500 euros.

    — ¿No lo puedes solucionar por teléfono? — le dije.

    — No me hacen ni caso, como siempre —sacó el móvil y, en tres o cuatro toques le aparece un número en pantalla.— Tres, ocho, seis, cinco, cuatro, nueve, tres, siete, siete, seis, efe. Es todo lo que he conseguido, un número de incidencia, ya me lo resolverán me han dicho, como siempre. Después de media hora al teléfono no he logrado atravesar la barrera de telefonistas, como siempre, como en otras ocasiones. Media hora con la oreja pegada al teléfono para que me conviertan en la incidencia tres, ocho, seis, cinco, cuatro, nueve, siete, tres, seis, efe. ¿Me acompañas mañana para ver si resuelven o no la incidencia número tres, ocho, seis, cinco, cuatro, nueve, seis, tres, siete, seis, efe?

    — Sí, por qué no — le respondí.

    — Bueno, pues ahora me olvido, no me van a joder la noche.

    Ya le habían puesto la cerveza, dio dos o tres tragos y continuó callado, moviendo sin parar el pie, con ese movimiento que algunos mostramos cuando estamos nerviosos o inquietos, ese subir y bajar que fuerza la punta del pie y pone a temblar toda la pierna. Quería aparentar tranquilidad, casualmente cruzó la mirada con uno de los del grupo con los que se había topado antes, Enrique aprovechó: "Me habéis mandado a tomar por culo, no penséis que no lo he oído, os la guardo". Le contestó con el ademán de "vete por ahí", casi lo mismo que volverle a mandar. Se volvió hacia mí:

    — ¿Me vas a acompañar?

    —Sí, ya te he dicho, pero no vas a solucionar nada, seguro que allí te encuentras con otra barrera y no consigues otra cosa que no sea el que te confirmen tu número de incidencia.

    — Puedo asegurarte que no, porque pienso subirme por las paredes, no me voy a ir hasta que no me atiendan.

    — Sabes que no serás el primero que va allí y pretende que le atiendan ¿no?

    — Ya, pero a mí, me van a oír.

    — Bueno, será gracioso.

    — ¿Gracioso?

    — Sí.

    — ¿Por qué?

    — Porque me estoy imaginando de donde vienen esos quinientos euros.

    — Quinientos treinta y tres euros.

    — ¿Y cuántos céntimos?

    — ¿Por qué, es importante? Te lo miro ahora, lo tengo aquí —vuelve a trastear con el móvil.

    — No, pero quiero saber la cifra exacta por la que vas a hacer el ridículo.

    — Cincuenta y... ¡Joder!, ya caigo: ¡el puto arcángel!

    — Exacto.

    — Pero estaba hecho ciscos.

    — O no, pero de eso yo no entiendo. Lo que sí sé es que con la tarjeta te han podido sacar las llamadas que hayan querido.

    — Lo di de baja al día siguiente.

    — Que tú tardas doce horas en hacer media docena de llamadas.

    — ¡Joder con el puto arcángel! Pero... no, no, sin conocer el PIN...

    — Vuelve a sacar tu móvil —lo tenía ya guardado en su bolsillo.

    — Este es nuevo.

    — Me supongo.

    Ya lo tenía en la mano.— "¿Y?"

    — Dale la vuelta.

    Al darle la vuelta vio la pegatina donde tenía apuntado el PIN a bolígrafo.

    — Joder, porque cambié de PIN, hasta que lo memorice.

    — Y cuál es tu nuevo PIN.

    —El cuatro, ocho, nueve, cinco —me lo dijo sin necesidad de mirar la pegatina.

    —¿Y cuál era el PIN que usabas con el móvil que quedó en el suelo?

    —El siete, cinco, uno, nueve.

    — ¿Y cuándo piensas quitarle la pegatina a este y cuándo pensabas quitarle la pegatina al otro?

    — Joder, puto arcángel.

    En aquel momento los del grupo de la barra nos llamaron para hacer piña. Enrique no se lo pensó, lo oyeron los del local de enfrente: "¡Iros a tomar por culo!"

    — Los quinientos euros ya los tienes perdidos —le dije.— Venga, vamos con esos a ver si les sacamos unas cervezas o si son ellos los que nos las sacan a nosotros.

    — ¿Me acompañas a buscar a el arcángel?

    — No, prefiero acompañarte mañana a Telepon.

    Hicimos piña, pagaron la primera, les tocaba por invitarnos. Nos pusimos a charlar y a Enrique no hubo manera de cambiarle la conversación. Ya tenían medio conocida la noche de los museos, pero se entretuvo en narrarles el disparate del arcángel, lo que recordaba y como lo recordaba, a su manera. En un momento dado, después de una de las muchas maldiciones que dedicó al arcángel: "Pon aquí otra ronda", la cagó, le tocó pagar, y eran siete.


    La noche no había hecho más que empezar, Enrique la continuó tan pesado con el arcángel como la empezó, hasta que me cargó y decidí dejarlo con su arcángel, me fui a promocionar los merengues. Nos perdimos, no volvimos a cruzarnos en toda la noche, hasta que ya de recogida me lo encontré sentado en mi portal. A lado el local más ruidoso del barrio ya estaba cerrado, la calle descansaba, me esperaba en silencio y en el silencio de una noche ya dormida, sumido en sus pensamientos. Cuando advirtió mi llegada se levantó como un resorte y sin darme oportunidad de preguntarle volvió con su obsesión de aquella noche:

    — No voy a dejar que el arcángel me chulee quinientos euros.

    — Joder, olvídate de los quinientos euros.

    — Quinientos treinta y tres.

    — Y qué piensas hacer.

    — ¿Me acompañas a buscarlo?

    — ¿Ahora?

    — No, mañana, es fin de semana, quedamos antes y vamos a buscarlo.

    — ¿Y estás aquí para eso? ¿No podías esperar a mañana para decírmelo?

    — ¿Por teléfono? Joder, eres peor que los de Telepon.

    — Los quinientos euros los tienen ya perdidos.

    — Quinientos treinta y tres.

    — Olvídate del arcángel.

    — Y dejar que me chulee quinientos euros.

    — Quinientos treinta y tres, pero olvídate de el arcángel. Supón que no ha sido cosa del arcángel, supón que los de Telepon te han cargado quinientos euros —me rectificó: "Quinientos treinta y tres".— y que el arcángel no tienen nada que ver.

    — Joder, está claro que ha sido el arcángel.

    — Suponte que no, que te han cargado esos quinientos euros —"Quinientos treinta y tres", insistió— sin tenértelos que cargar, que es un error de los de Telepon.

    — Joder, ya me lo han hecho en otras ocasiones.

    — ¿Y te los han devuelto?

    — No, joder, nunca he pasado del número de incidencia.

    — Pues eso, con arcángel o sin arcángel los de Telepon nunca se equivocan y tú te quedas sin los quinientos euros —esta vez no me rectificó.

    — ¡Joder!, tienes razón. ¿Me acompañas mañana a Telepon?

    ***

    Frustrada mi vocación de artista tuve que pasar por otra segunda vocación antes de llegar a la de escritor, vocación, esta, que la vida se ha encargado de frustrar, también es una vocación de la infancia, surgida cuando no contaba mucho más de ocho años; fue una amiga de la familia la que frustró mi segunda vocación empujándome así a la definitiva de escritor. "Que niño más rico, ¿Qué quieres ser de mayor?", le dices lo que quieres ser para que a continuación, casi inmediatamente después de haberte dicho lo rico que eres, antes de reanudar la conversación con otros mayores, viene a decirte: "¡Uy!, a General llegan muy pocos. Sargento, sargento sí es una aspiración más realista"; o: "para eso hay que tener padrinos". ¿Y quién no tenía padrinos en aquel entonces si todos estábamos bautizados?, acaban con tu ilusión y vuelven a la tertulia para hablar de cosas de mayores, dejándote con la moral por los suelos, que de chicos también se tiene sentimientos, y más que en ninguna otra edad advertimos y nos afectan las impertinencias. Eso me pasó con una amiga de la familia, su impertinencia acabó con mi segunda vocación:

    — ¿Qué quieres ser de mayor?

    — Ornitólogo.

    Era mi ilusión de los ocho años, ser ornitólogo, estaba haciendo una colección de cromos de pájaros muy vistosos y pensaba que para conocer todo lo que hay que saber sobre pájaros, para ser ornitólogo, sería suficiente completar la colección y memorizar esas coloridas especies y las características que de ellas figuraban en el álbum, al margen y rodeando a los cromos cuando estos quedaban pegados mediante el engrudo que para tal fin confeccionaba con agua y harina. Hoy sé que no es tan fácil ser ornitólogo, pero en aquel entonces, con ocho años, con la colección medio terminada, mi ilusión era que me sirviera para ser ornitólogo; llegando a conocer todas las especies de pájaros que figuraban en el álbum, en aquel entonces, con ocho años, pensaba que adquiriría todo posible conocimiento sobre los pájaros, y que aquellos cromos me ayudarían a ser un buen ornitólogo. La buena mujer me desilusionó.

    — ¿Ornitólogo? — se dirigió al resto de mayores.— ¿Ornitólogo? ¡Qué raro es este niño!, con ocho años y quiere ser ornitólogo, hace unos años quería ser pintor.

    Resultó ser la misma que frustró mi vocación de pintor. Pensé que ya tendría tiempo si el problema eran los ocho años, podría incluso adoptar otra vocación y volver a aquella de ornitólogo cuando llegara a los dieciséis. Pero aquello de "raro" me afectó, abandoné la colección.

    Fue entonces cuando se forjó mi definitiva vocación, ya había aprendido a escribir, la profesión de escritor me pareció buena como vocación, ya tenía prácticamente todo el trabajo hecho. Y fue en principio la de poeta, no la de escritor, pensando, lo mismo que pensé con la ornitología, que de ser escritor, lo más fácil y cómodo sería ser poeta, hacer poesía, que requeriría menos esfuerzos y menos maestría que otros géneros como podría ser la novela, que una poesía salía rellenado un par de folios. Si ha sido la vida la que ha frustrado mi vocación de escritor, fue la propia poesía la que frustró mi vocación de poeta; hoy sé, la propia poesía me lo ha hecho saber, que es la poesía el más difícil de todos los géneros literarios, que aquello de las musas es cierto, que no puedes acercarte a la poesía si ella te niega sus favores; fue después de entender esto cuando me quedé con una vocación más general, la de escritor. La cultivé en silencio, no me desprendí de mi desechada vocación de ornitólogo, no quería que otra impertinencia me obligase a cambiarla; así, hasta que empezaron a aparecer los primeros escritos por los cajones, para todos, mi vocación era la de ornitólogo. Pero no fueron esos escritos los que me acercaron a la editorial, llegué a la editorial después y gracias al mayo del 68.

    Entré como corrector de pruebas. Apenas un adolescente y entré en la editorial como corrector de pruebas, me pusieron a corregir las planchas de Rodolfo, también, poco más que un adolescente, con dos años más que yo, el cajista más seguro de la entonces imprenta de la editorial. Fue de Rodolfo, supervisando sus composiciones durante los pocos meses de mi primer paso por la editorial, de quien adquirí mis primeras nociones de ortografía, porque entré como corrector de pruebas sin que ni siquiera me hiciesen la mínima prueba sobre mis aptitudes como tal corrector de pruebas.

    Así es que era yo el corrector de pruebas de Rodolfo cuando se le declaró Matilde. La errata de Rodolfo, la errata de Rodolfo y Matilde, pasó por mis manos y, habiendo asistido a la escena, la deje correr, y fue una errata afortunada, porque el alboroto que causó lo facilitó todo, empezó en noviazgo y acabó en boda. Matilde se ríe de vez en vez de Rodolfo, porque esa fue la única errata que cometió Rodolfo en sus tiempos de cajista, y fue ella la responsable de que la cometiera. A mí, el que debería haber cargado con la responsabilidad, ni se me tuvo en cuenta, todos sabían que era un desastre como corrector de pruebas, que apenas tenía conocimientos de ortografía, porque la verdadera razón por la que entré en la editorial fue el mayo del 68.

    El mayo del 68 me sorprendió en París, los padres de un amigo habían emigrado a Francia y cuando se instalaron lo hicieron llamar. En el 68, Raúl, mi amigo de la infancia, llevaba ya dos años en París. Éramos unos adolescentes y Raúl estaba fascinado con París, llevaba tiempo insistiendo en que fuera allí, que me enseñaría París. Fue en mayo del 68 cuando surgió la oportunidad, cuando mi insistencia provocó que mis padres me autorizaran a pasar unas semanas en París: mis padres se pusieron de acuerdo con los de Raúl y el mismo día que estallaba el mayo del 68 yo me encontraba en el tren camino de París.

    Para Raúl y para mí el mayo del 68 fue un inconveniente, Raúl lo que me quería enseñar era París, lo que él conocía de París, y yo quería conocer el París del que me hablaba Raúl. Todas las mañanas nos desplazábamos al centro, a la Plaza de la Concordia, y desde allí iniciábamos el itinerario, procurando sortear los disturbios, protegiéndonos ante el paso de las tanquetas que de vez en vez veíamos por la calle. Así es como conocí París, guiado por Raúl, en más de una ocasión me enseñó Montmartre, mi obsesión: "Ves allí aquellas casas de aquel alto, eso es Montmartre". Un día recorrimos los Campos Elíseos, ante mi asombro, al ver ante mí una gran avenida perfectamente adoquinada, los recorrimos hasta llegar a El Arco del Triunfo.

    Todas las mañanas nos acercábamos a un quiosco cerca de su casa y hojeábamos la prensa, para intentar sortear el mayo del 68 en nuestro deambular por París. Inevitablemente, todas las mañanas nos enterábamos del mayo francés del día anterior, así fue como viví el mayo del 68 en París.

    Al pasar las semanas, al despedimos en la estación, Raúl se quedó quejumbroso por haber coincidido mi estancia con los disturbios, aún habríamos podido aprovechar más esas semanas de no haber sido por ellos, eso me dijo. Fue a mi regreso cuando llegué a ser consciente de que había vivido un acontecimiento histórico, y lo había vivido en primera persona, había vivido el mayo del 68 en el mismo París. Todos me preguntaban y a todos les narraba mi participación en el mayo del 68, porque ya al bajar del tren, tras los comentarios que pude escuchar en el tren, yo bajé del tren habiendo participado en el mayo del 68: había estado apostado detrás de varias barricadas, había corrido delante de la policía e incluso contribuí en algunos de sus grafitis: "Que se pare el mundo que me quiero bajar", lo repetía como una muletilla, entre narrado y narrado.

    Fue en uno de estos narrados, en una reunión familiar, estando presente mi padrino, como llegué a parar por primera vez en la editorial. Mi padrino me llevó a la editorial, me presentó y me recomendó para que me admitieran, aquel que tenía que admitirme me preguntó: "¿Y has estado en París durante este mayo?", le dije que sí y se interesó por mis vivencias del mayo francés. Inmediatamente después de oírme me dijo: "Sí, estás admitido, ya te buscaremos un sitio". El sitio fue como corrector de Rodolfo, aunque mi labor en la editorial fue muy distinta, fue entonces cuando comenzó mi labor como negro, el mayo francés había despertado tanto interés que todos querían haber vivido en París esos momentos. En los siete u ocho meses de mi primera estancia en la editorial contribuí al menos a quince o veinte autobiografías o vivencias adornándolas con la estancia en el mayo francés, basándome en ese conocimiento mío del mayo francés a través de la prensa, aquello que leía cada mañana junto a Raúl.

    Este primer paso por la editorial duró lo que en aquel entonces duró la demanda del mayo francés, a los siete u ocho meses se acabaron los encargos y mi contrato como corrector de pruebas no se renovó.

    Ese dinero conseguido durante mi primera estancia en la editorial debería servirme para completar mi formación, en casa no me lo exigieron y lo ahorré, pero mi vocación de escritor estaba ya perfectamente asentada y no era como ahora, antes no existían ni clases ni cursos que te enseñasen a ser escritor, al día siguiente de recibir mi última paga me fui a recorrer Europa. Visité varios países hasta recalar el Praga, ciudad en la que permanecí hasta acabar con los ahorros.

    Allí, intentando resistir con los últimos dineros, me vi obligado a vivir frente al número 22 del callejón del oro, hasta que nos desalojaron y tuve que volver casi en calidad de repatriado.

    Después de aquel viaje y durante los casi treinta años que pasaron hasta volver a recalar en la editorial, todo fue un ir de un trabajo a otro, principalmente en redacciones de periódicos y revistas, en ningún caso lograba conservar el empleo, únicamente logré conservar el empleo como colaborador circunstancial en el Ministerio de Agricultura, una colaboración que Roberto me dijo que me daría de comer durante unos meses y que se prolongó durante años, hasta que lo dejé aburrido; aún meses después de dejarlo continué percibiendo los haberes, hasta que advirtieron que había dejado ya de colaborar en la ponencia.

    Durante esos años fue mi padrino el que en la mayoría de los casos me fue proporcionando un empleo tras otro. De vuelta ya aquí, tras mi viaje por Europa, intenté durante dos o tres meses encontrar por mi mismo un trabajo, no lo logré, no tenía experiencia, no podía poner en el currículo mi verdadera ocupación en la editorial, tampoco pude hacer valer mis vivencias del mayo del 68, porque fueron unos años en los que el mayo del 68 dejó de interesar, mi estancia en Praga tampoco me ayudaba mucho, en todos los sitios me pedían experiencia y yo no tenía experiencia. Me veían joven y eso me permitía acceder a la primera entrevista, pero ya en la entrevista, me exigían experiencia; y digo yo, ¿cómo siendo joven se puede tener experiencia? Pero era así, había que ser joven, lo era, y había que tener experiencia: un imposible. Me desanimé y caí en un estado de apatía que me llevó a pasarme los días uno tras otro confeccionando crucigramas. El primer empleo después de mi viaje por Europa me lo tuvo que proporcionar también mi padrino.

    —¿Tienes experiencia en crucigramas? —asentí, llevaba semanas que no hacía otra cosa que rellenar crucigramas.— Pero digo si tienes experiencia en hacerlos —volví a asentir con la cabeza.— Bueno, pues te he encontrado un empleo.

    Me metió en la redacción de un periódico de relumbrón encargándome la confección del crucigrama. En principio, aún con el equívoco, pensé que habiendo rellenado innumerables crucigramas, era mi único entretenimiento en esas semanas y rellenaba todos los que caían en mis manos, habiendo rellenado tantos crucigramas, pensé que sería fácil confeccionarlos. Estaba totalmente equivocado, los primeros crucigramas los lograba confeccionar completamente salpicados de espacios en blanco; con todo, me sobrepuse a mi falta de pericia con los crucigramas y con el paso de los meses alcancé la experiencia que me faltaba, aunque esta solo fuera en la confección de crucigramas.

    Perdido ese primer empleo por desavenencias con su director, deambulé por otras redacciones, desempeñé durante años el empleo de colaborador circunstancial en el Ministerio de Agricultura y tuve mi experiencia mística trasladándome a un pequeño pueblo para disfrutar en él de la tranquilidad del campo y poder vivir en armonía con la Naturaleza.

    Después de este largo periodo de casi treinta años, ya podía considerarme un fracasado, mi sueño de infancia y de juventud no se había cumplido, no logré desarrollar mi vocación de escritor más allá de los pequeños periodos perdidos en diferentes secciones de las más variadas publicaciones, y de la redacción de la muy extensa ponencia: "La Economía Rural En Los Espacios Naturales".

    Una ponencia que habían solicitado al Ministerio de Agricultura las Cámaras de Comercio para asesorar a sus afiliados sobre las expectativas de nuevas vías de penetración de la producción agrícola en la Europa del norte, un proyecto urgente que debería ser acabado antes de terminar el año, estábamos en junio.

    Llegó fin de año y los de las Cámaras de Comercio no aparecieron por allí, nadie pidió que se cerrara la ponencia, los ponentes dejaron poco a poco de asistir a las reuniones, hasta que quedé sólo con la redacción de una ponencia que dejó de avanzar. Mi labor era simplemente la de redactar, dar forma a lo que me llegara de los diferentes ponentes, ante la ausencia de los ponentes, como el trabajo era cómodo, sin ellos aún más, me dediqué a elaborar yo mismo las ponencias. Pasados varios años, habiendo perdido mi interés por las ponencias, aburrido, decidí despedirme. Lo hice, aun así, seguí cobrando hasta que pasados los meses, probablemente cuando alguien advirtiera mi ausencia frente a la máquina del café, dejó de aparecer en el extracto del banco la transferencia del Ministerio de Agricultura. Nadie me reclamó nada. De mi paso por la ponencia recuerdo varias de mis aportaciones:

    —Incidencia en el paisaje del cultivo de cereales

    —Idoneidad del pino albar en la repoblación de montes

    —La huerta tradicional en los castillos históricos

    Sin nadie que supervisara mi trabajo, añorando mi vocación infantil, leídas pasados los años, cuando la casualidad quiso que volvieran a mis manos, pude observar que eran de una prosa casi poética.

    Abandonada mi colaboración en el Ministerio de Agricultura aún tuve que pasar por varios empleos circunstanciales que me confirmaron mi condición de fracasado. Aquellos casi treinta años fueron años perdidos, y con mi regreso a la editorial puse mis ilusiones de almohada y las dejé morir.

    Fue el mayo del 68 el que me llevó nuevamente a la editorial. El mayo del 68 volvía a acaparar interés, habían pasado los años y las autobiografías que se encargaban lo eran de aquellos que por su edad, perfectamente habrían podido vivir el mayo del 68, y querían que así figurase en su autobiografía. Aquellas quince o veinte recreaciones del mayo francés se utilizaron para adornar los nuevos encargos, hasta que por su volumen, se pensó que se debería remozar ese pasaje. Inmediatamente se pensó en mí, en el autor de aquellas páginas que venían utilizándose para los nuevos encargos, y mi primer encargo como tal encargo, fue una autobiografía en la que el autobiografiado debería haber participado activamente en el mayo francés.

    Lo primero que hice tras firmar el encargo fue solicitar un adelanto, y subir cuanto antes a por él, allí me encontré nuevamente con Matilde, verla de nuevo pasados casi treinta años no defraudó el recuerdo que de ella mantenía, se había convertido en toda una mujer.

    Nos saludamos y estuvimos charlando, recordamos aquellos primeros tiempos de la editorial, me contó que estaba felizmente casada, por supuesto con Rodolfo; cuando salí aquella vez de la editorial llevaban ya meses de noviazgo, ahora, en esos momentos, tenían ya tres mozalbetes. Yo le conté de aquellos treinta años vagando de un empleo a otro, lo endulcé todo un poco, no quise que viera en mí al fracasado que yo mismo me consideraba.

    Me preguntó si había ido a por algo en especial, le dije que sí, que iba a por un adelanto, el primero de los muchos que voy pidiendo desde entonces: "El ordenador no me deja acceder a los pagos hasta las doce. Vienes con una hora de adelanto.", eran las once, y recordando La vuelta al mundo en 80 días, como Matilde ha destacado siempre por sus anchas caderas, como momentos antes había estado narrándole mi viaje por Europa, le dije: "Eso es porque vengo de dar la vuelta al mundo".

    Me miró y fueron unos instantes interminables, hasta que rió a carcajadas; desde entonces es nuestro saludo, aunque el adelanto ya lo tenga encima de la mesa.

    Fue una cobardía de juventud que aun hoy me mortifica y una fantasía de juventud que aun hoy alimento. El día que Matilde bajó al taller, terminó de enamorarme. "¿Qué tienes que decir de mí? ¿Por qué tienes que ir diciendo por ahí que estás de tras mío?" le dijo aquel día a Rodolfo. Y al salir: "Que no me entere yo que vas por ahí hablando de mí a mis espaldas. Eso me lo dices a la cara".

    Yo estaba detrás de Matilde, le increpó con tanta determinación que no solo a Rodolfo, también a mí se me aceleró corazón, y quise pensar que probablemente bajase buscándome, que aquel reproche me lo dirigía a mí. Porque cuando me pasaba por caja todos los meses a recoger el sueldo mostraba tanta inseguridad que no le pasaba desapercibido y creía ver en ella como trataba de disimular una sonrisa; porque al cobrar mi primer sueldo, no me preguntó ni nombre ni apellidos, fue directamente a la caja de los sobres y lo extrajo, lo colocó frente mí, y con toda seguridad me presentó el estadillo y me señaló con el dedo dónde debía firmar, en el renglón en el que figuraba mi nombre; porque cuando me cruzaba con ella no podía ocultar mi turbación.

    Nunca he comentado con ella aquel día, aquel día lo he comentado con Rodolfo, pero nunca con ella, y ella tampoco lo ha sacado nunca a conversación. Al día siguiente me llegó la plana de Rodolfo, vi la errata, estuve varios minutos sobre ella, nuevamente con el corazón acelerado. En aquel momento debería haber corregido esa errata, entregado la plana y debería haber subido y haberme enfrentado a Matilde, no lo hice. Dejé pasar la errata.

    Cada vez que veo a Matilde me viene a la mente esos momentos en los que tuve la errata frente a mí. Mi ilusión, al tiempo que mi castigo por aquella cobardía, es que aquella intuición que me llevó a pensar que Matilde se estaba refiriendo a mí aquel día que bajó al taller es cierta, que ella aun siente algo por mí, como yo siento por ella. En ningún momento ni tan siquiera le he insinuado nada de esto a ella, y nadie sabe nada de esta ilusión envuelta de amargura, excepto Enrique, al que se lo confesé en uno de nuestros andares hacia los confines del barrio.


    A lo más que llegué en aquellos casi treinta años fue a crítico de música y espectáculos, lo fui durante poco más de veinticuatro horas. El empleo nuevamente me lo proporcionó mi padrino, como me proporcionó aquel de los crucigramas.

    El de los crucigramas aún lo conserve algún tiempo, hasta que surgieron las primeras desavenencias con el director, comenzó a molestarse con mi trabajo. Fue entonces cuando conocí a Roberto, quien más adelante me facilitara mi empleo como colaborador circunstancial en el Ministerio de Agricultura.

    —Ten cuidado con las definiciones que usas —ante mi extrañeza continuó.— No uses definiciones como "Se dice del extremo del animal opuesto a la cara"—le dije que la respuesta era ABORAL.— Ya, pero hasta que se da con ella,... puede dar lugar a equívocos. Yo, cosas como esas las tengo en cuenta y me va bien.

    "Bueno, lo tendré en cuenta", le dije. Lo tuve en cuenta, pero me siguió advirtiendo día tras día de definiciones y repuestas que molestaban al director, hasta el día que este me llamó a su despacho.

    —No puedes ser tan descuidado en la confección del crucigrama, debes guardar las formas, aquí no queremos ponernos a mal con nadie. ¿Cómo se te ocurre usar ROS o ESTERNOCLEIDOMASTOIDEO? Sé un poco más cuidadoso.

    Le dije que ROS es un recurso frecuente para rellenar la 2 vertical. "Bueno, pues usa QUEPIS", me dijo.

    —QUEPIS tiene seis letras, no me sirve para la 2 vertical, para la 3 horizontal, tal vez —le contesté.

    —Bueno, pues apáñatelas, no creo que sea imprescindible, como tampoco lo es ESTERNOCLEIDOMASTOIDEO.

    —Ahí sí que no, ¿qué palabra encuentra con 22 letras, con una T en la tercera, y que acabe en TOIDEO?

    —Mira, aquí estás para resolver problemas, no para crearlos, apáñatelas como puedas, pero no uses ni ROS, ni ESTERNOCLEIDOMASTOIDEO, ni ODIN.

    —¿ODIN tampoco? Cómo relleno...

    —¿No puedes usar ZEUS que es un dios romano?

    —La verdad es que ZEUS también me sirve para la 2 horizontal.

    —Lo ves como para todo hay solución. Venga, ponte al trabajo no vaya a cerrarse la edición sin que lo hayas terminado.

    Me había despedido ya cuando reparé en que Zeus era un dios griego. ¿Qué pasaría si lo uso en algún crucigrama y más tarde repara que no es un dios romano, que es un dios griego? Un poco porque quería conservar el empleo, un poco porque me quería reír de él, se me ocurrió una ironía:

    —¿Qué le parecería si en lugar de usar palabras uso números? —se extrañó.— Sí, en lugar de cuadrar letras, cuadrar números como si se tratase de cuadrar una suma contable.

    —Por favor, sea usted un poco sensato y vuelva al trabajo, eso no puede interesar.

    Así quedó, hasta que a los pocos días, en el crucigrama apareció PALETO en la 5 vertical y PROVINCIANO en la 8 horizontal. Estaba esperando que me llamara, pero llegó Roberto y me comentó que antes de hacerme llamar le llamó a él y me cubrió las espaldas, más o menos fue así:

    —¿Has reparado en el crucigrama de hoy, en la 5 vertical y la 8 horizontal? Se está buscando la carta de despido —le dijo el director.

    —Es que se lleva mal con Ramírez, el de sociedad, por eso lo de la 5 vertical y la 8 horizontal de hoy.

    —¡Juventud!, en mis tiempos sentábamos antes la cabeza. Está bien, pero dile que procure evitar que aparezcan GAMBUJO y ORCINAS en el mismo crucigrama.

    No volvió a aparecer GAMBUJO Y ORCINAS, pero aquel empleo no resistió a LACAZAN Y ALTRAMUZ.

    Después de pasar por varios empleos más, mi padrino me proporcionó ese en la sección de espectáculos, como crítico de música. Como era él: "A ti la música te gusta ¿no?, pues pásate mañana por la redacción de este periódico".

    Me pasé y a los dos días estaba asistiendo a un concierto en el Real para hacer la crítica. Ya me había enemistado en mi anterior empleo con los tauros, escorpios, capricornios y libras; aquella crítica sobre el concierto que se dio en el Real debió molestar también. Al día siguiente me llamó Roberto a la redacción: "Este empleo si que te ha durado poco"

    —¿Cómo que me ha durado poco?

    —¿Todavía no te han llamado a concilio? Te llamarán —Roberto me dio un nombre y un teléfono del Ministerio de Agricultura.

    Aquella era mi primera crítica y no pasó por ningún filtro excepto por el del corrector de estilo, a esas secciones se les prestaba poca atención en la redacción. El corrector de estilo cuando nos vimos me dijo: "No sé si sería un lapsus que cometiste, creo que no porque sale repetidamente en la crónica: "gilipollas" no lo admite el manual de estilo del periódico, te lo he cambiado por "bobo". Y "gilipollas de solemnidad" tampoco se admite, lo he cambiado por "bobo de solemnidad".

    Recordando

    Desarrollar

    ***Fue una cobardía de juventud que aun hoy me mortifica y una fantasía de juventud que aun hoy alimento. El día que Matilde bajó al taller, terminó de enamorarme.

    ***

    ***La Economía Rural En Los Espacios Naturales

    -Incidencia en el paisaje del cultivo de cereales

    -Idoneidad del pino albar en la repoblación de montes

    -La huerta tradicional en los castillos históricos

    ***

    ***Aquellos fueron años perdidos, con mi regreso a la editorial puse mis ilusiones de almohada y las dejé morir.

    ***

    ***-Hacía tiempo que no me divertía tanto, apenas he podido contener la risa. ¿Puedo contarlo en administración?

    -Por supuesto, pero hoy no.

    -¿Por qué siempre tienes desconectado el móvil?, te llamaría más de un día.

    ***

    ***Se lo pudo permitir porque era un ángel menor, con un ángel-arcángel no se lo habría permitido, porque gastan muy mala leche.

    ***

    ***Ros (quepis) - Esternocleidomastoideo - Odín.

    ***

    Estábamos en medio de la calle, a la puerta de mi casa, flanqueados por bolardos a ambos lados, le dije a Enrique:"Qué dañinos son los cabrones, te dejas los güevos en ellos. Es como si estuviésemos en una ciudad en guerra, como entre trincheras".

    —¿A qué viene ahora meterte con los bolardos? Estamos a salvo, míralos, estamos...
    —No, no estamos a salvo, fíjate donde estamos entre dos fuegos, allí una trinchera y aquí otra. Y nosotros en medio.
    —Bueno y qué, han estado ahí desde toda la vida, desde que el mundo es mundo.
    —No, desde que un gilipollas tuvo la idea de infectar la ciudad con bolardos.
    —Pues eso, desde que el mundo es mundo.
    —¿Qué a ti no te joden los bolardos?
    —¿Y a ti?
    —A mí sí. Cuando... Cuando salíamos de... Bueno, antes de doblar la esquina de... ¡Coño para que no me dejas hablar! Cuando ahí atrás... Hace un momento joder, me ha atacado uno, casi me dejo los güevos en él. ¿No dices nada?
    —Bueno, sí, son... dañinos.
    —Y traicioneros.
    —Y traicioneros.
    —Enrique, no te rías. Vas a terminar cayéndome mal.
    —Cuidao, que a mí tampoco me gustan los bolardos.
    —Pues eso, y toda la ciudad parece un puto frente, nos acechan agazapados desde las trincheras. Para eso los han puesto.
    —Eso.

    —¿Cuánto llevas en el bolsillo?

    —Seis o siete euros —me dijo Enrique.

    Me tomé un tiempo, intentando guardar el equilíbrio.— Yo llevo otro tanto —le respodí después de revolver las monedas que había sacado del bolsillo y se amontonaban en la palma de mi mano.

    —Suficiente —Estaba devolviendo al bolsillo las monedas que como yo había sacado poco antes para comprobar si teníamos para otra ronda. Tuve que agarrarlo de la pechera para que no se cayera de bruzes sobre el adoquinado, casi caemos los dos.— Con eso podemos quemar el barrio, vamos a por la penúltima.

    —Venga.

    -------------------------- o0o --------------------------

    -¡Joder! a petar de puentes térmicos.

    -------------------------- o0o --------------------------

    Tengo la batalla perdida de antemano, observo a Elvira, veo como se está haciendo un nombre, que tiene media vida por delante, y me pregunto qué estará haciendo junto a mí, está perdiendo el tiempo.

    ***

    La mañana en la que Andrés me regaló el encendedor, en mi caminar, cruzando la fachada de una gran librería me encontré a un mendigo a un lado de su puerta, sentado sobre cartones. Escribía folios y los ofrecía, a mí me ofreció uno, no se lo tomé, observé que podría tratarse de una poesía, retrocedí para preguntarle: ¿Eres poeta?, me respondió que sí, se trataba de un poeta ya talludido, le di un consejo: "Deja la poesía, la poesía solo da sinsabores, cada poesía que escribes es un polvo que no echas. Dedícate al vino."

    Aquel día creo que hice algo por aquel poeta, no le di la limosna que me pedía pero le di un consejo, que le valdría de poco, o de mucho si era un mal poeta, y también le regalé un mechero; y por mí mismo, quedaba como estaba antes de entrar en la editorial.

    ***

    Aquella noche, al llegar al límite, a nuestro límite, recordé que me dijeron incluso la dirección de la tienda, nos encontrábamos a solo dos cuadras de ella, más allá de los límites del barrio. Tuve curiosidad y le dije a Enrique de acercarnos, ya había dado media vuelta para volver a la seguridad del barrio, tuve que insistir.

    Era fin de semana, habíamos caminado sorteado a los grupos que se movían de un local a otro, caminábamos acompañados siempre de conversaciones y bullicio; aquí y allá, a las puertas de los locales, se amontonaban sus clientelas, charlaban, reían, se medio empujaban. No era una frontera imaginada por nosotros, nos estábamos adentrando en un mundo de silencio, casi inquietante; en contraste con el bullicio dejado tras de nosotros, la oscuridad apenas rota por la débil luz de sus farolas ahora tenebrosa se mostraba amenazante. No cruzamos palabra, caminamos rompiendo el silencio con nuestros pasos, eran solo dos cuadras, pero dos cuadras fuera del los límites de nuestro mundo conocido. No era una rareza nuestra relación con el barrio y sus fronteras; esas fronteras, traspasadas, adquirían una corporalidad real. Fue cuando de regreso, traspasadas esas fronteras, nos adentramos nuevamente en el barrio, cuando reanudamos la conversación. Ninguno de los dos comentamos nada sobre la incomodidad que nos produjo aquella experiencia.

    ***

    Le hizo mucha gracia la escena de la taberna, también comentamos la trama y otras escenas. "Qué mala sangre ese Don Latino", me dijo, para añadir: "Y qué zorro". Me comentó que la había leído dos veces, que la segunda vez que la leyó le gustó más que la primera, nunca había leído teatro: "Siempre había creído que el teatro era para verlo, que los que tenían que leerlo eran los actores para hacer bien su trabajo. Yo he ido mucho al teatro, con mi pobre Alberto". Quiso devolverme el libro, no lo acepté, le dije que ese había sido un regalo.

    ***

    Dos días antes había hecho enviar rosas a Adelina, volvíamos de desayunar Elvira y yo, otro día de esos en los que nos quedamos sin café en la despensa, nos cruzamos con ella en el portal, justo en el portal, ya es casualidad, llevaba una rosa en la mano, casi no nos vio y nos saludó muy apresuradamente. Luego pude verla, la acompañaba un señor que yo ya conocía de haberlo visto en el parque, más joven que ella, ¡mucho más joven!, ahora era él el que llevaba la rosa en la mano.

    ***

    ¡Coño, está lisa como una tabla! Llevaba un vestido con un escote en pico muy pronunciado que le llegaba a los tobillos, lejos quedaban unas leves curvas como mínimas surgencias; era un vestido lacio y de brillos que se le pegaba a sus pezones. ¡Cómo explotaba la puñetera su cuerpo! Lo que en otras son montañas exuberantes en ella son sugerentes olas que presagian un mar embravecido.

    ***

    El encargo va saliendo, no como quisiera Ramón, pero Elvira, la presencia de Elvira, casi me obliga a que todas las mañanas me siente frente al ordenador. Hago mis páginas mientras la contemplo y contemplo cómo ella avanza con las suyas. Es muy gratificante teclear teniéndola enfrente, pero verla como avanza en su trabajo también me produce desasosiego. Escribo rápido, lo más rápido que puedo, eso para no desmoronarme en mis propios pensamientos, porque en ella veo escrito mi propio fracaso. ¿Para qué esforzarme, seguir tecleando en un trabajo que dejará de ser mío en el momento en el que lo dé por terminado?

    He dejado de teclear, estoy observando a Elvira, hoy la tiene tomada con un paquete de servilletas de papel. Recuero la conversación que mantuvimos el día que la conocí, todavía no había publicado su primer cuento, estaba en ello:

    "El trabajo de un escritor deja de ser suyo en el momento en que lo da por terminado, cuando coloca en la última página el último punto y aparte; luego es ya del lector. Por eso me caen mal aquellos que privan al lector de lo que ya es suyo, explicando y diciendo cómo tienen que leer la que todavía consideran su novela o su cuento. Esa novela y ese cuento no son ya suyos."

    ¡Coño! Que todavía no había publicado su primer cuento.

    No me refiero a eso con lo que estoy de acuerdo con ella, que ella me lo hizo ver, yo entrego mi trabajo a José Bono, y... ¡Qué coño sabrá José Bono de libros, literatura y de lectores!

    ***

    -Afrodita, una diosa.

    ***

    -Nos intimidas.

    -¿Yo?, ¿te intimido a ti?

    -A mí y a todos los de la editorial, les cortas el habla a todos.

    -¿Y no tendrás tú nada que ver en eso?

    ***

    -Me impresiona que alguien pueda tirarse desde un quinto piso sin otra protección que un montón de cajas de cartón vacías recogidas por una lona.

    -¿Y no te impresiona quien se tira de un séptimo?

    ***


    Notas y apuntes

    22/23 abril 93

    Desde el despacho de José Enrique Serrano llamo a Rubalcaba para proponerle que vaya por Toledo, en el segundo puesto de la candidatura al Congreso. Rubalcaba me agradece la propuesta ya que "nadie me ha llamado, excepto vosotros. Pide un día para pensarlo porque "tampoco quiero aparecer como un apestado al que nadie quiere en su provincia y tienen que darle unos amigos un premio de consolación en un segundo puesto; todos los ministros van encabezando las candidaturas". Le digo que no puedo ofrecer más -ni menos- que el segundo puesto porque la candidatura de Toledo la encabeza el secretario general regional. Acepta.

    El viernes, día 23, llama Virgilio Zapatero para decirme que apoye a Julián Córdoba como senador por Cuenca. "Bastante hacemos -le digo- con incluirte a ti que, por cierto, me costó convencer a los compañeros de Cuenca". Me responde: "Haré todo lo que pueda para que Córdoba y Leopoldo Torres vayan en las listas". Es una especie de declaración de guerra [me hizo cambiar lo de guerra por belicosa]. Y entonces muy enfadado, le preciso: "Yo no tengo nada contra Julián Córdoba ni contra Leopoldo al que, por ciento, hemos hecho diputado por Guadalajara hace unos años con mi directa intervención; pero ayer, en la agrupación local de Cuenca, en votación secreta, fuiste tú, Virgilio, el que menos votos obtuvo [es obtuviste, pero se lo dejo como me llegó], concretamente cincuenta y cuatro, mientras que Zambrana tuvo ochenta y siete e Ismael Cardo, ochenta y seis. ¿No te das cuenta de que en el conflicto pierdes?"

    ***

    Prólogo

    -"Estas páginas son además un ejercicio de transparencia, de mostrar a mis conciudadanos cómo somos y cómo actuamos los políticos."

    -"Este trabajo también se publica para reivindicar la política. Para defender la actividad a la que me he dedicado la mayor parte de mi vida."

    -"Que no sea aburrido aunque tenga valor documental."

    -"He de decir que lo compuse ajeno a toda pretensión emparentada con la literatura."

    -"Emprendí en 1992 el camino de mi autonomía política, me abrí a un tiempo incierto y, desde entonces, siempre dije lo que quise y no pedí perdón por equivocarme ni permiso para opinar libremente."

    -"Soy de los míos."

    ***

    10 de enero 95 (editada)

    Tengo delante de mí una nota de José Bono, es que este encargo me está encabronando:

    Me despido diciendo: Si no es posible la confianza, se impondrá la desconfianza. Por ello, creo que debes presentar la moción de censura a sabiendas de que la perdemos. Asumes toda la responsabilidad en la lucha antiterrorista. Hablas claro y al acabar la votación adversa, convocas elecciones. Estoy seguro que si lo haces así, ganamos. Los españoles solo nos apoyarán si nos ven convencidos. si nos ven dubitativos o poco decididos a asumir responsabilidades y hasta errores, perdemos las elecciones y gran parte del prestigio que hemos conseguido".

    Hablar claro como hablaron en aquel entonces, asumir responsabilidades como las asumieron en aquel entonces (dos chivos expiatorios). Manera de asumir responsabilidades, después de veinte años siguen siendo y estando los mismos. Tengo que esforzarme para continuar trabajando en el encargo.

    No podía ser de otro modo, José Bono sigue con la lengua fuera, aún tengo que integrar en el apunte del día otra de sus notas laudatorias, que las hay laudatorias y autolaudatorias...

    Intervengo para decir que "juro por mis hijos que si supiese quien te podría sustituir con eficacia no me callaría —se refiere a su Felipe.

    ... y chascarrillos, que maldita la gracia que tienen sus chascarrillos:

    Visitamos la imagen del Buda más grande que hay en el mundo dentro de un templo, el Tôdai—Ji. El edificio tiene unos mil seiscientos años y en él hay una columba de madera con una oquedad por la que ya he pasado en dos ocasiones para conseguir un deseo. No soy supersticioso, pero, por si acaso, hago pasar a mi hija Anita dos veces: una para que ganemos las elecciones y otra para que las ganemos por mayoría absoluta.

    Así es como entiende este hombre para lo que sirven los templos, las columnas y las hijas y lo que entiende que es la Democracia. Lo dejo como está y sigo haciendo de escribano.

    ***

    20 y 21 de junio de 97 (editada)

    Vuelvo de la que puede ser última entrevista con José Bono, me ha entregado unas notas impresas en papel, también me ha dicho que me había enviado por correo electrónico otras más, pero que estas son pocas y las tiene impresas en unos folios, me las da, las guardo en el bolsillo y no he querido leerlas hasta llegar a casa. Me pongo al tajo, muy agobiado, pero puedo darlo por terminado en pocos días. Acabo cuanto antes este puto encargo y me planteo seriamente lo que quiero hacer con lo que me queda de vida, porque esto no es vivir, voy se sofoco en sofoco, no lo firmo, pero soy el que doy forma a estas cabronadas. Las estoy leyendo y no salgo de mi asombro, porque recuerdo la nota que pasó para el prólogo: "Este trabajo también se publica para reivindicar la política. Para defender la actividad a la que me he dedicado la mayor parte de mi vida", y estas notas van en los apuntes finales; me parecen un buen colofón a este encargo y al final va a tener razón José Bono cuando también para el prólogo quiso que le pusiera: "Que no sea aburrido aunque tenga valor documental". Vuelvo al prólogo y le añado:

    Estas páginas son además un ejercicio de transparencia, de mostrar a mis conciudadanos cómo somos y cómo actuamos los políticos.

    Sé que le va a gustar. Ahora, con mejor ánimo me dispongo a dar forma a algunas de esas notas:

    En la comida estamos los de siempre. Ambiente distendido e incluso Lerma nos cuenta chistes. [...] Durante la comida sale el nombre de Almunia como candidato de Felipe a sustituirlo, aunque nadie lo confirma y casi nadie lo desea [nadie de los que están en la comida, que no deben ser muchos más de siete]. [...]

    Juan Carlos Rodríguez Ibarra me hace la propuesta de que aceptemos ser vicepresidentes generales Chaves, él y yo, y que el secretario general sea Paco Vázquez. A Manolo Chaves no le parece mal en ese momento, aunque más tarde me dice que no se puede aceptar porque "da mucho el cante". [...]

    La impresión que saco de esta cena es que Almunia será un trágala por el que nos hace pasar Felipe González, pero que ni su carácter, ni sus cualidades para las relaciones personales facilitan la candidatura, pero quizá le votemos por respeto a Felipe. [...]

    Llego al hotel con un extraordinario cansancio y antes de ir a la cama hablo con José María Barrera y con Clementina. Me animan a que me presente como secretario general. Valoro mucho sus ánimos pero les digo, muy en serio, que no tengo ni deseos ni ánimo para hacerlo y menos aún para contrariar a Felipe [su Felipe].

    Así lo he puesto al margen de la nota, en tinta roja: "Su Felipe". ¡Cómo se puede ir siempre con la lengua fuera!:

    ¡Es un genio! Felipe González es un mago de la palabra y llega a afirmar que no tiene deseos de hacer ninguna propuesta, pero ya nos ha hecho la de Almunia.

    Anoto a un margen de la nota impresa: "Joder, es que este tio va con la lengua arrastrando por el suelo". Y ahora termino de leer: "Nos reunimos los siete nombrados a comer en el salón de la Ejecutiva y hacemos consideraciones acerca de quién debe ser el candidato". Manda narices en manos de quienes está el país.

    Guión cinematográfico y Macgufin

    Según cuenta Rubalcaba, Guerra ha dicho a Jesús Quijano, secretario general del PSOE de Castilla y León, que "los cajones que más tuvimos que limpiar en Ferraz fueron los de Felipe González". No puedo admitirlo. Creo a Rubalcaba y creo a Quijano, que se lo ha dicho, pero al igual que ellos no me creo la información sobre Felipe...

    Fue mía la idea de que las memorias fuesen recorridas por un macgufin, conforme me llegaban las notas tenía más claro que debería darles un tono de guión cinematográfico, en lo que me fuera posible y a mi manera, como trato yo estos encargos. Había un bueno buenísimo, Felipe, y debería haber un malo malísimo: Guerra, y los tejemanejes y tiras y afloja centradas en Guerra, el macgufin.

    —¿Y se puede conseguir eso sin que se altere el formato de apuntes de un diario? —se refería a mi idea de darle ese formato de guión.

    —Serán los apuntes de un diario, pero su conjunto va recorrido por una trama al estilo de una película, vamos introduciendo la trama, con sus buenos, sus malos, sus intrigas...

    —Me gusta, me gusta. Ya te voy pasando yo notas contando con eso. Sí, Guerra puede ser un buen macgufin.

    Como el bueno es Felipe, termino el apunte mostrando la incredulidad de José Bono ante cualquier inconveniencia de su ídolo, continúo: "Los cajones de Felipe no me los imagino sucios. [...] ¿Alguien cree que Felipe dejaría en sus cajones de Ferraz documentos comprometidos? Sería tan necio como el que puso una zorra a guardar gallinas".

    El encargo va como va, lo que quería parecerse a las memorias de Azaña va quedando como una parodia y un sainete, y la trama en forma de guión que procuro que recorra los apuntes diarios, queda oscurecida por chascarrillos torpes y zafios, me llegan muchos que voy colocando cómo y dónde puedo. Él, tan contento, de vez en vez: "Vuestra política me gusta, la de Bono me encanta... muestra inteligencia y talante... me gustaría estar en vuestro censo, para votar a Bono".

    Latiguillo final

    "Me gusta lo que voy leyendo, pero me gustaría que los apuntes terminasen con párrafos parecidos a este que acompaño, fíjate que lo acabo en un latiguillo, procura que sigan un tono parecido."

    Me cuenta, como quitándole importancia: "Voy a autorizar un trasvase de agua del Tajo al Segura y aunque no se acomoda a la legalidad, es necesario para salvar los árboles". Me produce tal indignación que no puedo ocultarla y le digo: "Mal vamos si actuamos contra la ley a sabiendas; creo que con Filesa había bastante". Le anuncio guerra y recursos. El trasvase me traspasa.

    Me llega con otra de sus notas, otro chascarrillo, esos a los que no hay que cambiar coma para que no pierdan la gracia, me dan poco trabajo, los transcribo tal cual me llegan.

    Salgo con la excusa de ir al servicio, pero no lo uso, lamo a Felipe y le informo de lo escuchado: "Aguanta, ten paciencia, pero ni condenes ni rompas. Si te ves muy apurado entrega cuerda pero domina el caballo". Le hablo de la dificultad de lo que plantea: "Me pides que repique y vaya a la procesión... eso es imposible". "Tú eres un todoterreno que sabes lo que hay que hacer", concluye.

    Son estos los chascarrillos que voy incluyendo uno tras otro, me van a faltar días.


    Marcos

    Estábamos acabando la noche, me disponía a cruzar, metros más adelante, al otro lado de la calle, todavía estaba abierto el _____, me encontraba en mitad del adoquinado cuando Enrique me hizo parar.

    —¿Tú has visto a los carteros que anden cruzando la calle? Vuelve a la acera y camina, hoy toca impares.

    Volví a la acera y continuamos sin abandonarla has llegar a _____ (cerrado-abierto).

    ***

    En la barra reían y bromeaban un grupo de jóvenes, a ellas pude verlas la noche anterior pasar de uno a otro local celebrando la despedida de soltera, ahora estaban allí los ya recién casados, los padrinos y algunos invitados. Jugaban al juego de los nombres, eso me dijeron, en esta ocasión era yo el que junto a ellos hacía de aguantabarras. Y como buen aguantabarras pregunté y me informaron en qué consistía el juego.

    No era exactamente un juego, más bien era una forma de pasar la noche, porque consistía en que cada uno escogía un nombre y durante esa noche se le conocía por ese nombre, el propietario o propietaria del nombre dejaba de ser él o ella misma y se comportaba durante toda la noche como pensaba que se comportaría aquel que llevase ese nombre.

    Alberto, Engracia, Juanjo, Rosario, Julio, Yolanda, Margarita, Luis, Juana, Eleonor, son algunos nombres que recuerdo de aquel grupo.

    ./.

    ***



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    Páginas de Errique y Alesco

    Notas de edición

    Créditos

    Crucigramas: Crucigramas Maxi Nº 16. Distripubli MG. Getafe (Madrid).

    Fondo. Fragmento de página del libro Viaje al optimismo de Eduardo Punset.

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