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La historia frente a Sade    

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La historia frente a Sade

No abrigo la intención de escribir una biografía detallada del marqués de Sade. […]1 La biografía completa del marqués de Sade no se ha escrito aún. Pero no hay duda de que no está lejano el día en que, reunidos ya todos los materiales ha de ser posible esclarecer los puntos de la existencia de un hombre notable que todavía permanecen en el misterio y acerca del cual han corrido y corren afín un número tan grande de leyendas.2

Así comienza Apollinaire, a principios del siglo XX, sus notas biográficas sobre Sade. Estas notas me han parecido lo más lúcido que he leído sobre Sade, y este párrafo al día de hoy no ha perdido vigencia.

La obra de teatro Donatien Marqués de Sade fue escrita el año 2000. Cinco años después creo conveniente escribir este Post-Facio. Como Apollinaire, decir que las siguientes páginas no deben tomarse como un intento de biografiar a Sade. La historia y la obra de Sade siguen plagadas de leyendas, el siguiente trabajo es un cúmulo de intuiciones y conjeturas, nada que ver con la rigurosidad que se espera de una biografía. Pero una vez escrita la obra de teatro sentí la necesidad de profundizar en la personalidad de su protagonista y al toparme con su leyenda, sin posibilidades de documentarme suficientemente se presentaron frente a mí dos opciones: abandonar el intento o aventurarme a exponer mis intuiciones aun a riesgo de equivocarme. He optado por esta segunda opción, y una vez decidido esto no me he limitado a exponer aquello que considerara más o menos probado. Expongo opiniones que seguro serán controvertidas y motivo de rechazo. Todo lo que sigue es mi visión personal sobre el Marqués de Sade, una visión que contradice abiertamente la imagen que de él y su obra nos ha mostrado la historia. Como ya dijo Apollinaire hace más de cien años: la biografía del Marqués de Sade está por escribir.

La historia nos ha legado una imagen del Marqués de Sade infamante. Moralistas y mojigatos, escandalizados por sus obras, se han preocupado durante 200 años de alimentar una falsa e infamante leyenda para denigrar a su autor. Mi primer contacto con Sade estaba contaminado por su leyenda, su imagen era la de un marqués disoluto autor de las mayores atrocidades. Lo imaginaba encerrado en su castillo, alimentándose de la sangre de innumerables jovencitas vírgenes, cuyos cuerpos, una vez despojados de sus almas, encontraban su sitio en el foso del castillo que se había constituido en su cárcel.

Sobre su labor como escritor sabía que había escrito algo, pero no le atribuía ningún valor literario, algo así como apuntes donde narraba alguna de sus felonías; también se hablaba de sus obras Justine y las 120 jornadas, unas obras pornográficas imposibles de conseguir. Así me enfrenté a la lectura de sus Cuentos y leyendas. Eran los años setenta, era joven y pensaba encontrar en sus obras una mezcla de pornografía y alucinadas depravaciones. Encontré una colección de historias al estilo de Boccaccio, con su mismo ingenio, pero concentrado en brevísimos cuentos; y un desconcertante, para mí en aquella época, Presidente burlado. Su imagen macabra se tambaleó y, junto al interrogante sobre su personalidad, guardé la imagen de un autor de prosa brillante, mordaz y de ingenio.

Tuvieron que pasar diez o doce años para volver a encontrarme con la obra de Sade. Cayó en mis manos Los infortunios de la virtud. Pude dar respuesta a la interrogante sobre su personalidad: Sade era una persona sensible, preocupada por las cuestiones éticas; y confirmó mi primera impresión como autor: me encontraba ante un escritor brillante.


↑ 1.-En este paréntesis, apollinaire nos remite a biografías de la época.

↑ 2.-Introducción de apollinaire a l' oubre marquis de sade. 1909 bibliotheque des curieux. parís. traducido al castellano por ediciones corregidor. buenos aires (1973).






¿Quién era Sade en el momento de su muerte?

Para enfrentarnos a la reconstrucción de la vida de Sade creo conveniente conocer previamente la visión que tenían de él sus contemporáneos en el momento de su muerte.

Sade pasó veintisiete años de su vida en once diferentes fortalezas, cárceles y manicómios. Fue encerrado arbitrariamente por el viejo régimen, por la república y por el Directorio napoleónico. También, igualmente, fue condenado a muerte por el absolutismo y por la república. Los siguientes son testimonios que nos han llegado de aquellos que coincidieron con él en sus últimos encarcelamientos, en el ocaso de su vida, encarcelamientos de los que no saldría sino después de alcanzar la muerte.

Uno de estos contemporáneos, Charles Nodier, dice haber compartido celda con él una noche de 1802.1 La celda estaría ocupada por varios presos.

Uno de estos señores se levantó muy temprano, pues iba ser trasladado y se le había noticiado. Primero, sólo advertí en él una gran obesidad que obstaculizaba en mucho sus movimientos y le impedía desplegar hasta el último resto de su gracia y su elegancia, cuyas huellas aún podían distinguirse en el conjunto de sus modales. Sus ojos cansados conservaban sin embargo, no sé qué brillantez y finura que se reanimaba de tanto en tanto, como una chispa que muere en la brasa ya exhausta. No era un conspirador, y nadie podía acusarlo de haber tomado parte en asuntos políticos. Como sus ataques nunca se habían dirigido sino a dos poderes sociales de importancia harto grande, pero cuya estabilidad dependía hasta en lo más mínimo de las instrucciones secretas de la policía, esto es, la religión y la moral, la autoridad acababa de concederle una indulgencia suma. Se le enviaba a orillas de las bellas aguas de Charenton, relegado bajo preciosas enramadas para que se evadiera cuando quisiese. Algunos meses más tarde nos enteramos en la prisión de que el señor de Sade estaba a salvo.

No tengo una idea clara de lo que ha escrito, aunque he ojeado sus libros. Como los devolví antes de leerlos, no pude ver si el crimen se filtraba por doquier, de cabo a rabo. Pero he conservado de aquellas monstruosas torpezas una vaga impresión de asombro y horror; hay, sin embargo, un gran problema de derecho político que debe situarse junto al interés básico de la sociedad, tan cruelmente ultrajada en una obra cuyo título mismo se ha vuelto obsceno. Sade es el prototipo de las víctimas extrajudiciales de la alta justicia del Consulado y el Imperio. No se ha sabido de qué manera someter a los tribunales, a sus formas públicas y a sus debates espectaculares un delito que ofendía de modo tal al pudor moral de la sociedad íntegra, que apenas podía caracterizárselo sin peligro, y cabe a la verdad decir que explorar los materiales de esas horrorosas actuaciones era más repugnante que explorar el harapo sanguinolento o el colgajo de carne magullada que ponen al descubierto un asesinato. Fue un cuerpo no judicial -el Consejo de Estado, creo- quien pronunció contra el acusado la pena de cadena perpetua, y la arbitrariedad no perdió la ocasión de basarse, como se diría hoy, en el precedente arbitrario...

"...he dicho que el prisionero apenas pasó ante mis ojos. Sólo recuerdo que era cortés hasta la obsequiosidad y afable hasta la unción, y que hablaba respetuosamente de todo cuanto uno respeta." 2

Otro testimonio, de esa misma época, nos llega de Ange Pitou, también compartió celda con Sade:

Durante los dieciocho meses que pasé en Sainte-Pélagie, en 1802 y 1803, aguardando la orden de mi indulto, estuve en el mismo pasillo que el famoso marqués de Sade, autor de la obra más execrable que jamás haya inventado la perversidad humana. Este miserable estaba tan signado por la lepra de los más inconcebibles crímenes, que la autoridad lo había rebajado más allá del suplicio y hasta más allá de la bestia, para ubicarlo en la nómina de los maníacos; la justicia no deseaba ensuciar sus archivos con el nombre de aquel ser, ni quería que el verdugo, al matarlo, le concediera la celebridad de que tan ávido estaba, y lo relegó a un rincón de la cárcel, dando permiso para que cualquier detenido la desembarazara de aquella carga.

La ambición de celebridad literaria fue el principio de la depravación de aquel hombre, que no era malo de nacimiento. Como no podía remontar el vuelo al nivel de los escritores morales de primer orden, había resuelto entreabrir el abismo de la iniquidad y precipitarse en él, a fin de reaparecer ataviado con las alas del genio del mal e inmortalizarse con la asfixia de toda virtud y la divinización pública de todos los vicios. No obstante, aún se advertían en él rasgos de cierta virtud, como la bondad. Aquel hombre se estremecía ante la idea de la muerte y sufría un síncope cuando veía sus canas. A veces lloraba y exclamaba, en un principio de arrepentimiento inconcluso: ¿Por qué seré tan horrendo? ¿Pero por qué el crimen es tan encantador? ¡Puesto que me inmortaliza, hay que hacer que reine en el mundo!" Aquel hombre tenía fortuna y nada le faltaba. A veces entraba en mi cuarto, y al encontrarme sonriente, cantando y siempre de buen humor, comiendo a gusto y sin nostalgia mi pedazo de pan negro o mi sopa de preso, se le enrojecía de ira el rostro: "¿Acaso sois feliz?", decía. "Sí, señor. ¡"Feliz..."! "Sí, señor. Yo me ponía una mano sobre el corazón y dando un brinco le decía: "Nada tengo aquí que me pese. Yo soy un milord, señor marqués. Fijaos: llevo encajes en mi corbata y mi pañuelo; mis puños de punto no me han costado muy caro, y he de llevar, en vez de bordados, festones a la moda, o he de poner franjas a mis vestidos". "Estáis loco, señor Pitou. "Sí. señor marqués; pero en la miseria he encontrado la paz del corazón". Se acercaba a mi mesa y proseguíamos la conversación: "¿Qué estáis leyendo?" "La Biblia.." "Tobías es un buen hombre, pero el tal Job sólo cuenta cuentos". "Cuentos, señor, que deben ser realidades para vos y para mí.. "¿Qué? ¿Realidades, señor? ¿Creéis en esas quimeras y aún podéis reíros?" "Ambos estamos locos, señor marqués. Vos, porque tenéis vuestras quimeras; yo, porque creo en mis realidades y sin embargo me río.

Tal era el hombre que acaba de morir en Charenton... Ahora me siento libre..." (En Apollinaire)

Y en una nota de P. F. J. Giraud podemos apreciar los "horrendos crímenes" de los que Sade tuvo que defenderse:

"De Sade, el abominable autor de la más horrible de las novelas, pasó varios años en Bicétre, Charenton y Sainte-Pélagie. Sostenía de modo incansable que él no había compuesto la infernal J... [Justine], pero M. de G., joven autor al que atacaba con frecuencia, hubo de probárselo de esta manera: "Confesáis que Los crímenes del amor, que es una obra casi moral, lleva vuestro nombre; al título añadís: "Por el autor de Aline y Valcour", y en el prólogo de esta última producción, peor aun que J.., os declaráis autor de aquella obra infame. Debéis resignaros".

Considerada dentro de las relaciones fisiológicas, la cabeza de aquel pintor del crimen puede pasar por una de las más extrañas monstruosidades que jamás haya producido la naturaleza. Asegurase que él mismo llevó a cabo el ensayo de varios de los desarreglos que describió con espantosa energía. Estaba preñado de horrores, y a su odiosa fecundidad le unía la necesidad de parirlos hasta en las prisiones con que se pretendió ahogar su genio infernal. Algunos inspectores de la policía tenían la misión de visitar a menudo los sitios donde se alojaba y secuestrar todos los escritos que encontraran y que él solía esconder a fin de hacer más difícil su búsqueda. El señor V..., frecuentemente encargado de cumplir esas visites les dijo a varias personas que, a pesar del hielo de la edad, aún surgían, a través del fuego de aquella imaginación verdaderamente volcánica algunas produces más abominables aun que las que se dieron al público.

"Es posible que las papeleras de la oficina de la prefectura de policía encargada de las costumbres sirvan de tumbas a aquellos hijos infames de una depravación que no puede calificarse, pero también es de desear que éstos vuelan la nada de la que nunca debieron salir." (En Apollinaire)

Este es el delito que se le imputaba al Marqués de Sade en los primeros años del siglo XIX: autor de novelas infames. Autor de una obra que desde entonces ha sido perseguida, pero que siempre ha contado con admiradores cada vez menos secretos y que hoy unos pocos consideramos la mayor aportación a la literatura después de El Quijote. Todo lo demás se lo debemos a sus biógrafos: a una obra infame había que asociarle la figura de un autor infame. En 1834 ya se puede leer esto sobre él:

He aquí un nombre que todo el mundo conoce y que nadie pronuncia: tiembla la mano al escribirlo y, cuando se lo pronuncia, en los oídos resuena un sonido lúgubre [...] Los libros del marqués de Sade han asesinado más niños que los que podrían matar veinte mariscales de Retz, los sigue asesinando aún [...]

Rodeaba a este hombre un aire pestilente que lo hacía odioso a todo el mundo [...] Hoy en día, es un hombre a quien todavía se honra en las cárceles; allí es el dios, allí es el rey, allí es esperanza y orgullo. ¡Qué historia! Pero, ¿por dónde comenzar, qué aspecto enfocar de este monstruo y quién nos asegurará que en esta contemplación, aunque realizada a distancia, no nos alcanzará alguna salpicadura lívida? Jules Janin, publicado en la Revue de Paris (1834). En JP.)

No toda su obra acabó en las papeleras o en las chimeneas, afortunadamente; su Justine no dejó nunca de circular y leerse con avidez. Y para aquellos que se sienten agredidos en su moral y se arrogan el deber de conducir la de los demás no hay mayor escarnio que el comprobar como unos cuantos cuadernillos emborronados, una vez cosidos, adquieren vida propia y nada pueden contra ellos. Tras los intentos de quemar la obra, si esta sobrevive a las llamas como suele ocurrir, no se resignan y el siguiente paso es atacar a su autor. Arremeter contra el autor siempre ha sido empresa con mayores posibilidades de éxito, ya que la figura del autor, ésta sí, es frágil. Si es difícil emponzoñar una obra que estando a nuestra disposición podemos comprobar lo cierto o falso de las imputaciones que se le hagan, no ocurre lo mismo con la fama de su autor indefenso ante una simple insinuación: "Asegúrase que él mismo llevó a cabo el ensayo de varios de los desarreglos que describió con espantosa enérgica" Durante doscientos años han obrado sus biógrafos para convertir en cierta tal insinuación.


↑ 1.- 1803 según Apollinaire. Al menos Nodier dice que compartió celda con él. Nodier, más tarde escritor destacado del romanticismo francés, fue encarcelado por bonaporte en Sainte-Pèlagie, así como sade y varios escritores más, por sus escritos; Nodier, concretamente, fue encarcelado por un poema satírico titulado la napoléone. No parece estar muy claro que Sade y Nodier coincidieran en Sainte-Pèlagie en las mismas fechas.

↑ 2.- Charles Nodier souvenirs, Épisodes et porraits de la révolution et de l'empire. París, Alphonse. en Apollinaire.






La leyenda

Entre biografías y biógrafos existe un problema para mí irresoluble: muchas biografías no dan para más de doce o quince folios y los biógrafos necesitan cien o ciento cincuenta folios para poder cobrar. Esto puede llevar a "adornar" estas biografias. Quizá, una solución sería conceder a los biógrafos el mismo privilegio que se tomaron los notarios. Los notarios, esos probos ciudadanos fedatarios de nuestras vidas, como cobraban por número de folios, no dudaron en ampliar los márgenes y escribir a doble y triple espacio, consiguiendo que lo que cabía en un folio ocupara tres o cuatro y así cobrar más a sus clientes. Este privilegio, en parte, podría frenar los excesos creativos abundantes en biografías de todo tipo.

Pero este no es el caso de los biógrafos de Sade, en ellos existe una intencionalidad ideológica. La literatura de Sade no deja a nadie indiferente, son unas obras duras, en algunos momentos insoportables y siempre inquietantes. La leyenda del Marqués de Sade que nos ha llegado surge en el siglo XIX como contestación a la imparable difusión de su obra, en ella se recogen las fábulas maliciosas que surgieron ya en vida de Sade y las infamias con las que se le atacó.

En el prólogo de su obra La historia secreta de Isabel de Baviera podemos leer:

Certificamos únicamente que para escribir historia es necesario que no exista ninguna pasión, ninguna preferencia, ningún resentimiento, lo que es imposible evitar cuando a uno le afecta el acontecimiento. Creemos simplemente poder asegurar que para describir bien este acontecimiento o al menos para relatarlo justamente, es preciso estar algo lejos de él, es decir, a la distancia suficiente para estar a salvo de todas las mentiras con las que pueden rodearle la esperanza o el terror, las ganas de complacer o el terror de perjudicar.

Los más de doscientos años que nos separan de Sade y su obra se ha demostrado distancia insuficiente para valorarlo objetivamente. Aun hoy existe en sus biógrafos una clara intencionalidad ideológica, se sigue persiguiendo al autor de obras, cuanto menos, incómodas. La más clara impresión que me ha quedado tras leer sus biografías ha sido la de haber asistido a un brutal acoso. Los acosadores son una estirpe abundante, es raro quien a lo largo de su vida no los ha sufrido; por eso son bien conocidos sus métodos. Quien ha sufrido un acoso sabe lo difícil que es defenderse de ellos; el acosador crea un alo de indignidades alrededor del acosado del que difícilmente puede escapar. Al acosador le sirve cualquier nimiedad para denigrar al acosado. Si, por ejemplo, el acoso es en el trabajo y el acosado es ordenado, dejará de serlo para pasar a ser meticuloso, enfermizamente meticuloso; Si entrega su trabajo puntualmente, un esquirol, pero si en alguna ocasión no lo entregara a tiempo, un vago; si se levanta de su puesto de trabajo para ir a tomar un café será motivo de críticas, si no lo hace, también. Cualquier cosa que haga, cualquier cosa que diga, pasará por el filtro de los acusadores que lo interpretarán a su gusto, siempre para denigrarle. Una vez iniciado el acoso, haga lo que haga la victima, será siempre de provecho para los acosadores; la indefensión frente a los acosadores es absoluta, únicamente unas anchas espaldas posibilitarán que la victima supere el acoso. Sea cual sea la personalidad del acosado siempre será motivo de escarnio. Se buscan sus defectos, todos los tenemos, y se magnifican; pero no siendo esto suficiente, cualquier peculiaridad es convertida en defecto; y por último, todas sus virtudes también son destacadas como defectos. Todo esto se encuentra en las biografías de Sade, sería interminable su simple enumeración, así, me limitaré a poner un ejemplo de lo que más claramente mostraría que nos encontramos ante un acoso: convertir el más noble acto en "la venganza más cruel".

Hay que empezar recordando lo que significó para Sade su suegra Mme. Montreuil. Sade odió a su suegra con vehemencia. Con poco más de treinta años se ve obligado a huir de insistentes ordenes de captura promovidas por ella hasta que al fin queda enterrado en vida en el torreón de Vincennes por una carta cache que el rey concede a Mme. Motreuil para mantenerle encerrado. Sólo la revolución impide que Sade permanezca confinado de por vida, y cuando por este avatar recobra la libertad, con más de cincuenta años de edad, es un Sade hundido físicamente, sufre una obesidad mórbida, ceguera parcial y otras muchas secuelas. Mme. Motreuil le ha hecho sufrir durante casi veinte años y le ha robado la vida. Sade, pienso que justificadamente, responsabilizó a su suegra de su encierro y la odió profundamente. Si existe una patología para describir el odio exacerbado, Sade la sufrió.

Ocurre que cuando Sade queda en libertad se incorpora activamente a la revolución llegando a ser presidente de su sección, azares del destino, la misma sección en la que están domiciliados lo Montreuil en los tiempos del terror. Parece ser que Sade les protegió y evitó que fueran guillotinados.

Du plessix comienza su libro sobre Sade con el siguiente agradecimiento: "Estoy profundamente agradecida a Maurice y Evelyne Lever, brillantes eruditos y excelentes amigos, que han sido mi principal fuente de inspiración y orientación. Ningún estudio sobre Sade puede abordarse sin tener en cuenta la extraordinaria labor del profesor Lever, que incluye la investigación de archivos1 más exhaustiva realizada desde la generación de Maurice Heine y Gilbert Lely". La siguiente cita, larga pero imprescindible, pertenece a la documentada biografía escrita por Maurice Lever:

Pero la mejor farsa, e incluso Sade está de acuerdo, es su designación como juez instructor. El 8 de abril de 1793, por uno de esos giros sorprendentes que nos depara la historia, figura en una lista de veinte ciudadanos de la sección elegidos para formar un jurado especial en un caso de asignados falsos. De criminal ha pasado al rango de juez. Esta nueva máscara le encanta: "¡No lo adivinaríais nunca! ¡Soy juez, sí, juez!... ¡Juez instructor! ¿Quién lo hubiera dicho? Ya veis que mi cabeza va madurando y empiezo a ser sabio... Pero felicitadme, vamos, y sobre todo no olvidéis enviar dinero al señor juez ¡o que el diablo me lleve si de lo contrario no os condeno a muerte! Propagad la noticia por la comarca a fin de que me conozcan como un buen patriota, ¡porque os juro de verdad que lo soy de alma y corazón!"2 [...]

Poco después de las matanzas de septiembre, a la misma hora en que los patriotas saqueaban su castillo de La Coste, Sade era nombrado por primera vez secretario de su sección. Menos de un año más tarde, el 23 de julio de 1793, se convierte en su presidente. Se han acabado los papeles secundarios: ahora interpreta el papel principal. No hay que exagerar, sin embargo, la importancia de esta función; los presidentes de sesión se nombraban "por turno" y cambiaban cada semana, o incluso de un día para otro. Así, al contrario de lo que Sade da a entender a Gaufridy ("aquí me tenéis ascendido a un grado superior, soy presidente de mi sección", escribe con ironía), no se trata realmente de una promoción sino de una prueba de confianza o de gratitud por los servicios prestados.[...]

Al día siguiente, un incidente durante la sesión le obliga a dimitir. ¿Qué ha sucedido? Tocado con el gorro rojo, conforme a la etiqueta de la sección, presidía la asamblea general cuando un malestar repentino le obliga a retirarse. "Estoy rendido, exhausto, escupiendo sangre. Os dije que era presidente de mi sección; pues bien, ¡mi función ha sido tan borrascosa que no puedo más! Ayer, entre otras cosas, después de haberme visto obligado a retirarme dos veces, no tuve más remedio que dejar mi sillón al vicepresidente. Querían que sometiera a voto un horror, una inhumanidad. Me negué en redondo. ¡Gracias a Dios, ya me he librado!"

¿De qué "horror" y de qué "inhumanidad" se trata? El Terror está en su apogeo y el "horror" campa por doquier: no hay lugar donde no actúe. La Convención votaba la víspera un decreto que ordenaba la abertura de las tumbas de los reyes de Francia el 10 de agosto próximo, en el primer aniversario de la caída de la monarquía. Durante la misma sesión, los diputados ordenaban la destrucción de la Vendée y el traslado de María Antonieta a la Conciergerie, en espera de su convocación ante el Tribunal revolucionario. ¿Tuvo que apoyar estas medidas la sección de Piques? ¿Aprobar la ejecución de un "sospechoso"? Esta vez Donatien no aguanta el golpe; los nervios le fallan. Le pueden hacer tragar toda la quina patriótica que quieran, siempre que sólo comprometan a su palabra o sus escritos; esto más bien le divierte, porque ama las mascaradas. Pero el espectáculo, incluso la simple idea de la guillotina le hace vomitar de asco. Temblar ante actos que describe con tanta complacencia en sus escritos no es una de las menores paradojas del autor de 120 jornadas. El 10 de agosto, las matanzas de septiembre le repugnaron; pero esto que hoy le imponen está más allá de sus fuerzas. Mientras el "asesinato por placer" le seduce porque halaga la imaginación, el asesinato institucional le horroriza porque sólo es la expresión odiosa de principios abstractos. "La guillotina -dirá en una carta a Gaufridy el 21 de enero de 1795 (dos años justos después de la ejecución de Luis XVI)-, la guillotina ante mis ojos me ha hecho cien veces más daño del que me habían hecho todas las bastillas imaginables." Como observa Jean Paulhan, "el verdadero sádico es tal vez el que rechaza las facilidades del sadismo y no admite que nadie le invite a ejercer su manía".

En el curso de esta memorable sesión del 2 de agosto, salva la vida de sus suegros haciéndolos inscribir en una lista depuradora. De ahí tal vez su malestar. "Si hubiera dicho una palabra, los habrían maltratado. Me he callado: ¡así es cómo me vengo!"3

Habría que conocer muy poco a nuestro hombre para asombrarse de su gesto. Vengativo, violento, cínico, nadie lo es más que él. Pero nunca se le ha sorprendido en flagrante delito de cobardía. No es de aquellos que pisotean al enemigo caído. Convencido de la idea de que existe una ética de raza, juzgaría semejante acción indigna de un gentilhombre. ¡Sobre todo con respecto a esos "rabinocrates" que sólo le inspiran desprecio! Transfiriendo su superioridad de nacimiento a su superioridad coyuntural, la de presidente de su sección, inflige a los Montreuil la venganza más cruel al salvarlos del suplicio. ¿Clemencia admirable o desdén supremo? Hay que recordar aquí lo que escribió a Gaufridy un año antes: "Los Montreuil son mis mayores enemigos. Son además granujas, criminales reconocidos a quienes podría perder con una palabra si quisiera. Pero me inspiran piedad, les devuelvo todo el mal que me han hecho con desprecio e indiferencia." También se puede pensar -¿sobre todo?- que su horror a la guillotina pudo más que su resentimiento.

De este pequeño compendio de iniquidades me quedo con la frase: "Inflige a los Montreuil la venganza más cruel al salvarlos del suplicio" Si Sade hubiese resucitado a Lázaro este buen hombre diría que lo hizo por puro sadismo ¡y lo documentaría!, nos recordaría aquello del "Valle de lágrimas". Podríamos leerle algo parecido a esto: "Habría que conocer muy poco a nuestro hombre para asombrarse de su gesto. Vengativo, violento, cínico (ya lo vimos frente a los fariseos en el templo), nadie lo es más que él. Sade resucitó a Lázaro para fastidiarlo, le infligió el más cruel de los castigos manteniéndolo en este Valle de lágrimas"; y no se ruborizaría. Y si lo hubieran crucificado, diría que se dejó crucificar por un malsano impulso autodestructivo4. Este es el paradigma de los acosadores, lo que lo hace singular es que se trata del acoso a un muerto.

Pero faltaría otro rasgo característico de todo acoso si este acoso no se extendiese a las personas que formaron su entorno y, desde luego, sus padres son los primeros a los que podemos ver denigrados. Concretamente, de su madre, Du Plessix nos cuenta: "La indolente madre de Donatien, quien vivió casi toda la vida a costa de sus familiares y de las ordenes religiosas, estuvo igual de ausente de la esfera doméstica de Donatien". Esto es inaceptable en una biografía, el tono de desprecio y la falsedad. Nunca que se sepa vivió a costa de su familia, muy por el contrario trabajó para ella, era la dama de compañía de la princesa Conté (que sí era de su familia), empleo muy respetado entre la nobleza. Y, sin disponer de datos concretos, podría asegurar que para ingresar en el convento debió de aportar una sustanciosa renta anual como era la costumbre (no veo yo a Maillé de Carman ingresando en el convento sin dote de sirvienta). Pero algo más, continúa: "Acompañaba a su esposo en sus misiones al extranjero, no por devoción conyugal (el conde y la condesa de Sade eran abiertamente hostiles el uno con el otro) sino para sacar a su marido de sus muchos apuros". Se sabe que acompañó a su marido en algunos viajes, pero se desconoce la relación que pudiera mantener con él en aquella época, esto es una simple invención.

Su padre, si bien es cierto que llegó a caer en desgracia (probablemente por intrigas de palacio)5, fue un diplomático de prestigio y un librepensador con vocación literaria que llegaría a escribir, aun sin publicar, varias novelas y obras de teatro (Sade siempre las conservó a su lado, las tenía en gran estima y admiró a su padre como escritor). Un noble de provincias atípico que en la adolescencia abandona la seguridad de sus dominios para desplazarse a París, que no solo frecuenta los salones de moda sino que entabla amistad con los intelectuales de su época (entre ellos Voltaire), que se hace famoso por sus epigramas (lo mismo que Voltaire) y por enamorar a numerosas damas con sus escritos. Y que rápidamente despunta por el éxito obtenido en delicadas misiones diplomáticas. Su tío el abad de Sade, probablemente arrastrado por su hermano, también se desplaza a París y comparte vida, amigos y vocación con su hermano. Llegará a ser conocido por un erudito estudio sobre Petrarca. Ambos fueron la gran influencia de Sade y esto no se lo perdonarían sus biógrafos. Han pasado a la historia, conducidos por estos biógrafos, como simples libertinos dignos representantes de una nobleza decadente; cuando, por el contrario, fueron miembros atípicos de ella y bien podríamos encontrarnos frente a personajes brillantes, en cierto modo, condenados al ostracismo por la mediocridad de esa nobleza.

Renée, su mujer, intuyo que fue una mujer excepcional, con el suficiente carácter como para enfrentarse abierta y continuadamente al autoritarismo de su madre. Renée se mantuvo siempre junto a Sade, llegó a denunciar a su madre por acosarle6 y permaneció junto a él, siendo su principal apoyo, durante su primer largo encierro de doce años en Vincennes (soportando las presiones de su madre "la presidenta") para abandonarlo cuando, después de 12 años (quizá, también presionada por su madre),7 se decreta su libertad. Es difícil poder considerarla como una mujer timorata y manipulable que viviese esclava de los deseos del perverso Sade como nos la han mostrado sus biógrafos, los que debían justificar la lealtad que profesó a su "monstruo".

Con estos antecedentes comienzo la lectura de un capítulo del libro de Lever (quizá el más documentado de sus modernos biógrafos, al menos a él nos remiten el resto de biógrafos. Una mina). Se centra en Ange Goudar, personaje de la época que tuvo la desgracia de cruzarse con Sade en Italia. Esto, simplemente esto, le ha hecho merecedor de los siguientes calificativos por parte de Lever:

Hacia la misma época, Donatien conoce a un personaje singular, uno de esos aventureros que recorren las antesalas de los ministros y los pasillos de las embajadas; es un francés llamado Ange Goudar. Casanova, que entiende de granujas de todas clases, lo califica de "libertino famoso" y "hombre endiablado", al mismo tiempo que "ingenioso, proxeneta, tramposo en el juego, testigo falso, traidor, bribón y feo". Los dos hombres se conocen desde hace mucho tiempo y se han prestado servicios mutuos. Un denso misterio envuelve el pasado de Pierre Ange Goudar, como por otra parte todo lo que le concierne [...] ¿De qué vive? Misterio. En 1746 está en Venecia. Después de varias obras autobiográficas como L'Aventurier francais (1746), jocosas y cínicas como L'Histoire des Grecs (1757), políticas e históricas como La Paix de l'Europe (1757) o Charles Ier., roi d'Angleterre (1757), polémicas como L'Anti-Babylone (1759)

Hacia 1767, la pareja se instala en Nápoles, donde Ange Goudar da lecciones de idiomas y se hace pasar por un literato. De hecho, sólo gana el sustento con los juegos de azar, los encantos de la mujer que explota con talento y su actividad de agente secreto, que le asegura la protección de las altas esferas. Los espías pululan en esta época en las pequeñas cortes italianas, donde la influencia francesa rivaliza ásperamente con la de los Habsburgo. Nuestro hombre consigue introducirse a fuerza de intrigas en la camarilla del rey de Nápoles, con la esperanza de que Fernando IV no permanezca mucho tiempo insensible a las sugestivas miradas de la bella Sarah. Lo logra con más éxito de lo esperado; su mujer no tarda en acostarse en el lecho real y él mismo se ve colmado de favores.

Pero el viento empezó pronto a soplar en dirección contraria. En septiembre de 1774, los Goudar son víctimas de una desgracia brutal. Fernando IV, rey de las Dos-Sicilias, con fama (en absoluto usurpada) de ser un perfecto imbécil -se decía incluso que rayaba en la debilidad mental y estaba completamente dominado por su mujer, Marie-Caroline, hermana de María Antonieta, reina de Francia, lesbiana ilustre, imperiosa y versátil, de orgías desmesuradas y rencores tenaces- los expulsa de la corte de Nápoles. ¿Qué ha sucedido? ¿Ha sucumbido la reina a un repentino ataque de celos, como pretende Casanova?8 ¿Era Sarah objeto de rivalidad entre Fernando y Marie-Caroline? En cualquier caso, el monarca se sirve del primer pretexto para deshacerse del aventurero. En 1769, Goudar había publicado un impertinente libelo titulado Naples. Ce qu'il faut faire pour rendrecero yaume fleurissant, sin que nadie le molestara en absoluto. Sin embargo, cuatro años después la misma obra era considerada infame y quemada públicamente por el verdugo real, mientras su autor recibía la orden de abandonar Nápoles con su esposa en el plazo de veinticuatro horas. Ange y Sarah se refugian primero en Florencia, y van después de ciudad en ciudad, viviendo como pueden y haciéndose expulsar de todas partes a causa de un libertinaje excesivo.

Mi percepción de cómo trata Lever a todos aquellos personajes relacionados con Sade me movió la curiosidad por ese para mí desconocido Ange Goudar. ¿Sería un infausto escritor, libertino, proxeneta, traidor y feo como lo describe Lever? Las memorias de Casanova a las que tuve acceso no me sacaron de dudas, era una versión resumida y nada habla del personaje. Pero sí he encontrado algo en la web (tampoco me ha costado tanto documentarme sobre ese misterioso personaje del que Lever da a entender que vive del aire y de ceder a su mujer).

Al parecer sí ejerció de aventurero y sí, su mujer se contó entre las amantes de Fernando IV Dos-Sicilias, pero recorriendo las páginas que aparecen en la Web sobre él podemos comprobar que fue un brillante economista que alcanzó prestigio en Francia, que publicó numerosos libros, que algunos de ellos aun podemos encontrarlos en las librerías de viejo y que, al menos uno de ellos, El Espía Chino, después de más de 200 años, al día de hoy se sigue reeditando. Así como también podemos encontrar al menos dos biografías suyas: "Ange Goudar contro l'ancien régime" de Dioguardi Gianfranco (1988) y "Ange Goudar, un aventurier des lumières" de Jean-Claude Hauc (2004).

Ange Goudar (1720-1791) fue uno de los primeros economistas en entender la importancia de la agricultura en la economía de las naciones, pensaba que la fortaleza de una nación residía en la fortaleza de su agricultura (pensemos que, en España, tiene que ser la II República la que promueva el 1931 la primera reforma agraria en España, entre otras cosas, para acabar con la improductividad de los latifundios). Su libro, donde expone entre otros este concepto, "Les Intérêts de la France mal entendus, dans les branches de l'agriculture, de la population, des finances, du commerce, de la marine, et de l'industrie", tuvo gran difusión en Francia.

En cuanto a su "impertinente libelo" Napoles. Ce qu'il faut faire pour rendrecero yaume fleurissant, según Dioguardi Gianfranco llegó a convertirse en algo parecido a un programa de economía nacional. La historia sería más o menos ésta: Ange Goudar llegarían a Nápoles dispuesto a ganarse los favores de Fernando IV y escribió un libro de recetas económicas que fue tenido en cuenta durante varios años. Simultáneamente, Sarah Goudar se convertiría en la amante del Borbón, pero descubierta esta relación por la reina se ordenó la búsqueda de los Goudar (que tendrían que salir apresuradamente de Nápoles) y se decretó la quema de todos los ejemplares del libro que se encontraran. Hoy, los pocos ejemplares del tal "libelo" que sobrevivieron a la quema pueden considerarse joyas bibliográficas.

Únicamente, cuando nos hallamos liberado de la denigrante leyenda que pesa sobre Sade, alcanzaremos a valorar su entorno en la justa medida.

Esta relación de destrozos no podía terminar sin plantear una duda: Si se ha manipulado hasta tales extremos la biografía de Sade, ¿se ha salvado su obra de estas manipulaciones?

Lo normal en estos trabajos en los que se insertan textos es que la cita de las fuentes se utilicen como cita de autoridad. En este caso no. Entiéndanse como pliegos de descargo, como intento de eludir responsabilidades. No me responsabilizo de ningún texto insertado y entiendo que sería aconsejable verificar su autenticidad, aunque sí he intentado ceñirme a aquellos que no me han planteado dudas y desconfiado de las "cartas inéditas" que han proliferado últimamente, aportadas por todos esos biógrafos que han querido convalidar sus elucubraciones con un tinte de rigor científico.

En ningún momento he tenido acceso a los documentos que los diferentes biógrafos presentan como pertenecientes a Sade, ni mi capacidad me permitiría certificar su autenticidad o falsedad. No obstante, dudo de la autenticidad de bastantes de estos documentos, documentos que no se corresponden ni con la personalidad de Sade, ni con su capacidad intelectual, ni con su prosa; por lo que considero que, sin otros indicios, existen muchas posibilidades de que se trate de falsificaciones, y, en algunos casos, falsificaciones muy toscas.

El siguiente es un fragmento (la primera estrofa) de una obra que actualmente pasa por ser un texto de Sade: La Verdad:

¿Cuál es esa quimera impotente y estéril,
esa divinidad que predica al imbécil
un odioso tropel de curas embusteros?
¿Ellos quieren que sea uno de sus sectarios?
Ah, nunca, yo lo juro. Sostendré mi palabra:
jamás a ese ídolo ofreceré latría.
Este hijo del delirio y la irrisión
nunca podrá causarme la menor impresión.
Contento y glorioso en mi epicureísmo
pretenderé expirar en el dulce ateísmo
y que al infame Dios que pretenden crear
tan sólo lo conozca para blasfemar.9

La Verdad y Diálogo entre un cura y un moribundo estarían escritos en la misma época. Leyendo ambos escritos puede comprenderse que no pertenecer al mismo autor. En Diálogo... podemos apreciar ingenio y capacidad dialéctica, aparentemente es el testimonio de un ateo más o menos consecuente.10 Ese otro texto que también pasa por ser suyo, La Verdad, carece de valor literario, estaría escrito por alguien incapaz de escribir nada mejor, carece del ingenio y la viveza del pensamiento de Sade. No pasa de ser una burda caricatura de lo que podría expresar alguno de los personajes de sus novelas. Si al final quedase demostrado que es un texto de Sade, habría que admitir que pasó por horas realmente bajas, que hubo momentos en los que le abandonaron todas sus capacidades.

Lo mismo habría que decir de su Gran carta, impropia de su capacidad dialéctica y su inteligencia y, por supuesto, impropia de su prosa; aunque esto ya lo sabía el falsificador, al final de la misma incluye: "Perdóname el desorden; no es afectado ni ingenioso: no debes ver en él más que la naturalidad y la verdad",11 sin duda, para justificar su torpeza.

En la novela, el autor moralista presenta personajes monolíticos. Un personaje con aristas puede hacer pensar al lector y éste puede extraer conclusiones contrarias a la lección que el moralista de turno pretende darnos. Los biógrafos de Sade no son novelistas (tampoco son biógrafos), pero son moralistas; no pueden permitir que el lector extraiga conclusiones que se alejen de la imagen que pretender darnos de Sade; todos sus esfuerzos se han dirigido a mostrarnos un personaje perverso en todas las facetas de su vida, también en su obra. Y como buenos moralistas, son mojigatos. El resultado es un pastiche imposible de pequeñas perversiones magnificadas y deformadas por los espejos de la calle del Gato: un esperpento. La biografía de Donatien (en cuanto a perversiones) no da para más: una primera etapa en su matrimonio llena de amantes, una desavenencia con una prostituta y una orgía con resultado de cólico; lo demás hay que imaginarlo. No es de extrañar que, con estos mimbres, encontremos perlas irrepetibles en los esfuerzos de estos moralistas por presentarnos un personaje perverso. ¡Qué partido no le habrían sacado estos biógrafos a una familia y una infancia como la de Lord Byron! o una vida como la de Voltaire..., entre otros.


↑ 1.- En el capítulo sobre el escándalo de arcueil veremos la habilidad de lever manipulando documentos.

↑ 2.- De una carta enviada a Gaufridy, su amigo y administrador, al que terminaría acusándole de robarle.

↑ 3.- En Du Plessix: "durante la presidencia inscribí a los Montreuil en la lista de ciudadanos cuya vida había que perdonar. bastaba una palabra mía para acabar con ellos, pero guardé silencio. ¿Esa ha sido mi venganza?"

↑ 4.- "El drama es tan necesario para sade como el aire que respira. En cuanto le abandona una desgracia, se precipita al encuentro de otra. ¿cómo explicar si no es por esta singular disposición de ánimo el hecho de que escriba a la presidenta de montreuil, a quien considera su más implacable enemiga, en el preciso momento en que se oculta de todo el mundo?" (en Lever). Las referencias a un posible carácter autodestructivo de sade para justificar su atribulada existencia se suceden en lever y en otros biógrafos.

↑ 5.- "He vivido mucho tiempo en el torbellino de las mentiras y las maledicencias" (en Lever). No hay por qué dudar de la veracidad de este fragmento de una carta del conde de Sade, ésta era una de las características de la corte. un rumor, fundado o no, puesto en el oído del rey acusándole de criticar a la amante regia pudo ser una de las causas del estancamiento definitivo de su carrera diplomática.

↑ 6.-Se conoce un episodio en el que vestida de hombre organiza con éxito la fuga de su marido de una fortaleza en la que se hallaba confinado, también, por deseos de su madre.

↑ 7.- Sade abandona la cárcel sin apenas medios de subsistencia, Renée tampoco dispone de medios que le permitan subsistir a ella y a sus tres hijos. París vive la incertidumbre revolucionaria y su madre es la única que le puede aportar algún tipo de seguridad, al menos económica. La presidenta nunca habría aceptado ayudar a Renée si ésta hubiera decidido reanudar su convivencia con sade.

↑ 8.- Incluye dos notas de las memorias de Casanova:
"Ocioso como estaba, en un país cuya lengua desconocía, me consideré casi feliz de disponer de Goudar, que me presentó a las más célebres cortesanas de londres y sobre todo a la ilustre Ketty Fisher, que entonces empezaba a pasar de moda. también me presentó, en una taberna donde bebíamos botellas de Strong Beer, preferible al vino, a una muchacha del servicio, de dieciséis años de edad y un verdadero prodigio de belleza. era irlandesa y católica y se llamaba Sarah. Quise conquistarla o comprarla, pero Goudar había puesto los ojos en ella y huyó efectivamente con ella un año después. Acabaron casándose y es esta misma Sarah Goudar la que brilló en Nápoles, en Florencia, en venecia y otros lugares y que encontraremos cuatro o cinco años más tarde, todavía con su esposo. el tal goudar tenía el proyecto de sustituirla por la Du Barry, amante de Luis XV, pero una orden de arresto del rey le obligó a buscar fortuna en otra parte. ¡Felices tiempos los de las lettres de cachet, qué pena que ya no existan!"

"Sarah no expresó turbación ni sorpresa, pero yo me quedé petrificado. Iba vestida con la mayor elegancia, se presentaba perfectamente bien y recibía aún mejor, con los aires más desenvueltos y nobles, hablaba un italiano elegante, razonaba bien y su belleza era seductora; permanecí estupefacto, porque la metamorfosis era prodigiosa. En menos de un cuarto de hora vimos llegar a cinco o seis damas del más alto rango y diez o doce duques, príncipes, marqueses, junto con extranjeros de todas las naciones. antes de pasar a la mesa de más de treinta cubiertos, Mme Goudar se sentó al clavicordio y cantó algunas arias con una voz de sirena y un aplomo que no sorprendió a los invitados que la conocían pero que a mí me dejó asombrado, igual que a mis compañeros de viaje, porque estuvo excelente. Goudar había conseguido esta especie de milagro. Era el fruto de la educación que le había hecho impartir durante seis o siete años."

↑ 9.- Primera estrofa de "La Verdad" (supuestamente del Marqués de Sade).

↑ 10.- La dificultad que encuentro para atribuirle este texto aparecido en 1926 son los razonamientos expuestos en él, muy diferentes a los razonamientos que sade expone en el resto de sus obras. otra dificultad para atribuirle este texto aparecido en 1926 sería que, al día de hoy, no pienso que sade llegase a ser un ateo militante. Por su Aline y Valcuor y Los infortunios de la virtud, escritas en esas mismas fechas, podríamos deducir que en aquella época mantiene dudas sobre la existencia de dios. No va más allá. Aunque las última nota del diálogo "El moribundo llamó, las mujeres entraron y el predicante se convirtió en sus brazos en un hombre corrompido por la naturaleza, por no haber sabido explicar lo que era la naturaleza corrompida" puede convertir el texto en una sátira en la que Sade no se posicionaría con lo expresado por ninguno de sus dos personajes, mantengo la dificultad de atribuir a Sade las argumentaciones del moribundo, ni siquiera como recurso para la composición de un personaje.

↑ 11.- En Obras escogidas (Ediciones Corregidor. Buenos Aires)






La persona de Sade

Cuando se profundiza en la biografía de Sade lo que más impresiona es su..., podemos decir su fortaleza mental; la sensatez de un "hombre al que sus desgracias habrían bastado para volverse loco de haber tenido la mínima disposición para ello"*, que ese seny le acompañase hasta sus últimos momentos.

Sade es encerrado en la fortaleza de Vincennes a los 36 años de manera arbitraria, sin juicio y sin condena. Lo conducen a la fortaleza, lo introducen en una celda húmeda, sin apenas luz y cierran la puerta. Desde ese momento pierde todo contacto con el exterior, se le impiden las visitas, no puede ni enviar ni recibir cartas. Únicamente recibe la visita de su carcelero dos veces al día para dejarle la comida. En El presidente burlado, escrita en julio de 1787, cuando lleva diez años encerrado en Vincennes, nos lo describe así:

Abandonaron en esta cruel situación al presidente durante cerca de un mes. Nadie le visitaba, no le servían más que sopa, pan y agua; se acostaba sobre un montón de paja, en una habitación de una humedad espantosa, y no entraban en ella más que como en la Bastilla, es decir, como en un parque de fieras, única y exclusivamente para llevarle la comida. Durante esta funesta reclusión el desventurado leguleyo se entregó a crueles reflexiones, que nadie estorbó lo más mínimo.

Cuando Sade es encerrado sin juicio y sin cargos en la torre de Vincennes perdió la condición de ser humano, lo convirtieron en un animal. Las posibilidades de perder la razón en esas circunstancias son muchas, él mismo tuvo que convivir con presos en sus mismas circunstancias, alienados, sumidos en la demencia. En la Roma Imperial, cuando prohibieron a los amos disponer de la vida de sus esclavos, sustituyeron esta pena por el encierro en la ergástula. Al esclavo que consideraban merecedor de la muerte lo encerraban en un habitáculo sin apenas luz, sin ningún contacto con el exterior, hasta el punto de suministrarle la comida a través de un torno. Su cuerpo y su mente se deterioraban día tras día, el infortunado alcanzaba el descanso de la muerte a los pocos meses. Eso ocurría con una persona ya degradada a la condición de animal, sometida desde la infancia a condiciones parecidas a las del castigo, encerrado en la ergástula, sólo saliendo de ella para trabajar (en muchos caso sujetos a cadenas, las mismas que usaran con el resto de los animales de trabajo), pero conviviendo en grupo. Las condiciones a las que estuvo sometido Sade no son exactamente las mismas, pero sí muy parecidas, se le aisló del mundo, lo enterraron en vida. Sade relata a su mujer en carta las condiciones en las que se encuentra:

Oh, mi querida amiga, ¿cuándo acabará mi terrible suplicio? ¿Cuándo seré liberado de esta tumba en la que me han enterrado vivo?1 [...] Aquí sólo cuento con mis lágrimas y mis gemidos; ¿cuándo podré compartirlos con mi querida amiga? [...] Si no salgo de aquí antes de cuatro días, estoy seguro de que me destrozaré la cabeza contra las paredes. [...] En el transcurso de los sesenta y cinco días que he pasado aquí sólo he respirado aire puro y fresco en cinco ocasiones, durante no más de una hora cada vez, en una especie de cementerio de unos cuatro metros cuadrados rodeado de murallas de más de quince metros de altura. [...] El hombre que me trae la comida me hace compañía unos diez o doce minutos al día. El resto del tiempo lo paso en la más absoluta de las soledades, llorando. [...] Así es mi vida. (en Du Plessix)

A esas condiciones hay que sumar otro agravante: la incertidumbre. Se sufre menos cuando nos diagnostican una enfermedad grave que durante el tiempo de incertidumbre que precede al diagnostico. Pienso que si es duro encontrarte encerrado sabiendo que lo estás por una condena a cadena perpetua, más inquietante y devastador es estar encerrado sin saber si será por unas semanas, meses, años o a perpetuidad. "Durante esa funesta reclusión entregado a crueles reflexiones", desengañándote una y otra vez conforme van cumpliéndose los plazos que de forma ilusa te has ido marcando como posibles de tu liberación, el equilibrio mental y emocional desaparecerá. Nuevamente nos encontramos frente al fantasma de la demencia.

Con el actual sistema penitenciario (hablo de países civilizados), en las cárceles, tras sus muros, se intenta reproducir una especie de sociedad en pequeño, los presos pueden mantener hábitos y vínculos sociales, se potencian los contactos con el exterior para evitar el aislamiento del preso, éstos reciben atención sicológica y siquiátrica. Conociendo que en estos presos los desarreglos síquicos y las paranoias son más frecuentes que los catarros, debe sorprendernos que Sade mantuviera su razón tras los 12 años de su primer largo encierro.

Esos 12 años de cautiverio encerrado sin juicio y sin condena, esos más de 4.000 días enterrado en vida, despertando todas las mañanas desengañado del sueño de recobrar la libertad arruinaron su salud física, pero no su salud mental. Sade mantuvo la razón plena hasta su muerte a los 74 años.

Sade fue una persona muy especial en muchos sentidos. Su seny era admirable. La siguiente es una carta de juventud. Cuenta veinte años, está destacado en el frente y le escribe a su padre:

Me preguntáis por mi vida, mis ocupaciones. Os daré los detalles con sinceridad. Se me reprocha que me guste dormir es verdad que en cierto modo tengo este defecto, me acuesto temprano y me levanto muy tarde. Monto a cavallo muy a menudo para examinar la posición de los enemigos y la nuestra. Tres días después de llegar a un campamento, ya lo conozco hasta en su menor barranco, tan bien como el Mariscal. Luego hago mis reflexiones, buenas o malas; las comunico y me elogian o me censuran en proporción al poco o ningún sentido común que tengan. Algunas veces hago visitas, pero sólo a M. de Poyanne o a mis antiguos camaradas de carabineros o del regimiento del rey. Hago pocas ceremonias, no me gustan. Si no fuera por la existencia del M. de Poyanne no pondría los pies en el cuartel general durante toda la campaña. Ya sé que no hago lo mejor; hay que rendir pleitesía para tener éxito, pero no me agrada hacerlo. Sufro cuando escucho a alguien decir a otro, para halagarlo, mil cosas que a menudo no piensa. Representar un personaje tan necio es más fuerte que yo. Ser educado, honesto, altivo sin soberbia, solícito sin cumplidos, satisfacer a veces pequeños deseos que no nos molestan a nosotros ni a nadie, vivir bien, divertirse sin llegar a la ruina ni lamentarse; pocos amigos, ninguno, quizá, puesto que no existe uno verdaderamente sincero que no os sacrificara veinte mil veces en el caso de que el más ligero interés hacia sí mismo se viera comprometido en ello; equidad en el carácter para vivir bien con todo el mundo sin someterse jamás, sin embargo, a nadie, puesto que apenas lo hayáis hecho ya tendréis ocasión de arrepentiros; decir las mejores cosas, hacer los más grandes elogios de quienes, a menudo sin motivo, han hablado muy mal de vosotros, sin que pudieseis imaginarlo siquiera (pues casi siempre los que tienen el aspecto más atrayente y parecen buscar con más ahínco vuestra amistad son los que más os engañarán). Tales son mis virtudes, son aquéllas a las que aspiro. Si se tratara de vanagloriarme de tener un amigo, creo tener uno en el regimiento, aunque todavía no estoy muy seguro. Se llama M..., hijo de M. de... y al mismo tiempo, según creo, un poco pariente mío, por los Simiane, a cuya familia pertenecemos. Es un joven de mucho mérito, muy amable, que hace versos muy bonitos, escribe muy bien, es muy aplicado y conocedor de su oficio. Soy realmente amigo suyo; tengo razones para creer que él lo es mío. Por otra parte, qué creer. Con los amigos sucede como con las mujeres; la adversidad puede mostrarnos a veces que la mercadería es dudosa. He aquí mi confesión; os abro mi corazón, no como a un padre al que a menudo se teme sin amarlo, sino como al más sincero de los amigos, al más tierno que creo tener en el mundo. Dejad de aparentar que tenéis razones para fingir que me odiáis; devolvedme vuestra ternura para no arrebatármela nunca más, y quedad traslado trataría de tenerlo en mi compañía. Viviríamos juntos, lo cual me daría un gran placer."(en Pauvert)

12 de agosto de 1760. Donatien a su padre.

No hay que estar de acuerdo en todos sus puntos, aunque también esto es posible; pero esta carta la escribió a su padre un joven de 20 años que había salido del colegio a los catorce para ir casi directamente al frente.

Cuando leí por primera vez esta carta me vino inmediatamente a la mente el monologo de Crespo, me parecía una copia. Tomé inmediatamente la obra de Calderón de La Barca y lo releí. Realmente no se parece en nada, pero aun así, cada vez que me enfrento a esta carta vuelve a recordarme este monólogo. Y me pregunto: ¿Qué sería de El alcalde de Zalamea si el monólogo de Crespo fuese un soliloquio de su hijo? Una obra imposible. Esas palabras son las de una persona sentada, con experiencia en la vida, imposibles en boca de un joven. La carta de Donatien a su padre es la de una persona madura, con sentido común, capacidad de observación y una ética formada. Debemos admitir que Sade a los veinte años ya era una persona madura, con sentido común, observador y una ética formada. Y esta carta nos hace un buen servicio para entenderle, nos anticipa rasgos de su personalidad que le acompañarán durante toda su vida.

Y aprovechando esta etapa en el frente, nos servirá otra carta de Sade para descubrir su ingenio, también su humor.

Es una carta a la asamblea de Clevés, territorio ocupado donde está acantonado. Al parecer Donatien ha tirado unos cohetes y ha habido protestas. Se supone que pueda estar escrita en 1758, tras una victoria de las tropas francesas, Donatien tendría 18 años:

Señores:
Con motivo de la agradable noticia que acabábamos de recibir, según la cual monseñor el duque de Broglie había vencido completamente a vuestras tropas de Hannover, yo, como buen patriota siempre vivamente interesado en los éxitos de mi país, encendí, el domingo último, 22 de este mes, fuegos de artificio para festejar esta agradable noticia. Un cohete cayó desgraciadamente sobre la casa del señor Streil. El cohete no causó, señores, ningún daño ni perjuicio; os envío el certificado del dueño de la casa. En caso de que las circunstancias, señores, me hicieran permanecer aquí todavía durante algún tiempo, como preveo que las ocasiones de regocijo podrían volverse más frecuentes, yo elegiría, señores, un terreno más apartado de la ciudad y al abrigo de todo peligro para encender mis fuegos de artificio.

Mientras tanto, señores, quedo, con los sentimientos de consideración que merecéis, de vuestra respetable asamblea el muy humilde servidor.

Y como se refiere también a esta época, aunque escrita desde su encierro en Vincennes, ésta puede servirnos como muestra de su desenfado ante la vida:

En Alemania, donde hice seis campañas, no estando casado aún, me habían asegurado que para aprender un idioma había que acostarse regular y habitualmente con una mujer del país. Persuadido de la máxima, en uno de mis cuarteles de invierno, cerca de Cléves, me había asignado una buena y gorda baronesa que tenía tres o cuatro veces mi edad y que me educaba primorosamente. Al cabo de seis meses, ¡hablaba ya alemán como Cicerón!.

Carta desde Vincennes, fechada en 1779. En Pauvert.

Hay que decir que Sade consiguió dominar varios idiomas a la perfección, a saber: el francés (por supuesto), el alemán, el provenzal y el italiano. Puede ser un dato. A los veinte años nos es posible reconocer a un Sade sensato, ingenioso, alegre y también a un joven que no pierde la ocasión de divertirse: un joven libertino.

La siguiente es una carta que Donatien envía a su tío abad tras una estancia en París, en alguno de los permisos que le alejasen del frente.2

La cantidad de faltas que he cometido durante mi estadía en París, mi querido abad, la manera en que he actuado con el más tierno de los padres, lo hacen arrepentirse de haberme hecho venir. ¡Pero que los remordimientos por haberlo disgustado y el temor de perder su amistad para siempre me castiguen! En este momento, de todos esos placeres que yo creía reales, sólo me queda el más amargo dolor de haber irritado al más tierno de los padres y el mejor de todos los amigos. Todas las mañanas me levantaba en busca del placer; esa idea me hacía olvidar todo lo demás. Me consideraba feliz desde el momento en que creía haberlo encontrado, pero esa pretendida felicidad se desvanecía al mismo tiempo que mis deseos, para no dejarme más que remordimientos. Por la noche me hallaba desesperado; me daba cuenta de que estaba equivocado, pero sólo lo percibía por la noche, y a la mañana siguiente mis deseos renacían, y me hacían volar nuevamente hacia el placer. Ya no recordaba mis reflexiones de la víspera. Me proponían una salida, la aceptaba, creía que me había divertido mucho y veía que no había hecho más que tonterías y que no me había divertido nada; únicamente a mí mismo. Ahora, cuanto más reflexiono acerca de mi conducta, más singular me parece. Veo que mi padre tenía muchísima razón cuando me decía que yo hacía la mayor parte de las cosas por las apariencias. ¡Ah, si hubiera hecho sólo lo que me causaba realmente placer, me hubiera ahorrado muchas penas y habría ofendido mucho menos a mi padre! ¿Acaso podía yo imaginar que las jóvenes que veía podían realmente procurarme placer? ¡Ay!, ¿acaso goza uno jamás con la felicidad que se compra?, ¿acaso el amor sin delicadeza puede ser jamás tierno? Mi amor propio sufre ahora al pensar que si era amado porque pagaba, quizás, un poco mejor que algún otro.

En este instante, acabo de recibir una carta de mi padre. Me ordena que le haga una confesión general. La haré, pero os aseguro que será sincera; no quiero fingir con un padre tan tierno, que todavía está dispuesto a perdonarme si le confieso mis faltas.

Adiós, mi querido abad, dadme noticias vuestras, os lo ruego, aunque sólo podré recibirlas tarde, pues al no poder detenerme en ninguna parte sólo podré recibirlas en el ejército. Así, mi querido abad, no os sorprendáis si no recibís noticias mías hasta que haya llegado.

En este punto convendría detenernos en otra característica de Sade: su forma de enfrentarse a los reproches. Se ha dado en llamar jesuita y ciertamente es propio de aquellos que han recibido una formación jesuita, aunque no necesariamente. En el caso de Sade es indudable que, al menos en parte, se debe a su formación jesuita. Encontraremos actos de contrición parecidos a éste salpicando su biografía.

Hay dos principales formas de enfrentarse a los reproches. Una es negarlos, minimizarlos o excusarlos. Y otra, aceptarlos, incluso magnificarlos en lugar de intentar disculparlos, independientemente de que se tenga o no la convicción de que se ha cometido algo censurable. En la disciplina jesuita es una falta de soberbia no reconocer las faltas intentado excusarlas y de hipocresía negarlas. En teoría, la disciplina jesuita obliga a asumir las faltas que se han cometido, no las que no se han cometido; y a considerar como falta lo que consideres como falta, pero no lo que no consideres como falta. En la practica, como intentar eludir la responsabilidad de una falta o buscar atenuantes, con toda seguridad te convertirá en un soberbio o un hipócrita a juicio de tu censor, conduce a asumir las faltas de forma acrítica. El resultado es muy efectivo: no enfrentarse a quienes te reprochan una falta, magnificándola, considerándose acreedor de los mayores castigos, todo acompañado de un acto de contrición (que no tiene por qué ser sincero, ya que en muchos casos ni siquiera te considerarás culpable) transforma, en muchos casos, el reproche en comprensión.

Esta forma de enfrentarse a los reproches puede revelar un carácter hipócrita y calculador, pero también un carácter templado. Los peores momentos de la relación entre Sade y su padre fueron durante las negociaciones de su matrimonio (Sade se quería casar por amor y las obstaculizó cuanto pudo) e inmediatamente después de su boda cuando exigió a su padre unos haberes que al parecer le correspondían. Su padre reniega de él y lo trata de hijo desnaturalizado. Su suegra Mme. Montreuil escribiría al abad:

Os confieso que esta vez no puedo encontrar defecto en mi yerno, ni de fondo ni de forma. ¿Qué es mejor, cuando se ha sufrido un agravio, que guardar un silencio respetuoso? Es la conducta que observa desde hace semanas y, sin embargo, se quejan de él a las familias a las que acaba de unirse y a sus amigos, quizá incluso públicamente, como de un hijo ingrato y desnaturalizado...

Sade nunca se enfrentó a los reproches que pudieron hacerle personas que estimaba y respetaba (hay excepciones, se tiene constancia de una airada respuesta a una tía paterna en la se vierten reproches a su tío el abad). Su paso por los jesuitas o el conjunto de su educación formaron en él un carácter templado. Esa actitud, ese "silencio respetuoso" que observó en él su suegra constituía parte de su carácter.

Sus biógrafos le achacan un carácter temperamental y violento. Su propio testimonio en Aline y Valcour les ha servido para estos fines: "Las campañas empezaron y me atrevo a asegurar que las hice bien. Esta impetuosidad natural de mi carácter, esta alma fogosa que había recibido de la naturaleza, sólo prestaba un mayor grado de fuerza y actividad a esta virtud feroz que se llama valor y se considera, sin duda injustamente, como la única necesaria en nuestro empleo [el de soldado]". Pero un carácter impetuoso dista mucho de ser un carácter temperamental o violento; por el contrario, este mismo párrafo demuestra templanza, no temperamento.

Realmente, ¿poseía ese carácter temperamental que se le achaca? Sabemos que como preso era terrible. Todos los gobernadores de las diferentes fortalezas en las que lo encerraron coincidieron al considerarlo un preso insoportable: iracundo, rebelde y caprichoso, un preso no de fiar. En cambio, en su vida en libertad no existe constancia de que protagonizase ningún incidente violento (a excepción del funesto de Arcueil que deberemos analizar con detenimiento). Se le conoce un carácter impetuoso y valiente, imposible de doblegar; formado en el frente de batalla, acostumbrado a combates cuerpo a cuerpo con riesgo de la vida y experto en esgrima. Todo esto podría presuponer un carácter violento y altanero siempre listo para la disputa, siempre dispuesto a resolver sus diferencias retando a duelo (algo tan frecuente en su tiempo). Nada de eso aparece en su biografía. No se sabe que estuviese implicado en ningún duelo y la mayor amenaza que se le conoce es de su tiempo en prisión quejándose de la arrogancia de sus carceleros: "No se permitiría esta actitud si dispusiera de mi bastón".

Sade, estoy seguro que se vería obligado a imponerse en más de una ocasión y que, también, en más de una ocasión enseñaría su sable; pero pienso que más se impondría por inteligencia que por temperamento; así puede explicarse que un carácter no dado a doblegarse y sobrado de dotes y arrojo, no protagonizase frecuentes enfrentamientos violentos (doy por hecho que si no ha quedado constancia de ellos, al menos, no debieron abundar. En otras muchas biografías estos duelos y enfrentamientos aparecen con facilidad, son episodios que dejan numerosos rastros).

Por el contrario, existen numerosos testimonios de su buen carácter, ya desde la infancia:

La condesa de Raimond fue amante de su padre y pasó a ser amiga de la familia. Sade, siendo niño, pasó unas vacaciones en su castillo de Longeville, en La Champagne. La condesa escribe al conde de Sade:

Qué pena, nuestro niño se ha marchado, dejándonos muy tristes. Este niño encantador tiene mucho corazón. He sabido que lloró al dejarme, aunque lo disimuló delante de mí. Mlle Adélaide me contó que le había dicho: "Me he salvado de mamá." Si me hubiera dicho una palabra más, me habría deshecho en lágrimas. Pero decidle que le amo mucho y me emociona su bondad. Adélaide también estaba emocionada. Le dijo asimismo: "Temo que no quiera recibirme más en Longeville y quizá muy poco en París." Tendrá otras ocupaciones. Ni siquiera sé si amará tanto a su "maitresse".

Con la condesa Raimond había otras mujeres que se complacían jugando con él:

Está realmente enamorado. A veces me reía hasta derramar lágri-mas. Nada era tan agradable como verle expresar su ternura y era evidente que sentía cosas que no podía explicar, que le asombraban y le ponían fuera de sí. Su confusión era deliciosa; enloquecía, se quedaba inmóvil, tenía arranques de celos, todo lo que pinta el amor más tierno y más vivo. Y en verdad, su "amante" (Mme de Vernouillet) estaba conmovida y emocionada. Dice: "Es un niño muy singular." Encuentra que se parece a vos. ¿Sabéis que se ha vuelto muy guapo? Le unté de aceite de almendras dulces porque me gusta embellecerle y esto no hace ningún daño.

Y Mme de Saint-Germain, a quien Sade querría como una autentica madre, en otra ocasión igualmente escribiría a su padre:

Sí, Monsieur, encuentro placer en amar a vuestro hijo. El tiempo que lo desgasta todo no hace más que incrementar mi pasión por él. Conoced toda mi flaqueza, porque en mi situación no tengo nada que ocultar. Hace quince días que vuestro hermano quiere quitármelo; estoy como loca; me ha dicho que vos insistís en que se lo devuelva. ¡Cómo! ¿Tendríais la crueldad de arrebatarme a mi niño, de quitarme el único placer que os pido como un favor? Dejádmelo un poco más. Si tuviera el honor de conocer a Madame de Sade, le escribiría para pedírselo. Hacedlo por mí. La corte y la ciudad os procuran tantas diversiones y distracciones que bien podéis sacrificarme el placer burgués de tener al hijo a vuestro lado. Os lo llevaré yo misma este verano; podéis contar con que no perderá nada en el terreno de la educación; aquí, como en París, tendrá a M. Amblet, y yo, en el ocio de mi soledad, puedo dedicarle cuidados que vuestras ocupaciones de París y Versalles no os permitirían darle y, sin vanidad, puedo decir que no he empleado mal el tiempo que le he tenido a mi lado. Vuestro hermano podrá daros cuenta de ello cuando os vea. La estancia del sobrino no perturbará el viaje del tío. No tengo fuerzas para agradeceros vuestra atención; tengo la cabeza tan llena de mi niño, que no sabría pensar en otra cosa.

Adiós, Monsieur, siento una inquietud mortal; espero vuestra respuesta como la garantía de mi destino; me la haréis cuando queráis, pero os declaro que no dejaré partir al niño sin haberla recibido, porque no puedo creer que seáis tan inhumano como para negármelo. (en Lever)

Ya en el frente se dispone de los testimonios de sus superiores y compañeros. Sirven de muestra estas dos cartas del marqués de Poyanne, su comandante y amigo de la familia, al conde de Sade:

Vuestro hijo ha cometido algunas tonterías en Strasbourg, la mayor de las cuales ha sido gastar demasiado aprisa su dinero. Le he amonestado un poco, sobre todo por no haber acudido al intendente ni a los oficiales superiores de la unidad. Ha recibido mis reproches con tanta dulzura que me ha desarmado. M. de Saint-André, que manda la brigada con la que ha venido de Strasbourg a Metz, está encantado con él. He dado a M. de Liverne las veinticuatro libras que me habéis enviado para él. Pagará su posada y la comida de su criado y le dará un luis por mes, a menos que ordenéis otra cosa. Le recibí como corneta y le he hecho mandar su compañía delante de mí, lo cual ha hecho muy bien. Irá con su unidad a reunirse con el ejército, a fin de que el gasto sea menor, y, en cuanto yo llegue, vivirá en mi casa."

Sólo puedo deciros cosas buenas de vuestro hijo. Es aún mejor que el año pasado; la dulzura extrema de su carácter hará que sea querido por todo el mundo. Como no tiene nada que hacer, voy a encargarle un extracto sobre M. de Feuquières, que es el mejor libro que conozco sobre la guerra. No deberíais partir sin la promesa definitiva del Mariscal de darle una compañía de cavallería. Sus posibilidades de obtener un favor son más bien escasas ahora; se halla bajo la nueva ordenanza, ya que está en su segundo año de corneta. He hecho enviar las cuatrocientas libras a su criado por conducto del mayor Dorléans. Con lo que vos le dais, tiene más que suficiente. (archivo familiar. En Lever)

Y esta otra de un compañero, M. de Castéra, nos describe como debía ser el joven Donatien:

El hijo querido se porta de maravilla, es amable, dócil, divertido, más de lo que yo hubiera deseado durante la estancia que mis ocupaciones y su amabilidad nos han hecho permanecer aquí. El camino le devuelve la gordura y los colores que los placeres de París habían alterado un poco. Nos convenía. Teissier (su criado) es un tesoro, yo lo exhorto a tener muy en cuenta sus consejos. Nuestros dos cavallos de relevo nos fastidian: el suyo come mal y cojea (alguna herradura); él pretende que lo hace por picardía, pues en cuanto puede escapar salta como un cabrito. El mío está herido cerca de la cruz, pero espero que saldremos de ésta. El siembra y recoge penas en cada parada. Su corazoncito, o mejor dicho cuerpo, es furiosamente combustible; ¡pobres alemanas! Haré todo lo posible de mi parte para impedirle que haga tonterías. Me ha dado su palabra de que no jugará más de un luis por día en el ejército. Pero éste es un secreto que yo no os revelo...

Esta última carta incluye una nota del conde, su padre:

¡Ved si este tunante tiene un luis por día para perder! Y a mí me había prometido no jugar ni un escudo; pero lo que él dice y nada es lo mismo. Mas no hay que apenarse, este M. de Castéra sólo tiene veinte años y nunca ha hecho una tontería. Está tan sorprendido de que uno sea libertino que no (ilegible). (en Pauvert)

En su expediente militar figura una frase: "Desquiciado, pero sumamente valeroso". Quizá esta frase resuma su primer paso por el ejercito. Sus biógrafos ponen el acento en lo de "desquiciado", queda como una insinuación, una de muchas. Pero yo entiendo que habla más de su hiperactividad, que tiene más que ver con actitudes como la que el mismo narra en su carta: "Tres días después de llegar a un campamento, ya lo conozco hasta en su menor barranco, tan bien como el Mariscal". En todo caso, ningún testimonio que hable de un posible mal carácter. Ninguna constancia de acto violento o tempestuoso.

También conquistó a su suegra desde el día de su boda. Y esto es de mérito; Mme. Montreauil era una mujer de carácter, tremendamente dominante. Dos caracteres dominantes habrían chocado desde un principio:

¡Ah, extraño niño! Así llamo a mi pequeño yerno. A veces me tomo también la libertad de regañarlo. Nos enfadamos, nos reconciliamos enseguida. Nunca es muy grave, ni largo. Por lo general, estamos contentos.

Carta de Mme. Montreuil al abad. (en Pauvert)

El entorno familiar de Sade coincide en su buen carácter (más adelante nos entretendremos en la relación padre-hijo) Sade supo mantener la amistad y el aprecio de los que convivieron estrechamente con él, amistad y aprecio con la que Sade correspondió.

Las mujeres presentes en su infancia le estimaron siempre y él a ellas. Cabe destacar su relación con Mme de Saint-Germain. Permanecerán unidos durante toda la vida por un vínculo muy parecido al materno-filial. Tendremos ocasión de verla indignada por las habladurías calumniosas del escándalo de Arcueil, en los mismos términos que su propia madre. Y ya encerrado en Vincennes, Sade escribiría a su mujer: "Os ruego que me disculpéis ante Mme de Saint-Germain si no le escribo... Permitidme que excluya de vuestras bromas, tan ridículas como insípidas, a la mujer que amo más en el mundo después de vos y a quien debo ciertamente todo lo que un hijo puede deber a su madre. [...] Podéis decirle, con mucha verdad, que desde que estoy aquí no he pasado un día sin pensar en ella." Y en otra carta: "Los sueños son cosas muy ridículas. Pero he soñado que el duque de La Valliére, a quien no he visto ni conocido nunca, estaba muerto: tres días después, vos me enviáis el almanaque que me lo comunica. Soñé lo mismo sobre Mme de Saint-Germain, pero si esto sucediera, no me lo digáis, porque la amo, la he amado siempre prodigiosamente y nunca me consolaría de ello."

Su tutor el padre Amblet debió ser una persona muy especial, hablaremos de él al referirnos a la formación de Donatien como escritor. Fue su tutor desde la infancia y, una vez alcanzada la madurez, quedó a su servicio y al de Renee. Sade, desde Vincennes, le escribirá con una familiaridad y espontaneidad propia entre amigos.

Sus criados siempre le fueron fieles, no se conoce que le decepcionasen en alguna ocasión. Su relación con ellos hoy habría sorprendido, en su tiempo debió indignar. Se iba de correrías con ellos, debió tratarlos de igual a igual; en Marsella cambiaron los papeles ante las prostitutas, Latour era el señor y Sade el criado; Latour lo acompañó en su huida por Italia, quizá por España, y en Saboya ingresó en Miolans como preso voluntario junto a él y a su servicio. Cuando Sade ingresó en Vincennes, Carteron, otro de sus criados, permaneció junto a Renee constituyéndose, junto a Milli de Rousset, otra empleada de Sade convertida en gran amiga de ambos, en su principal apoyo, no abandonándola en momentos que debieron ser muy duros; también desempeñó la labor de amanuense de Sade al menos en esa época.

Existen cartas de Sade a Carteron, también escritas desde Vincennes, también en tono familiar y desenfadado, en parecido tono al de las dirigidas a su tutor Amblet, a su amiga Milli de Rousset, incluso a Renée. Confirman la peculiar relación de Sade empleador con sus empleados.

Es cierto que apenas se le conocen amigos, esto no significa que no los tuviera. Sí se conservan cartas en las se comunica con alguno de ellos, pero son pocas y pocos. De sus compañeros de juegos de la infancia, Gofriel, un muchacho de la coste, más tarde se convertiría en su administrador y aunque no le fue leal y, por lo que conocemos, le defraudó en los momentos más difíciles, lo mantuvo en su puesto. La siguiente es una queja de Sade al que fuera su amigo. Tras los incidentes de Marsella, a propuestas de Mme. Montreuil, Sade ha estado encarcelado en varias ocasiones, logrando evadirse otras tantas. También ha logrado eludir los intentos de arresto instigados por su suegra que ha conseguido una carta cache para su definitivo encarcelamiento. Sade tiene conocimiento de las cartas que Gofriel envía a su suegra informándola puntualmente de sus movimientos y le escribe diciéndole en tono sarcástico que si alguna vez su suegra se las mostrase en ellas sólo encontraría "la afectuosa preocupación dictada por la amistad y constantes pruebas de su lealtad". Descubierto, Gaufridy se excusa, Sade le responde:

Siempre he apreciado vuestra delicadeza manteniéndome informado acerca de vuestra correspondencia con Mme. Montreuil [evidentemente no le informó]... Decís que siempre habéis cooperado con ella en todo lo que sea de provecho y utilidad para mí... Mme. Montreuil considera que resulta útil y ventajoso para mí que permanezca en la cárcel. Más yo considero todo lo contrario como útil y ventajoso. ¿Estáis vos de acuerdo con mi opinión o con la suya? (en Hayman)

Lo complicado de la situación y la deslealtad de su amigo no es suficiente para que renuncie a su estilo irónico. Si fue sarcástico en los mejores momentos, recordemos la carta a la asamblea de Cleves, no lo fue menos en los peores, cuando su amigo le defraudó.

También ha quedado constancia de otra compañera de juegos, se conoce su cariño hacia ella y sus sentimientos cuando ésta murió.

Probablemente tuvo pocos amigos entre la nobleza. Debió tenerlos en su época de París en los primeros años de su matrimonio, pero no se tiene constancia de que conservara ninguno. Por el contrario, se puede suponer que durante su época en La Coste hizo buenos amigos. En ese tiempo frecuentó a editores y principalmente comediantes. Recordemos que en su castillo, y desplazándose por la región, organizaba verdaderas temporadas teatrales. Pasados veinte años, cuando Sade sale de un encierro de catorce, se encuentra una Francia nueva, convulsa, su mujer le ha abandonado hace escasos meses y prácticamente no tiene medios de subsistencia. Por mucho que sobrevaloremos la fortaleza y recursos de Sade, no se explica su rápida integración en esa sociedad totalmente cambiada y de la que ha estado apartado durante catorce años, Sade debió apoyarse en buenos amigos. Sade se introduce en el mundo del teatro y logra estrenar en la Comedia Francesa, no es aventurado suponer que los comediantes que contratara quince o veinte años atrás le ayudasen y le introdujeran en el mundo de la comedia.

Hay dos tipos de personas: los que piensan que a las personas se las puede dividir en dos grupos y los que no piensan tal cosa. Entremos en el juego maniqueo. Hay dos tipos de personas: los que se muestras serviles con los poderosos y arrogantes con los débiles y los que se muestran arrogantes con los poderosos y humildes con los débiles. Sade se mostró arrogante, tempestuoso, colérico, irreducible frente a sus carceleros (para un preso sus carceleros son los dueños de su vida) y cercano, familiar, humilde con los suyos y con los que se encontraban por debajo de él. También se conoce como se humilló implorando un medio de subsistencia y como azotó a una prostituta... En fin, es difícil ser maniqueo.



↑ *.- Apollinare

↑ 1.- Mirabeau que también llegaría a ser inquilino de Vincennes describiría así sus celdas: "esas lúgubres habitaciones estarían sumidas en la noche eterna si no fuera por algunos trozos de cristales opacos que, ocasionalmente, permiten el paso de unos débiles rayos de luz." En Du Plessix.

↑ 2.- Con todas las reservas (no se trata de un original sino de una copia. Se encuentra en la correspondencia del padre con una nota suya al pie. Puede ser copia de la recibida por el abad. La aporta a su biografía Gilbert Lely), pero responde a lo que puede esperarse de un joven de 20 años y a la personalidad de Sade en aquella época. Como se corresponde con su prosa, con la que siempre sería su forma de hacerse perdonar sus faltas, con la relación que mantuvo con su padre y su tío, no me ofrece dudas: si no fue, pudo ser.






Sus influencias y su formación

Donatien nace en 1740 (el 2 de junio) en el palacio del príncipe Conté (Los Conté son borbones pertenecientes a la familia real). Su madre, Maillé de Carman, emparentada con el rey Luis XV, es dama de honor de la princesa de Conté; su padre, el conde de Sade, ha sido capitán de dragones del regimiento de Condé1 hasta iniciar su carrera como diplomático.

De la infancia de Sade se conoce lo suficiente. Se sabe que pasó su primera infancia en el palacio de los Conté, que muy probablemente gozó en esa primera infancia de los cuidados de su madre (aunque ésta se ausentase en ocasiones para acompañar a su marido en sus misiones diplomáticas), que una vez su madre se recluyera en un convento, cuando Donatien contaba siete años, fue trasladado al castillo de su abuela paterna y que allí permaneció "mimado" por las mujeres de la familia hasta que su tío el abad de Sade pasa a encargarse de su educación por encargo de su padre. Su padre le asigna un preceptor, el padre Amblet, que a los diez años le acompañará a París donde recibe estudios en un colegio jesuita hasta que ingresa en la academia militar. En definitiva, se sabe que disfrutó de una infancia feliz.

Esto sería suficiente para la biografía de un escritor, pero sus biógrafos no nos han querido mostrar a un escritor, han querido mostrarnos a un monstruo. En el siglo XIX sus biógrafos se limitaban ha describirlo como "un monstruo de la naturaleza". No se preocuparan de su infancia, se limitarán a fabular los monstruosos y abominables actos que cometiese su "autor de novelas infames". Es a principios del siglo XX cuando adquiere interés su infancia, en ese tiempo surgen sus biografías de carácter psicológico. Entonces, y aún hoy, de lo que se trata es de explicar cómo la naturaleza ha podido producir tal monstruo. No dudaron en inventarle una infancia, se trataba de justificar su naturaleza monstruosa mediante un trauma infantil, algo que estaba y aun hoy está de moda. Ejemplo de una de esas biografías sería la de Guy de Massillon. En su introducción podemos leer:

Si Sade merece o no la triste fama que rodea su nombre, lo dejamos a criterio del lector, que en las páginas que siguen habrá de encontrar una fiel y cronológica exposición de hechos que, sin duda, en su misma manifestación, darán la clave de la verdadera interpretación de las emociones y las experiencias perversas de este famosísimo personaje."

"Es indudable que el marqués de Sade, como lo reconocen y admiten sus biógrafos y aun los historiadores de la literatura francesa, y como surge de sus actos y hazañas de toda su vida, que se inician en la misma infancia, y de lo que se puede comprobar a través de sus obras literarias que son muchas y algunas famosas [...] surge de todo ello que el marqués padecía de psiconeurosis. Es evidente que en el marqués se manifiestan rastros reprimidos de experiencias sexuales infantiles, deseos inconscientes que se esfuerzan por repetir sus experiencias, provocando por esos motivos conflictos mentales.

Tras esta introducción es evidente que se necesitan datos biográficos que avalen una infancia cuanto menos peculiar. Y es así como nos narra su infancia. Comienza en el día que lo llevan a bautizar, a las pocas semanas de su nacimiento:

En el primer carruaje van cuatro personas, tres mayores, los condes, una moza de simple aspecto aunque muy bonita, y una criatura de un poco más de un mes de edad. El rostro encendido de la moza y los ojos brillantes de lágrimas que pugnan por escapar dicen a las claras de su preocupación. Es que, desde hace unos momentos, cuando la condesa deposita al niño en manos de la nodriza, la criatura no ha dejado de llorar [...] El niño no quiere soltarse de los brazos de la madre y apenas lo separan, estalla en un agudo e incontenible llanto.

¡Pardiez! exclama el conde fuera de sí, el rostro encendido de cólera . ¿Quieres hacerlo callar?

La nodriza mira con expresión sumisa, culpable, a la condesa. Ésta asiente. Con prontos y nerviosos ademanes, la moza se abre la blusa y deja al descubierto un sonrojado e hinchado seno. El botón rosado acaricia repetidamente las mejillas y los labios del alborotado lactante, como una prometedora gratificación a su silencio, hasta que el niño se deja convencer y sobornar por la grata compensación. Placenteramente hunde su carita en la carne tibia y suave, se apodera del tibio y rosado pezón y succiona de él emitiendo pequeños suspiros de placer.

Massillon convierte un probable, pero inventado, episodio de lactancia en una narración casi pornográfica. Ahora el pequeño tiene dos años y parece que Massillon intenta relacionar esa lactancia con su primer acto sádico:

-No, mon petit -dice-. Esto no puede continuar... Eres muy glotón [El pequeño Donatien está mamando del pecho de su nodriza]. Tienes tu papilla mañana, tarde y noche, a pesar de ello yo te sigo dando el pecho... Se lo diré a la señora condesa...

Los ojos azules del pequeño, más grandes que nunca, se han ensombrecido. Aparece una arruga en el pequeño entrecejo, no obstante lo cual no deja de escrutar el rostro del ama.

-Vaya si se lo diré... -continúa ella-. A este paso serás un arrogante militar, como dice el señor conde, y aún querrás estar prendido de mis senos...

Se interrumpe con una súbita y dolorosa exclamación, que acompaña con un brusco ademán apartando de su seno la angelical carita de Donatien.

Un pequeño hilo de sangre asoma en la rosada aureola. Es evidente que el niño ha hincado sus pequeños y afilados dientes en el pezón.

?¡Eres un pequeño monstruo! -exclama la nodriza, con voz renca y apagada-. ¡Nunca más te daré el pecho! ¿Lo oyes?

Donatien no espera que lo arrojen. Da un salto y apenas sus pies tocan el suelo echa a correr. Pero no hay llanto en sus ojos ni a través de sus labios escapan gritos de cólera o frustración. Extrañamente, en la quietud de la mañana estalla el eco de una risa infantil, burlona, de íntima satisfacción, de gozo inefable, que contrasta con los gemidos de dolor que la sorprendida nodriza deja Oír al fin, en tanto en sus ojos asoman dos grandes lágrimas. Este ha sido el primer impulso de Talión.

Completa el periodo de lactancia con otra invención. En esta escena con si nodriza, Donatien cuenta cuatro años de edad:

-¡No, no, Alfonso! -ruega el aya-. ¡No lo haga [llorar o gritar], mi pequeño señor, por favor, o la señora condesa será severa conmigo y me despedirá! ... Yo seré buenita con él, si no suelta su llanto...

Donatien posa sus pequeños ojos azules en la joven. Es profundo, intenso, extraño en un niño, su mirar. Hay una curiosa expresión en él. Se diría incluso que sus azules pupilas reflejan una inusitada malicia.

-¿Qué me darás? -pregunta en un hilo de voz.

El aya sonríe, satisfecha. Ha vencido. Ya no corre el peligro de ser despedida y acaso castigada por su incompetencia. Se inclina sobre el pequeño y por respuesta su mano experta, sinuosa, se introduce entre las coberturas. Los dedos tibios, suaves, acariciantes, recorren las zonas erógenas del pequeño cuerpo, provocando en él hondos estremecimientos. [...] Donatien cierra los ojos con voluptuosidad. Apenas respira. Sus pequeños labios, súbitamente teñidos de rojo, se mueven compulsivamente, como en el acto de succionar. [Aquí, a pie de página, inserta una cita de Freud.] "El acto de succionar de los lactantes puede prolongarse durante los años de la niñez, la adolescencia y a veces conservarse a través de toda la vida... Con frecuencia se combina con la succión productora de placer el frotamiento de determinadas partes del cuerpo, de gran sensibilidad. .. De este modo muchos niños pasan de la succión a la masturbación... Conocido son los casos en que amas y niñeras sin conciencia acallan y duermen a los niños por frotamiento de los genitales". Freud: Una teoría sexual

También nos describe esta otra escena. No podía faltar un complejo de Edipo. Donatien cuenta cuatro años de edad:

Por la noche, ya en su cámara, lejos de alejar al ardoroso Jean Baptiste, como otras veces, con pretexto de su eterno dolor de cabeza y su fatiga crónica, se muestra amable con él y aun -¡oh, admirable despertar del instinto!- se permite la adopción de algunas poses sugestivas y muy a propósito para levantar el un tanto decaído ánimo del Conde.

Es en este instante, en este preciso instante, en que se abre, sin ruido, la puerta de comunicación de la alcoba de los condes con la habitación del pequeño Donatien. El niño que no ha conciliado el sueño, aunque fingió dormirse, ha oído los gemidos de su madre y suponiéndola enferma se asoma, impulsado por su invencible devoción a ella.

Pero asomarse, ver y oír, es asomarse a un espantoso descubrimiento. Es ver un cuadro que no sólo nunca jamás se borrará de su memoria, sino que acicateará sus sentidos eternamente, y es oír gemidos que sus oídos querrán oír siempre y que para lograrlo le harán caer en las más feas manifestaciones del instinto sexual. [...] Los ojos azules, llenos de lágrimas, del pequeño Donatien, no expresan confusión. Hay en ellos, también, cólera y aun odio. Sí, odio contra su padre, porque él se adueña de vil modo de un ser que consideraba exclusivamente suyo. Y siente odio contra ella por permitirlo y aún someterse gustosamente a tales extravagancias.

Las siguientes citas son referidas al periodo que pasó interno en el colegio:

El pequeño Luis es la inocencia en persona. Por eso el acerca-miento físico no lo turba ni preocupa. Ni siquiera parece conmoverlo la gravísima trasgresión que está cometiendo al recibir en su lecho a otro muchacho. El drama del cargo de conciencia empieza con la noción del pecado. Luis no sabe lo que es pecado. Más aún no conoce la naturaleza del pecado. De ahí su simpleza en la conducta. Mas no ocurre lo mismo con Donatien. En los últimos tiempos su actitud se ha hecho cautelosa, reservada. [...]Donatien siente el calorcillo y la suavidad de aquel pequeño cuerpo y vuelve a experimentar la misma y extraña sensación de otras veces. [...] Donatien cree estar soñando. Ha abierto los ojos al percibir un ruido apagado, cercano. Ahora advierte que una sombra se inclina sobre él, como un ser de otro mundo que quisiera cubrirlo o engullirlo. Una mano ruda, de fuerza hercúlea, se apodera de las coberturas y vuelan por los aires, dejando al descubierto los cuerpos inocentemente unidos.

-¡Ah, bribonzuelo¡ Esto lo venía sospechando desde mucho.

El segundo movimiento del poderoso brazo de Cloucard [El celador] alza en vilo a Donatien. Este no hace resistencia alguna. El temor lo paraliza. [...] Ambos se miran a los ojos. Hay un tácito entendimiento entre los dos personajes. Donatien no sabe como ni porqué, pero comprende, a edad cruelmente temprana, que debe pagar el silencio cómplice.

-¿Vendrás conmigo y harás lo que te digo?

Los temores vagos, los pensamientos confusos que le parecían antes reflejos rotos de la realidad, se convierten de pronto en una cosa monstruosa e informe, la cual sin embargo, reclama su razón de ser, de existir. Donatien, bruscamente se siente arrojado a ella y experimenta sobre su epidermis la terrible viscosidad de lo monstruoso. [...] El cubículo encubierto al cual es llevado, se convierte, por obra y arte de la concupiscencia, en un lóbrego pequeño escenario. Las figuras retorcidas, gimientes, se revuelcan en los espasmos del gozo y del dolor. La antinatural copulación entre el asco y el erotismo, entre el sufrimiento y el deleite, produce una deformada amalgama: perversidad, goce y crueldad. Es de este modo cómo Sade aprende a ser cruel: sometiéndose al dolor. A pesar de su sufrimiento, Donatien no gime ni llora. Se muerde los labios, hace crujir los dientes y cierra los ojos voluptuosamente. ¡Porque en medio de los sacudimientos del dolor experimenta también los estremecimientos de un placer anormal!

[Mas adelante, Donatien no duda en reproducir lo vivido y someter al pequeño Luis como el mismo fuese sometido por el fornido celador] Los dos adolescentes, jadeantes, luchan y se defienden mutuamente. El rebuscado juego resulta incitante. Una vez más la unión de los cuerpos se hace estrecha, íntima. Pero el instinto sexual que hasta entonces viviera acobardado por la presencia de la autoridad, surge pujante, libre de trabas, de temores y de un modo espontáneo que se diría natural si no fuera por la anormalidad que es su esencia, materializa sin lucha aquel amor que oculta su nombre. Hay violencia hiperbólica en la acción, como si este exceso le fuera necesario a Donatien para reganar el concepto propio de la estimación. La víctima se convierte en verdugo; el sometido en subyugador; el pasivo en activo.

Y todo esto inventado. Massillon inventa, o recoge invenciones, y las hilvana como si de un guión se tratase, con el fin de justificar psicológicamente las perversas andanzas con las que, más adelante, adorna la biografía de su personaje. Eso sí, deja al lector que forme su propio juicio tras la "fiel y cronológica exposición de los hechos". Hoy es imposible mantener esas invenciones, pero se insiste en la idea de buscar en su infancia, bien la causa, bien los inicios de tan depravada existencia.

En sus actuales biografías es difícil no encontrar quejas sobre lo poco que se conoce de su infancia, cuando en realidad de lo que se quejan es de no poder encontrar en su infancia esos acontecimientos que pudieran justificar el trauma que tanto buscan. Pero desechadas las invenciones de principios del siglo XX lo tienen muy difícil: disfrutó de los cuidados de su madre hasta los siete años (algo raro en los hijos de la nobleza de aquella época), después contó con el cariño de su abuela y de sus tías, también con el cariño de varias amigas de la familia. Su padre siempre se preocupó de él y, al parecer, tuvo el acierto de proporcionarle una buena formación. También contó con su tío el abad y con un buen preceptor, el padre Amblet. A todos ellos, ya de mayor, los recuerda con cariño. Y ellos, a su vez, también lo recuerdan con cariño. Es la infancia de alguien que fue tratado con cariño y que compartió ese cariño. Ningún incidente que reseñar, de ahí las quejas.

Y sin disponer de mejores argumentos, ha sido en su novela Aline y Valcour donde han creído encontrar ese acontecimiento con el que poder definir, ya desde la infancia, la personalidad de Sade.


Historia de Valcour

No voy a hablaros mucho de mi nacimiento, ya lo conocéis; solamente os relataré los errores a los que me ha inducido la ilusión de un origen vano del que casi siempre nos enorgullecemos injustificadamente, ya que esta ventaja se debe exclusivamente al azar.

Relacionado, por parte de mi madre a todo cuanto de grandeza pudiera haber en el reino; unido, por mi padre a todo lo que podía haber de más distinguido en la provincia de Languedoc; nacido en París en medio del lujo y de la abundancia, creí, desde que tuve use de razón, que la naturaleza y la fortuna se habían unido para colmarme con sus dones; lo creí porque otros cometieron la estupidez de decírmelo y este prejuicio ridículo me hizo altivo, despótico e iracundo; parecía como si todo debiera ceder ante mí, como si el universo entero debiera atender mis caprichos y como si a mí no me correspondiese más que concebirlos y satisfacerlos; solamente os relataré un rasgo de mi infancia para convenceros del peligro que encerraban los principios que, con toda ineptitud, dejaban germinar en mí.

Nacido y educado en el palacio de un príncipe ilustre con quien mi madre tenía el honor de estar emparentada y que tenia, poco mas o menos mi edad, se afanaban en que me reuniese con el a fin de que, siéndole conocido desde mi infancia, pudiese yo encontrar su apoyo en todos los instantes de mi vida; pero mi vanidad de aquella época, que no entendía aún nada de estos cálculos, se sintió herida un DIA en nuestros juegos infantiles porque el quería disputarme algo, y mucho más aún por que, con muy justos títulos, sin duda, él se creía autorizado por su rango para hacerlo. Me vengue de sus resistencias mediante golpes muy numerosos, sin que ninguna consideración lograse detenerme y sin que nada que no fuese la fuerza o la violencia consiguiese separarme de mi adversario.

Fue aproximadamente en esa época cuando mi padre recibió el encargo de llevar a cabo las negociaciones; mi madre le siguió y yo fui enviado a casa de una abuela en Languedoc cuyo cariño excesivamente ciego alimentó en mí todos los defectos que acabo de confesar.

Volví a París a realizar mis estudios bajo la tutela de un hombre fuerte y dotado de mucho ingenio, muy adecuado, sin duda, para formar mi juventud, pero que, para mi desgracia, no conserve durante mucho tiempo. Se declaró la guerra, en el afán de hacerme servir se interrumpió mi educación y salí para el regimiento en donde había sido empleado, a una edad en que, de haber seguido las cosas su curso natural, solamente se debería ingresar en la Academia.

Quiera Dios que se reflexione sobre el vicio dominante en nuestros días y que se vea que el objeto esencial no consiste en tener militares muy jóvenes, sino en tenerlos muy Buenos; y que, según el prejuicio actual, resulta de todo punto imposible que esta clase de ciudadanos tan útil pueda ser perfecta nunca mientras se siga el criterio de ingresar- joven, ignorando si se poseen los requisitos para ser admitido y sin comprender que es imposible poseer las virtudes necesarias mientras no se conceda a los jóvenes aspirantes la posibilidad de adquirirlas a través de una educación prolongada y perfecta. [...] Se iniciaron las campanas y me atrevo a afirmar que las hice bien. Esa impetuosidad natural de mi carácter; esa alma de fuego que la naturaleza me había otorgado no hacía sino incrementar la fuerza y la actividad de esa virtud feroz que recibe el nombre de valor y que, cometiendo un grave error, sin duda, se considera como la única necesaria en nuestra profesión.

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Aline y Valcour, Marqués de Sade



Es en la biografía escrita por Simone de Beauvoir donde he encontrado la primera referencia a ese episodio narrado por Sade en su Aline y Valcour:

Lo que resulta aún más lamentable es que nos hallemos tan mal informados sobre su infancia. Si se toma la narración de Valcour como un esbozo de autobiografía, Sade habría conocido muy temprano el resentimiento y la violencia. Educado junto a Luis José de Borbón, que tenía precisamente su edad, parece que se defendió ante la egoísta arrogancia del principito mediante accesos de cólera y golpes tan brutales que fue necesario alejarlo de la Corte.

Aquí conviene aclarar que no existen datos que avalen que Donatien fuese alejado del palacio de los Conte por su temperamento. Más lógico es pensar que al dejar su madre el empleo de dama de compañía de la princesa para acompañar a su esposo en sus misiones diplomáticas, la presencia de Donatien en el palacio dejase de tener sentido. Donatien permanecería en el palacio el tiempo que sus padres permanecieran en él y, como ocurre en todas las familias, cuando la situación de sus padres cambió, la suya también se vio trastocada. Sus padres viajaron al extranjero y a él lo enviaron con su abuela y tías a sus posesiones en La coste. Nada más natural. Este acontecimiento no pudo causar ningún trauma en Sade, máxime cuando en aquella época, en la clase aristocrática, lo acostumbrado era que los hijos se educasen alejados de los padres, un niño de la aristocracia eso lo aceptaría como natural porque todos sus iguales se encontraban en la misma situación. Lo contrario era considerado propio de la burguesía, de clases inferiores.2

En cuanto a los "accesos de cólera y golpes brutales", todos los testimonios avalarían la tesis de que el Donatien era un niño de buen carácter. El único argumento a favor de un posible mal carácter proviene de un escrito propio en el contesto de la composición de un personaje. Sade compone el personaje de Valcour con rasgos de su propia biografía, pero ¡oh grandeza de un género literario como la novela! el mismo autor que parece autocensurarse a renglón seguido se autoexculpa. Si en carta escrita por Valcour a Aline parece que el autor se avergüenza de su comportamiento (tomémoslo como autobiográfico): "Pero mi vanidad de aquella época, que no entendía aún nada de estos cálculos, se sintió herida un día en nuestros juegos infantiles porque el quería disputarme algo, y mucho más aún por que, con muy justos títulos, sin duda, él se creía autorizado por su rango para hacerlo. Me vengue de sus resistencias mediante golpes muy numerosos, sin que ninguna consideración lograse detenerme y sin que nada que no fuese la fuerza o la violencia consiguiese separarme de mi adversario." En la respuesta de Aline, ésta lo disculpa de éste y otros acontecimientos: "¡Oh, amigo mío!, ¡cómo me conmueve vuestra confesión! […] No pienso que no hayáis cometido errores... pero los sentís con excesiva viveza como para que sea yo quien os los reproche. Fuisteis débil... fuisteis inconstante, quizás incluso seductor, pero habéis sido valeroso y noble, todos esos reveses os han arrojado a un abismo del que mi cariño y los cuidados de mi madre quieren salvaros a cualquier precio" Este es el arte de componer personajes, dotarles de sentimientos que serán contradictorios los de unos con los de otros.

Pero veamos como los modernos biógrafos han seguido la estela de Simone de Beauvoir, que valoración hacen de este párrafo estos biógrafos:

A los cuatro años, su naturaleza despótica ya estaba formada. Los años sólo contribuirán a endurecerla. […]Como consecuencia sin duda de esta escena, o de otra idéntica a ella, el conde de Sade, inquieto ante esta evolución, decidió enviarle a Provenza." (Lever)

"Un niño mimado, caprichoso, irascible, tozudo […] Dejemos también constancia de que ya en la infancia sus movimientos comenzaron a producirle arrebatos sin que ninguna consideración lo detuviera. (Pauvert)

Du Plessix es la más imaginativa:

En vista de que se le negaba el juguete, el niño de cuatro años se avalanzó con fiereza sobre su mejor amigo, el querido compañero en cuya casa había sido criado desde su nacimiento, y empezó a aporrear el pecho del joven príncipe de Condé con sus pequeños puños, abofeteándolo en el rostro, a más de un palmo por encima del suyo, y siguió exteriorizando su rabia y berreando de forma apremiante para reclamar su posesión. El pequeño Condé, quien como primera figura de la rama más joven de la familia de Borbón era un príncipe de sangre real, consciente de su condición elevada, exigió a su amigo que se detuviese. Poco después la pareja de contrincantes se vería rodeada de un buen número de miembros del personal de palacio: gentilhombres de manga, tutores e institutrices, secretarios privados, mozos de cuadra y ayudas de cámara, todos ellos gritando al pequeño marqués que desistiera. Hizo falta la fuerza de varios adultos para separar a los niños enzarzados. La voracidad del joven Sade, su necesidad de satisfacer al instante todos sus apetitos, que la mayoría de las personas empiezan a refrenar a los siete u ocho años, era una característica que este muchacho en concreto rara vez querría controlar en su vida.[…] Desconocemos si los golpes de Donatien causaron magulladuras o hicieron sangrar al joven noble o si sólo hirieron sus sentimientos. Únicamente hay un hecho del que estamos seguros: poco después de este enfrentamiento, el marqués de Sade, a sus cuatro años de edad, sufrió el primero de sus numerosos destierros. (Du Plessix)

Esta es la tónica de las biografías de Sade. Cualquier incidente por nimio que sea se convierte en cargo contra él. Podríamos asegurar que el la biografía de muchos personajes, de ésta y cualquier otra época, encontramos traslados o alejamientos de la familia parecido a éste sin que se considere que el niño ha sido sometido a un destierro o que, especialmente, haya sufrido un trauma que pueda marcar su vida.

Pero continuando con este párrafo de Aline y Valcour, también sus biografos han destacado lo que ellos consideran un carácter altivo en Sade. La frase es la siguiente: "Relacionado, por parte de mi madre a todo cuanto de grandeza pudiera haber en el reino; unido, por mi padre a todo lo que podía haber de más distinguido en la provincia de Languedoc; nacido en París en medio del lujo y de la abundancia, creí, desde que tuve use de razón, que la naturaleza y la fortuna se habían unido para colmarme con sus dones; lo creí porque otros cometieron la estupidez de decírmelo y este prejuicio ridículo me hizo altivo, despótico e iracundo" Ya hemos visto como en boca de Aline, el mismo autor que reconoce a Valcour altivo, despótico e iracundo, dice que es excesivamente duro consigo mismo. Pero, quedándonos con el texto de Du plessix: "Hay orgullo desmedido en este pasaje y mucha vanagloria acerca de sus orígenes" ocultándonos como encabeza Valcour esta frase: "No voy a hablaros mucho de mi nacimiento, ya lo conocéis; solamente os relataré los errores a los que me ha inducido la ilusión de un origen vano del que casi siempre nos enorgullecemos injustificadamente, ya que esta ventaja se debe exclusivamente al azar."

Así es como entresacando frases de sus obras, sin tener en cuenta si estas frases pertenecen a sus héroes o a sus antihéroes, sin inferir la intencionalidad del autor, se le ha construido a Sade una personalidad abominable, porque eso sí, los personajes de sus novelas son abominables (aunque no sea éste el caso de Valcour) y así nos los ha querido mostrar.

Mucho se ha escrito también sobre su supuesta animadversión hacia su madre. Que sufrió un "complejo de Edipo negativo" nos dice Lever.3 Esto lo han deducido de "como trata Sade a las mujeres en sus obras"4. Leamos Aline y Valcour, El magistrado buslado, su más famosa obra Justine,… En todas ellas es cierto que las mujeres son sometidas a las más abyectas humillaciones, pero es igualmente cierto que en todas ellas son las mujeres los personajes positivos y los hombres los personajes negativos. Las mujeres son las víctimas de sus antihéroes, pero por la descripción de unas y otros, queda claro la simpatía que Sade profesa a las mujeres. Los personajes masculinos de las obras de Sade son mezquinos y detestables, mientras que los personajes femeninos, en la mayoría de los casos, son casi angelicales. Volvamos a poner el ejemplo de Aline y Valcour:

Mme. de Blamont suspiro y yo la oí, esa mujer es una madre deliciosa, amigo mío; no creo que sea posible tener mas ingenio, un alma mas sensible, tanta gracia en los modales ni tanta amenidad en las costumbres. Es extremadamente raro que con tantos conocimientos alguien sea al mismo tiempo tan amable. He observado casi siempre que las mujeres instruidas tienen en el mundo una cierta rudeza; una especie de afectación que hace que se compre muy caro el placer de su compañía. Parece como si solamente quisiesen mostrar su ingenio en su gabinete o que, al no encontrarlo nunca en cantidad suficiente en aquellos que las rodean, no se dignasen rebajarse a mostrar el que ellas poseen.

¡Pero qué diferente de este retrato es la adorable madre de tu Aline! En verdad no me extrañaría que una mujer así despertase aun grandes pasiones, a pesar de haber alcanzado los treinta y seis años.

Por lo que hace a M. de Blamont, ese indigno esposo de una mujer demasiado digna, fue tajante, sistemático y desabrido como si estuviese administrando justicia en nombre del rey; desencadenó una serie de invectivas contra la tolerancia , hizo la apología de la tortura, nos habló con una especie de regocijo de un desgraciado a quien sus colegas y él iban a infligir, al día siguiente, el suplicio de la rueda; nos aseguró que el hombre era malo por naturaleza y que no había nada que debiera evitarse para hacerlo encadenar; que el temor era el resorte más poderoso de las monarquías y que un tribunal encargado de recibir delaciones era una obra maestra de la política.

Esto, en cuanto a los padres de Aline. Más adelante nos retrata a la propia Aline y al candidato escogido por su padre para desposarla:

¡Amigo mío, qué alianza!... ¡Unir un mortal tan prodigiosamente ridículo a una joven de diecinueve años hecha como las Gracias, lozana como Hebe y más bella que Flora! Atreverse a sacrificar a la estupidez en persona el espíritu más dulce y más agradable; adaptar a un abultado volumen de materia el alma más sutil y más sensible; reunir la inactividad más plúmbea con un ser cuajado de talentos, ¡que atentado, Valcour!... ¡Oh! no, no..., o la Providencia es insensible o no lo permitirá jamás.

Se sabe que Sade, aunque alejado de su madre al estar ésta recluida en un convento, le guardó un gran cariño. Sade es detenido y recluido en Vincennes (su gran encierro) aprovechando que se desplaza a París para visitar a su madre moribunda. Sade sabe del peligro que corre viajando a París, viaja de incógnito, él y Renée viajan en coches separados sospechando de la existencia de controles que pueden alertar de su viaje, aun así arriesga su libertad con el único motivo de visitar a su madre. Recuro nuevamente a Aline y Valcour considerada, con razón, la más autobiográfica de sus obras:

Acabo de venir de París y ayer por la tarde sucedió algo muy semejante aunque no exactamente igual, pero que, sin embargo, os hará ver que, cuando se trata de cosas serias, no hay que pararse en sentimentalismos estúpidos que solamente están hechos para el pueblo. M. de Mezane que tiene un asunto pendiente con la Audiencia de Aix y esa Audiencia es una de las más prudentes, más íntegras y mejor compuestas del reino [Incluye esta nota a pie de página: "En sus registros se encuentran, desde hace cien años, veinte asesinatos parecidos al de Calas. Bajo el reinado de Francisco I incendió ochenta pueblos de Provenza. Durante este mismo tiempo costó la vida a ochenta mil ciudadanos. En diferentes épocas abrió tres veces las puertas de la ciudad al enemigo. También en este mismo momento (1787) trastorna toda la comarca. Es perfectamente lógico que semejante asamblea merezca los elogios del monstruo que hace temblar a nuestros lectores."] no quiso arreglarse con la familia de su mujer, por lo que la única alternativa era una prolongada detención, M. de Mezane, decía, se escondía desde hace años, pero movido por la estúpida delicadeza de acudir a París a prodigar los últimos cuidados a una madre agonizante, acudió a pesar de los peligros. Apenas había puesto el pie en la casa de la difunta cuando la familia de su mujer le hizo detener. Protestó contra ese procedimiento... se rieron de él en sus propias narices y lo arrojaron a un calabozo de la Bastilla en donde tranquilamente puede deplorar a la vez la pérdida de su libertad, la muerte de su madre y la bárbara estupidez de sus parientes. Me parece que si el gobierno nos da semejantes ejemplos, podemos seguirlos.5

Poco se conoce sobre Marie Eleonore de Maillé de Carman, la madre de Sade. En una primera etapa de su matrimonio acompañó a su marido en sus viajes como diplomático para, cuando Sade contaba siete años, abandonarlo para recluirse en un convento. Podría pensarse que ingresó en el convento por devoción, sería un caso de vocación tardía. Pero me inclino a pensar que se trató más un acto de rebeldía. Su matrimonio no fue un matrimonio por amor, fue un matrimonio por conveniencia. Se conocen las reticencias que tuvo durante la concertación del matrimonio de conveniencia de su hijo. El conde de Sade por el contrario se apresuró a casar a Donatien advertido por los intentos de éste para casarse por amor. Él mismo debió de moverse como pez en el agua dentro de un matrimonio de este tipo; en una ocasión opinó que, en la Corte, no mantener varias amantes suponía perder la reputación. De no aceptarse el motivo vocacional, cave pensar que Marie Eleonore no compartió ni aceptó la actitud de su marido y optó por separarse de él. El conde de Sade, ante las reticencias de ella con motivo de la negociación de la boda de su hijo dirá que "es una mujer de carácter terrible", quizá lo que viniera a decir es que era una mujer de carácter que se enfrentó a su decisión de casar a su hijo.

Su correspondencia, la que se conserva, es escasa, casi inexistente. Su carta más significativa, en relación con Donatien, es la enviada al teniente coronel Santine con motivo del escándalo de Arcueil, el siguiente es un fragmento de ella:

Si la salud me lo hubiera permitido, señor, hubiera tenido el honor de ir a veros, pero el desgraciado asunto que ha acontecido a mi hijo no ha contribuido a restablecer la pésima salud de la que sufro desde hace varios años [...] Acabo de enterarme de que todo este desgraciado asunto ha aparecido en la gaceta de Holanda, revestido con los más negros colores. Tal indignidad equivale a deshonrar a alguien a lo largo y a lo ancho de la tierra. Los bellacos que han cometido semejante horror merecerían que se los encerrara por el resto de sus días. Y no se deshonra impunemente a alguien que me pertenece de manera tan cercana. (En Pauvert)

Es una carta en la que sale en defensa de su hijo, escrita en términos muy duros y dirigida al responsable del Orden Publico. Años más tarde, tras el caso de Marsella, cuando Renée viaja clandestinamente a Paris para asumir la defensa de Sade ante la corte, Marie Eleonore la hospeda en su convento. Todo hace pensar que la relación de Sade con su madre fue la normal entre madre e hijo; pero lo más importante, no se puede pensar lo contrario ante la inexistencia de datos que pudieran avalarlo.

¿Hasta que punto su madre, recluida en un convento, pudo ser una influencia para Donatien? Quizá más de lo esperado en esa situación, al menos en un aspecto fundamental de la actitud de Donatien frente a la vida. Si su madre no aceptó vivir la mentira de un matrimonio de conveniencia, el temprano impulso de Sade queriéndose casar por amor sería influencia de ella. Y esta actitud de Sade es fundamental en su obra. El tema central de Aline y Valcour y de El presidente burlado es la fuerza del amor frente a los matrimonios de conveniencia y gran parte de su obra está salpicada por ese tema. Pero la gran influencia familiar de Sade fue, sin lugar a dudas, su padre y su tío el abad Sade.

Su padre, Jean-Bautiste, es el mayor de diez hijos (cinco hijos y cinco hijas). Hereda el título de Conde de Sade y se convierte en el señor de La Coste, Mazan y Saumane. En su juventud, con diecinueve años de edad, abandona la seguridad de los que serán sus dominios y se dirige a la corte. Allí inicia una rápida y brillante carrera diplomática.

Después de servir en el ejército, a los veintiún años desempeña su primera misión diplomática el La Haya. Está documentada otra misión, a los veinticinco, el 1727, en el ducado de Sajonia-Gotha, por encargo del ministro de asuntos exteriores Chauvelin. En esta época traba amistad con el príncipe de Anhalt, hermano de la futura emperatriz Catalina II, con el cual mantendrá una correspondencia amistosa y regular. En 1930 es nombrado embajador en la corte de Rusia, pero la muerte del zar Pedro II impide que llegue a tomar posesión de la embajada. Ese mismo año, el ministro y cardenal Fleury le envía en misión confidencial a Londres. Allí se mueve en los círculos del poder con desenvoltura y, en su interés por conocer las actividades de los jacobitas ingleses, es admitido e ingresa en una logia masónica integrada por lo más destacado de la aristocracia inglesa. Continúan los éxitos diplomáticos hasta que un estrepitoso fracaso ante el elector de Colonia (fracaso que pudo estar motivado al mantener, el conde de Sade, las consignas de la corona francesa que pudieran ser contrarias a los intereses del principe-arzobispo) y posibles intrigas palaciegas inician su declive.

Respecto a Jacques-François, abad de Sade, el tercero de los hermanos, como era costumbre entre los segundones, siguió la carrera eclesiástica, siendo nombrado vicario de Toulose en 1933 y de Narbonne en 1735, más tarde, tras un tiempo destacado a la corte, se retira a Saumane con el cargo de abad de Saint-Léger d'Ebreuil. En el castillo de Saumane pasará el resto de su vida dedicado a la lectura y la escritura.

Ambos hermanos compartieron desde la juventud la pasión por la literatura, y si el conde no llegó a publicar nada de lo escrito (nos ha llegado más de una veintena de obras: comedias dramas, novelas, escritos filosóficos,... a parte de una colección de poemas, todas cuidadosamente conservadas por Donatien y encontradas a la muerte de éste en su celda de Chaleston. En ellas se encuentran anotaciones al margen del propio Donatien), el abad, que pasó toda su vida rodeado de libros, dedicado al estudio y la escritura, con una de sus obras: Memoires pour la vie de François Pétrarque tirés de ses oeuvres et des auteurs contemporatns editada en tres volúmenes, adquirió un amplio reconocimiento entre sus contemporáneos.

Padre y tío fueron aficionados a la literatura desde su juventud y es esta afición, junto con la amistad que mantuvieron con Voltaire, las que influencian de Donatien. Para Donatien, padre y tío constituyeron un referente fundamental; de su correspondencia con ambos se puede deducir que los admiró y siempre admitió la autoridad de ambos. Así como leyendo sus obras se puede apreciar la influencia de Voltaire.



↑ 1.- Según Lely. En JP.

↑ 2.- No olvidemos el ruego de Mme de Saint-Germain cuando el conde de Sade decide que Donatien regrese a París para completar su formación: "Hace quince días que vuestro hermano quiere quitármelo; estoy como loca; me ha dicho que vos insistís en que se lo devuelva. ¡Cómo! ¿Tendríais la crueldad de arrebatarme a mi niño, de quitarme el único placer que os pido como un favor? Dejádmelo un poco más. Si tuviera el honor de conocer a Madame de Sade, le escribiría para pedírselo. Hacedlo por mí. La corte y la ciudad os procuran tantas diversiones y distracciones que bien podéis sacrificarme el placer burgués de tener al hijo a vuestro lado."

↑ 3.- "A diferencia de lo que suele ocurrir, no es el odio del padre, sino el odio de la madre (lejana, ausente, indiferente, mientras el padre no deja de mimar al hijo) lo que determinó el conflicto inicial en Sade. Pierre Klossowski vio con claridad hace algún tiempo que este complejo del odio de la madre, infinitamente más raro y generalmente menos manifiesto, favoreció sin duda alguna la singularidad de la ideología de Sade. Nos encontramos, pues, en presencia de un complejo de Edipo negativo" En M. Lever.

↑ 4.- No podemos prejuzgar los sentimientos de Sade hacia su madre, pero no nos es difícil advertir de qué manera se maltrata a las madres en su obra. En la filosofía en el tocador, por ejemplo, Dolmancé... (Pauvert)

↑ 5.- Estas son las palabras de uno de sus antihéroes, el padre de Aline, el "monstruo que hace temblar" a los lectores de Aline y Valcour. Detengámonos un momento en estas palabras, entresaquemos "no hay que pararse en sentimentalismos estúpidos que solamente están hechos para el pueblo" y pongámoslas en boca de Sade, ya tendremos que Sade era un arrogante, altivo e insensible. Que un personaje sin escrúpulos demuestre en sus parlamentos esa falta de escrúpulos es lo que cabe esperar en una obra de ficción. Achacarle al autor esas palabras para perfilar su personalidad solo se entiende desde la mal intención. Las biografías de sade están montadas con entresacados de este tipo: frases, opiniones, sentimientos, actos,… de los personajes negativos de sus novelas.






Los dos grandes escándalos

Dos acontecimientos en la vida de Sade marcarán su destino; los conocidos como caso de Arcueil y de Marsella. En el uno Sade quedó marcado ante la opinión pública como un noble depravado y el segundo desencadenaría su persecución. Marcaron su futuro, no por la trascendencia de los mismos sino por las circunstancias que propiciaron que se convirtieran en grandes escándalos. El primero fue una desavenencia con una prostituta y el segundo un encuentro con varias prostitutas con resultado de cólico.

El escándalo de Arcueil

Roland Hayman comienza así la descripción de este incidente: "A las 9 de la mañana del 3 de abril de 1768, domingo de Pascua de Resurrección, Sade vio a una mujer que pedía limosna en la plaza des Victoires. [...] Cuando él le ofrece 3 libras si le acompañaba, ella protestó asegurándole que era una mujer honesta que había estado trabajando como hilandera de algodón después de la muerte de su marido, pastelero y repostero de profesión; pero hacía un mes que había perdido el empleo. Sade la tranquilizó: todo lo que deseaba era que le hiciera la limpieza de su cuarto".

Lever lo comienza así: "Domingo de Pascua, 3 abril 1768-, place des Victoires, nueve de la mañana. Un hombre joven, con levita gris, está apoyado en la verja de la estatua de Luis XIV. [...] En el mismo momento, una mujer sale de la misa de los Petits-Péres y va a pedir limosna a dos pasos de él. Alrededor de treinta y seis años, originaria de Strasbourg, viuda de un aprendiz de pastelero llamado Charles Valentin. Se llama Rose Keller. Hilandera de algodón sin trabajo desde hace un mes, se ve reducida a la mendicidad. Un transeúnte se detiene, le da una moneda y prosigue su camino. El hombre del manguito [Sade] le indica que se acerque y le promete un escudo si consiente en seguirle. Ella exclama en mal francés y con fuerte acento alemán: "No soy lo que creéis; yo no como de ese pan." El la tranquiliza; no es en absoluto lo que imagina; sólo le pide que se ocupe de su casa, nada más; recibirá un sueldo y será bien alimentada."

Pauvert, lo presenta así: "Estamos en el domingo 3 de abril, día de Pascua. Son las nueve de la mañana. [...] En París, en la Place des Victoires, Rosa Keller pide limosna; tiene treinta y seis años y es la viuda de Charles Valentin, obrero pastelero; por su parte, ella -hilandera de algodón- está momentáneamente sin trabajo. Acaba de estar enferma; por momentos, tiene aún un poco de fiebre. [...] Un transeúnte acaba de darle un sueldo marcado. No muy lejos, el marqués de Sade está apoyado en la verja de la estatua de Luis XIV, [...] llama a Rose Keller, le hace señas para que se acerque y le ofrece un escudo si va con él. Ella protesta: no es lo que él piensa. Lo ha interpretado mal, dice Sade: sólo se trata de hacer la limpieza de su casa."

Y Du Plessix , por último, comienza describiéndolo también así: "Nueve de la mañana del 3 de abril de 1768, Domingo de Pascua, en la Place des Victorias de París, junto a la entrada de la iglesia de los Petits Péres, o "padrecitos". El marqués de Sade, vestido con una levita de color gris y con un manguito de piel de lince blanca en una mano y un bastón en la otra, está apoyado en el enrejado que rodea la estatua ecuestre de Luis XIV. Mientras las campanas tañen indicando el final de la misa, una mujer sale de la iglesia, se detiene a escasos metros del marqués y extiende la mano a los transeúntes para pedir limosna. Se llama Rose Keller. Es natural de Estrasburgo y habla francés con un marcado acento alemán. La hilandera de treinta y seis años, viuda de un pastelero, no tiene trabajo en la actualidad. Un hombre pasa junto a ella y le ofrece una moneda.

El marqués, apoyado junto a la estatua, hace señas a la mendiga y le promete dos libras si lo sigue. "Pero yo no soy de ésas", protesta la mujer. El marqués le asegura que se equivoca, que desea sus servicios para tareas doméstica"

En todos los casos nos presentan a Rose Keller como una mendiga, unos con mayor y otros con menor carga emocional. Únicamente Roland Hayman continúa entre paréntesis "Esto al menos es lo que ella declaró en su testimonio en el proceso. La versión de él es que le había explicado claramente que la quería para que tomara parte en una orgía de libertinaje." Pero no nos dice que Sade también declaró que se trataba de una prostituta. Y tampoco nos dice que la Place des Victorias, incluso la misma iglesia de les Petits Péres, eran lugares frecuentados por las prostitutas y por aquellos que buscaban sus servicios, que eran lugares donde era habitual cerrar tratos de ese tipo.

Las biografías sobre Sade reflejan este suceso basándose en las declaraciones de esta mujer. Según estas declaraciones ella sería una mendiga que, con engaños, fue llevada a una casa en Arcueil, pueblecito cercano a París; una vez allí, tras negarse a las proposiciones de Sade, sería forzada por éste, azotada y sajada en la espalda con alguna especie de navaja o cuchillo para, posteriormente, sufrir las quemaduras del lacre vertido sobre las heridas. Esta versión quedó desmentida en el proceso al no observarse ninguna herida en la victima y nos quedaría la versión de Sade. Según ésta versión, contrataría los servicios de la Keller y una vez en la casa, tras una discusión, la azotaría en las posaderas con una cuerda con nudos (las únicas heridas constatadas en la víctima fueron unos hematomas en las nalgas).

En estas biografías, si bien es cierto que en uno u otro momento se nos advierte que se trata del testimonio de la Keller, para la descripción del suceso invariablemente utilizan su versión, y aun sabiéndose que es falsa (en lo fundamental quedó probado su falsedad. La agresión que se pretende no se correspondería con la ausencia de heridas), se da por buena tal versión, aunque con matices; se mantiene la versión de una atroz agresión, pero compatible con la inexistencia de heridas. Esto debe de ser así si se quiere presentar a Sade como un sádico, ya que es el único incidente de violencia física que encontramos en su biografía.

Sin dar la razón a uno o a otra nunca sabremos lo que pasó aquella tarde-noche en la casa de Arcueil. Sade, a primeras horas de la tarde entró en la casa con una mujer y a la mañana siguiente ésta, con hematomas en las nalgas, se descolgaba por una ventana, saltaba la verja y corriendo por las calles del pueblo pedía auxilio a todo aquel que se encontraba. Para Sade éste sería un día funesto, la Keller al saltar la verja se desgarra el corpiño y recorre las calles con el torso al aire, agitada. Las mujeres que la atienden escuchan su versión y se escandalizan, también, y aunque se niega (por pudor) a ser examinada por el medico, éste certifica heridas cortantes que recorren toda la espalda. Estás y otras circunstancias generan un gran escándalo. Pronto los rumores sobre lo sucedido en Arcueil inundan París, Francia e incluso llegan a otros países de Europa.

La marquesa de Du Deffand, de setenta años de edad, ciega y retirada en un convento, nueve días después ya está informada de los sucesos y, según Maurice Lever, "los relata con bastante fidelidad, exceptuando algunos detalles," al historiador ingles Horace Walpole:

Un cierto conde de Sade, sobrino del abad autor de "Petrarca", encontró el martes de Pascua a una mujer alta y bien formada, de treinta años, que le pidió limosna; el marqués le hizo muchas preguntas, le mostró interés, le propuso sacarla de la miseria y hacerla portera de una casita que tenía cerca de París. La mujer aceptó; él le dijo que viniera a buscarlo al día siguiente; ella fue; él la condujo primero por todas las habitaciones de la casa, por todos los rincones y esquinas y luego la llevó al granero; llegados allí se encerró con ella y le ordenó desnudarse completamente; la mujer se resistió a esta proposición, se arrojó a sus pies y le dijo que era una mujer honesta; él le mostró una pistola que sacó de su bolsillo y le mandó obedecer, cosa que ella hizo de inmediato; entonces él le ató las manos y la azotó cruelmente; cuando estuvo completamente ensangrentada, sacó un pote de ungüento de su bolsillo, le curó las llagas y la dejó; no sé si le dio de comer y beber, pero sólo volvió a verla a la mañana siguiente; examinó sus llagas y vio que el ungüento había hecho el efecto que esperaba; entonces cogió una navaja y le tajó todo el cuerpo; a continuación cogió el mismo ungüento, le cubrió con él todas las heridas y se marchó. Esta mujer, desesperada, se debatió de tal manera que rompió sus ataduras y se arrojó por la ventana que daba a la calle; no se sabe que se haya herido al caer; todo el pueblo se agolpó a su alrededor; el teniente de policía fue alertado de este suceso; se arrestó al señor de Sade; dicen que está en el castillo de Saumur; no se sabe qué sucederá con este asunto, y si se limitará a este castigo, lo que bien podría ocurrir tratándose de gentes muy consideradas y de crédito; se comenta que el motivo de esta execrable acción era hacer la experiencia con el ungüento.

Ayer me llegó la continuación de la historia de M. de Sade. El pueblo en que está su casita es Arcueil; azotó y desolló a la desgraciada el mismo día, y enseguida le echó bálsamo en sus llagas y excoriaciones, le desligó las manos, la envolvió en muchas sábanas y la acostó en una buena cama. Apenas estuvo sola, ella se sirvió de sus brazos y de las sábanas para escaparse por la ventana; el juez de Arcueil le dijo que presentara sus quejas ante el procurador general y el teniente de policía. Este último envió a buscar a M. de Sade, quien, lejos de negar y avergonzarse de su crimen, pretendió haber hecho una muy buena acción, y haber prestado un gran servicio público por el descubrimiento de un bálsamo que curaba inmediatamente las heridas; es verdad que produjo tal efecto sobre esa mujer. Ella ha desistido de perseguir a su asesino, aparentemente mediante algún dinero, de tal modo que seguramente él quedará libre de prisión. (en Pauvert)

Sade siempre declaró que se trataba de una prostituta y desde un primer momento admitió que la había azotado en las nalgas con una cuerda de nudos y que si la examinaban no encontrarían en ella ninguna herida, como así fue. En su cuento "El presidente burlado", escrito años más tarde, estando ya encerrado en Vincennes, encontramos el siguiente párrafo en el que sin duda se refiere a este caso y lo mezcla con el de Marsella:

…Un joven de elevado rango de la provincia quiso, por una venganza trivial, dar una zurra a una cortesana que le había jugado una mala pasada, y este indigno cernícalo [el magistrado] convirtió la broma en un asunto criminal, lo consideró asesinato, envenenamiento, arrastró a todos sus cofrades a esta ridícula opinión, perdió al joven, le arruinó y, no habiendo podido atraparle, le hizo condenar en rebeldía.

La ausencia de heridas no detuvo los rumores, la imaginería popular relacionó esta ausencia de heridas con una pomada prodigiosa que las habría hecho desaparecer. Se repartieron octavillas por todo París con las declaraciones de la victima y de las mujeres que en primera instancia la atendieron. Las gacetas de la época se encargaron de "informar" igualmente de los hechos:

El día de Pascua, M. de Sade, de una noble Casa del Condado de Avignon, cuando iba solo a su casa de Arcueil, cerca de París, encontró en su camino una mendiga a la que llevó a su casa con el pretexto de tomarla a su servicio por humanidad, pero cuando llegó, la condujo a un gabinete apartado, le ligó los miembros, la amordazó para impedirle gritar y con una navaja le hizo varias incisiones en el cuerpo, sobre las que fundió una especie de cera de España; a continuación salió tranquilamente a pasear y dejó a la víctima de su ferocidad bien encerrada; sin embargo, ella logró desatarse y se arrojó por la ventana sin hacerse más daño que el que ya tenía. Todos los habitantes del pueblo que la vieron habrían masacrado al conde de Sade de no haberse éste dado a la fuga. Se cree que tiene la mente alienada; la familia ha obtenido una orden para encerrarlo en el Castillo de Saumur, y la mujer lastimada ha renunciado, a cambio de una suma de dinero, a la querella que había presentado al juez. Hay gente que dice que el conde de Sade es un loco de la química, y que su crueldad, en la que no se puede pensar sin temblar de horror, tenía como motivo ensayar un Bálsamo, con el que pretende curar inmediatamente toda suerte de llagas. (Gazette d'Utrecht.)1

Un librero de la época (Siméon-Prosper Hardy) anotará en su diario:

Si la justicia no interviene en esto y no castiga de un modo ejemplar este hecho tan singular como infame e indignante, dejará para la posteridad un ejemplo más de la impunidad que de ordinario protege en nuestro siglo los crímenes más abominables, si éstos han sido cometidos por quienes tienen la suerte de ser grandes, ricos o acreditados. (en Pauvert)

El juicio se celebró en julio, fue condenado a pagar 100 libras de multa y aun tuvo que pasar varios meses en prisión por orden real; pero el gran perjuicio para Sade fue el que su figura pasara a formar parte del imaginario popular iniciando la leyenda del Marqués de Sade, aquel aristócrata que flageló y acuchilló a una pobre viuda para experimentar en ella una pomada que ocultaría las heridas, logrando así escapar a la acción de la justicia. El pueblo puso cara al despotismo y a todas las tropelías cometidas por la aristocracia, quedando simbolizadas en la figura del marqués de Sade.

Hoy en día esta leyenda aún sigue siendo recogida por sus biógrafos y probablemente fuese esa leyenda la que propiciase el segundo escándalo, el que desencadenaría todas las acciones que conducirían a Sade a 12 años de encierro.

El escándalo de Marsella

En 1772, cuatro años después del incidente de Arcueil, tras un encuentro en Marsella de Sade y su criado con cuatro prostitutas, dos de ellas sufrieron una indisposición e inmediatamente se pensó y se investigó sobre la posibilidad de un envenenamiento. Finalmente la indisposición no pasó de eso, una indisposición de varios días, lo que no impidió que Sade y su criado fuesen juzgados y condenados a la pena de muerte.

Sade, después del incidente de Arcueil se retiró con su mujer a La Coste. Mi opinión es que fue en ese periodo en La coste cuando Sade se formó como escritor. Sade en ese periodo escribió novela y teatro, viajó a Holanda para publicar sus novelas y formó una compañía de teatro que recorría la región con un repertorio que incluía alguna de sus obras.

El 23 de junio de 1772 Sade se desplaza a Marsella en compañía de su criado, al parecer para recoger fondos con los que asumir los gastos que le ocasiona la compañía de teatro. El 28 de junio solicita los servicios de cuatro prostitutas y pasan, él y su criado, el día en su compañía en la casa de una Madame. Aparentemente todo ha transcurrido como posiblemente trascurriera en otros presumibles lances de otras visitas de Sade a Marsella, pero a la mañana siguiente una de las muchachas y pasados unos días otra, las dos sufrieron una indisposición. Esto por sí solo no habría sido motivo de inquietud o recelo, habían comido y bebido y, en verano, en aquella época, estas indisposiciones serían relativamente frecuentes; pero a Sade le perseguía su leyenda: aquel que flagelara a una pobre mendiga para experimentar una pomada, ahora experimentaba los efectos de un veneno con unas prostitutas. Se abrió un proceso contra Sade y su criado, se sospechó de unos caramelos que ofreció a las muchachas, se analizaron y no se descubrió rastro de veneno; también, pasados los días las muchachas se repusieron de su indisposición; pero todo esto no impidió que el proceso continuara ni que los rumores se extendieran por todo Francia; el 25 de julio ya se escribía lo siguiente sobre el suceso ("Mémoires secrets" de Bachaumont):

Desde Marsella escriben que el Sr. conde de Sade, que tanto dio que hablar en 1768 por las horrorosas locuras que había cometido con una muchacha bajo pretexto de experimentar medicamentos tópicos, acaba de proporcionar en esta ciudad un espectáculo muy agradable en un primer momento, pero tremendo por sus consecuencias. Ha dado un baile al que había invitado a mucha gente, y ha deslizado en el postre unas pastillas de chocolate, tan excelentes que mucha gente las devoró. Eran abundantes y nadie se quedó sin ellas; pero les había agregado moscas cantáridas. Conocemos la virtud de este medicamento: es tal, que todos los que habían comido comenzaron a arder en un fuego impúdico que los condujo a darse a todos los excesos a los que lleva el mayor furor amoroso. El baile degeneró en una de esas reuniones licenciosas que tanta repu-tación tenían entre los romanos; ni las mujeres más honestas pudieron resistir al furor uterino que las poseía. Fue así como M. de Sade gozó de su cuñada, con la que se fugó para escapar al suplicio que merece. Muchas personas han muerto a causa de los excesos a los que se entregaron en su horrible priapismo, y otras se encuentran aún muy fastidiadas". (en Pauvert)

La cantárida o mosca de España era una droga común en aquella época que se utilizaba como apósito por sus efectos vesicantes, supuestamente beneficiosos en los casos de ulceraciones de la piel. También, ingerida, era usada como afrodisiaco por sus efectos en el aparato urinario: apriorismo en el caso del hombre y ardores, supuesto furor uterino, en el caso de la mujer. Desde un primer momento se pensó que los caramelos que ingirieron las muchachas contenían cantárida que en una dosis elevada produce trastornos gastrointestinales y, principalmente, trastornos en el aparato urinario, pudiendo llegar a producir la muerte. Examinados, no se encontró en ellos restos de cantárida ni se detectó cualquier otro veneno conocido en aquella época. Se concluyó que se trataba de granos de anís envueltos en azúcar caramelizada, esto es: bolas de anís.

No cabe, como mantienen sus modernos biógrafos, que la cantárida pasase desapercibida a los expertos que examinaron los caramelos ya que la cantárida era de uso común en aquella época, se sospechó su presencia desde el primer momento y es fácilmente detectable a simple vista (una vez desmenuzados los caramelos, se habrían detectado partículas iridiscentes verdosas típicas del polvo de cantárida). Pero más importante que las pruebas en contra (el examen de las muchachas también resultó negativo y sus síntomas no incluían el principal efecto de la cantárida: trastornos en el aparato urinario), es que no existe dato, que no sea esos primeros rumores, que permita sospechar que se consumiera cantárida o cualquier otra droga o veneno. No obstante, como ocurre con todos los sucesos de la biografía de Sade, lo que quedó y lo que queda es el primer rumor, el más morboso o el más escabroso.

Los hechos, también en este caso, coinciden con la versión de Sade:

-No, no, señora -contestó el marqués-; este respetable magistrado no siempre tiene cólicos, hay que disculparle si se ha tomado el ataque un poco a la tremenda; esa pequeña convulsión de las entrañas es una enfermedad habitual en Marsella o en Aix, y desde que hemos visto cómo una turba de bribones, colegas de este buen mozo, juzgaban como "envenenadas" a unas cuantas rameras que no tenían más que un cólico, no debemos extrañarnos de que un cólico sea un grave asunto para un magistrado provenzal.

En su cuento El presidente burlado. Incluido en Fábulas y cuentos.

El proceso contra Sade y su criado continuó adelante, en las pesquisas se tomó declaración a las cuatro muchachas que se vieron obligadas a pormenorizar lo que había ocurrido aquel día, en que forma y cómo habían practicado el sexo con sus clientes. Hoy se conserva el sumario con esas declaraciones, las declaraciones pormenorizadas de lo ocurrido entre cuatro prostitutas y sus dos clientes, declaraciones de aquellas que habrían podido verse incriminadas en el mismo proceso si se hubiese llegado a sospechar que habían practicado la sodomía, declaraciones que sirvieron al tribunal para condenar a Sade y a su criado a dos penas de muerte a cada uno: una por sodomía y otra por envenenamiento. En Aline y Valcour Sade nos da algunas pistas sobre tan peculiar proceso:

...Sé que cena en ocasiones con muchachas, nuestro querido conde... eso es, ya más de lo que hacía falta en este siglo para llevarlo derecho al cadalso. Solamente se trata de inventar, de suponer... sobornar a algunos querellantes, algunos espías, algunos alguaciles y ya tenemos a un hombre en el tormento. Desde hace treinta años hemos visto más de una de estas escenas. Casi preferiría ser acusado hoy de una conspiración contra el gobierno que de irregularidades con las putillas. Y en verdad esa manera de llevar las cosas es respetable... Honra a la patria. Si cuando se tienen ganas de perder a un hombre hubiese que esperar a que atentase contra el Estado, no se terminaría nunca. Mientras que hay muy pocos mortales que no cenen con prostitutas.

Por tanto, está muy bien que las trampas se hayan colocado en donde están. Esta especie de inquisición establecida sobre la conducta del ciudadano que se encierra con una muchacha. Esta obligación en que se coloca a estas criaturas de dar cuenta exacta del acto lujurioso de este hombre, es en verdad una de las más bellas instituciones francesas. Inmortaliza para siempre al ilustre arconte que la instauró en París. Es uno de esos entretenimientos agradables y, no obstante, prudentes, que no habría que dejar nunca que cayese en desuso. Todo lo que se hace para fomentar las delaciones de las sacerdotisas de Venus es poco. Es extremadamente útil al gobierno y a la sociedad, saber cómo un hombre se conduce en tales casos. Hay miles de inducciones, segurísimas todas ellas, que se pueden extraer sobre su carácter. El resultado de esto, lo concedo, es una colección de impurezas que puede ser excitante para el juez que las escucha. Espiar y recoger las acciones libertinas de Pedro para estimular la intemperancia de Juan no es hacer un servicio a las buenas costumbres, dicen los enemigos de este sistema. Se trata de una forma de encadenar al ciudadano, un recurso para sojuzgarlo, para perderlo cuando se desea y esto es lo esencial.

Y nuevamente habría que darle la razón, porque esas declaraciones carecen de valor. Las muchachas estaban coaccionadas, ya que si se hubiera demostrado la practica de la sodomía ellas mismas podrían haber sido condenadas a muerte, y ciertos pasajes son inverosímiles. No obstante, son estas declaraciones, en el mejor de los casos, las utilizadas por sus biógrafos para narrar los hechos.

Para mí, lo que pudiera ocurrir aquella tarde entre Sade, su criado y las cuatro muchachas es irrelevante. Dándole la razón a Sade, decir que de la conducta de un hombre en esos casos no puede deducirse nada sobre su carácter. Aun dando todo el valor a las declaraciones de las muchachas no puede deducirse de ellas ninguna conducta patológica en Sade como pretenden sus biógrafos. Lo mismo que podría presuponerse desviaciones sexuales, igualmente, y con mejores argumentos, podríamos presuponer imaginación, muy propia de un carácter creativo como el de Sade. En un momento del relato Sade habría pedido a una de las muchachas que lo azotara con un látigo terminado en cuchillas ensangrentadas, la muchacha se niega y, según ella, se hace azotar con una escoba. Dando por buena la declaración de la muchacha, ¿Por qué no pensar en una escenificación? ¿Es razonable pensar que Sade pretendiese dejase azotar con un látigo de cuchillas? Sade, que había ido a Marsella a realizar determinadas gestiones, si se hubiese hecho azotar con tal látigo se habría desollado la espalda, volvería a La Coste, a los brazos de Renée, con la espalda ensangrentada. No lo considero verosímil, porque tampoco existe un sólo dato que pueda avalar la tesis de que Sade fuese masoquista. Tomando por cierta la declaración, ¿no sería más razonable pensar que Sade imaginara todo tipo de juegos para estos encuentros?2 Insisto, dando por buena la declaración, ¿no podemos pensar que lo que Sade buscase fuese presenciar la reacción de la muchacha ante tal solicitud? Siempre podremos interpretar los hechos narrados de mil formas diferentes. Pero con todo lo morboso de tales declaraciones hay un hecho que si considero importante: según estas declaraciones Sade pediría que le azotasen con tal látigo y ante la negativa de la muchacha desistió. Igualmente, desistiría de penetrarlas analmente ante sus negativas (esto segundo, declarar que no se practicó la sodomía era obligado, aunque se hubiese practicado ellas lo habrían negado, no olvidemos que la practica de la sodomía estaba castigada con la pena de muerte). De las declaraciones se desprende que Sade no obligó a las muchachas a hacer algo que ellas no quisieran, ni hubo quejas sobre el trato recibido. ¿Qué queda entonces del incidente? Nos queda únicamente el hecho de que Sade compartió mesa con unas prostitutas, algo de lo que no es necesario entrar en demasiados detalles. Descartado el intento de envenenamiento, que se practicara la penetración anal o no, que se golpeasen con una escoba o no, para mí carece de interés.

Sade no asistió al proceso. Advertido que se había abierto un proceso contra él por envenenamiento, quizá asustado por el escándalo originado y teniendo presente las consecuencias del caso de Arcueil, huyó con su criado a Italia quedando Renée encargada de su defensa. Desde ese momento y hasta su encierro de doce años en Vincennes y La Bastilla su vida sería una continua huída.



↑ 1.- Lever utilizará fragmentos de éste y otros textos para ofrecernos su particular visión de lo difundido por las gacetas:

De un modo general, la prensa extranjera y las gacetillas dan la misma versión de los hechos -bastante cerca de la verdad en su conjunto-, pero no dicen exactamente lo mismo. "La recuperación social de los hechos se hizo en tres direcciones -observa Francois Moreau-: se minimizó la responsabilidad del autor, se negó la seriedad del crimen o se descalificó a la víctima." Exceptuando al Courrier du Bas-Rhin, las gacetas dan el nombre y el título del culpable, no para agravar el escándalo sino más bien al contrario: como tiene el honor de pertenecer a la más alta nobleza, inquieta que los rumores puedan asustar, hasta el punto de ponerlas enfermas, a personas respetables de su familia.

Para anestesiar el hecho y reducir la responsabilidad del criminal, se alega la enajenación mental: "Su conducta en este delito prueba sin lugar a dudas que está loco", observa el gacetista del Recueil d'anecdotes littéraires et politiques, que habla también del "efecto en una mente alienada", de las "desviaciones de su débil cerebro" y de una "mala cabeza más llena de locura que de maldad". El mismo argumento se repite en la Gazette d'Utrecht: "Se cree que tiene perturbada la razón; la familia ha obtenido una orden para encerrarle en el castillo de Saumur, y la mujer herida ha retirado la demanda que había interpuesto a cambio de una suma de dinero."

Paralelamente, y como para apoyar la tesis de la locura, se recurre a la de la química, propuesta ya por Mme du Deffand. El marqués de Sade ha derramado cera sobre las heridas de Rose Keller, no para redoblar sus sufrimientos sino con el fin de experimentar en ella un ungüento milagroso.[...] Unos días más tarde, la Gazette d'Utrecht insiste en la farmacopea Badiana para ensalzar, con una tímida reserva sobre el método empleado, la admirable eficacia del remedio: "La mujer, que desistió de su demanda, está tan completamente curada de sus heridas que ya no se distinguen las marcas, lo cual demuestra la validez del bálsamo del conde de Sade, pero no disminuye la atrocidad de los medios empleados para hacer la prueba." (en Lever)

↑ 2.- Al parecer, Sade intercambió los papeles con su criado. Esto es, Sade, ante las muchachas, se hizo pasar por el criado y su criado pasó por el señor. Todo obliga a pensar en un encuentro muy lúdico.





Renée y Donatien

Renée y la relación Renée-Donatien siguen siendo un misterio para el lector de las abundantes biografías dedicadas a Sade.

El 1 de mayo la familia Sade y la familia Montreuil se conocen oficialmente en Versalles, el conde de Sade ha llegado a un acuerdo con la familia Montieuil para casar a su hijo Donatien con Renée (las negociaciones se han llevado a través de un intermediario, uno de los muchos que en aquel entonces se dedicaban a concertar matrimonios entre la nobleza). Donatien, que se opone a la boda, es el gran ausente. La firma del contrato matrimonial, que será rubricado por el propio el rey Luis XV, se firma el 15 de mayo, momento en que Donatien llega a Versalles y los futuros esposos se ven por primera vez, sólo dos días antes de la boda.

El 17 de mayo de 1863 Donatien Sade y Renée Montreuil se casan en el mismo Versalles, en la basílica de Saint-Roch, ante la presencia de los monarcas. Renée pasará junto a Sade media vida, permaneciendo junto a él durante su largo encierro en Vincennes y La Bastilla, separándose de él cuando está a punto de quedar libre una vez concluido ese encierro de más de doce años.

¿Por qué su padre apresuradamente negocia su boda?1 ¿Fue una boda ventajosa o desventajosa? ¿Fue la relación de Renée-Donatien una relación de amor, odio, indiferencia? A grandes trazos, según sus biógrafos, el conde de Sade se vería obligado a negociar una boda desventajosa dada la mala fama de su hijo (fama de libertino) y Renée sería una mujer timorata que permanecería junto a su marido sojuzgada, casi hipnotizada, por él. Renée es un personaje incómodo para los biógrafos de Sade. ¿Cómo un monstruo como su biografiado pudo contar con la férrea lealtad de su mujer? ¿Cómo calificar a Renée sin que se resienta la imagen que quieren ofrecernos de él? ¿Era su victima o su cómplice?, ¿era pía o impía?, ¿tonta o lista?, ¿timorata o de carácter? Porque Renée, hasta su separación, fue para Sade su apoyo inquebrantable y su más activa defensa.

Y la historia no comienza bien. Una pareja que se casa por deseos de ambas familias y se conocen dos días antes del matrimonio no es un buen comienzo, únicamente cabría esperar de esa relación la típica de un matrimonio de la aristocracia de aquella época. Sade y Renée se habrían garantizado con ese matrimonio una situación económica sólida y un estatus social destacado; a cambio, solamente se comprometen a aportar a la relación descendencia para perpetuar la sangre y el apellido; no se esperaba más de estos matrimonios; ambos cónyuges se daban, como mucho, lealtad; pero nada que implicase los sentimientos de cada uno.

El episodio que mejor podría definir el carácter de Renée y su relación con Sade, en mi opinión, es la fuga de Miolans, un episodio novelesco digno de una comedia de capa y espada.

Es octubre de 1772, está reciente el escándalo de Marsella, Sade ha huido fuera de Francia advertido de que le han procesado y van a detenerlo. Que Renée quede encargada de su defensa no impide que sea condenado a la pena de muerte y la sentencia se ejecute en rebeldía. Sade y su criado han sido simbólicamente ejecutados; unos peleles, efigies de Sade y su criado, han sido, decapitado el de Sade, ahorcado el de su criado y ambos, quemados en la plaza pública. Sade y su criado dejaron de existir para el Estado, ambos perdieron todos sus derechos como ciudadanos. Sade, entre otros derechos, pierde todos sus bienes y la patria potestad de sus hijos, Renée es ahora la titular de esos derechos. Y si en principio la relación de Sade con su suegra La Presidenta fue cordial, a partir de ahora ella será su más feroz enemiga.

Sade, tras el episodio de Marsella y huyendo de la justicia, llega a Chambéry; desde allí escribe a su suegra pidiendo su apoyo conocedor de sus influencias. Pero La Presidenta utilizará estas influencias, no para ayudarle, sino por el contrario, para que la corte de París solicite al rey de Sardaigne su encierro. Sade es encerrado en la fortaleza de Miolans, desde ese momento Renée hará lo imposible, hasta lo insólito, para sacar a su marido de su encierro.

Renée protesta ante París por el encierro de su marido y después de hacer lo imposible por revocar la orden de encierro hace lo insólito: vestida de hombre, para evitar sospechas, se desplaza a Chambéry y allí, presumiblemente, organiza la fuga de su marido. Sade que ingresó en la fortaleza el 8 de diciembre de 1772 logra fugarse el 30 de abril de 1773 descolgándose desde una ventana ayudado de unas sábanas anudadas, bajo la ventana le esperan unos lugareños que le facilitan la huida.

En este episodio reconozco a una Renée de carácter y enamorada de su marido. En esos momentos es la poseedora de todas las propiedades y derechos de su marido (Sade tras la sentencia de Marsella, por la que se le ajusticia en efigie, ha dejado de existir para el Estado, ha perdido todos los derechos; pierde la patria potestad de sus hijos y todas sus propiedades a favor de Renée, su mujer) y, como ya lo hiciera tras el incidente de Arcueil, no duda en desatenderlo todo para ir en su busca. Se indispone con su autoritaria madre y la organización de su fuga la expone a ser ella misma encerrada.

Renée vivió junto a Sade varios incidentes tempestuosos: A los pocos meses de casados Sade es encerrado varias semanas por orden del Rey, al parecer por su actividad licenciosa en París; 5 años después, el caso de Arcueil lo devuelve otra vez a la cárcel por varios meses; y cuatro años después, el caso de Marsella lo obliga a huir fuera de Francia. También, durante los primeros años de su matrimonio, hasta el caso de Arcueli, debe sufrir una etapa en la que Donatien salpica su relación con un rosario de infidelidades. Renée no esperaba vivir en su matrimonio una historia de amor, pero al parecer Renée se enamoró de Donatien. La correspondencia de que se dispone en los primeros tiempos del matrimonio obliga a pensar que así fue y Renée así lo demostró estando a lado de Donatien en los momentos más difíciles, siempre apoyándole.

No podemos decir lo mismo de Sade que si bien debió proporcionar siempre a Renée un trato correcto y hasta cariñoso no dudaría, sobre todo en la primera etapa de su matrimonio, en buscar el placer fuera del matrimonio.

Después de la boda, y pasados unos meses, el matrimonio Sade se instala en París y durante estos años Donatien toma varias amantes y mantiene alquilada al menos una casa, en Arcueil, en la afueras de Paris, donde recibe a amantes, cortesanas y prostitutas. Entre sus amantes destaca la actriz Mademoiselle Colet, reputada cortesana, capaz ella sola de arruinar a medio París. También otra cortesana: mademoiselle Beauvoisin. La mujer más bella del país a juicio del inspector Maras (encargado de seguir las andanzas de Donatien por encargo se su suegra). Había pasado de criada a codiciada cortesana (Iniciada en la vida cortesana por el Conde du Barry, quien también iniciara a la prostituta que cuatro años más tarde llegase a ser la amante del rey). Quizá Donatien estuvo apunto de abandonar a Renee por esta relación con la Beauviosin. Se mantuvo alejado de casa largas temporadas y llegó a llevar a su amante a La Coste, donde pasó con ella varios meses. De esos primeros años de casado, se conoce una nota que entregó a una señorita, hoy desconocida, al intentar conquistarla:

Los días, que en un matrimonio por conveniencia sólo traen consigo espinas, hubieran dejado que se abrieran rosas de primavera [en el caso de un matrimonio contraído por amor]. Cómo hubiese recogido esos días que ahora aborrezco. De la mano de la felicidad se hubieran desvanecido demasiado deprisa. Los años más largos de mi vida no tendrían suficiente para ponderar mi amor. En veneración continua me arrodillaría a los pies de mi mujer y las cadenas de la obligación, siempre recubiertas de amor, habrían significado para mi corazón arrebatado sólo grados de felicidad. ¡Vana ilusión! ¡Sueño demasiado sublime! (en Lenning)

Y años después en su cuento El cornudo de sí mismo( Incluido en Fábulas y cuentos) escribiría:

La amante del señor de Raneville no era precisamente una muchacha, era una mujer casada y por eso mismo mucho mas atractiva, pues, por mucho que se diga, esa pizca de sal del adulterio aporta insospechados alicientes al placer. Era muy hermosa, tenía treinta años y el más bonito cuerpo imaginable. Separada de un marido molesto y anodino, había venido de provincias a buscar fortuna en París, y no había tardado mucho en encontrarla Raneville, libertino por naturaleza, siempre al acecho de cualquier bocado apetitoso, no había dejado que éste se le escapara, y desde hacía tres años, a base de un trato inteligente, de derroches de ingenio y de dinero, hacía olvidar a la joven todos los pesares que el lecho conyugal había sembrado anteriormente en su camino. Como los dos habían tenido la misma suerte, se consolaban juntos y podían comprobar esa gran verdad que, sin embargo, a nadie le sirve de escarmiento: la de que hay tantos matrimonios fracasados y, por consiguiente, tanta desdicha en el mundo porque unos padres avaros o imbéciles prefieren unir fortunas en vez de unir caracteres, pues, como decía Raneville a menudo a su amante, no cabe la menor duda de que si el destino nos hubiera unido a ambos en vez de entregaros a vos a un marido tiránico y ridículo y a mí a una desvergonzada, en lugar de haber estado recogiendo espinas durante tanto tiempo, rosas hubieran crecido bajo nuestros pies.

Sade no podía respetar a Renée porque no respetaba la institución del matrimonio convertida en su época y en su clase en modo de unir patrimonios. Los deseos de Sade eran casarse por amor, en su estancia en el ejercito, enamorado, en carta enviada a su padre le expondría:

En cuanto a la boda, continúo decidido a no casarme con nadie más. Sois mi padre y la ternura que tengo derecho a esperar de vos es un título que debe inspiraros la bondad de comprender un poco mis sentimientos. No me casaría nunca sin seguir los dictados de mi corazón. Puede engañarme, pero su error será tan dulce que siempre lo preferiré a la felicidad más perfecta. Lo que más me tranquiliza es la bondad que habéis tenido de prometerme que nunca contrariaríais mis sentimientos. (en Lever)

Sade intentó casarse por amor al menos en dos ocasiones y fue obligado por su padre a casarse por conveniencia con Renée. Sade afrontó el matrimonio como cualquier otro aristócrata de su época2: Renée que era su esposa no podía ser su amada; pero con todo, su trato para con Renée debió de ser mejor que el esperado en aquélla época: "Su tierna amistad parece recíproca. [...] Por grande que sea su deseo de gustaros y de obedeceros, jamás lo reñirá. Lo amará cuanto se quiera, así de simple. El es amable. Por el momento la ama mucho y la trata de la mejor manera posible." / "¡Ah, el joven divertido! Así es como llamo a mi yerno. A veces me tomo la libertad de regañarlo. Nos peleamos pero hacemos las paces inmediatamente; nunca es demasiado serio."3

Sade dispensaría un trato cordial a Renée sin considerarla el objeto de su amor. Esto debió de ser así los primeros años de su matrimonio, pero el incidente de Arcueil y la actitud de Renée tras el incidente pudo unir a la pareja. Sade pudo valorar a Renée en su justa medida y comenzar a amarla. Después del incidente de Arcueil ambos se retiran a La Coste y durante los cuatro años que median con el caso de Marsella no se le conocen amantes y parece que la pareja vive en plena armonía. Después del caso de Marsella, Renée nuevamente asume su defensa enfrentándose a su propia madre, llegando a denunciarla en la corte por lo que ella considera un acoso contra su marido. Y cuando Sade es encerrado, durante su largo encierro, Renée es su único vínculo con el exterior, Renée permanece a su lado apoyándolo durante los doce años de su encierro, y es cuando se anuncia la revolución, cuando se aproxima su excarcelación, cuando Renée lo abandona.



↑ 1.- El 10 de febrero se ha firmado el Tratado de París que pone fin a la Guerra de los siete años. Donatien, que ha participado en ella desde principio a fin, es licenciado y tan sólo han transcurrido tres meses cuando se celebra su boda.
↑ 2.- "Hubo un tiempo cuando un buen cristiano no podía dormir con su esposa las tres primeras noches después de la boda. Mas ahora son las tres únicas que le consagra." Cita de la época recogida por Ronald Hayman.
↑ 3.- Correspondencia de madame Motreuil al abad de Sade en los primeros meses de matrimonio de Renée y Donatien. En Lever, Pauvert, Du Plessix,...





Sade y sexualidad

De Sade, sus biógrafos dicen que fue, por supuesto, sadomasoquista, invertido, pedófilo, sodomita, fetichista, invertido pasivo, impotente... Todo vale para calificar la sexualidad de Sade, unos ponen el acento en unas desviaciones y otros en otras. El cúmulo de desatinos se ha ido sumando en los intentos de convertirlo en un monstruo.

Todos sus biógrafos se ha esforzado en sumar perversiones. Un botón de muestra, una insinuación de Lever:

Otra particularidad: la Beauvoisin está embarazada de más o menos un mes cuando Donatien se convierte en su amante. Después de Jeanne Testard, es la segunda vez que Donatien desea a una mujer encinta. Se le conocerá otra amante en el mismo estado diez años más tarde, en Italia.

¡Que me ahorquen si a alguien puede producirle morbo una embarazada de un mes! Rectifico, que me corten las uñas de los pies, porque todo es posible en cuestiones de sexualidad. En todo caso, a Lever puede parecerle aun más perverso ese tipo de fetichismo: embarazadas de un mes que todavía no saben que están embarazadas; porque es probable que ni la Beauvoisin estuviese segura de su embarazo.

Lever, aparte de ser un fantasioso contumaz, es un mojigato. No es una particularidad, es normal que una embarazada pueda despertar el apetito sexual. Es tal la serenidad, la placidez, la alegría que irradia una mujer embarazada que no es extraño que una mujer embarazada aumente sus atractivos; y que esa curva, que puede parecernos antiestética fuera de ese estado, asociada a ese alo de placidez y serenidad llegue a convertirse en fetiche de nuestras obsesiones sexuales. Las hay más extrañas, lo sé por propia experiencia.

Me vas a perdonar si relato un suceso de mi juventud, está referido a mi objeto fetiche: las blusas de lunares rojos (tengo otros); tienen que ser rojos, los verdes me inhiben.

Siendo joven pasó delante de mí una muchacha de más o menos mi misma edad, vestía una blusa de lunares rojos (entonces desconocía que me atrajeran tanto los lunares rojos). Sentí una atracción irresistible hacia ella. Era media tarde, en una calle concurrida, la seguí procurando que ella no me descubriera, me habría sentido tremendamente ridículo si lo hubiese hecho. La seguía a cierta distancia y, entre la gente, me guiaba por los lunares rojos de su blusa. Llegó a entrar en un portal, y como en el primer piso estaba instalada una academia de idiomas deduje que estudiaba en ella. Me informé en qué clase estudiaba y me apunté a la academia, no me costó trabajo convencer a todos sobre mi interés en dominar un idioma. Trabajé duro durante mes o mes y medio para conquistarla, no tanto para aprender el idioma, y vivimos un romance apasionado que aun hoy recuerdo, pero que no pasó a de ahí porque pronto me demostró que no era la mujer de mi vida. Debo reconocer que puedo perder la compostura por una mujer que vista una blusa de lunares rojos, y siempre he procurado, sin descubrirme, que mis compañeras tengan entre la ropa de su armario, al menos una blusa de lunares rojos. Así es que a mí eso del fetichismo no me resulta nada extraño.

Aun puedo narrar otro caso de fetichismo, el de un conocido. Su fetichismo, que luego me he enterado que está muy extendido, lo lleva a practicar el sexo en los vestidores de las tiendas: cuanto más pequeña es la tienda y más desocupados están sus dependientes, más le excita. Pero a él, este fetichismo llegó a condicionarle la vida. Él mismo me comentó que no tuvo nunca problemas para que sus parejas practicaran el sexo en los vestidores, se excitaban rápidamente a la primera insinuación; pero como es de carácter tímido, al salir del vestuario se sentía tan cohibido que compraba tres o cuatro prendas para vencer su timidez, llegó a tener problemas económicos.

La última vez que le vi me comentó que había asistido a una terapia de grupo y que había logrado superar su problema. Ahora, su pareja y él, van de compras cada cuatro o cinco semanas y practican el sexo en el probador que más les excita, pero ha vencido la timidez y ya no sale de la tienda cargado de bolsas. Se lo pasan muy bien, me dan envidia, y en vista de los buenos resultados que ha obtenido mi amigo con la terapia de grupo, me estoy planteando asistir también yo a una de esas terapias: me preocupa que porque una mujer vista una blusa de lunares verdes deje de parecerme atractiva. Y ¡maldita sea! a mi alrededor abundan las mujeres a las que les gusta vestir prendas de lunares verdes; únicamente mi pareja y una muy buena amiga, Carmen, parecen coincidir en gustos con mi objeto fetiche.

Hasta aquí mi experiencia personal. Creo que hoy se está llegando a comprender que la sexualidad es algo muy complejo, que cada uno afronta su sexualidad más como puede que como quiere, que no es un acto volutivo, que juegan fuerzas superiores que escapan a nuestro control, algo que Sade intuyó hace más de doscientos años. Y lo que me parece más importante, que cada uno de nosotros tenemos nuestra propia sexualidad diferente a la de los demás, que únicamente un necio considera depravaciones aquellas prácticas que se apartan de su modelo de sexualidad, cuando lo más probable es que su único y dudoso mérito sea el haber ajustado su sexualidad a las convenciones. Hoy se tiende a pensar que no existen las desviaciones sexuales y que cualquier peculiaridad únicamente debe de ser tratada si el sujeto entiende que esta peculiaridad le está limitando. Un hombre que sólo puede practicar sexo cuando la mujer viste un sujetador negro tiene un problema (tiene un problema si su pareja no consiente en ponerse un sujetador negro), pero que a un hombre le exciten las embarazadas no es ningún problema ni ninguna desviación. No evitar a las embarazadas, hacer el amor con una embarazada si surge la oportunidad, ni es problema, ni es desviación, ni es inmoral. Sería un problema si se convirtiera en obsesión y obligase a cometer indignidades.

En cuanto al sadomasoquismo es una practica habitual que muchas parejas practicamos; he disfrutado cuando mi pareja, en alguna ocasión, en el momento de alcanzar el clímax, me ha clavado las uñas en la espalda hasta el punto de producirme sangre (por ejemplo), esto ha provocado mi propio clímax. Tampoco es raro que en los juegos-peleas preliminares nos causemos algún daño (relativamente leve, pero daño). Sería un necio si considerase una desviación un sadomasoquismo distinto al que practico, más enérgico o más imaginativo; mayor necedad sería considerarlo una depravación.

Considero que existe... un mal entendido, una confusión o un malintencionado paralelismo entre lo que se entiende hoy por sadomasoquismo y lo que se entiende hoy por sadismo. Lo que se entiende hoy por sadismo es una perversión repugnante: Infligir dolor, dolor sumo, al que frente a ti, indefenso, está obligado a recibirlo, incapaz de repelerlo o zafarse de él. Los torturadores practican el sadismo. Sade describe perfectamente, detalladamente, el sadismo. En cualquiera de sus grandes obras podemos encontrar numerosas y espantosas escenas de sadismo, es el tema principal de estas obras. Escojamos cualquiera de estas escenas y veremos que no han perdido vigencia, describen a la perfección las claves del sadismo, cualquiera de ellas es una metáfora de los vergonzosos acontecimientos que se han repetido en la historia de la humanidad y aún hoy se repiten. La escenificación, el aislamiento de las victimas, el placer de los verdugos humillándolas, su obsesión por todo lo relacionado con el sexo, nada escapó a la capacidad de observación de Sade. Lee una de estas escenas al azar y contrástala con lo acaecido tras los golpes militares de Chile y Argentina, o con la cárcel de Abu Ghraib y el campo de concentración de Guantánamo (por ejemplo). Observa la actitud de satisfacción de la soldado frente al preso humillado y te encontrarás con la satisfacción de los héroes sadianos frente a sus victimas; compara unas vejaciones y otras; descubre como en todos los casos se crea un recinto para aislar a las victimas, donde hasta su muerte puede ser ocultada; y medita sobre si es pura coincidencia que Sade identifique los abusos de poder con humillaciones sexuales, y que los verdugos utilicen la humillación sexual como arma máxima para envilecer a sus victimas. Eso es el sadismo, eso es lo que Sade denuncia en sus obras. Ahora compara los sofismas de los héroes sadianos y los sofismas con los que se justifican los actos sádicos. La misma actitud de prepotencia y cinismo encontrarás en unos y en otros. Quizá sea esta la característica más sobresaliente y preclara de la obra de Sade. No ya la descripción de los actos sádicos sino la capacidad de captar y plasmar en sus obras el carácter cínico de los sádicos.

Lo que se ha dado en llamar sadomasoquismo: el azotar o hacer que te azoten alrededor de una cama, eso es salud. Que hay quien lo lleva a extremos en los que puede poner en peligro su salud, bueno, también hay quienes abusan del azúcar con iguales riesgos; pero eso no significa que el azúcar o el sadomasoquismo sean perniciosos. Aunque a todo podemos encontrar un origen común, no guarda ninguna relación el juego sadomasoquista con el sadismo, ni el uno conduce al otro. Esta ambivalencia del termino sadismo, la confusión que provoca sus dos acepciones es una confusión interesada generada y promovida por aquellos que consideran igualmente censurable el sadomasoquismo y el sadismo, es una clara muestra de la ideologización del lenguaje. Una actividad lúdica e inocua: el sadomasoquismo, nunca debería estar asociada a una depravación infausta y miserable: el sadismo.

Los que se han escandalizado con las obras de Sade han confundido el sadismo, que tan crudamente describe, con el sadomasoquismo, y se han esforzado en confeccionarle una patológica personalidad sadomasoquista ("si tan bien describe el sadomasoquismo es porque es sadomasoquista". Esto es un simplismo, pero hay gente que es así) que, desde luego, no se corresponde con la personalidad de Sade. Estas mentes estrechas cometen dos errores: no hay que ser un sádico para describir el sadismo, quizá sea sufrir el sadismo lo que más estimule a describirlo; y puesto que Sade describe el sadismo, los que consideran que un autor debe ser lo que describe, deberían demostrar en Sade una personalidad sádica, algo imposible, y no sadomasoquista, algo improbable e intrascendente.

La sodomía es otra perversión que se achaca a Sade. Se tiene conocimiento de los primeros meses del matrimonio Sade por referencias indirectas, vivían con sus suegros y las referencias son de Mme Montreuil. Una de ellas se encuentra en una carta que escribe al abad de Sade meses después de su boda; la encontramos entre otros, en Lever:

[Renee] Le amará todo lo que pueda, lo cual es sencillo: es amable. Hasta ahora él la ama mucho y no puede tratarla mejor.

No obstante, Lever no puede permitir que su "monstruo" trate bien a su joven esposa y para impedirlo accede a su dormitorio y nos describe la amarga noche de bodas de la sufrida Renee:

Es legítimo pensar que el marqués no mimó mucho a la criatura que encontró por primera vez en el lecho conyugal y que le hizo sufrir, ya aquella misma noche, las brutalidades que había reservado hasta entonces para las mujeres públicas. Se sabe que sus fantasmas sexuales siempre privilegiaron la sodomía (homosexual o heterosexual) sobre toda otra forma de placer. [...] Sin duda, Mme de Sade se ofreció sin resistencia a las exigencias de su marido. La misma Iglesia recomienda a las esposas cristianas que se dobleguen, y ella lo ha jurado delante de Dios. Una carta de Donatien deja entender claramente que el coito anal era practicado habitualmente por la pareja: "Os beso hasta el fondo de las nalgas -escribe a Renée-Pélagie en junio de 1783- ¡y que el diablo se me lleve si no hago un buen trabajo en honor de vuestro trasero! No se lo digáis a la Presidenta, por lo menos, porque es una buena jansenista y le desagrada que se molinice a una mujer. [...] Pretende que M. Cordier sólo se ha descargado en el canal de la procreación y que quienquiera que se aleje del canal debe arder en el infierno". (en Lever)

Ciertamente este párrafo me causó preocupación: ¿Habría, en alguna ocasión, obligado a mi pareja a hacer algo que ella no quisiera? ¿Seré un personaje brutal? ¿Practicar el sexo anal con la pareja es someterla a brutalidades que no deberían traspasar el ámbito del prostíbulo? Porque, otra confesión: me entusiasma la penetración anal.

Lever pretende que es legítimo pensar que Donatien ya cometiera atrocidades con Renée desde la primera noche porque una carta (de dudosa autoría) da a entender claramente que llegaron a practicar el sexo anal: extraña legitimidad.

En todo caso yo podría ser un bicho raro y mi pareja ofrecerse a mí como una mártir para no contrariarme. En estos casos todos tenemos un amigo al que podemos hacerle cierto tipo de confidencias, recurrí a él. "He practicado el sexo anal con aquellas mujeres con las que alcancé una cierta complicidad y, por lo que pienso, ellas también disfrutaban de la experiencia". Me dijo. Uno nunca termina de conocer a sus amigos.

Sade, en sus obras, ha alabado en numerosas ocasiones las bondades de la penetración anal. Muchos de sus personajes la prefieren a la penetración vaginal y algunos de los más depravados es la única que practican. El sátrapa Domalce de su Filosofía en el tocador se muestra impotente frente a la vagina de una mujer, no así frente a su culo. Sade fue un escritor amante de las metáforas. En la composición de sus personajes, Sade utiliza la sexualidad para describir su grado de perversidad: a un personaje perverso le asocia una sexualidad perversa, cuanto más perverso quiere que aparezca frente a nuestros ojos le adjudica una sexualidad más perversa y repulsiva. Pero al margen de estas composiciones, Sade nos ofrece una lúcida descripción de lo que debió significar la penetración anal en su época.

Sade habla a sus lectores de sus ventajas: si una jovencita practica la penetración anal, podrá practicar el sexo tanto como le apetezca de forma muy placentera y llegar virgen al matrimonio; en las relaciones galantes, tanto si es él como si es ella quien está casado o casada, la penetración anal elimina el peligro del embarazo y con ello sus posibles complicaciones; dentro del matrimonio es un eficaz método anticonceptivo; Y también la considera (lo que es lo mismo que decir que "en su época se consideraba". Esa podría ser una explicación del porqué se practicaba tanto en los prostíbulos) una practica más segura que la penetración vaginal frente a las enfermedades de transmisión sexual. Sade la recomienda para los encuentros ocasionales. A todo esto añade que para la mujer puede ser tan placentero como la penetración vaginal y para el hombre, incluso, más placentero.

La corte francesa, en tiempos de Sade, alcanzó las más altas cotas de nihilismo. Un grupo social cegado, más que nunca, por los placeres inmediatos no se distraía en nada que no fuera correr en su búsqueda. Reinaba madame Pompadour, amante del rey Luis XV, maestra de ceremonias de Parc-aux-Cerfs, escenario de bacanales, modelo a imitar por toda la nobleza. La moral de París estaba a cargo de Santine, teniente general del cuerpo de policía de París (superior del sagaz Marais, a la sazón perro guardián de Sade por encargo de Mme. Montreuil), encargado de entregar los informes más lascivos y morbosos a la casa Real para mayor deleite del monarca y su amante. Unas costumbres tan relajadas en tiempos en los que no existían anticonceptivos generaban un problema: los recién nacidos producto de las relaciones fuera del matrimonio. Aunque el Hospital General de París acogiese anualmente a 6.000 recién nacidos para allí dejarlos morir (únicamente sobrevivían el 10 por ciento a los primeros meses) (en Hayman) y éste y otros recursos parecidos fuesen utilizados para paliar el problema, no lo resolvían; un embarazo no deseado suponía un contratiempo: podía pesar cierta repugnancia a dejar morir por abandono al producto de su carne o pesar los inconvenientes de los meses de embarazo (Un amplio vestido y alejarse un poco de las distracciones durante esos meses sería suficiente; las casadas no tenían nada que temer, sus maridos no volvían a conocer su cuerpo una vez éstas le habían proporcionado herederos, y las solteras siempre podrían viajar para cambiar de aires bien para cuidar su salud, bien por cualquier otro motivo. En todo caso, tenían los conventos a su disposición para pasar piadosamente estos meses).

¿Que posición ocupaba la penetración anal en las preferencias sexuales de aquella época? Podremos suponer que la ventaja de evitar los embarazos indeseados la colocarían en un lugar de privilegio. Existen informes policiales de la época en los que se describe como el servicio más solicitado en los burdeles: una muchacha podía ejercer la prostitución durante años y continuar siendo virgen. Pero únicamente por los escritos de Sade podemos deducir que esa practica, castigada con la pena de muerte, estaba perfectamente extendida, al menos, entre la aristocracia de su época.

Sus Cuentos y Fábulas, escritos en su juventud al estilo de Boccaccio, con todas las reservas, podríamos considerarlos costumbristas. Incluyo a continuación uno de ellos: El marido complaciente. No me parece conveniente resumirlo, ni enviarlo a un apéndice, es muy cortito y no tiene desperdicio.

El esposo complaciente

Toda Francia se enteró de que el príncipe de Bauffremont tenía, poco más o menos, los mismos gustos que el cardenal del que acabamos de hablar. Le habían dado en matrimonio a una damisela totalmente inexperta a la que, siguiendo la costumbre, habían instruido tan sólo la víspera.

-Sin mayores explicaciones -le dice su madre- como la decencia me impide entrar en ciertos detalles, sólo tengo una cosa que recomendaros, hija mía: desconfiar de las primeras proposiciones que os haga vuestro marido y contestadle con firmeza: "No, señor, no es por ahí por donde se toma a una mujer decente; por cualquier otro sitio que os guste, pero por ahí de ninguna manera...."

Se acuestan y por un prurito de pudor y de honestidad que no se hubiera sospechado ni por asomo, el príncipe, queriendo hacer las cosas como Dios manda al menos por una vez no propone a su mujer más que los castos placeres del himeneo; pero la joven, bien educada, se acuerda de la lección:

-¿Por quién me tomáis, señor? -le dice-. ¿Os habéis creído que yo iba a consentir algo semejante? Por cualquier otro sitio que os guste, pero por ahí de ninguna manera.
-Pero, señora...
-No, señor, por más que insistáis nunca accederé a eso.
-Bien, señora, habrá que complaceros -contesta el príncipe apoderándose de su altar predilecto-. Mucho me molestaría que dijeran que quise disgustaros alguna vez.

Y que vengan a decirnos ahora a nosotros que no merece la pena enseñar a las hijas lo que un día tendrán que hacer con sus maridos.

Marqués de Sade, Cuentos y fábulas

Está claro que es una parodia, pero absurda e incomprensible si en aquella época, al menos entre la aristocracia, grupo social que mejor conocía, no estuviera extendido el asalto a los más caros altares. Si sabemos leer a Sade, sin verle como un raro depravado obsesionado por las practicas más abominables, adquiriremos un mayor conocimiento de sus contemporáneos, también de nosotros mismos.

Hoy el tema mantiene las mismas incógnitas que en la época de Sade. Probablemente no exista prostituta que no ofrezca la penetración anal entre sus servicios y es secuencia imprescindible en todas las películas pornográficas, pero poco más. Seguimos manteniendo un pudoroso y recatado silencio, parecería que tal practica no ha traspasado los umbrales del prostíbulo. Hagamos un poco de ruido.

Que para el hombre, la penetración anal es tanto o más placentera que la penetración vaginal, es algo que no dudo. En principio está el efecto "mano izquierda". Muchos hombres sabemos que masturbarse con la mano no usada habitualmente para tal fin produce un efecto multiplicador del placer. Ponerla en un "conducto" inusual produce, igualmente, ese efecto multiplicador. Pero es que el culo (la cola), intrínsecamente, está dotado para ofrecer ese máximo placer. Sade describe el placer que produce a sus personajes enfrentar su miembro a la estrechez y resistencia de ese conducto. Hombres acostumbrados a controlar su eyaculación se verán sorprendidos y se vaciarán al, después de intentos infructuosos para vencer las resistencias, percibir como la puerta se abre suavemente, movida por un músculo poderoso que a continuación abraza con firmeza el miembro; una sensación muy parecida a la penetración vaginal, pero más acusada y exótica. Pero ¿le produce ese mismo placer a la mujer? Para responderme a esta pregunta mi amigo ya no me valía, porque los hombres tendemos a creer que proporcionamos placer a nuestra pareja cometamos las torpezas que cometamos. Recurrí a mi pareja y ella, al día siguiente, me entregó estos folios que, prácticamente sin modificaciones, reproduzco a continuación; me dio más de lo que le pedía:

La conversación que mantuvimos anoche me ha hecho reflexionar y he advertido algo de lo que quizá ya era consciente: lo que es más placentero para mí es a la vez más placentero para ti e, igualmente, lo que es más placentero para ti resulta serlo también para mí.

Al parecer todos tenemos una parte de nuestro cuerpo "especial" y una particular forma de responder a las caricias. Carmen, no sé si haré bien en proporcionarte esta información, me contó que las caricias en el pubis y en el interior de sus muslos le producen una fuerte excitación que desaparece si su pareja sobrepasa estas zonas y alcanza su sexo; por el contrario, a mí me resultaría frustrante que mi pareja lo desatendiera. También me confesó que, sin haberle hablado nunca de esa peculiaridad, su pareja en muy pocas ocasiones la decepcionaba sobrepasándolas. Tú, sin embargo, no sabes hacer el amor sin bañar tu mano en mi sexo.

La mayor excitación la alcanzo cuando me acaricias con firmeza y me muerdes la parte posterior del cuello, en la base de la nuca. Esos mordiscos, que a veces pueden llegar a ser dolorosos, me producen fuertes escalofríos que conmueven todo mi cuerpo y me conducen a tal estado de excitación que abre mi sexo, siento realmente como se abre, anhelando el calor de tu miembro.

También tú tienes tu rinconcito: la oreja. Puedo acariciarla, pellizcarla, lamerla, mordisquearla, ¡incluso retorcerla!, todo me sirve para provocarte el mayor estado de excitación.

Pero ocurre que yo misma experimento un tremendo placer acariciándote, lamiéndote, mordisqueándote o retorciéndote la oreja. Y sé, porque en vosotros esto es muy evidente, que a ti también te excita el mordisquear mi cuello. Por el contrario, ni a mí me excita mordisquear tu cuello ni a ti lamerme la oreja. Yo nunca te mordisqueo en el cuello y tú nunca me lames la oreja. Esta coincidencia sería absurda si no tuviera explicación: nos excitamos excitándonos. Tú te excitas provocando mi excitación y yo me excito provocando la tuya. Recuerdo una ocasión, estaba cansada y mi ánimo afectado por un incidente que se había producido ese mismo día. Te acercaste a mí y me abrazaste por la espalda, como tantas veces. Comenzaste a mordisquear mi cuello, como tantas veces; pero en esa ocasión no me producía ni frío ni calor, más frío que calor. No quise decepcionarte, fingí. Pronto sentí como tu miembro, hasta entonces dormido, hormigueaba por mi espalda. Iba abriéndose paso poquito a poco hasta que aprisionado entre ambos comenzó a palpitar. Ocurrió que esa culebrina moviéndose por mi espalda me excitó y fingí con más fuerzas, ahora con agrado. Me diste la vuelta, te subiste en mí y aplastándome contra la cama me penetraste con furia. A los pocos segundos te encontrabas sobre mi pecho, exhausto. No alcancé el orgasmo, no estaba suficientemente excitada y tu vehemencia me sobrepasó; pero puedes creerme, me sentí plena al recogerte entre mis brazos tras esos breves segundos. Y si esto es tan obvio (te excitaste hasta el punto de vaciarte sin control porque creíste excitarme a mí), el origen de nuestras zonas erógenas fetiche: cuello y oreja, ya no está tan claro: ¿me excita que me mordisquees el cuello porque es una zona especialmente sensible o me excito porque siento como te excita el excitarme cuando me lo mordisqueas? Parece confuso, pero es que es confuso.

Esto del sexo es tan complicado... Nunca te he contado mis complejos de juventud, mi complejo. Había oído hablar del orgasmo, había oído hablar de la gran importancia que otorgabais a nuestro orgasmo. En mis primeras experiencias no conocí nada parecido al orgasmo, pero aprendí a fingirlo. Recuerdo aquella etapa de mi vida con amargura, llegué a pensar que era frígida (terrible palabra), mis encuentros amorosos eran desastrosos. Me complacía el que me acariciasen, que me besasen, sentir el cuerpo de aquel muchacho que se encontraba entre mis brazos. Todo me excitaba y sólo me habría calmado la penetración. Únicamente debería dejarme hacer, no poner barreras a esa mano que avanzaba furtiva, no apartarle de mí en ese momento que consideraba límite para detenerlo, habría sentido su miembro en mi interior y su éxtasis al vaciarse. No soñaba nada más, no anhelaba algo distinto y, sin embargo, una y otra vez rechazaba compartir su éxtasis por miedo a quedar en evidencia. Así, mis experiencias sexuales "plenas" fueron obligaciones ineludibles: embarazosas y frustrantes. Siempre pendiente de cómo y cuándo fingir el orgasmo; todo el placer, toda voluptuosidad desaparecían cuando el miembro de mi pareja se hundía en mi vagina, a partir de ese momento todo era teatro, pendiente siempre de seguir un texto que desconocía.

Lo que siempre me temía se produjo. Acababa de bajar el telón, todo había transcurrido conforme a lo esperado, estábamos los dos tendidos en la cama, él respiraba con dificultad, secamente me dijo: "No finjas, si finges nunca disfrutarás de esto". Estas fueron exactamente sus palabras, las recuerdo con toda claridad; ni siquiera me miraba, mantenía la vista perdida en el techo. Me sentí humillada, despreciada, sin capacidad para reaccionar, con dificultad pude contener las lágrimas. "No le des importancia. Si ha de llegar, ya llegará. Yo no te voy a exigir nunca un orgasmo, solo que te lo pases bien". El resto fue todo muy embarazoso. Me irritó su prepotencia ¿podía pensar que volvería a acostarme con él?, ¿permitirse el decirme lo que me exigiría y no me exigiría? Me despedí de él con la intención de no darle la oportunidad de exigirme nada.

No me pidas que te explique el porqué, pero a los tres días estábamos nuevamente abrazados en la misma cama. Fui decidida a no fingir, pero fue igualmente desastroso, aún más desastroso. Sentía sus labios fríos, sus caricias torpes, su fogosidad irritante. Sin intentar penetrarme descendió de mí, respiró profundamente y quedó con la cara hundida en la almohada. Casi como un susurro le escuche: "Ni tanto no tan poco" y me besó en el hombro. Encendimos un cigarro. Mantuvimos una larga conversación, llegué a llorar, el se mostró muy cariñoso y recuerdo que, entre otras cosas, me dijo más o menos esto: "Finge, pero porque a ti te apetezca fingir, nunca fijas para complacerme". "Todos fingimos, vosotras y nosotros". "Finge cuando te sientas bien y deja de fingir cuando te sientas incómoda". "Finge para excitarte y para excitarme, no para demostrarme que estás excitada". Volvimos a abrazarnos y fingimos como locos entre carcajadas. Desde entonces sí disfruté de una sexualidad plena.

En el tiempo que pasé con él aprendí a teatralizar mi excitación y a disfrutar haciéndolo, a respirar profundamente junto a su oído para disfrutar comprobando como mi respiración entrecortada despertaba su deseo, a clavarle las uñas en su espalda para hacerle perder el control. Me sorprendí al advertir como mis propios jadeos, jadeos fingidos, me excitaban y me obligaban a jadear con más fuerza. Me acercaba a la cama sabiendo que viviría un juego siempre distinto y siempre gratificante. El muy mamón me dejó del modo más convencional que conozco: me dijo que era maravillosa, que lo nuestro había llegado demasiado lejos y que no quería poner en peligro su matrimonio. Nunca alcancé un orgasmo con él; y fue cierto, nunca me lo exigió, siempre se mostró indiferente a ese respecto, no volvimos a hablar sobre el tema. Debo confesar que, internamente, llegué a reprocharle lo que consideraba una falta de consideración, a considerar su indiferencia casi un desprecio; pero vendita indiferencia, me permitía disfrutar de sus orgasmos como si fuesen míos propios, quedar en un estado de placidez comparable al suyo. Tuvo que pasar tiempo para que, ya con otra pareja, sin ser consciente de cómo, sintiese una tremenda convulsión en mi sexo que recorriera como un latigazo todo mi cuerpo.

Me preguntas por la penetración anal. Que esto quede entre nosotros, ya que nunca le he dicho a nadie que la practicamos. Me preguntas si a mí, a las mujeres, nos es gratificante. ¡Que decirte! A mí me resulta sumamente gratificante, pero creo que eso no responde a tu pregunta. Está claro que te excitas mordiéndome el cuello porque me excita que me lo mordisquees, no porque sea excitante mordisquear el cuello. Lo que no está tan claro es el porqué me excita que me lo mordisquees. Si fingiese que me excita que me chupetees el dedo gordo del pie, te excitarías chupeteándomelo, te gustaría chupeteármelo y estoy segura de que llegaría a excitarme el que me lo chupeteases. Mi dedo gordo del pie se convertiría en nuestra zona erógena fetiche. Así, podría ser que fuese tu excitación al penetrarme lo que produce mi placer.

En una ocasión, con una de mis parejas jugué a un juego. Su mano acariciaba mi tripa, habíamos hecho el amor un rato antes. Cuando paró de acariciarme, con mi mano sobre la suya, todavía ésta no había abandonado mi tripa, la conduje obligándola a repetir los mismos movimientos con los que instantes antes me estaba acariciando. Pronto, su mano se movía al ritmo que yo le marcaba. Comenzó a gustarme el juego. En ocasiones obligaba a que presionase con un único dedo, en otras, le obligaba a presionar con toda la mano. Ahora la conducía por toda mi tripa, ahora por las inmediaciones de mi ombligo. Sus movimientos, que eran los míos, despertaron mi placer. Con mi respiración le hice ver el placer que me proporcionaba. Sentí su miembro en mi espalda, eso me proporcionó aún más placer. Me puse boca arriba, abandonada a mis sensaciones, su mano ya se movía con entera libertad, ahora eran los movimientos de mi tripa los que le marcaban el ritmo. Pronto su boca, con lametones, mordiscos y chopetones, vino a sumarse a las manos. En ningún momento dejé de comunicarle mi place cada vez más intenso: con caricias, arañazos, tirones de pelo, hundiendo con mis manos su cabeza en mi ombligo. No alcancé el éxtasis, llegó un momento en el que el juego dejó de interesarme, me enfrié. Retornó la calma, ambos languidecimos uno junto al otro. Más tarde advertí que, en algún momento, él se había corrido.

En la penetración anal, la posición que se adopta puede ser un inconveniente para la mujer. Si bien es cierto que, en ocasiones, permanecer aplastada boca abajo sintiendo tus fuertes acometidas me produce un tremendo placer; en otras, la inactividad a que me reduce llega a producirme frustración. Pero esto es más consecuencia de la posición que del acto. Así, habrás observado que en ocasiones, sin rehuirlo, te fuerzo a que cambies a esa otra posición, más bien que la retomes, en la que usualmente inicias la penetración: abrazados de costado, tú tras de mí. En esa otra posición, si bien me pierdo esa sensación de dejadez que produce permanecer inactiva boca abajo, a cambio, aun con dificultades, puedo acceder a tu cuerpo, acariciarlo y arañarlo; y puedo exigir a tu mano que presione mi sexo y mi pubis con firmeza al ritmo de tus acometidas; también, que atienda a mi tripa, a mis pechos,... que mi cuerpo no se sienta solo. Por lo demás, la penetración me produce un extraordinario placer. ¿Es la propia penetración la que me produce ese placer o es tu excitación, percibir tu placer al penetrarme, lo que me excita y me complace? Cómo saberlo. ¿Era tan placentero para aquel muchacho acariciarme la tripa como para provocarle el éxtasis? ¿Es tan placentero para ti el mordisquearme el cuello como para que pierdas el control a los pocos segundos? Cualquier zona de nuestro cuerpo, cualquier zona del cuerpo de nuestra pareja, cualquier acción que conduzca a tu placer provocará el mío. Si te complaciera que, calzada con unos zapatos de aguja, te pisoteara, me excitaría pisotearte; y si me excitara pisoteándote, te dejarías pisotear con gusto, los límites siempre los pondrías tú o yo. Pero tengo motivos para pensar que la penetración anal, más allá de otras consideraciones, me produce placer. Sentir tu miembro en mi interior siempre me produce placer y sentirlo allí, un lugar tan poco frecuentado por tu miembro, mayor placer. Sentir como mi culo se abre, desatendiendo a mi voluntad, sentir como tu miembro se abre camino entre mis entrañas me produce placer, sentir el ardor de tu pene entrando y saliendo me produce placer.

No, no te permito que me penetres por lugar tan poco piadoso por condescen-dencia. Como tampoco... Bueno, antes tengo que aclararte algo: conozco tu extraña relación con los lunares rojos. Pienso que contarte lo que te voy a contar será como perderme algo; porque tras ello ya no será lo mismo; pero llevo mucho tiempo mordiéndome la lengua para no contártelo.

¿Por qué te excitan los lunares rojos? Porque sé que te excitan. No me preguntes cómo y cuándo lo descubrí. Hace mucho, desde entonces ha sido ese rasgo tuyo el que más satisfacciones me ha proporcionado. Observaba perpleja como me incitabas a comprar blusas de lunares rojos. Tímidamente, distraídamente, me acercabas a las perchas de las que colgaban prendas de lunares rojos, me las mostrabas para que me las probase, no podías ocultar un cierto nerviosismo. Siempre he jugado a probármelas y dejarlas con desprecio en el primer montón que veía (por dentro me estaba riendo a carcajadas, tendrías que ver tu cara en esas ocasiones), pero tú sabes que siempre en mi armario han estado presentes las prenda con lunares rojos, siempre me he preocupado de que así fuera. También sé que los lunares verdes te inhiben. Porque al principio creía que eran los lunares los que te motivaban y me compré una blusa de lunares verde y ella no provocó los efectos esperados sino todo lo contrario; la arrinconé y no volví a ponérmela. Me ponía de lunares rojos cuando quería sentir tu excitación; en unas ocasiones me ponía los lunares para garantizarme un buen polvo y en otras para asistir complacida a tu cómico estado de excitación tras mis reiterados rechazos. Disfrutaba tanto que no dudé en alimentar tu fetichismo. Procuraba ponerme especialmente atractiva y provocativa cuando vestía de lunares. Cuidaba especialmente cara y pelo; acompañaban a la blusa los vaqueros que mejor culo me hicieran o la falda más sensual; los escotes debían ser amplios, para esas ocasiones compro sujetadores que realcen especialmente esos senos que en no pocas veces dejo que se insinúen en libertad tras la blusa. Casi lloré cuando, de tanto usarla, tuve que retirar una camiseta de lunares rojos que me quedaba muy ajustada, con la que me veía muy guapa. Tu respuesta llegó a asustarme ¿Qué ocurriría cuando te cruzases con una mujer vestida con una blusa de lunares rojos y se te pusiera a tiro? Había llegado demasiado lejos, me dio miedo. Los lunares rojos afortunadamente nunca han estado de moda, no obstante, debía adelantarme a cualquier eventualidad. Lo primero que había que evitar por todos los medios era que las mujeres de nuestro entorno vistiesen en algún momento una prenda de lunares rojos. A Carmen, a la que imprudentemente había comentado tu debilidad, se lo prohibí directamente, nunca a transgredido tal prohibición. Husmeé en los armarios de todas nuestras amigas y con satisfacción no encontré ninguna prenda de lunares rojos. Desde entonces, siempre he evitado el juego de los lunares cuando íbamos ha encontrarnos con alguna de ellas (recuerda, procuro ponerme lo más atractiva posible, había que evitar que pensaran que eran los lunares rojos los que realzaban mi atractivo) y procuré evitar que, por propia iniciativa, comprasen alguna prenda de lunares rojos. Desde entonces las he acompañado en sus compras siempre que he podido. Y ya puesta..., esto sí que no debería contártelo, ¿por qué no ser algo más perversa?, ¿por qué no hacerles ver lo bien que les quedaba a la cara los tonos verdes, en especial los lunares verdes? Lo siento, creo que he hecho de nuestro entorno un infierno para ti; pero salvado el miedo he vuelto a disfrutar con los lunares rojos.

Si te permito que me penetres contra natura no es por complacerte, como tampoco es para complacerte que me visto de lunares rojos. Hoy sentiría un vacío en mi vida si de vez en cuando no te atrajese esa zona de mi cuerpo, como sentiría otro vacío si corrigieras esa desviación fetichista tuya. Ahora hago uso de ella de forma selectiva, cuando quiero jugar a algún juego desconocido e inusual: nunca me has defraudado.

Esto no tiene valor estadístico, pero considero que me legitima para asegurar que es un desatino suponer que se ha hecho sufrir, ya desde la noche de bodas, a esa criatura con la que algún día se llega a practicar el sexo anal, simplemente porque se puede documentar eso, que en alguna ocasión se ha practicado el sexo anal. Sólo un pobre hombre, con muchas limitaciones, inválido para juzgar la sexualidad de nadie, puede sentirse legitimado para pensar tal cosa.

Se ha comenzado el capítulo refiriendo los intentos por mostrarnos al autor de Justine como un depravado sexual. Tantas acusaciones y tan contradictorias sólo encajarían en una persona que practicase el sexo en todas sus formas, algo que algunos consideramos saludable.

Sade no pudo ser simultáneamente: sadomasoquista, pedófilo, fetichista que gozaba con la embarazadas y fetichista que aborrecía a las embarazadas (se ha inventado para él un supuesto complejo de Edipo negativo: amaba a su padre y despreciaba a su madre. Ese complejo le llevaría a alejarse y repudiar a su mujer embarazada, asociando su figura a la maternidad) sodomita, homosexual, impotente, libertino, sufridor de un supuesto síndrome de esperma denso que le impedía disfrutar con los orgasmos y los hacía dolorosos... y más. Si lo unimos todo o parte nos da un cuadro imposible. Las patologías sexuales muestran cuadros limitantes, cada una representa la obsesión por una práctica sexual concreta que dificulta la práctica de otras actividades sexuales. Una patología no describe una actividad aberrante, sino la forma obsesiva (si quieres aberrante) de practicar una determinada actividad. La imposibilidad de practicar sexo en una postura diferente a la del misionero sería patológico, no por que practicar la postura del misionero sea aberrante, sino porque limita a quien solo puede practicar sexo en esa postura. La suma de patologías no configura una patología más aberrante; alguien que sufriera el conjunto de patologías sexuales sería una persona totalmente normal que vive una sexualidad plena, al margen de que esa persona, como cualquier otra, pueda cometer o no actos inmorales relacionados con el sexo. Las patologías sólo describen cuadros clínicos, no morales.

Sadomasoquismo:

Excluyamos el juego lúdico de excitar los sentidos hasta el punto de sufrir o provocar dolor, consideremos el sadomasoquismo como una patología, la de aquellos casos excepcionales en los que sólo se alcanza el placer infringiendo dolor o soportándolo. No importa la intensidad del dolor, en muchos casos podría llegar a ser mínima, y no lo confundamos con el sadismo: un sádico no tiene por qué tener un comportamiento sexual sadomasoquista, en la mayoría de los casos su sexualidad será normal o frustrante, pero no sadomasoquista. El sadomasoquista, por esta definición, no podría mantener relaciones sexuales normales o mantenerlas de forma muy limitada e insatisfactoria. Si el individuo practica una sexualidad plena y se complace con episodios considerados sadomasoquistas, nada que decir; su pareja y él se lo pasarán mejor que aquellos con dificultades para escapar de la postura del misionero.

Sodomía:

Lo mismo (voy a ser reiterativo). Si ha alguien le obsesiona la penetración anal hasta el punto de imposibilitarle una vida sexual plena, hay un problema; de lo contrario...

Homosexualidad:

La homosexualidad es una limitación, como la heterosexualidad; pero en este punto lo más limitante es la monogamia que obliga a una estricta definición sexual. Sade no pudo ser homosexual, mantuvo abundantes relaciones heterosexuales satisfactorias, y dudo que fuese bisexual (sólo se conoce, como una posibilidad, relaciones bisexuales en el contexto de una orgía en la que participaron cuatro mujeres y dos hombres. ¡Quién sabe lo que puede pasar en una orgía de ese tipo! No sería significativo, a nadie se le puede definir por lo que ocurre en una de estas orgías), en todo caso, nada aberrante.

Pedofilia:

El pedófilo es un ser repugnante, pero no hay que confundir la pedofilia con las relaciones sexuales entre menores y mayores.

Aquí, voy a valerme de la intuición. Probablemente, la principal característica del pedófilo sea el miedo a mantener relaciones con mujeres (El fenómeno de la pedofilia se da fundamentalmente, o exclusivamente, en la dirección hombre-niña, no porque no se den relaciones sexuales entre mujeres maduras y adolescentes, sino porque el cuadro clínico del pedófilo es característico en el hombre). La barrera que el pedófilo encuentra para relacionarse con las mujeres no la encuentra en las niñas. Y es esa característica lo que hace que, con la forma de acercarse a la niña y mantener relaciones con ella, forzándola o estuprándola, convierte a la pedofilia en repugnante y que en casos se descienda en la edad de la niña hasta extremos aberrantes.

Las relaciones sexuales entre una menor o un menor y una persona mayor es un delito (la relación de un, una, adolescente de quince años y un adulto de veinticinco está considerada como delito de pedofilia), pero esto no quiere decir ni que sean inmorales, ni que sean inapropiadas; habría que individualizar los casos y, probablemente, nunca varias personas llegarían a idénticas conclusiones, los condicionantes culturales en este punto son muy fuertes. En todo caso, una prima mayor o una vecina cariñosa puede allanar mucho el camino a un adolescente de quince años. ¿Podría ocurrir lo mismo cambiando los sexos? Pienso que sí, aunque existen más dificultades: los hombres somos unos cenutrios y los condicionamientos culturales castigan especialmente este tipo de relaciones. Quizá sea minusvalorar a mi propio sexo, pero pienso que la personalidad sexual de una mayoría de hombres no es la más apropiada para ayudar a que una adolescente se acerque al sexo por primera vez. También, la sexualidad de la mujer ha estado y está más reprimida, las jovencitas debía llegar vírgenes al matrimonio; este tipo de relación chocaría frontalmente con ese tabú. La sociedad que entiende que un adolescente practique el sexo, no entiende que lo practique una adolescente, menos que pudiera verse incitada a practicarlo por una persona mayor. Este ambiente cultural puede pesar en la adolescente y puede sumarse al sentimiento de haber pedido de forma pecaminosa algo irrecuperable. La pedofilia no tiene nada que ver con este tipo de relaciones más o menos extendidas, aunque sea tabú incluso hablar de ellas.

Nuevamente vuelvo a diferenciar a aquellos que por frustraciones, traumas, obsesiones se ven impedidos para vivir una sexualidad normalizada, de los que practican el sexo con naturalidad, con peculiaridades más o menos aceptadas o no. Esto no significa que existan dos grupos: los malos, los que sufren alguna patología sexual y los buenos, los que no la sufren. Se puede padecer una patología sexual y no cometer inmoralidades o cometerlas de tono menor, y no sufrir ninguna patología sexual y cometer todo tipo de tropelías. Los biógrafos no juzgan a Sade por los incidentes en los que se vio involucrado, porque acusar a alguien de haber mantenido amantes, frecuentar prostitutas, dar una azotaina a una de ellas, vivir una orgía con resultado de cólico, no son faltas suficientemente graves como para convertirle en un monstruo. Estos incidentes son utilizados por sus biógrafos para trabajosamente confeccionar una patología, convertirle en una especie de depravado sexual; pero alguien que en alguna ocasión haya tenido diferencias con una prostituta llegando a las manos no es un sádico; alguien que con ocasión de una orgía haya practicado la penetración anal con alguien de su mismo sexo no es homosexual; alguien que haya mantenido amantes y frecuentado los prostíbulos no es un depravado. Estos y otros lances, más o menos probados, serán más o menos censurables, pero no configuran ni una patología ni una personalidad depravada.

Volviendo a la pedofilia. El pedófilo tiene una personalidad sexual muy marcada, Sade no era un pedófilo. Para acusarle de pedófilo sus biógrafos se basan en el, por ellos denominado, "caso de las adolescentes" del que, ellos mismos admiten, no existe ninguna prueba.

Pauvert dirá:

...Hasta hoy ninguna información precisa ha venido a arrojar algo de luz sobre lo que tan bien ocultaron las murallas del castillo de Donatien.

Lever:

De lo que pasó durante el invierno de 1774-1775 tras los altos muros de La Coste, sólo sabemos lo que dicen los rumores, pero no es difícil de imaginar.

Pero se apresuran a describirlo en términos muy parecidos a estos de Du Plessix:

Al hacer cábalas sobre las bacanales celebradas en La Coste durante esas semanas de invierno, sólo cabe remitirse a las coreografías realizadas en primeras fiestas del marqués, así como a las proezas realizadas en los burdeles y preferencias de los nobles de la época: Flagelación con látigo y azotes de tiras; una buena dosis de sodomía, tanto homosexual como heterosexual; unas cuantas penetraciones en cadena (por primera vez hay muchas participantes lo bastante jóvenes para obedecer sin ofrecer resistencia). Hay que añadir otro elemento fundamental del erotismo que todavía no había quedado registrado en el repertorio sexual de Sade: el desfloramiento de cinco vírgenes.

Unos invierten tres páginas y otros veintitrés; pero, salvo excepciones, todos despliegan lo mejor de su imaginación para describir unos incidentes que afectaron principalmente a Renée (todo comenzó cuando Renée despide a una joven sirvienta acusándola de robarle objetos de plata).

Du Plessix describe las acusaciones que pesan sobre Sade a la perfección. Sade se las ingeniaría para (en presencia de Renée, con su beneplácito o su participación, nada se sabe) motar durante mes y medio toda una serie de orgías con los seis adolescentes, también hay un joven adolescente. No se sabe si los fuerza, los engaña, los compra o los convence; como tampoco se sabe nada del carácter de las orgías (ni siquiera se sabe que existieran), aquí la imaginación de cada uno es la que manda.

En ningún momento Sade mantuvo relaciones sexuales con menores. La más joven de sus amantes tenía veinte años cuando él tenía veintitrés o veinticuatro, la disputada actriz mademoiselle Colet, cortesana, sin duda, con mayor experiencia sexual que él. Las jóvenes del escándalo de Marsella eran prostitutas, se les supone una amplia experiencia sexual. El pedófilo lo que busca en las niñas es la inexperiencia, una mujer con experiencia le inhibe. Sade que admitió su libertinaje, se defendía diciendo que jamás había mancillado el honor de ninguna mujer ni puesto en peligro la salud de Renée, y Sade se defendió de las acusaciones en muy pocas ocasiones.

Y para Sade, probablemente, un adolescente de quince años ya no era un niño. Yo no entendería que un adolescente de catorce años estuviese formado para, en el frente, luchar cuerpo a cuerpo contra hombres que le podían doblar o triplicar la edad, y no estuviese formado, formada, para mantener relaciones sexuales. Por otra parte, el adolescente Sade mantuvo relaciones sexuales muy satisfactorias con una señora que le triplicaba la edad, recordemos su peculiar manera de aprender idiomas, no creo que tuviese una mala consideración de ese tipo de relaciones.

El principal problema con que nos enfrentamos, si atendemos a las insinuaciones de sus biógrafos, es conocer de qué le acusan. Es dificilísimo defenderse de rumores o insinuaciones, porque su vaguedad imposibilita la defensa.

Las descripciones más o menos pormenorizadas como la de Du Plessix y que son compendio de la tradición biográfica de Sade (más o menos todos, nuevamente decir que hay excepciones, recurren a descripciones parecidas), se descalifican por sí solas: si nada se conoce de lo que pasó tras los altos muros de La Coste todo son "cábalas"; y ¿es posible que alguien se defienda de las "cábalas" que otros imaginen contra él? Si no se sabe qué pasó, ¿cómo contradecir esas cábalas? Al no existir datos, éstos no pueden aportarse para contradecir estas cábalas. Los detalles que cada uno de ellos aportan son producción de la imaginación más o menos viva de cada uno de ellos. "el caso de las adolescentes" debería constituirse, no en un proceso contra Sade sino en un proceso contra sus biógrafos: ¿es lícito incluir tus cábalas en una biografía? ¿puede tu imaginación definir la realidad?

Pero, soy incorregible, entro al trapo. Aceptemos como acto de fe la descripción de Du Plessix. ¿De que se le acusa?: ¿de pedofilia?, ¿de violación?, ¿de forzar a menores? ¿de prostituir a menores?, ¿de estuprar a menores?

Pocas veces un rumor se parecerá a esto: "Pedro robó el martes pasado la agencia bancaria de la calle Perico Perez". Aquí, podremos deducir si robo o no tal banco, podremos comprobar si tal sucursal ha sido robada y las posibilidades de que fuese Pedro quien la robara. Los rumores, los más mezquinos, son siempre de este tipo: "¿No te extraña que Pedro maneje tanto dinero? Se dice que es dinero robado" Aquí se nos priva de la posibilidad de contrastar tal información.

"El caso de las adolescentes" no es el único. Sus "biógrafos" han emponzoñado toda su biografía de rumores tanto o más tendenciosos. También dedicaremos un capítulo a la supuesta relación de Sade con su cuñada. No existe posibilidad racional de que Anne, la hermana de Renée, se amancebase con Sade, únicamente una mente calenturienta podría hallar indicios, veamos uno de ellos, es de Pauvert:

Recapitulemos: un gentilhombre de treinta y un años, que parece haber renunciado a toda ambición, está instalándose en un castillo aislado con su mujer, sus tres hijos y su joven cuñada. No es necesario ser demasiado suspicaz para pensar que la situación es, quizás, un poco aventurada. Ahora bien, la madre de las dos jóvenes parece dar su bendición al arreglo.

Aun existe una forma más mezquina de divulgar rumores: "¿Sabes que se comenta que Pedro es un ladrón? Son rumores absurdos e infundados, pero... yo no le encuentro explicación al tren de vida que lleva". En Pauvert, y en relación con este otro caso, el de "Sade y su cuñada", podemos encontrar esto:

La leyenda del siglo xix en torno al marqués de Sade contaba que inmediatamente después del incidente de Marsella había raptado a su cuñada y había huido con ella a Italia en las circunstancias más novelescas. Paul-Louis Jacob cuenta con detalles cómo, después de haber ocultado su juego durante años, Donatien había organizado una bacanal en Marsella, de la cual hace un relato inspirado por Bachaumont: muchachas semidesnudas, ebrias de cantárida, que se libran "a las más infames prostituciones", se arrojan por las ventanas, etc. Después de lo cual Donatien, postrado a los pies de la canonesa, le habría hecho una declaración trémula:

"Os amo al punto de no poder vivir sin vos, dijo con todos los signos del dolor más vivo; sé que no me amáis; ¡sé que me despreciáis! Este pensamiento ha sido el conductor de mi crimen: estaba decidido a perecer, animado por la venganza que hubiera deseado ejercer sobre la humanidad entera; proyecté inmolar conmigo algunos miserables que habían perdido mi reputación atribuyéndome infamias que devuelvo a sus infames autores; con mis manos preparé el veneno; muchas personas han sucumbido; el azar me ha salvado, y ahora me haré justicia después de haberos dicho adiós, para escapar al castigo que me estaba re-servado"...

Pero, evidentemente, se trataba de una trampa, del clásico chantaje de la desesperación, y el ardid dio resultado:

..."Una hora después, Mlle. de Montreuil, completamente páli-da y temblorosa, estaba sentada junto al marqués de Sade en una silla de postas, a la que los amigos de éste se acercaban para felicitarlo por su conquista y presentarle sus votos de que la conservara por largo tiempo. La pobre señorita permanecía muda en el fondo del vehículo, donde su vergüenza y su rubor no tenían otro velo que una noche oscura apenas iluminada por algunas antorchas: el marqués triunfaba. /./ "Adiós, señores, dijo alegremente a los testigos de este rapto, haced como yo, penitencia: voy a fundar una ermita en Italia y adorar el amor perfecto././ "Los dos amantes partieron"...

Evidentemente, estas galanterías falsamente dieciochescas vistas por un romanticismo flamígero (Jacob escribe en 1837) nos hacen sonreír. No obstante, tenemos que repetirnos que ignoramos por completo lo que pudieron ser las relaciones entre Donatien de Sade y su cuñada, y que si ahora sabemos suficientemente sobre Sade y su entorno como para juzgar improbable la escena que se acaba de evocar (salvo en lo que concierne al chantaje, completamente en el estilo de Sade), lo cierto es que no somos capaces de sustituirla por otra.

¿Se puede ser aun más malicioso? Volvamos al "caso de las adolescentes". Para componer este luctuoso suceso no disponen ni tal siquiera de rumores. No existen informes, no existen rumores; tampoco figura en la leyenda de Sade que se forjaría en el siglo XIX ya una vez muerto y como reacción a la imparable difusión de sus obras; Y, como ellos mismos reconocen, nada se sabe. Aquí no se hacen eco de rumores: directamente inventan; y se ven obligados a justificar que sobre sus elucubraciones no existan ni rumores ni documentos:

Gilbert Lely no está de acuerdo: "Semejante teoría no nos parece aceptable. Si se considera la amplitud del escándalo suscitado por los simples delitos de Arcueil y de Marsella y los aterradores relatos a los que dieron lugar, es difícil creer que ninguna auténtica fechoría hubiese podido quedar sin eco en la leyenda del marqués".

Los argumentos de Gilbert Lely no son válidos. Tanto en Marsella como en Arcueil se trataba de asuntos cuya publicidad se hacía a partir de las mismas instancias judiciales; a continuación la opinión pública los adornaba. En La Coste, en 1775 y 1776, el rumor quedó circunscrito a un pequeño círculo local, sin alimento oficial, y veremos cómo, inversamente a lo ocurrido en los procesos anteriores, todos los poderes se sumaron para sofocar hechos que jamás fueron abiertamente enunciados (en Pauvert)

En "el caso de las adolescentes", como en otras acusaciones vertidas contra Sade, se aprecia que estos biógrafos no pasan de murmuradores ilustrados (se supone que ilustrados).

En espera de que la imaginación de alguno de ellos concrete cargos, que decida si Sade fue sadomasoquista, sodomita, impotente, fetichista, pedófilo o invertido pasivo; porque es imposible que en la misma persona cohabiten estas patologías, deberemos concluir que no existe nada patológico en su sexualidad. No hay que ser un sádico para describir sus tropelías, pervertido sexual para describir aberraciones sexuales o mujer para describir la sexualidad femenina. Quien tenga interés en diagnosticar a Sade una patología sexual deberá contentarse con explorar una poco probable y poco exótica dependencia al sexo. La terrible y legendaria sexualidad de Sade queda reducida a la historia de un hombre al que le gustaba follar, que folló mucho y folló bien, algo que muchos no están dispuestos a perdonarle: que la Virgen lo haya acogido en su seno.





Sade. La brutalidad de una obra.

Es difícil enfrentarse a la obra de Sade, a sus principales obras, sin estremecerse. Es difícil mantener la lectura de esas obras, pueden calificarse de brutales. Sade en su Ideas sobre las novelas, contestando a las críticas que suscitó su obra Los crímenes del amor, una obra poco representativa de esa crudeza, nos dice:

Según dicen, mis pinceles son demasiado fuertes: presto al vicio trazos demasiado odiosos. ¿Quiere saberse la razón? No quiero hacer amar el vicio; no tengo, como Crébillon y como Dorat, el peligroso proyecto de lograr que las mujeres amen a los personajes que las engañan; quiero, por el contrario, que los detesten; es el único medio que puede impedirles ser sus víctimas; y para lograrlo, he hecho a mis héroes que siguen la carrera del vicio tan espantosos que, desde luego, no inspirarán ni piedad ni amor. Me atrevo a decir que en esto soy más moral que quienes se creen autorizados a embellecerlos.

Pienso que Sade era consciente de su aportación a la novela. A las críticas que suscitó sus Crímenes del amor, serie de cuentos tampoco representativos de sus "enérgicos pinceles", Sade respondió con novelas en las que acrecentaba la crueldad de sus antihéroes dotándolos de caracteres aún más insoportables.

A parte de su situación personal, encerrado en diversas fortalezas durante años sin juicio y sin sentencia, para analizar su obra hay que tener presente lo que admiraba en los escritores y pedía a aquellos que se dispusiesen a escribir una novela: originalidad, inventiva… En definitiva, innovación:

Terminemos mediante una afirmación positiva: las novelas que hoy damos son absolutamente nuevas, y, en absoluto, bordadas sobre temas conocidos. Semejante cualidad tiene quizá cierto mérito en un tiempo en que todo parece estar hecho, en que la imaginación agotada de los autores parece no poder crear ya nada nuevo, y en que no se ofrece al público más que compilaciones, extractos o traducciones.

[…]

Ninguna guía nos ha precedido en las demás novelas; fondo, narración, episodios, todo es nuestro. Quizá no sea de lo más afortunado; ¡qué importa!, siempre hemos creído, y nunca dejaremos de estar convencidos de ello, de que vale más inventar, aunque sea débil, que copiar o traducir; uno tiene la pretensión del genio, pretensión es por lo menos; ¿cuál puede ser la del plagiario?3

Y lo que consideraba había sido un camino trillado en la novela:

Para quien conociera todas las desgracias con que los malvados pueden abrumar a los hombres, la novela resultaba tan difícil de hacer como monótona de leer; no había ningún individuo que, en cuatro o cinco años, no hubiera sufrido más infortunios de los que en un siglo podría pintar el novelista más famoso de la literatura.

Los crímenes del amor suscitó críticas en términos durísimos en los que se atacaba la moralidad de su autor. Nos queda el testimonio de una crítica aparecida el 22 de octubre de 1800 en el Journal des arts, des sciences et de littérature cuyo autor Villeterque le recrimina: "No siempre, dice el autor, se interesa haciendo triunfar la virtud […] ¿Cuál puede ser, pues, por otra parte, la utilidad del crimen triunfante? […] No he podido leer sin indignación estos cuatro volúmenes de atrocidades repugnantes.[…] Que uno no se imagine que un solo delito basta al autor para cada uno de sus relatos; los amontona: es un tejido de horrores …" Y esto escrito por el autor de: "Libro detestable de un hombre sospechoso de haber hecho otro aún más horrible [Se refiere a "Justine" del que Sade siempre negó ser su autor].

Si su Justine es el "intento de algo nuevo"1, en La nueva Justine y Julieta ese intento lo lleva al extremo. Sade, a pesar de las criticas que suscita sus Crímenes del amor profundiza en ese intento, intuyendo que tal intento significa la renovación de la novela.

Si las recriminaciones de sus detractores pueden ayudarnos a entender los principios que regían para la creación de novelas en aquella época, es en su Ideas sobre las novelas, citada aquí con insistencia, un ensayo de no más de quince páginas, donde podemos encontrar sus influencias y, en forma de consejos a los nuevos novelistas, sus aspiraciones. Considero que ese pequeño ensayo es fundamental y perfectamente aclaratorio para el perfecto entendimiento de su obra. Nada se podría aportar desde estas páginas, sin un extenso estudio histórico y literario, que no fuese la inserción de fragmentos de ese ensayo (incluido en Los Crímenes del Amor.

Monterrey

En 1967, en el festival de Monterrey, Jimi Hendrix quema la guitarra y la destroza contra el suelo. Quienes se quedaron tan sólo con un gesto de rebeldía se perdieron algo. Desde Monterrey todo es posible sobre un escenario. A Hendrix le debemos no sólo su música, también que abriera la puerta de la creatividad sobre los escenarios.

Algo parecido podemos decir de Sade para definir su aportación tanto a la literatura como a otras expresiones artísticas. Los que se han quedado en la anécdota de lo escabroso no han ido más allá de la pornografía barata. No fue ese el caso de los grandes novelistas del siglo XIX.

Pero tampoco puede considerarse un proceso automático por el que la obra de estos novelistas es la herencia directa de Sade. No es un proceso mimético. En las novelas de Sade los personajes son símbolos. Justine no es un personaje de carne y hueso, es el símbolo de la Virtud que no se permite ni una sola debilidad, y sus antihéroes, absolutamente perversos, símbolo del Vicio. En este aspecto podríamos considerarlos personajes monolíticos, tan acartonados como los de otras muchas novelas de la época. Lo que rompe Sade en su obra es mostrar a la virtud triunfante frente al vicio, trastocando una estereotipada construcción de la novela por la cual la dialéctica de los personajes positivos es clara y arrolladora frente a las confusas argumentaciones de los personajes negativos. El resultado es que la brutalidad mostrada en sus obras no queda contrarrestada con una clara posición moral. Las argumentaciones de los antihéroes pueden ser tan convincentes como las de sus víctimas y el resultado es que el lector queda sumido en una tremenda confusión tras leer cualquiera de sus grandes obras. Pero esto es más producto de la factura de sus obras (básicamente el binomio brutalidad y justificación cínica de esa brutalidad) que de los presupuestos del propio Sade. Casi sin excepción, Sade comienza estas obras "disculpándose" de lo que el lector va a presenciar. Recurro nuevamente a la primera página de Justine:

Es cruel, sin duda, tener que describir un montón de infortunios abrumando a la mujer dulce y sensible que mejor respeta la virtud, y por otra parte la afluencia de prosperidades sobre quienes aplastan o mortifican a esa misma mujer. […] Pedimos indulgencia al lector por los sistemas erróneos que aparecen en boca de varios de nuestros personajes, y por las situaciones a veces algo fuertes que, por amor a la verdad, hemos tenido que colocar ante sus ojos.

No me resisto a fabular cómo pudo ser esa trasferencia de la obra de Sade a los escritores del siglo XIX. Tendrían por una parte la figura de su autor, en aquel tiempo considerado un personaje detestable, y por otro, su obra, principalmente Justine2, considerada igualmente detestable. Únicamente tuvieron oportunidad de acceder a su obra, a esa obra detestable. Estos escritores poco pudieron variar su percepción de ese autor conociendo su leyenda, y en estas condiciones, ¿cuáles pudieron ser sus valoraciones de la obra?

Pienso que hay dos líneas fundamentales en esa transferencia. Una sería la "Literatura del Mal" línea que seguirían aquellos que considerasen la obra de Sade como la maléfica obra de un personaje maléfico. La fuerza de su obra les advertiría que describir explícitamente El Mal, llevar la literatura a sus extremos podría ser una senda fructífera. Y una segunda línea que iniciarían aquellos que se vieron confundidos por esa obra y por la leyenda de su autor. Estos segundos podrían ver en esa obra, libertad. Libertad para describir personajes y situaciones sin ninguna restricción. Esto es únicamente una idea, una fabulación que surge de unas preguntas, para mí, difíciles de contestar: ¿Qué pensaron los escritores del siglo XIX que se inspiraron en Sade de su obra y de su autor? ¿Qué descubrieron en su obra y cómo lo descubrieron?

Hoy entiendo que he llegado a Sade, no por conocimiento directo de su obra, sino nutriéndome de aquellos que supieron de él y se sirvieron de su extraordinaria aportación a la narrativa (que se vieron influenciados por su obra y su leyenda de muy diferentes formas).

El sistema narrativo de Sade es tan extraordinario que tan sólo acogiéndose a él, sin ningún otro mérito, se consiguen creaciones de una fuerza inusitada.

Lo bello del sistema es su simpleza: alejarse de la creación. Como autor te ofrece la libertad de conformar personajes auténticos porque no se ven contaminados por la personalidad y las reservas del autor. La posibilidad de crear personalidades y situaciones complejas, alejadas del maniqueísmo. Personalidades y situaciones "completas".

La mayor limitación del autor en la construcción de sus personajes es su propia ideología, ética,… y, más allá, su forma de ser, sus complejos, sus reservas. Pueden afectar de forma perfectamente consciente, pero también inconsciente. El autor se siente condicionado, primero definiendo personajes positivos y negativos. Y después, con una intricada maraña de condicionantes al dotar de "cualidades" y "defectos" a estos personajes ya definidos como positivos o negativos. De este modo los personajes dejan de se de carne y hueso y se convierten en clichés. En todo caso son personajes limitados por las reservas del propio autor. El autor no se atreve a que un determinado personaje se comporte de una determinada manera al haber sido definido como positivo o negativo.

En el prólogo a mi obra Donatien Marqués de Sade, en mi primer acercamiento a la obra de Sade ya advierto algo que me parece sobresaliente en su obra: la extraordinaria capacidad (diría que valentía) para prestar lo que pudiera ser su "ideario" a personajes depravados. Esto produce un efecto devastador para su autor que está expuesto a todas las malinterpretaciones, a maliciosas interpretaciones. Porque es fácil, para un detractor de Sade, adjudicarle una personalidad o ideario perverso, utilizando la simplificadora dicotomía: lo que expresan los personajes positivos pertenece al ideario del autor y lo que expresan los personajes negativos su antítesis (en el caso de Sade sus detractores han ido aún más lejos identificarlo con sus personajes negativos). Sade no duda en mutilar, exagerar, usar cínicamente su ideario y su personalidad y ponerlo al servicio de la creación literaria, adjudicando a sus personajes las características, virtudes y defectos que considera oportuno para crear personajes coherentes, al menos coherentes desde su punto de vista. En definitiva, desprenderse de prejuicos y reservas, escribir con entera libertad, sin miedo a las posibles interpretaciones que el lector haga de su obra.

Los personajes de Sade son, en la medida de capacidad del propio Sade para construirlos, personajes "completos", no limitados por los miedos del autor a ser malinterpretado. La preocupación de Sade es crear personajes "auténticos", desatendiendo al uso de crear personajes monolíticos. Renunciando a acercar a su ideario, personalidad, vivencias… a los personajes positivos y alejar a los negativos.

Cuando un autor logra vencer los miedos y se distancia totalmente de su obra, necesita muy poco más para que sus personajes adquieran la condición de "auténticos", superando a aquellos en los que el autor los construye artificiosamente procurando que su personalidad no se trasluzca o prestando o no rasgos de esa personalidad dependiendo del carácter positivo o negativo del mismo. Simplificando: si un autor es rubio, sentirá pudor o rechazo a que su personaje "negativo" sea rubio. Esto aparentemente es una trivialidad que no limita la construcción de personajes, pero puede resultar penoso que los personajes positivos de un autor sean rubios y los negativos morenos. Y si este pudor puede vencerse fácilmente, mucho más difícil es cuando se trata cuestiones sutiles. El autor no deja de ser persona y las personas somos complejas. Tenemos miedos y contradicciones que nos gusta preservar de la mirada de los demás. El temor a que estos miedos, estas contradicciones sean desveladas al leer la obra, como nuestros miedos y nuestras contradicciones son muchas (al menos los míos), limita la capacidad creadora, el autor renuncia de antemano a plasmar caracteres y situaciones por condicionantes propios.

El autor tiende a evitar que un personaje negativo se exprese como él mismo se expresaría. Considera, quizá sólo inconscientemente, que podrían identificarlo con ese personaje. El resultado es que todos los miedos del autor limitan la construcción de personajes y situaciones. Sade parece liberarse de todos estos miedos y limitaciones y no duda en prestar su ideario a personajes absolutamente depravados para que estos lo utilicen cínicamente.

En el sistema Sade, el autor describe personajes y situaciones y deja al lector que extraiga sus propias conclusiones, aunque da por hecho que una mayoría de estos lectores extraerán conclusiones tan simples y alejadas de la realidad del personaje, de las situaciones descritas, que desvirtuarán el conjunto de la obra. El lector accede a la complejidad del personaje y depende de su capacidad para no caer en la simplificación, en los caminos transitados, que acceda a la total dimensión de la obra. No ofrece respuestas al lector que se enfrenta a sus obras, expone personajes y situaciones y da libertad a los lectores para que extraigan sus propias conclusiones. No da lecciones, expone situaciones, en definitiva denuncia, porque toda la obra de Sade es una denuncia, una denuncia de sus obsesiones.

El sistema Sade nos enseña que el autor debe matarse a si mismo antes de emprender la escritura de una obra. Debe olvidar sus miedos, sus fobias, sus reservas y entregarse a la autenticidad de la obra. Si esto se consigue, la obra perdurará, porque la obra ya no pertenecerá al autor, no se limitará a reflejar sus propias inquietudes, sino que trascenderá al inconsciente colectivo.

Pero el sistema Sade tiene un fallo: la tendencia generalizada al simplismo que convierte al autor en blanco fácil de sus detractores. Y una dificultad: requiere mucha valentía.



↑ 1.- "La intención de esta novela (no tan novela como parece) es nueva sin duda; el triunfo de la Virtud sobre el Vicio, la recompensa del bien, el castigo del mal, suele ser el desarrollo normal de todas las obras de este tipo; ¿no es algo demasiado manido? [el paréntesis, también de Sade].

"Pero ofrecer por doquier el Vicio triunfante y la Virtud víctima de sus sacrificios; mostrar a una desdichada yendo de infortunio en infortunio; juguete de la maldad; objeto de todos los excesos; blanco de los gustos más bárbaros y más monstruosos; aturdida por los sofismas más osados, más retorcidos; víctima de las seducciones más arteras, de los sobornos más irresistibles; teniendo únicamente para oponer a tantos reveses, a tantos males, para rechazar tanta corrupción, un espíritu sensible, una mediana inteligencia y mucho valor. Mostrar, en una palabra, las pinturas más atrevidas, las situaciones más extraordinarias, las máximas más espantosas, las pinceladas más enérgicas, con la única intención de obtener de todo ello una de las más sublimes lecciones de moral que el hombre haya recibido: convendremos que era llegar al objetivo por un camino poco transitado hasta ahora." (dedicatoria a Constance de su novela Justine).

↑ 2.- Las Ciento veinte jornadas de Sodoma se perdieron en el incendio de La Bastilla y reaparecen a principios del siglo XX. Pienso que es su serie de Justine la que alcanza mayor difusión en el siglo XIX y la que podría ser considerada como su influencia.

↑ 3.- Idea sobre las novelas. Más adelante arremete contra los plagiarios y aunque se queja de los traductores: "Respecto al traductor, no quiera Dios que le quitemos su mérito; pero no hace sino exaltar a nuestros rivales; y aunque sólo sea por el honor de la patria, ¿no vale más decir a esos altivos rivales: También nosotros sabemos crear?", en páginas anteriores elogia a uno de ellos: "Sabio traductor de Richardson, Prévost,, a quien debemos el haber pasado a nuestra lengua las bellezas de ese escritor célebre, ¿no te debemos, por mérito propio, un tributo plenamente merecido de elogios?".





Filosofía en el tocador. Un acercamiento.

 

«A Vosotros, libertinos»

 

»Voluptuosos de todas las edades y sexos, sólo a vosotros dedico esta obra; nutríos con sus principios, porque favorecen vuestras pasiones, y ellas —de las que os espantan los moralistas fríos y vacíos— no son sino los medios de que se sirve la naturaleza para conducir a los hombres hacia los fines que les ha asignado. Atended esas deliciosas pasiones; sólo ellas pueden conduciros a la felicidad.

Mujeres lúbricas: que la voluptuosa Saint-Ange sea vuestro modelo; despreciad, a su ejemplo, todo lo que contraríe las divinas leyes del placer que la encadenaron.

Jóvenes doncellas, durante tanto tiempo atadas por los lazos absurdos y peligrosos de una virtud imaginaria y de una religión repugnante: imitad a la ardiente Eugenia; destruid, pisotead con su misma ligereza todos los ridículos preceptos inculcados por vuestros imbéciles padres.

Y vosotros, gentiles seductores, vosotros que desde la juventud no tenéis más frenos que el del deseo, ni más leyes que las de vuestros caprichos, que el cínico Dolmancé os sirva de ejemplo; id tan lejos como él, si a su semejanza queréis recorrer los caminos de flores que os prepara la lubricidad; convenceos con su enseñanza, ya que sólo extendiendo las esteras de sus gustos y de sus fantasías, o sea sacrificando todo a la voluptuosidad, el desdichado individuo conocido con el nombre de hombre y arrojado a su pesar sobre este triste universo podrá sembrar algunas rosas sobre las espinas de la vida.»

 

“La filosofía en el tocador” es, en mi opinión, la obra más compleja de las atribuidas a Sade. Su primera lectura me produjo un aturdimiento al que como lector no estaba acostumbrado.  Es una obra que puede leerse de un tirón lo que multiplica su efecto. Su brevedad no deja tiempo para reflexionar, son ochenta o noventa minutos en los que nos vemos bombardeados por conceptos extremos y aberrantes, estructurados con una coherencia sin fisuras que nos impide, tan siquiera sospechar, que lo que nos está diciendo el autor sea otra cosa distinta de la que estamos leyendo o creemos estar leyendo. Solo una segunda lectura, dejando pasar el tiempo suficiente para reponernos del aturdimiento al que Sade nos ha sometido, nos permite intuir el intricado juego de velos tras el que se oculta el autor.

No pretendo haber recorrido el laberinto, ni que el camino emprendido tenga salida[1], pero sí creo poder afirmar que “Filosofía en el tocador” es un complicado juego de simbolismos y dobles intenciones y sólo resolviendo este juego es lícito relacionar el pensamiento de Sade con el contenido de esta obra.

Es sorprendente como en una segunda lectura sosegada  aparecen toda una serie de elementos que pasaron inadvertidos en la primera. Y como, una vez descubiertos, en otra posterior lectura, lo que nos sorprenderá será el que nos pasasen inadvertidos.

Si conocemos la biografía de Sade, expurgada de sus leyendas, podremos sintetizarla mentalmente en grandes trazos que nos permitan acceder a sus motivaciones, su estado de ánimo, su pensamiento (todo dentro de lo posible) en el momento en que se decide a escribirla.

 Sade adquiere la vocación de escribir casi en la infancia (el ambiente familiar: su padre, su tío, su preceptor..., probablemente también amigos y amigas de la familia, mucho tienen que ver en esta vocación) y es después del incidente de Arcueil, retirado junto a su mujer en La coste donde toma cuerpo esa vocación. Esos años los dedica a escribir profusamente, principalmente teatro, pero también narrativa. Se preocupa de montar sus obras, recurriendo a aficionados y a profesionales y, también, se preocupa de publicar sus obras narrativas. No me cabe la menor duda que la aspiración de Sade en aquella época era la de convertirse en un escritor profesional y, de haber transcurrido su vida sin sobresaltos, pienso que lo habría conseguido. Se habría convertido en un buen escritor. Su prosa es brillante y amena, a la altura de la de Bocaccio y su ingenio tan sobresaliente como el de Voltaire.

«De todas las ciencias que se inculcan a un niño cuando se trabaja en su educación, los misterios del cristianismo, aun siendo sin duda una de las materias más sublimes de esta educación, no son, sin embargo, las que se introducen con mayor facilidad en su joven espíritu. Persuadir, por ejemplo, a un muchacho de catorce o quince años de que Dios padre y Dios hijo no son sino uno, que el hijo es consustancial a su padre y que el padre lo es al hijo, etc., todo esto, por necesario que sea no obstante para la felicidad de la vida es más difícil de hacer comprender que el álgebra y cuando se quiere tener éxito, uno se ve obligado a emplear ciertas equivalencias físicas, ciertas explicaciones materiales que, por desproporcionadas que parezcan, facilitan, sin embargo, a un muchacho la comprensión de la misteriosa materia.» [2]

Si solo nos hubiesen llegado de Sade sus colecciones de narraciones cortas, figuraría en la historia de la literatura en lugar destacado. Y con su “Presidente burlado” podemos intuir que a poco que le hubiesen tocado las narices habría brotado un Sade luminoso. El genio está ahí y no se habría perdido, no era necesario que conociese la desesperación del encierro para que éste hubiese brotado. Hoy tendríamos un Sade distinto, un escritor que escribe por el placer de escribir, que probablemente habría vivido de su escritura, prolijo y conocedor de todos los resortes de la narración corta y la novela, probablemente también del teatro, con una prosa fluida y mordaz, un escritor que habría mostrado y denunciado la sociedad de su época en narraciones inundadas por su ingenio. Tendríamos un Sade totalmente distinto al que hoy conocemos, pero igualmente genial.

Pero Sade es encerrado durante catorce años sin juicio ni condena y sin el conocimiento del alcance de su encierro. ¿Unas semanas, unos meses, toda la vida? Su destino depende de la decisión, del capricho de terceras personas que le son inaccesibles, su único vínculo con el mundo lo encuentra en su mujer y sobrevive expulsando sus demonios mediante la escritura. Sade ya no escribirá por el placer de escribir, sino por necesidad, no escribirá ni con la cabeza ni con el corazón, sino con las tripas, y aunque repetirá los intentos de normalizar su escritura en varias etapas de su vida, serán estas obras escritas con las tripas sus mejores creaciones. Sus obras responden a una necesidad, no surgen tras la decisión de escribir sino por la necesidad de expresarse. Las 120 jornadas de Sodoma desaparecieron en la Bastilla, Sade lloró su perdida, pero no volvió a reescribirla; algo que, una vez repuesto de tal perdida, le habría resultado fácil. Podría haberla adaptado a nuevas exigencias, suavizándola si quería garantizarse su publicación. El tema, después de la revolución tenía muchas más posibilidades. Una obra que narrara las perversiones y atrocidades de un grupo de sátrapas representados por personajes del viejo régimen habría sido acogida con entusiasmo por la efervescencia revolucionaria, recibiría el beneplácito del nuevo poder que aún debe defenderse de las conspiraciones de los personajes representados.  Pero Sade no vuelve sobre las 120 jornadas, rescribe los infortunios de la virtud dos veces, pero sin embargo mantiene las 120 jornadas en el cajón, aun sabiendo que el manuscrito se había perdido.

Justine es un tema universal: es la debilidad del bien frente al mal. Para Sade el tema de Justine no pierde vigencia, después de la revolución el bien sigue estando tan desvalido frente al mal como antes de la revolución, los rufianes son los mismos al igual que sus víctimas. Las diferencias que encontramos entre las tres Justines son las diferentes percepciones de Sade sobre el mismo tema en tres distintas etapas de su vida. Las 120 jornadas, aunque hoy pueda considerarse también un tema universal: las atrocidades producidas por el poder, el placer que produce ejercer el poder infringiendo dolor y sufrimiento sobre aquellos que no pueden defenderse de ese poder, para Sade fue un tema domestico. Sade en las 120 jornadas describe al viejo régimen y una vez desparece el viejo régimen el tema pierde su vigencia. Aunque hoy podamos ver simbolizados en los cuatro sátrapas de las 120 jornadas a los sátrapas que en cualquier momento histórico, en cualquier circunstancia, aun hoy, han ejercido y ejercen el poder despótico, Sade hizo un retrato tan concreto del viejo régimen que no le sirvió para retratar al triunfante poder revolucionario. Y ciertamente no es trasladable, los abusos de poder de la republica respondieron a una complejidad que no está recogida, ni puede recoger las 120 jornadas.

Y esto nos coloca en el momento histórico y personal en el que fue escrita La filosofía en el tocador.  Sade que ha pasado catorce años encerrado por el viejo régimen, por el capricho de un puñado de sátrapas, advierte y sufre en propia piel su despotismo. No es necesario recurrir a sus pensamientos, escritos o citas para  reconocer en Sade una repulsa visceral  al viejo régimen, en concreto al despotismo. Y tampoco es necesario ningún tipo de análisis para comprender que acogiese a la revolución, la república, con entusiasmo. Que se ilusionase con una revolución que surgiendo como respuesta a ese despotismo se propone acabar con él. Participa activamente en ella, en la elaboración de política, en la organización de los hospitales de París; no parece darle demasiada importancia al modelo de estado, republica o monarquía, le es indiferente (fue el rey el que firmó su encarcelamiento, no personaliza en él sus desgracias ni las iniquidades del viejo régimen), vemos nuevamente a un Sade inteligente, es el despotismo el enemigo a vencer. Ve los peligros que corre el nuevo régimen, monárquico o republicano, aboga por un sistema que limite los poderes del estado: los representantes elegidos por el pueblo no pueden elaborar política a espaldas de ese pueblo, defiende un sistema asambleario, es el pueblo organizado en comités el que debe refrendar las leyes. Sade es elegido o ejerce las funciones de presidente de su sección cuando dimite y se aparta de la política. Dimite para no firmar una moción que considera inhumana, son los tiempos del terror, su luna de miel junto al poder ha terminado. Corren malos tiempos para la lírica, Sade es encarcelado  e incluido en las listas de la guillotina. Durante semanas observa desde su celda como trabaja la guillotina desde que sale hasta que se pone el sol cercenando miles de cabezas, a la espera de que sea la suya la que ruede por los suelos. Sade escapa de la guillotina bien por un cúmulo de circunstancias afortunadas, bien por las decididas gestiones de su compañera Constante, y una vez pasada la época del terror retorna a la libertad, es ahora cuando Sade escribe La filosofía en el tocador.

 Nadie como Sade ha prestado su ideario al cinismo de sus antihéroes. Hoy, tras Sade, esto es frecuente, pero desconozco que alguien se haya permitido las libertades que él se permitió.

 El siguiente fragmento es de Luces de Bohemia, de Valle-Inclán:

«DON LATINO: […] ¡Te has muerto de hambre, como yo voy a morir, como moriremos todos los españoles dignos! ¡Te habían cerrado todas las puertas, y te has vengado muriéndote de hambre! ¡Bien hecho! ¡Que caiga esa vergüenza sobre los cabrones de la Academia! ¡En España es un delito el talento! »

   Don Latino es un personaje despreciable. El escritor Max Estrella, que es a quien llora borracho a los pies de su ataúd, ha muerto de hambre y de frío preocupado por la miseria en que quedarán su mujer Madame Collet y Claudinita, su hija, cuando él falte. Muere sin saber que en el bolsillo lleva un décimo de la lotería premiado que le habría sacado de la miseria y aun con su muerte, habría garantizado el bienestar de Madame Collet y Clauidinita. Será Latino quien cobre ese décimo, Collet y Claudinita quedan condenadas a vivir y morir en la miseria.

«Morirán de hambre todos los españoles dignos»  «¡Que caiga esa vergüenza sobre los cabrones de la Academia! ¡En España es un delito el talento! » Son palabras de Valle-Inclan, parece que lo lógico sería que las hubiera puesto en boca de Madame Collet o Claudinita, personajes positivos que están llorando a Max. Pero pronunciadas por don Latino adquieren múltiples significados y permite todo tipo de juegos. Se pasa de una estructura narrativa  simple y facilona a otra rica y compleja. Son las ideas de Valle-Inclan, pero expuestas cínicamente por un personaje ruin. Las posibilidades de este recurso son ilimitadas. Valle-Inclán, en este caso, lo utiliza para remarcar la ruindad del personaje, completa la maquinaria de los simbolismos y se permite llamar cabrones a los académicos. Porque, ¿quién llama cabrones a los académicos: Valle-Inclan o don Latino? Esta es la esencia de la novela y el teatro: El autor vierte sus ideas en su obra, pero son los personajes los que se expresan. Ni el propio autor sabe donde acaba él y donde empiezan los personajes.

Si queremos escribir una novela para que sea leída en el metro deberemos ponérselo fácil al lector, éste únicamente quiere un sitio donde posar la vista sin tener que mirar a los demás, y que la concentración en la lectura no le impida percibir el paso de las estaciones. Deberemos ajustarnos a unas cuantas normas de fácil cumplimiento: El bueno debe ser bueno y el malo malo; hay que evitar las ambigüedades; el bueno puede permitirse pecados, pero menores; el malo podrá realizar buenas acciones, pero siempre que sean necesarias para alcanzar una mayor maldad. Creo que ya hoy podemos permitirnos una cierta licencia: el malo puede ser inteligente, incluso será recomendable si se le describe alguna psicopatía. Lo que ya no tengo tan claro es si deberemos  construir un personaje bueno y tonto; yo recomendaría que de ninguna manera en el caso del protagonista. Por último, y muy importante, hay que tener cuidado como se exponen las ideas: las ideas positivas las expondrán los personajes positivos y las negativas los personajes negativos; y el narrador es usted, el autor, así es que cuidado con lo que dice y como lo dice: sea políticamente correcto, especialmente evite la ironía, puede no ser captada. No incluyo una última regla (principal cargo contra Sade) porque hoy corren otros tiempos: “la virtud será siempre recompensada”. Atendiendo a estas normas con moderada flexibilidad no correremos ningún riesgo, seremos bien entendidos.

Creo que a estas alturas no será necesario advertir que cuando Valle-Inclán pone en boca de Don Latino sus ideas, esto quiera decir que se identifica con el personaje o que, desde el momento en que pone sus ideas en boca del personaje, todo lo que exprese ese personaje será parte de sus ideas. El autor tiene plena libertad para que sus personajes expresen las ideas propias y las contrarias, que las mezclen, que las exageren, que las contradigan. Todo lo que pueda imaginar, toda la ironía que pueda y quiera desplegar, todos los recursos, todos los juegos están a disposición del autor sin que esté obligado a advertir al lector de tales juegos, el autor debe saber que no siempre conseguirá la complicidad de sus lectores y que siempre existirán lectores que lo mal interpreten.

Aceptemos que Valle-Inclan siente lo que expresa Don Latino en este diálogo. También podría haber añadido: “¡Quemenos la Academia! ¡Que los académicos salgan chamuscados corriendo como ratas!” Esto no significaría un llamamiento a la quema de la Academia de la Lengua. Podría ir más allá: “¡Levantemos patíbulos para todos ellos!” “Hay que establecer la guillotina en la Puerta del Sol”.Esto no significaría que Valle-Inclán fuese defensor ferviente de la pena de muerte. En el mismo discurso estaría exponiendo su pensamiento, exagerándolo y contradiciéndolo, Valle-Inclán puede permitirse el poner en boca de sus personajes lo que quiera, sin restricciones. Y de esta libertad surgen Max Estrella, Don Latino, El preso, La Pisa-bien, El rey de Portugal,... surge Lúces de bohemia.

Descendamos. Abramos una novela por una página cualquiera:

―Elena. ¡Cómo podéis dejaros engañar con tanta facilidad!. Es por vosotras que la misa sigue batiendo récord en representaciones teatrales. ¿Y cómo lo consiguen? De la forma más absurda: incitándoos al ayuno.

―No digas tonterías, el ayuno y los cilicios han pasado a la historia.

―No solo de pan vive el hombre. La mujer tampoco debería conformare con el pan.

―Vale, ya empezamos.

― ¿No entiendes que alguien que decide cuándo debes o no comer adquiere sobre ti un poder sin límites?

―Sobre ti que sólo piensas en comer, seguro.

―Y no se conforman con decidir cuando debes comer sino que, por toda comida, pretenden imponerte un plato de verduras.

―¿Por qué siempre terminas hablando de comida?

―Porque me tienes hasta las narices, porque estoy harto del plato del día.

María y Jorge habían quedado fuera de la conversación, el tono entre Elena y Pedro sube, Elena advierte que se sienten incómodos.

―Últimamente está insoportable ―Elena a María­­­ ―Quiere metérmela por el culo y no le dejo.

María y Jorge se miraron sorprendidos. Podrían haber ayudado a Pedro, porque ellos llevaban años incorporando la penetración anal al plato del día, pero permanecieron en silencio.

―Tiene una concepción de esa parte de su anatomía muy limitada ―Pedro a Jorge ― piensa que solo sirve para depositar mojones en la taza del váter.

―Dale tú otro uso distinto. Pídele a Jorge que te la meta hasta la campanilla.

― Es una idea.

María― ¡Ah, no! Jorge es mío.

Elena―Pues conmigo no cuentes. Por donde Dios manda lo que quieras. Además ―ahora a María ― ¿Tu sabes el aparato que tiene?

― Entonces, ¿me voy de tapas?

― ¡Ni se te ocurra!

María, a Elena ―No le hagas caso. Todos son iguales. Siempre el mismo chantaje. ―A Pedro ―Si te vas a comer fuera no será por culpa de Elena sino porque corréis detrás de cualquier cosa que lleve faldas.

Pedro ―También será porque las faldas se ponen delante de nosotros. No va ha ser toda la culpa nuestra. 

Elena ―¿Vas a decirme que los hombres no sois más infieles que las mujeres?

― ¿Y quién sabe eso? Lo que sí se sabe es que vosotras sois más discretas. Tan infieles sois las mujeres como lo somos los hombres. Porque en la cama se meten dos, descontando los casos de bisexualidad, un hombre y una mujer. Un hombre casado y una mujer casada.

María ―¿Tu crees?

―La mayoría de las veces. También un hombre casado y una mujer soltera o una mujer casada y un hombre soltero. Pero supongamos que son más los casos en los que en la cama se encuentran una mujer soltera y un hombre casado, eso demostraría que las mujeres sois más fieles que los hombres, pero ¿os haría eso mejores? 

María, siempre María― ¿Y la prostitución?

Pedro― Cierto, a eso no sé qué responder.

― En España hay más de 20.000 mujeres ejerciendo la prostitución en clubes de carretera. Esta prostitución solo daría servicio al mundo rural y a un pequeño colectivo que se mueve habitualmente por carretera; quedaría la prostitución de las ciudades. ¿Sabes lo que supone esta cifra? Haciendo cálculos conservadores supone 600.000 servicios a la semana, una media de cinco servicios por mujer y día. Unos dos millones y medio de servicios al mes. Esto, destinado a un colectivo de unos quince millones de habitantes, siete millones y medio de hombres. Quita niños y ancianos...

Pedro― Bueno, ¿por qué quitas a los ancianos?

― Quedan cinco millones de hombres entre dieciocho y sesenta y cinco años. O cinco de cada diez de vosotros frecuentáis la prostitución una vez al mes la mayor parte de  la vida o la inmensa mayoría de vosotros habéis frecuentado la prostitución en alguna época de vuestra vida.

Pedro― Los economistas dais demasiado valor a los números.

―Sí, pero estos números dicen que un hombre que nunca haya estado con una prostituta es una rareza.

Pedro― Bueno... La prositución no es una infidelidad. Estamos hablando de infidelidades.

― ¡Ah! ―Elena ―Entonces, me puedo ir mañana de putos ¿no?

Pedro a Elena― Elena, esto es entre María y yo. ― Un flash reflexivo le dice que le debe una respuesta ―Bueno sí, te puedes ir mañana de putos, eso no va a destrozar nuestra pareja. Escocería, pero nada más. ―sin dar tiempo a que Elena responda, continúa su polémica con María. Jorge apura su trago y llama al camarero para que le sirva otro― Voy a meterme en tu terreno, el de las estadísticas. Sin salirme del tema. Luego, si quieres, hablamos sobre la prostitución. Pero, ya de antemano podemos convenir que la prostitución no es un problema importante para la pareja...

María. Sobre las palabras de Pedro ―No adelantes nada, si prefieres dejarlo para luego, deja también para luego los acuerdos de principio.

Pedro continúa con su discurso― No sabemos hasta que punto está extendida la infidelidad. Y no veo la manera de saberlo con certeza, pero podemos intuirlo. No lo sabemos porque por muchas encuestas que se hagan, confesar que se ha sido infiel va con las personas. Estarán las que no les cueste confesarlo y las que jamás lo confiesen. Las cifras de las encuestas subirán o bajaran en razón de la capacidad del encuestador para crear un ambiente de confianza en el que el culpable confiese. Y dependerá, también, de la naturalidad con que la sociedad trate el tema. Si se hubiese hecho una encuesta sobre infidelidades en la edad media, probablemente, nadie se habría confesado infiel, lo que no significa que en la edad media no existiesen tantas o más infidelidades que ahora.

Podríamos aventurar un porcentaje. Hay números mágicos que inundan la naturaleza. Está PI, bestia negra de la cuadratura del círculo. Sin PI nos sería imposible describir la naturaleza. Uno coma seiscientos dieciocho: el número de oro, otro número mágico: Fi. En realidad Fi es uno más la raíz cuadrada de cinco. Es un número raro, como Pi. Conforma el rectángulo áureo y está presente en el ideal de las proporciones del cuerpo humano definidas por Da Vinci. Los nautilos y otras conchas se desarrollan por la matemática de FI. La disposición de las escamas de las piñas responden a la sucesión Fivonacci, íntimamente ligada al número Fi. El Partenón, la Venus del Nilo... Podríamos continuar con muchos más ejemplos de la naturaleza y de las creaciones humanas. La lista sería interminable. De las proporciones, la proporción mágica sería 80/20. Como economista, deberás admitir que la mayoría de los procesos económicos pueden describirse con la proporción 80/20. Podría describir las desigualdades nacionales y mundial: el veinte por ciento de la población de un país detenta el ochenta por ciento de la renta y el veinte por ciento de las naciones consume el ochenta por ciento de los recursos mundiales. Pero un dato más técnico: el veinte por ciento de los clientes generan el ochenta por ciento del negocio, esto describiría la economía de la mayoría de las empresas, grandes o pequeñas. ¿Por qué no pensar que en las relaciones humanas intervienen los números mágicos? Ochenta veinte me parece una relación realista para cuantificar la infidelidad: ochenta de cada cien cónyuges son infieles.

María ―¡Ale! Creo que exageras.

-¿Tú crees? ¿Te parecería más ajustada una proporción del cincuenta cincuenta? Confías demasiado en nuestras parejas. En los grandes números cincuenta cincuenta es una proporción como otra cualquiera y como la sociología no nos aporta datos fiables sobre las infidelidades sería gratuito desecharla, pero en determinadas situaciones, voy a demostrarte que es manifiestamente insuficiente. 

Elena ―Estás yendo demasiado lejos. Estamos aquí para entretenernos un rato, no para que nos des clases de estadística de salón. ¿Por qué no cambiamos de conversación?

―No es la estadística, es el propio tema el que nos resulta incómodo. Cuanto menos se piense que nuestra propia pareja nos puede ser infiel, mejor. ¿ Y de qué estamos hablando? Estamos hablando de sexo. ¿Alguien en esta mesa piensa que podemos tener mayor control sobre nuestro apetito sexual que sobre nuestro apetito alimenticio? El sexo nos es tan imperioso como el comer. El poder en todos los tiempos lo ha entendido a la perfección: Ejercer el poder sobre sus instintos es el mejor método para  controlar a alguien. ¿Qué poder, obsesionado siempre por poseer nuestro control, se ha sustraído a la tentación de decirnos con quién cuándo y cómo debemos follar? ¿Por qué, si no, ese empeño en impedir que follemos de otro modo distinto a como ellos nos marcan? Siempre nos han racionado el agua. ¡El hombre! ¡El macho!, probablemente el macho haya sido el primero en descubrir el poder que proporciona la imposición de la abstinencia. ―A María y Elena― Así os hemos dominado. ¡Hasta donde nos ha sido posible! Nunca se consigue un poder total y perdurable. Vuestra actitud frente al sexo es la consecuencia de ese intento de dominación. Os hemos hecho creer que el sexo es algo pecaminoso y vuestra resistencia ha sido el hacernos creer que os lo habíais creído. Cuando se os pincha sangráis, pero asumís el papel de vírgenes inapetentes que os hemos asignado. Hasta de vuestro cinismo somos responsables. Detrás de las faldas vamos los hombres y detrás de los pantalones, las mujeres. Todos y todas. Renuncio a ese ejercicio del poder, podéis abandonar el papel de madres, os exijo que retoméis el papel de mujeres. Tarde o temprano caerán todos los decorados y nos enfrentaremos a nuestra realidad, ese día seremos felices. En los teatros, en los cines, en las salas de conciertos, en caferías como ésta existirán los... ¿Cómo podríamos llamarlos? ¿Joditorios? Habrá joditorios y lo mismo que vamos a mear cuando nos entran las ganas y todos estos lugares cuentan con urinarios para satisfacer esa necesidad, con la misma naturalidad iremos a los joditorios cuando nos de el apretón. Apretón que, no seamos hipócritas, nos da a todos. Digo esto porque hace un momento me ha dado el apretón. Mirar un momento a la morena que está sentada a vuestras espaldas. Hace un momento se levantó y pasó frente a nosotros, iría a mear. Quizá os pasó inadvertida, pero a mí me llamó la atención sus ojos. No, no es ninguna ironía; es posible que si no tuviese el cuerpo que tiene no me habría fijado en ella, pero fue su mirada lo que despertó en mí el apetito sexual. Por qué no le habría podido preguntar: señorita, ¿le apetece echar un polvo conmigo? De haberle apetecido, nos habríamos ido al joditorio y, pasado un rato, habríamos vuelto a nuestras respectivas mesas. Lo mismo que hacemos para mear, pero para follar: las dos funciones son igualmente necesarias para aliviar al organismo. No me miréis con esas caras, ¿estoy diciendo algo inconveniente? ¿No habéis tenido nunca el deseo de acostaros con alguien que se cruzaba con vosotras? ¿No habéis advertido en él el mismo deseo? ¿Qué ha impedido que os acostaseis? ¿A quién habríais perjudicado acostándoos? ¿Seríamos peores o mejores de lo que somos? Claro que si todos hacemos lo que queremos cuando nos viene en gana, ¿qué dejamos a aquellos que pretenden controlarnos? Uno comienza follando con quien le apetece, cuando le apetece y termina no pagando impuestos. Las arcas de los políticos y los cepillos de los curas vacíos: ¡Todo un desastre! Porque a la postre todo se reduce a eso, al diezmo. Como no renunciarán a controlarnos inventarán un sistema de sanciones para multar al que no folle.

¿Has advertido, María, que la proporción de ochenta veinte describe al cuadrado que está inscrito en el rectángulo áureo y su resto, que el ochenta veinte describe igualmente el círculo inscrito en un cuadrado y las cuatro esquinitas sobrantes, que la meteorología de la mayoría de los climas responde a la proporción de ochenta veinte? Probablemente el ochenta por ciento de las personas sean, o seamos, infieles a nuestras parejas. Os alarma ¿verdad? Todo lo que sea admitir una proporción superior al cincuenta por ciento es alarmante para el ochenta por ciento de las personas. Cuanto menor fuese esta proporción más seguros estaríamos de nuestras parejas. Sigue siendo una conversación incómoda. Si tuviésemos la percepción de que las infidelidades son pocas, no nos resultaría incómoda esta conversación. Pero sigamos con las matemáticas. Sigamos ya que me he empeñado en estropearos la noche. Esta proporción nos descubre algo: muchos infieles coincidirán en la misma pareja. ¿En qué proporción de parejas ambos son infieles? En el ochenta por ciento, no puede ser otra. Eso es lo justo: existe el ochenta por ciento de posibilidades de que seas infiel a tu pareja, si le eres infiel, tu pareja deberá tener las mismas posibilidades que tú de ser infiel. ¿Alarmados? Mas alarmante es el caso de los que son fieles a sus parejas: únicamente cuatro de cada cien parejas se guardarían fidelidad mutuamente. Realmente decepcionante.

María.― Decepcionante y absurdo.

― ¿Absurdo? ¿Tú crees? A las empresas hoteleras no les debe parecer tan absurdo; han iniciado una nueva línea de negocio. Bueno, qué te voy a decir yo a ti de nuevas líneas de negocio, eres economista. Alquilan sus habitaciones por medias jornadas, algo parecido a lo que siempre han hecho las pensiones de mala nota. No les llaman joditorios, claro está; quieren captar un nuevo segmento de clientes: captar a los ejecutivos que tienen que desplazarse de una ciudad a otra en el mismo día. El hotel les alquila la habitación por unas horas: el tiempo para asearse un poco y descansar un rato. ¿Por qué van ha pagar un día completo si el único uso que van a hacer de la habitación es: lavarse la cara, cambiarse de camisa y, como mucho, echar una cabezadita? ¡Joder! ¿Por qué puede hacerse publicidad de habitaciones para lavarse y peinarse y no de habitaciones para follar? Hipocresía. Los curas no han impedido que follemos, pero sí que hablemos de ello. Hace varios días estaba a las once de la mañana en los alrededores de uno de esos hoteles, se accede a ellos directamente desde el garaje. Tenía que esperar y me entretuve en contar el número de parejas que accedía a ese garaje, naturalmente para asearse. Vi pasar unas cuantas. María, ¿sabes que Jorge, tu marido, se asea con mi mujer? No, Elena, no te pongas nerviosa, no me molesta. Solo una pregunta: ¿le dejas que te la meta por el culo? Eso sí me jodería.  

 


Estas líneas podrían estar escritas por cualquier escritor, independientemente de su pensamiento o ideología. Únicamente un análisis acertado del conjunto de la novela, si su autor lo permite, podría desvelarnos su pensamiento. Estos párrafos podrían pertenecer a cualquier tipo de novela ¿o no? Perfectamente podría tratase de una novela moralista. Advierto que no estás muy de acuerdo conmigo. Perfectamente podría encajar en una historia en la que se nos mostrase la ruina social a la que conduce el abandono de determinados principios. Si pensamos que la situación descrita es inmoral, ¿por qué no incluirla en una novela ejemplarizante? En la propia escena están contenidos los dos conceptos fundamentales: El abandono de los valores morales y sus consecuencias. Es, sin lugar a dudas, una parábola: el pequeño mundo de estas dos parejas, simbolizaría al conjunto de sociedades occidentales, la relajación en sus costumbres y su distanciamiento de los principios religiosos. Pero no, no os engaña vuestra percepción de que no pertenece a una novela moralista. El lector de moralina quedaría desconcertado. Más encajaría en una novela de influencia sadiana donde se describe una situación y unos personajes sin entrar a juzgarlos, donde se le ofrece al lector la libertad de juzgar la situación y los personajes, donde se ofrecen preguntas no respuestas, donde el autor ha podido mezclar su ideario, lo ha podido exagerar y tergiversar. Sería temerario juzgar al autor por lo que expresan estos personajes, decidir que esté o no de acuerdo con ellos o con alguno de ellos. Y desde luego sería aventurado adjudicar la voz del autor a alguno de ellos.  Y el resultado de toda esta libertad, escribir lo que se quiera, de lo que se quiera y como se quiera, recoge como frutos la posibilidad de escribir obras que trasciendan al propio pensamiento del autor.

Para analizar La filosofía…, primero habria que decidir si, como diría Buñuel,  se trata de una obra “alimenticia”. Si es una novela escrita y editada para ganarse unos dineros (que a Sade en esos momentos en los que estaba sumido en la miseria le habrían venido muy bien) sobraría cualquier interpretación. Ésta sería, entonces, una novela pornográfica, un género fácil que entonces como ahora daba dinero. Pero La filosofía no es una obra pornográfica, ninguna obra de Sade se puede encuadrar en el género pornográfico. Ni ahora ni en su tiempo. Julieta es la obra de Sade considerada como la más pornográfica. Estos son los primeros párrafos del V volumen:

«En cuanto el Santo Padre [el Papa] formulaba un deseo, las seis ayudantes de campo, situadas en las gradas de nues­tro estrado, corrían a satisfacerlo. Pidió tres muchachas. El papa se sentó sobre el rostro de una ordenándole que le cosquillease en el ano; la segunda chupó su pito; la tercera manoseó sus cojones; y entretanto mi culo fue el objeto de los besos del Santo Padre. También se decía la misa y se cumplían las órdenes dadas por mí para que se ejecutasen mis deseos con la misma celeridad que los del soberano pontífice. En cuanto se consagró la hostia, el monaguillo. la trajo a la gradería y la depositó respetuo­samente en la cabeza del pito papal; en cuanto la ve allí, el bribón me encula con ella. Seis jóvenes muchachas y seis guapos muchachos le presentan indistintamente sus pitos y sus culos; yo misma era acariciada por debajo por un joven muy guapo, cuyo pito masturbaba una mu­chacha. No resistimos este entresijo de lujuria; los suspi­ros, pataleos, blasfemias de Braschi me anuncian su éxta­sis y deciden el mío; descargamos aullando de placer. Sodomizada por el papa, el cuerpo de Jesucristo en el culo. ¡Oh, amigos míos, cuántas delicias! Me parecía que jamás en mi vida había gozado de tantas. Caímos agotados en medio de los divinos objetos de lujuria que nos rodeaban y el sacrificio terminó.

Era cuestión de recuperar fuerzas; Braschi no quería que los suplicios comenzasen antes de que él la volviese a tener empinada. Mientras veinte muchachas y otrostantos muchachos trabajaban por devolverlo a la vida, yo me hice joder unas treinta veces ante los ojos del Papa en medio de un grupo de jóvenes; normalmente exci­taba a cuatro mientras era el objeto de las caricias de dos. Braschi gozaba increíblemente con mi libertinaje, me ani­maba a que redoblase sus impulsos. Se celebró otra misa y esta vez la hostia, traída hasta el más hermoso pito de la sala, se introdujo en el culo del Santo Padre que, em­pezando a empinársele, me volvió a encular rodeado de nalgas.

¡Bien! —dice, retirándose al cabo de algunas idas y venidas— Sólo quería que se me empalmase. Ahora inmolemos.

Da la orden para el primer suplicio; debía ejecutarse en la persona de un joven de dieciocho años. Le hace­mos que se acerque a nosotros y después de haberlo aca­riciado, besado, masturbado, chupado, Braschi le declara que va a crucificarlo como a San Pedro, boca abajo. Re­cibe su sentencia con resignación y la soporta con valor. Mientras se le ejecutaba, yo acariciaba a Braschi; ¡y adi­vinad quiénes eran los verdugos! : los mismos curas que acababan de celebrar las misas. El joven así tratado fue atado con su cruz a una de las columnas salomónicas del altar de San Pedro, y pasamos a la muchacha de quince años. Se acercó igualmente a nosotros y el papa la en­culó; yo la masturbaba; primero fue condenada a la más enérgica fustigación, después colgada de la segunda de las columnas del altar.

Apareció el muchachito de catorce años; Braschi le encula igualmente y, como quería ejecutar este crimen con su propia mano, no hubo ningún tipo de vejaciones, de horrores que no le aplicase. Aquí fue donde pude darme cuenta de toda la cruel maldad de este monstruo. Basta con estar en el trono para llevar estas infamias a su última expresión: la impunidad de estos granujas coronados los conduce a refinamientos que jamás inventarían los demás hombres.»

Únicamente una mente obtusa puede, a una novela donde se suceden escenas como ésta, en la que se ataca ferozmente a todos los estamentos de poder de la época, calificarla de novela pornográfica. Tan claro es esto en Julieta como en Las 120 jornadas y Justine, sus novelas clandestinas (el manuscrito de Las 120 jornadas desapareció en la toma de La Bastilla, la incluyo entre sus novelas clandestinas porque en ningún caso habría podido publicarla con su firma). En La filosofía, aparentemente, no estaría tan claro. Los simbolismos de esas tres obras son contundentes y claros, aparecen perfectamente definidos los poderes y la crueldad con que ejercen el poder. En La filosofía por el contrario, como veremos más adelante, el sarcasmo y el juego de dobles sentidos dificultan el conocimiento de sus destinatarios, de sus referencias. En cuanto a la crueldad, Lely opinó que es la menos cruel de sus obras clandestinas, la califica de obra amable a excepción de su última escena; desde entonces, otros estudiosos de Sade han venido a sumarse o repetido esa misma opinión. Lo cierto es que toda la obra es una preparación de esa última escena de violencia difícilmente superable y claro simbolismo: el asesinato de una madre a manos de su hija adolescente. Aun con el hermetismo de la obra, tenemos elementos de juicio suficientes para negar su inclusión en el género pornográfico. ¿A qué autor pornográfico, ya sea de novelas, de películas o de cualquier otro soporte, se le puede ocurrir dedicar la tercera parte del material a incluir un panfleto moral, ético o político, como queramos? y ¿Qué filósofo aprovecharía una obra pornográfica para exponer su ideario? Volvamos a Buñuel. Analicemos sus producciones: la alimenticia y la de autor. La primera, de una correcta factura e interesante en algunos casos, es anodina y carente de vigor. Películas que responden a lo que se le pide al autor. Películas entretenidas, fáciles y mayoritariamente insustanciales con las que no se quiere ofender a nadie porque todos comparten el mismo y único objetivo: ganar un dinero. Por el contrario, es en sus obras de autor donde se aprecia su genio. Ya no son obras fáciles, pueden ser o no entretenidas, como pueden ofender o no ofender a alguien. Desde luego no son complacientes con los poderes establecidos; por el contrario, parece empeñado en irritarles. Leyendo “Oxtien”, obra de teatro que se estrenó el París al poco de recuperar su libertad, podemos adivinar al Sade alimenticio. “Oxtien” es una obra de Sade sin el genio de Sade; una obra anodina, donde se pueden apreciar los penosos esfuerzos de Sade para no incomodar a nadie. También es una obra de una acción “apresurada”, se tiene la sensación de que el autor está desando acabarla cuanto antes, que no tiene ningún interés por desarrollarla. Si embargo, en sus obras clandestinas, las que sus estudiosos califican de pornográficas (alimenticias), podemos observa su autentica obra, aquella en la que no se impone ninguna restricción, en la que se expresa libremente. En ellas no hace concesiones. ¿Desconocía Sade las claves de la novela pornográfica, en muchos casos también publicadas por sus editores? ¿Para qué cabrear más a la bicha? Y ¿por qué ese afán de incomodar a los lectores que únicamente piden escenas voluptuosas? Como pornografía, las obras de Sade son un desastre (compare lo que los fabricantes de pornografía toman de Sade para sus producciones con la lectura que de él hacen los creadores[3]). El silogismo: las obras pornográficas en aquella época eran clandestinas, estas obras de Sade son clandestinas luego son pornográficas, está viciado. Es obvio el motivo por el que estas obras eran clandestinas, y por qué Sade negaba su autoría: “Obra póstuma del famoso autor de Justine”. Aun hoy, las obras de un autor que atacase a los actuales poderes establecidos tan furibundamente deberían ser clandestinas. Como es obvio el por qué, también, fue y es tan furibundamente atacado, hasta el punto de confeccionándole una completa  y demoniaca biografía.

Desecho la tesis pornográfica. Otra posibilidad sería que Sade, atravesando una época de escasez, utilizara un género vendible para exponer su ideario. Que Sade ha utilizado el género pornográfico para, dándole la vuelta, expresarse es aceptable; aunque no tenga tan clara que la motivación fundamentar de tal utilización sea la económica, en todo caso es una polémica que no suscita mi interés. En cuanto al segundo punto: pensar que en La filosofía, Sade aprovecha para exponer su ideario es absurdo, ya se ha apuntado; pero, habrá que argumentar para desecharlo.

Es cierto que, por lo que sabemos de su concepción filosófica, el discurso de Dolmancé y el de “Franceses un esfuerzo más” (es el mismo discurso) coincide, al menos en alguna parte, con ella. Pero, ¿Sade vierte su pensamiento como si se tratase de un ensayo filosófico o político o lo está cediendo, exagerando, para su utilización cínica? Y en este último caso ¿Por qué y para qué?

Recordemos el argumento: Un grupo de libertinos ejercen de preceptores y darán, durante unas horas, lecciones a una adolescente para procurar su más absoluta depravación. Dolmancé, con la asistencia del resto, será el encargado de impartir estas lecciones que en apenas unas horas logrará que la joven mate a su madre de forma repugnante, con el beneplácito de todos, incluido en de su padre. En medio de las clases se lee un manifiesto que trae Dolmancé y que es una repetición ampliada de lo que ya ha expuesto él mismo, incluso a su término manifiesta que se trata indudablemente de su filosofía.

Argumento en contra de que Sade esté exponiendo su ideario en esta obra:

Me cuesta trabajo contenerme en esta argumentación. Por otra parte me resulta imposible una argumentación contenida. Si, como yo, ves el absurdo de exponer las ideas propias aprovechando esta trama y este personaje, sáltate el párrafo siguiente, te aburrirá, no te aportará nada y me ahorrarás el bochorno; porque ¿cómo crees que será la argumentación para convencer de lo contrario a alguien que cree posible esto? Por otra parte, si lo crees posible, el párrafo también sobra, deja definitivamente de leerme, no vas a encontrar nada de interés en todo lo que sigue. Ahora, deberás agregar otra característica nueva a la ya vapuleada personalidad de Sade: era idiota perdido.

Tras esto, y no sin antes darte las gracias por haberte saltado la extensa e infantil argumentación del párrafo anterior, y agradeciéndote igualmente que continúes leyéndome, continuaré mi argumentación.

 Me ha pasado a mí, te ha pasado a ti y yo creo que nos ha pasado a todos: es imposible no pensar que no sea otra cosa que eso: Sade aquí expone sus ideas. En ningún otro escrito de Sade, ni siquiera en Aline y Valcour, encontramos un discurso ideológico tan estructurado y convincente. Pocos políticos han tenido en sus manos un discurso tan elocuente, ¡y eso que son elocuentes los políticos¡

Pero sobrepongámonos a la primera impresión. Profundicemos en la estructura de la obra. En las 120 jornadas principalmente, pero en todas sus obras, asistimos a la exposición de sofismas (son eso, Sade constantemente nos lo hace saber) puestos en boca de personajes repugnantes ya sea por su físico o por su repugnante moral. Pongamos por ejemplo la descripción de los héroes de las 120 jornadas (sólo unos fragmentos, las descripciones de cada uno llenan varias páginas de negritud):

Al duque de Blangis lo describe con un físico imponente; en contraposición su catadura moral es repulsiva, descrita en abundancia ocupa varias páginas. Estos son algunos detalles:

 

«Nacido falso, duro, imperioso, bárbaro, egoísta, tan pródigo para sus placeres como avaro cuando se trataba de ser útil, mentiroso, glotón, borracho, cobarde, sodomita, incestuoso, asesino, incendiario, ladrón, ni una sola virtud compensaba tantos vicios.[…]

»Su padre, fallecido joven, y dejándole heredero, como ya he dicho, de una fortuna inmensa, había puesto, sin embargo, la cláusula de que el joven dejaría disfrutar a su madre, durante toda su vida, de una gran parte de esta fortuna. Tal condición no tardó en disgustar a Blangis y, no viendo el malvado más que el veneno para impedirle cumplirla, se decidió inmediatamente a utilizarlo. Pero el bribón, principiante por aquel entonces en la carrera del vicio, no se atrevió a actuar por sí mismo: obligó a una de sus hermanas, con la que vivía en relación criminal, a asumir la ejecución, dándole a entender que, si lo conseguía, le haría disfrutar una parte de la fortuna que esta muerte pondría en sus manos. Pero la joven se horrorizó de esta acción, y el duque, viendo que un secreto mal confiado sería tal vez traicionado, se decidió al instante a juntar con su víctima a la que él había querido hacer su cómplice. Las llevó a una de sus tierras, de donde las dos infortunadas no regre­saron jamás.»

Sobre su pensamiento:

«”Muy pronto me coloqué por encima de las quimeras de la religión, absolutamente convencido de que la existencia del creador es un escandaloso absurdo en el que no creen ni los niños. No siento ninguna necesidad de re-frenar mis inclinaciones con la intención de complacerle. Yo he recibido estas inclinaciones de la naturaleza, y la irritaría resistiéndome a ellas;”[…]

»Si se le objetaba al duque que en todos los hombres existían, sin embargo, unas ideas de lo justo y de lo injusto que sólo podían ser fruto de la naturaleza, ya que aparecían en todos los pueblos e inclu­so en aquellos que no eran civilizados, respondía a ello que estas ideas sólo eran relativas, que el más fuerte consideraba siempre muy justo lo que el más débil veía como injusto, y que si se les mudara a ambos de lugar, ambos al mismo tiem­po cambiarían también de manera de pensar; de ahí concluía que sólo era realmente justo lo que daba placer e injusto lo que daba pesar; que en el instante en que él robaba 100 lui­ses del bolsillo de un hombre, hacía algo muy justo para él, aunque el hombre robado tuviera que verlo con otros ojos; que al ser todas estas ideas sólo arbitrarias, muy loco sería el que se dejara encadenar por ellas. Mediante razonamientos de este tipo el duque legitimaba todos sus desafueros,…»

Y una capacidad:

«…y como le sobraba el ingenio, sus argumentos parecían decisivos.»

Y así describe el físico del Presidente Curval, otro de los cuatro síndicos:

«Era el decano de la sociedad. Con cerca de sesenta años, y singularmente deteriorado por el desenfreno, ofrecía poco más que un esqueleto. Era alto, enjuto, flaco, con ojos hundidos y apagados, una boca lívida y malsana, la barbilla respingona, la nariz larga. Cubierto de pelos como un sátiro, espalda recta, nalgas blandas y caídas que más parecían dos trapos sucios flotando en lo alto de sus muslos; la piel tan ajada a fuerza de latigazos que se podía enroscar alrededor de los dedos sin que él lo notara. En medio de eso se ofrecía, sin que fuera preciso abrirlo, un orificio inmenso cuyo diámetro enorme, olor y color le hacían parecer-se más a un agujero de excusado que al agujero de un culo; y, para colmo de encantos, entraba en los hábitos de este puerco de Sodoma dejar siempre esa parte en tal estado de suciedad que se veía incesantemente a su alrededor un rodete de 2 pulgadas de espesor. Al final de un vientre tan arru­gado como lívido y fofo, se descubría, en un bosque de pelos, un instrumento que, en estado de erección, podía tener 8 pulgadas de longitud por 7 de contorno; pero este estado era muy excepcional, y se precisaba una furiosa serie de cir­cunstancias para determinarlo. Se producía, sin embargo, por lo menos dos o tres veces por semana, y el presidente enfila­ba entonces indistintamente todo tipo de agujero, aunque el del trasero de un chiquillo le resultara infinitamente más pre­cioso. El presidente se había hecho circuncidar, de modo que la cabeza de su polla jamás estaba recubierta, ceremonia que facilita mucho el placer y a la que deberían someterse todas las personas voluptuosas. Pero uno de sus objetivos es man­tener esta parte más limpia: nada más lejos de que esto se cumpliera en Curval, pues tan sucio de este lado como en el otro, esta cabeza descapullada, ya naturalmente muy gruesa, se ensanchaba ahí por lo menos una pulgada de circunferen­cia. Igualmente sucio en toda su persona, el presidente, que a esto unía gustos por lo menos tan marranos como su per­sona, se volvía un personaje cuya proximidad bastante maloliente no era para gustar a todo el mundo.»

 

Aquí, en las 120 jornadas, Sade no deja la menor duda de lo que serán todas las disertaciones filosóficas que inundan la obra. Sólo maliciosamente puede pensarse otra cosa. Pero La filosofía en el tocador no da ninguna de esas pistas. Dolmancé es un joven dandi, el mismo se jacta de depravado y se justifica con soltura y coherencia, el ambiente no es repulsivo y al estar escrita como un diálogo teatral no existe ninguna voz que matice su discurso, ¿o sí?

 La obra contiene algunas incoherencias. La más importante es el personaje El CABALLERO. Es un personaje imposible, totalmente desdibujado e incoherente. Si analizamos la obra este personaje tendría dos alternativas. Una: desaparecer, no es necesario. La obra transcurriría perfectamente sin él. Dolmancé es el que exclusivamente da las lecciones y puesto que Sade ha querido hacer de él un personaje incompleto incapaz para la penetración vaginal, esta labor, que es la que asume El CABALLERO, la podría asumir Agustín o para componer las escenas con mayor colorido un segundo criado. El CABALLERO hace el papel de criado, solo se aparta de ese papel al hacer las presentaciones mediante un diálogo inicial con Madame de Saint-Ange. Presentación que con ventaja podría tejerse mediante un diálogo de la misma Saint-Ange con Dolmancé o Saint-Ange con Eugenia (las posibilidades de morbo de esta segunda alternativa son inmensas), según Sade hubiese querido que entrase en escena antes Dolmancé o Eugenia. El que sea “El CABALLERO” el que haga las presentaciones parece responder a la intención de dar papel a un personaje que no va a tenerlo el resto de la obra, justificar su presencia (probablemente, que sea CABALLERO el que lea el manifiesto a instancias de Dolmancé también podría responder a la incomodidad del autor ante un personaje sin diálogo; pero dado que “Franceses un esfuerzo más” tiene una especial significación; también podría, igualmente, responder a alguna intención por parte de Sade)   

Otra posibilidad sería que se convirtiera en un segundo preceptor y la adolescente Eugenia recibiese las lecciones de los dos. Aparentemente son el mismo personaje, perfectamente pueden asumir iguales papeles. Mantener a un personaje en la sombra durante toda la obra resulta incomodo, su presencia y su silencio deben justificarse. Dado que el personaje está ahí, complementarse ambos personajes en las iniciativas voluptuosas y argumentando a dos bandas, ofrece posibilidades que Sade desaprovecha dejando desdibujado el personaje de CABALLERO. ¿Error de Sade? No lo creo. La indefinición de CABALLERO es intencionada. En realidad es el “CABALLERO de Melvir”, pero Sade intencionadamente se refiere a él cuando inicia sus diálogos simplemente como El CABALLERO. El resto de personajes aparecen con sus respectivos nombres: Saint-Ange, Dolmancé, Eugenia y (hasta el criado) Agustín. Y un personaje que anda al pairo que Sade denomina “El CABALLERO”. Quien piense que es mera coincidencia desconoce hasta que punto, en determinados autores, todo responde a una motivación. ¿Por qué, pues, la presencia de “El CABALLERO” en la obra? Y, también importante, ¿Por qué tal indefinición?

“El CABALLERO”, no obstante, tiene una intervención importante y otra curiosa; son sus dos únicas intervenciones, lo demás en él es “paja”. La importante: se ha terminado de leer el manifiesto y Dolmancé se muestra en total sintonía con el mismo,”El CABALLERO” le responde:

 

«El CABALLERO — Permítanme, les ruego, retomar los principios de Dolmancé, para tratar de discutirlos y, si puedo, aniquilarlos. ¡Ah! ¡Qué diferente serias, hombre cruel, si privado de la inmensa fortuna que posees y donde encuentras los medios para satisfacer tus pasiones, tuvieras que languidecer durante largos años en el infortunio agobiante del cual tu espíritu feroz se atreve a culpar a los miserables! Cuando tu cuerpo, sólo cansado por las voluptuosidades, descansa lánguidamente sobre lechos de plumas, mira el suyo, agobiado por los trabajos que te permiten vivir, que recoge un poco de paja para preservarse del frió de la tierra, cuya superficie, al igual que las bestias, es lo único que tienen para acostarse; rodeado de platos suculentos, con los que veinte alumnos de Comus despiertan a diario tu sensualidad, mira cómo esos desgraciados le disputan a los lobos, en los bosques, la amarga raíz de un suelo agostado; cuando los juegos, las gracias y las risas conducen hasta tu lecho impuro los objetos más hermosos del templo de Cyterea, mira a ese miserable tendido junto a su triste esposa, que satisfecho de los placeres que recoge en el seno de las lágrimas no puede ni siquiera imaginar que existen otros: míralo, cuando no te privas de nada, cuando vives en medio de lo superfluo; míralo, te pido, falto constantemente de las cosas necesarias para atender las necesidades elementales de la vida; contempla su familia desolada; ve a su esposa, temblando, compartirse con ternura entre los cuidados que debe a su marido, que languidece cerca suyo, y aquellos que la naturaleza exige para los vástagos de su amor, privada de la posibilidad de cumplir con esos deberes tan sagrados para su alma sensible; ¡óyelos sin estremecerte, si es que puedes, cuando reclaman cerca tuyo eso superfluo que tu crueldad les niega!

»Bárbaro, ¿no son acaso hombres como tú? y si os parecen, ¿por qué debes gozar cuando ellos languidecen? Eugenia, Eugenia, no apague en su conciencia la voz de la naturaleza: es a la beneficencia que ella la conducirá cuando, a pesar de usted misma, separe su voz del fuego de las pasiones que la absorben. Estoy de acuerdo en que dejemos de lado los principios religiosos, pero no abandonemos las virtudes que la sensibilidad nos inspira; sólo practicándolas gozaremos los más dulces placeres del alma, y también los más deliciosos. Todos los extravíos de su espíritu serán redimidos por una buena obra; ella calmará los remordimientos que su desenfreno hará nacer, y formando en el fondo de su conciencia un asilo sagrado donde se recogerá, obre usted misma algunas veces, encontrará allí el consuelo para los excesos a donde sus errores la habrán conducido. Hermana, soy joven y libertino, impío, soy capaz de todos los desenfrenos del espíritu, pero me queda el corazón; es puro y con él, amigos míos, me consuelo de todos los defectos de mi edad.»

Esto podría pensarse que es moralina impropia de Sade, pero en estos párrafos pienso que podemos encontrar su pensamiento, su preocupación en aquellos momentos. No predica la virtud, porque él mismo no se considera un virtuoso, se muestra tolerante con actitudes y comportamientos, llamemos, poco piadosos. Entiende que es la naturaleza la responsable de nuestros defectos y es ella la que nos conduce a desenfrenos (hasta cierto punto podríamos decir que piensa que es imposible escapar de estos desenfrenos, al menos no otorga excesivo valor a que caigamos en ellos, que todos podemos caer en algunos de ellos), pero que en la propia naturaleza encontramos el medio de corregirlos y compensarlos. El carácter misantrópico de la obra se ve, en cierto modo, compensado por este discurso de esperanza, tenue esperanza. También podría considerarse una magistral y concisa lección de psicología evolutiva.

Volvamos nuevamente al conjunto de la obra. En las 120 jornadas, los protagonistas ejercen el poder despóticamente sobre sus victimas de principio a fin. Nos muestra a unos personajes que se han comportado de modo depravado durante toda su historia y nos narra un episodio más de su depravación. En “La filosofía” no hay poder despótico, no hay crueldad continuada, hay corrupción. Dolmancé, principalmente Dolmancé, corrompe a la adolescente Eugenia (la bien nacida). Sade cuando compone La filosofía no es un ferviente entusiasta de la revolución (“Franceses un esfuerzo más” no es un discurso entusiasta, es un discurso cínico); ni es un adolescente utópico, ni le ha pasado desapercibido el estado del terror. La filosofía... es la obra de un misántropo que ha perdido toda esperanza en la especie humana. En las 120 jornadas el autor denuncia vehementemente al viejo régimen. Para él el despotismo es inherente al viejo régimen. Un cambio, una revolución que acabe con el viejo régimen acabará con el despotismo, puede haber esperanzas. Pero la revolución se ha producido, es una niña que comienza a andar, inocente y de la que se puede esperar todo; pero no ha superado la adolescencia cuando la corrompen hasta el punto de que mata a su madre de la forma más horrorosa. Sade ha pasado semanas viendo a miles de personas morir en la guillotina. Quien había denunciado la inhumanidad de unos magistrados dispuestos a condenar a muerte a unos pobres diablos obligados por las circunstancias a delinquir, ahora ve como el nuevo sistema, en el que había puesto sus esperanzas, se convierte en un monstruo sanguinario, la joven Eugenia inoculando la sífilis a su madre y cosiéndola para que los humores la pudran más rápidamente.  Sade ha perdido toda esperanza, ya no denuncia, se limita a expresar su desengaño, no busca un interlocutor, ni espera la complicidad de nadie, se limita a escribir para él mismo. De la ironía del preceptor filósofo: “«De todas las ciencias que se inculcan a un niño cuando se trabaja en su educación, los misterios del cristianismo, aun siendo sin duda una de las materias más sublimes de esta educación, no son, sin embargo, las que se introducen con mayor facilidad en su joven espíritu», al sarcasmo del prólogo de La filosofía: “Convenceos con su enseñanza, ya que sólo extendiendo las esteras de sus gustos y de sus fantasías, o sea sacrificando todo a la voluptuosidad, el desdichado individuo conocido con el nombre de hombre y arrojado a su pesar sobre este triste universo podrá sembrar algunas rosas sobre las espinas de la vida.», sólo hay que interponer toneladas de decepción. Repasemos que ha pasado en la vida de Sade en el interludio de estas dos obras y hallaremos los motivos de su decepción. Considerar a Sade un utópico entusiasta a esas alturas de su vida son milongas.

Y ahora la otra intervención de El CABALLERO. Está presentando la acción de la obra, le advierte a su hermana que su amigo Dolmancé es incapaz de poseer a una mujer de forma natural. Sade no presenta a Dolmancé exactamente como a un homosexual, presenta a un personaje incapaz para la penetración vaginal, incapaz para la procreación, incapaz de generar vida. Y es El CABALLERO el que para que no queden dudas, para que no se identifique la perversidad del personaje con la homosexualidad, defiende la homosexualidad.

El CABALLERO — No te ocultaré mis extravagancias con él. Tienes demasiado espíritu como para desaprobarlas. Amo a las mujeres y me libro a esos raros gustos sólo cuando un hombre amable me cautiva. En tal caso nada hay que no haga. Estoy lejos de esa continencia ridícula que hace creer a nuestros jóvenes frívolos que debe responderse con bastonazos a semejantes proposiciones. ¿Es acaso el hombre dueño de sus gustos? Es preciso compadecer a aquellos que tienen gustos particulares, pero nunca insultarlos: su error es el de la naturaleza. No eligieron llegar al mundo con inclinaciones diferentes, de la misma manera que nosotros no elegimos nacer derechos o chuecos. Por otra parte, un hombre que dice desearte, ¿dice una cosa desagradable? Por supuesto que no; te hace un cumplido; ¿por qué, entonces, responderle con injurias o insultos? Únicamente los estúpidos pueden pensar así. Un hombre razonable no dirá lo contrario de lo que sostengo. Pero el mundo está poblado de imbéciles que creen que se les falta el respeto si alguien confiesa que los encuentra apropiados para los placeres; pervertidos por las mujeres, celosas siempre de todo lo que tenga apariencia de atentar contra sus derechos, se imaginan ser Quijotes de esos derechos ordinarios, y atacan a quienes no los reconocen.

Este discurso podría ser tachado de políticamente incorrecto en alguno de sus puntos, pero, aun hoy, es rompedor. Es, junto con la intervención principal, las únicas intervenciones de El CABALLERO que expresan un pensamiento; las demás, escasas, entran en lo que podríamos denominar el engranaje de la acción, son intentos de mantener a El CABALLERO en escena. Son del tipo:

El CABALLERO — Dolmancé, practiquemos un cambio; pase usted rápidamente del culo de mi hermana al de Eugenia, a fin de hacerle conocer el placer de ser cogida por dos; por mi parte, culearé a mi hermana. Esta, entretanto, le devolverá sobre las nalgas los golpes de vara que con usted ha ensangrentado a Eugenia.

[…]

El CABALLERO — Eugenia... aproxímese... ¡Ah, qué senos divinos, qué muslos suaves y redondeados!... ¡Acaben! ¡Acaben ambas, que mi licor va a añadirse! ¡Ya salta!... ¡ah! ¡Dios perro! ...

Hasta intervenciones relativamente crueles (un desfloramiento entonando un leve sadomasoquismo):

El CABALLERO — ¡Grita cuanto quieras, pequeña bribona, te digo que tiene que entrar aunque debas reventar mil veces!

Eugenia — ¡Qué barbarie!

Dolmancé — ¡Ah, no se es delicado cuando está parada!

El CABALLERO — ¡Ya está! ¡Ya está, demonios! ¡Ah, mierda, el virgo se fue al diablo! ¡Miren correr su sangre!

Eugenia — ¡Anda, tigre!... ¡Anda, desgárrame si quieres; ahora me río de eso!... ¡bésame, verdugo, bésame que te adoro! Ah, no es nada cuando está adentro: todos los dolores quedan olvidados. .. ¡Desdichadas las vírgenes que se espantan de tal ataque! ¡Cuántos placeres rechazan por no sufrir una pequeña pena!... ¡Empuja, empuja, CABALLERO, que yo acabo!... Riega con tu esperma las llagas con que me has cubierto... empújalo hasta el fondo de mi matriz... ¡Ah, el dolor cede al placer! ¡Me desmayo!

Y pequeñas protestas:

El CABALLERO — Sea; estamos aquí para un fin muy diferente al que yo quería conducirlos; acepto que marchemos sin vacilación hacia tal fin; guardaré mi moral para aquellos que estén menos ebrios que ustedes, y que por eso puedan entenderla.

[…]

El CABALLERO — Verdaderamente, Dolmancé, es horrible lo que nos hace hacer; es ultrajar al mismo tiempo la naturaleza, el cielo y las leyes más sagradas de la humanidad.

Pero se deja llevar:

El CABALLERO — Obedezcamos, ya que no hay modo de persuadir a este perverso que lo que nos hace hacer es horroroso.

[…]

El CABALLERO — Cortada, como entre los chinos, en veinticuatro mil pedazos

Para concluir sus intervenciones, ya al final de la obra, cuando se dispone a colaborar en la tortura de la madre:

El CABALLERO, (obedeciendo) — Nunca vi una muchacha tan perversa como ésta.

Prácticamente este es todo el papel de El CABALLERO. Como se comenzó diciendo es un personaje imposible, el peor de los escritores le conferiría mayor consistencia. Los esfuerzos de Sade para incluir un personaje que no tiene cabida en la obra son patéticos. El resultado es una colección de sin sentidos donde “El CABALLERO” navega entre dos aguas.

Con estas pistas se puede llegar a la siguiente conclusión: Sade en esta obra describe su visión de la república. Una criatura nacida de las ilusiones del pueblo (la bien nacida) corrompida por un depravado (cabe preguntase si el depravado Dolmancé simboliza a todo el estamento político, o representa una figura señera del mismo). Y ese personaje que se preocupa de salvaguardar la practica homosexual, que refuta la argumentación del depravado Dolmancé, que levemente protesta de sus practicas, que participa tímidamente de ellas, es el propio autor: Sade (quizá describiendo su actitud frente a la república). Y si Sade presta sus ideas al cínico Dolmancé, es porque entiende que las está corrompiendo. Pero esto no significa que las ideas vertidas por Dolmancé sean las ideas de Sade: son la utilización cínica de unas ideas compartidas (las ideas republicanas) y para hacer notar ese uso cínico, al ponerla en labios de Dolmancé (que bien podría ser un personaje notorio de la republica) y su panfleto “Franceses un esfuerzo más…” (que bien podría ser el conjunto del estamento político) las exagera, deforma y tergiversa. El panfleto “Franceses un esfuerzo más…” simboliza los discursos del poder, que utiliza palabras grandilocuentes, grandes ideas para disfrazan y justifican sus acciones. Todas las corrupciones, todas las depravaciones cometidas por el poder desde Sade hasta nuestros días se han visto precedidas y sostenidas por discursos de estos poderes parecidos a ese panfleto: “Franceses un esfuerzo más…”, únicamente deberemos despojarlo de todo su sarcasmo y exuberancia.  Eso sí, deberemos mantener su cinismo.

 


[1] Filosofía en el tocador es una obra atribuida a Sade, cabría la posibilidad de que Sade no fuese su autor y la siguiente interpretación careciera de sentido.

[2]El Preceptor filosófico

[3] La primera escena de Saloo, de Pasoloni, es clarificadora





Sade: Dios, Religión y Naturaleza

En el pensamiento de Sade hay un extremo que no es fácil descifrar: ¿Era Sade ateo?

Las novelas de Sade son novelas de antihéroes. Esto podríamos considerarlo como un género; hay autores que articulan sus obras en torno a héroes (personajes positivos) y autores que lo hacen en torno a antihéroes (personajes negativos). Lo normal es que los protagonistas sean héroes, pero, hoy (opino que mucho por la influencia del propio Sade), tampoco es extraño lo contrario. Esto no dice nada del autor (quizá pueda hablar de su carácter optimista o pesimista, sólo quizá), únicamente son formas diferentes de creación.

Se da por hecho que Sade era ateo. Y esto, porque en sus novelas se suceden los discursos y argumentaciones a favor del ateismo. Pero estos discursos, y estas argumentaciones en las que se han basado para considerarle ateo, son los discursos y las argumentaciones de sus antihéroes. No es necesario leer sus novelas con gran detenimiento para comprobar que son discursos cínicos, argumentaciones con las que personajes crueles justifican sus actos.

No es lícito juzgar el pensamiento de un novelista por los discursos de sus personajes negativos. Cualquier novelista tendrá que ingeniárselas para dotar a sus personajes negativos de una personalidad lo más verosímil posible. Como piense un asesino en serie, personaje de una novela, es invención del autor, pero no podremos identificar al autor con el discurso de ese asesino. Y si su discurso es convincente, únicamente es lícito deducir que el autor ha querido mostrarnos a un asesino inteligente, no que haya puesto su propio pensamiento en boca del asesino. Pero si el autor quiere, puede “prestar” parte de su pensamiento a ese asesino, y tampoco querrá esto decir que el autor simpatice con el asesino.

Uno de los aciertos de la narrativa de Sade podría dificultarnos la comprensión de sus posturas. Sade, como autor, procura permanecer distante, Incluso en algunas de sus obras, como Aline y Valcour y Justine, llega a desaparecer, deja que sean los propios personajes los que nos narren sus peripecias. Por eso, es difícil encontrar la voz del autor en sus novelas, siendo arriesgado intentar conocerle basándose en los discursos que vierten sus personajes, y descabellado identificarle en los discursos de sus antihéroes. Porque Sade procura  permanecer al margen, alejado de la narración. Con todo, Sade suele hace una pequeña concesión al principio de sus obras. Casi invariablemente, utiliza los primeros párrafos para presentar y juzgar a  personajes y acción. Es en esas presentaciones donde mejor podemos encontrarnos con el autor.

Únicamente sería lícito juzgar a Sade por el discurso de sus antihéroes si quedase demostrado que simpatizaba con ellos. ¿Simpatizaba Sade con sus antihéroes? Sade ha tenido la habilidad de presentarnos unos personajes depravados convincentes, y para ello no ha dudado en prestarles parte de su pensamiento, pero esto no quiere decir ni que simpatice con ellos ni que el discurso de éstos fuese su propio discurso. Veamos como describe a algunos de sus antiheroes:

«Clément, cuyo nombre no se ajustaba de ningún modo a su rostro, era un hombre de cuarenta y ocho años, de una gordura inmensa y una estatura gigantesca, la mirada sombría y feroz, que sólo se expresaba con palabras duras y voz ronca, una verdadera cara de sátiro, el exterior de un tirano. [...] Sumad, al exterior que he descrito, la ferocidad, la provocación, la trapacería más peligrosa, la intemperancia en todos los puntos, el ingenio satírico y mordaz, el corazón corrompido, ningún sentimiento, ninguna delicadeza, ni pizca de religión, un temperamento tan gastado que desde hacía cinco años era incapaz de buscar otros placeres que aquellos que le aconsejaba la barbarie, y tendréis la más completa imagen de ese depravado.»[1]

«Pocos minutos antes de que fuese servida la cena llegó otro individuo, corto y cuadrado, cuyo espinazo se adornaba con una casaca de paño verde oliva, guarnecida de arriba a abajo con un bordado de ocho pulgadas de anchura cuyo dibujo me recordó al que llevaba Clovis en su manto real. Este hombre pequeño poseía un pie muy grande asentado sobre unos tacones altos en medio de los cuales se apoyaban dos piernas enormes. Si se intentaba buscar su cintura no se encontraba más que un vientre. ¿Interesaba una idea de su rostro? no se percibía más que una peluca y una corbata de cuyo centro se escapaba a veces un falsete discordante que permitía dudar si el gaznate del que emanaba era efectivamente el de ser humano o el de una vieja cotorra. Este ridículo mortal, absolutamente fiel al retrato que de el he trazado, se hizo anunciar como M. Dolbourg.»[2]

«Poca gente puede imaginarse a un presidente del parlamento de Aix; es una especie de bestia de la que se ha hablado a menudo, pero sin conocerla a fondo, rigorista por profesión, meticuloso, crédulo, testarudo, vano, cobarde, charlatán y estúpido por carácter, estirado en sus ademanes como un ganso, pronunciando las erres como un polichinela; enjuto, largo, flaco y hediondo como un cadáver. [...] Pero el señor Fontanis superaba este ligero esbozo de sus colegas. Por encima de la figura chupada y algo encorvada que acabamos de describir, en el señor de Fontànis podía apreciarse un occipucio estrecho, no muy bajo, empinadísimo hacia arriba, rematado por una frente macilenta tapada magistralmente por una peluca confeccionada para ocasiones diversas, de un modelo que aún no se había visto en París; dos piernas algo torcidas sostenían con notable esfuerzo ese campanario ambulante, de cuyo pecho se despedía, no sin ciertas molestias para los circundantes, una voz chillona que declamaba enfáticamente largos cumplidos mitad franceses, mitad provenzales, tras los que él mismo nunca dejaba de sonreír con tal abertura de la boca, que se podía contemplar hasta la campanilla una sima negruzca, desprovista de dientes, excoriada en varios sitios y que no se parecía mal del todo a la abertura de cierto asiento que, dada la estructura de nuestra incorregible humanidad, tan pronto es trono de reyes como lo es de unos pastores. Al margen de estos atractivos físicos, el señor de Fontanis tenía pretensiones de hombre cultivado.»[3]

 

 

Es evidente que ningún autor que describe así a unos personajes simpatiza con ellos, Sade los presenta como seres repugnantes, y esto coincide con su intención: «He hecho a mis héroes que siguen la carrera del vicio tan espantosos que, desde luego, no inspirarán ni piedad ni amor»

En sus obras sus antihéroes son ateos y los personajes positivos, en su mayoría, creyentes; sus antihéroes desprecian el sentimiento religioso en el ámbito privado, frente a las que ya son sus victimas (que se supone, sucumbirán en sus manos) o en conversación con sus compañeros de tropelías; pero fomentan públicamente ese sentimiento para, entre otras cosas, nutrirse de victimas. En sus obras nos muestra, si queremos de forma exagerada, a unos personajes que no creen en la religión, que se proclaman religiosos y que fomentan en los demás unos preceptos religiosos que ellos no cumplen. Son personajes que se benefician del sentimiento religioso que ellos mismos inculcan en los demás. Esto lo podemos encontrar en sus obras en abundancia, lo que nos permite pensar que Sade estaba obsesionado con la utilización cínica de la religión, pero no nos aclara nada sobre su posible ateismo o su posible irreligiosidad.

En la época en la que vivió Sade, tachar a alguien de ateo era como hoy acusar a alguien de nazi o, en determinadas sociedades, de comunista. Cuando no se dispone de argumentos para atacar a alguien lo más fácil es identificarlo con un personaje demoniaco o una idea demoniaca. Hoy, cuando se quiere destruir la imagen de alguien se le identifica con Hitler, con el nazismo o con el estalinismo. No hay que aportan más argumentos, argumentos de los que en muchos casos  no se dispone. Repitamos mil vez que alguien es un nazi y pasará por un fanático desalmado. No habría que demostrar que es un fanático desalmado para que identificándolo con el nazismo o el estalinismo pasase por tal fanático (es un ejemplo, hay todo un abanico de identificaciones bien positivas para el halago y la autojustificación, bien negativas para descalificar al opositor. Nuestros políticos conocen todo un repertorio).  En tiempos de Sade acusar a alguien de ateo era convertirlo en un personaje demoniaco.

Las obras de Sade no expresan un ateismo militante. Sade en sus obras no ataca la figura de Dios, ataca a las religiones (a los religiosos, a los falsos piadosos) que se sirven de la figura de Dios. Pero este hecho, que Sade no exprese abiertamente su ateismo, ¿responde a una precaución o responde a que en realidad Sade no era ateo?   

Para encuadrar a Sade en este tema pienso que el siguiente párrafo sería el que mejor lo definiría:

La obra maestra de la Filosofia consistiría en desarrollar los medios de que se sirve la Providencia para alcanzar los fines con respecto al hombre y trazar, según ellos, algunos planes de conducta capaces de mostrar a ese desdichado individuo bípedo el modo en que debe avanzar en la espinosa carrera de la vida, de modo que estuviera en condiciones de prevenir los extraños caprichos de esa fatalidad a la que se han dado mil nombres diferentes, aunque nadie haya logrado conocerla ni definirla.[4]

Es del narrador que está presentando la novela Justine y sí creo que se percibe aquí la voz del autor. Y tiene la ventaja de que está presente, con pequeñas diferencias, en sus tres versiones, lo que nos permitiría pensar que mantuvo la misma postura, al menos, durante buena parte de su vida.

Según este párrafo, frente la existencia de Dios, Sade se mostraría escéptico. Quizá pudiera tratase de un escepticismo “prudente” que escondiese una postura atea o rozando el ateismo; pero, en todo caso, si era ateo, no desveló ese ateismo ni se mostró especialmente beligerante frente a la existencia de Dios. Y en su “novela filosófica” Aline y Valcour dentro del capítulo dedicado a la utópica isla de Tamoe en las recomendaciones que el buen Zame da a su hijo sobre las religiones, nos encontramos nuevamente con ese escepticismo:

Si es verdad que hay un Dios, he ahí las virtudes que lo constituyen, he ahí las únicas que el hombre debe imitar.

Es difícil ser ateo. Al día de hoy, si nos planteamos la pregunta de nuestra existencia, de la existencia del universo, es imposible asegurar que el universo haya existido siempre, que haya surgido espontáneamente o que sea la obra de un autor. Y si se decide que el mundo es la obra de un autor, ahí nos encontramos con la figura de Dios. Esto, hoy que desde los tiempos de Sade hemos ampliado (mejor: revolucionado) nuestro conocimiento de ese universo, que sabemos que la vida es producto de la evolución. Hoy, aun disponiendo de ese conocimiento,  se dice que la postura más razonable frente a la figura de Dios es el agnosticismo; ésta sería, digamos, la postura “intelectual” frente a la figura de Dios. Y si hoy es difícil ser ateo, en tiempos de Sade, sin apenas ningún conocimiento del universo, de la vida y de nosotros mismo, pienso que sería dificilísimo mantener, desde posiciones razonadas, una postura atea; y considero que Sade era muy razonable. Esto me lleva a pensar que las posibilidades de que Sade fuese ateo son mínimas y que si en sus escritos se muestra escéptico, no se trata de una precaución, sino que realmente la posición de Sade era el agnosticismo.

También habría que valorar las corrientes de pensamiento de la época. Sade da una especial importancia a la naturaleza, pero para Sade la naturaleza es el objeto, un objeto que tiene sus propias normas pero que en ningún caso, de existir un creador, parte de esa naturaleza coincidiría con el autor. Recurrimos nuevamente a su utópica isla de Tamoe:

Los habitantes de Tamoé adoraban antaño al Sol. Me he limitado a rectificar su sistema, demostrándoles que confundían la obra con el obrero, que el Sol era la cosa movida y que correspondía dirigir el culto al motor. Me han comprendido y me han aprobado, y sin modificar casi nada en su uso, de paganos que eran, los he convertido en un pueblo piadoso y adorador del Ser Supremo.

En aquella época, adorar al Sol, las estrellas... era propio de pueblos poco civilizados: el mundo civilizado cree en un Dios y los pueblos salvajes son animistas. Sade, aunque otorgase a la naturaleza la máxima importancia y autonomía, no sería ajeno a esa corriente de pensamiento de la época y no escaparía al razonamiento de que toda obra precisa de un autor, razonamiento que no se vería contestado hasta popularizarse el evolucionismo. Mantener una duda sobre la existencia del Autor, en su tiempo, desconociendo todo sobre la obra, era una postura suficientemente arriesgada.

Mi opinión es que Sade mantenía la duda sobre un Creador y que de existir este Creador, habría cedido el paso a la naturaleza, su obra, una vez ésta fue creada. Duda que ese Creador maneje sus hilos: “...Ese desgraciado individuo bípedo perpetuamente zarandeado por los caprichos de ese ser que, según se dice, le dirige tan despóticamente[5].  Sin la intervención del Creador, los seres humanos estaríamos a merced de la naturaleza. Y la obra maestra de la filosofía sería saber: “el sendero que debe tomar para prevenir los curiosos caprichos de esa fatalidad a la que se dan veinte diferentes nombres, sin haber logrado aún definirla[6].

Todo visto desde un gran escepticismo. De existir ese Dios, ni tan siquiera se plantea seriamente cual será ese Dios verdadero y la religión que lo representaría. Mas bien considera que aquel Dios, aquella religión que sea útil para la sociedad, para la convivencia, puede tomarse como verdadera, dando a Dios y religión un carácter utilitario:

Al examinarlos todos [los cultos] filosóficamente, piensa que el culto sólo es útil al hombre en la medida que otorga fuerzas a la moral, en la medida en que puede constituir un freno para la perversidad, para ello es necesario que sea puro y sencillo […] Si ante tu vista se presenta uno [culto] que, sencillo en su doctrina y que virtuoso en su moral, despreciando todo fasto, rechazando todas las fábulas pueriles, sólo tenga por objeto la adoración de un único Dios, adóptalo, que es el bueno: no es por cierto mediante ridiculeces reverenciadas aquí y menospreciadas más allá como se puede complacer al Padre Eterno sino mediante la pureza de nuestros corazones, mediante las buenas acciones... Si es verdad que hay un Dios, he ahí las virtudes que lo constituyen, he ahí las únicas que el hombre debe imitar.[7]

En ese mismo párrafo podemos encontrar el tema sobre el que levanta la mayoría de sus obras: la utilización cínica del sentimiento religioso:

Si a tus ojos sólo ofrece dogmas monstruosos e imbéciles misterios, elude ese culto, que es falso. que es peligroso, que en tu nación sólo constituiría una fuente incesante de muertes y de crímenes, de modo que tú te harías tan culpable si lo trajeras a este rinconcillo del mundo cuanto lo fueron los viles impostores que lo difundieron por su superficie. Evítalo, hijo mío, detesta ese culto, que sólo es obra de la estafa de unos y de la estupidez de los demás, y que no haría mejor a este pueblo.

En la época en que Sade vivió el ateismo estaba dando sus primeros pasos. Librepensadores y crápulas podían llegar a confundirse, estos últimos justificarían sus tropelías con la misma filosofía que los librepensadores.

Los librepensadores de la época eran libertinos, no admitían la autoridad de la iglesia, desdeñaban las restricciones que en materia sexual emanaban de la iglesia, estaban inventando un tipo de vida en libertad, y esta libertad alcanzaba a la sexualidad, cuestionando la familia monogámica fundamentada, en aquella época (y muy especialmente en las clases altas), en el matrimonio de conveniencia. Muchos de ellos, se enfrentaban a la vida con naturalidad y en las relaciones interpersonales mantenían un código ético al margen de las convenciones sociales y los preceptos religiosos. Quizá sea la vida de Voltaire el paradigma de la vida de un librepensador, de un “libertino” de la época. Este tipo de vida haría escuela y una parte de los intelectuales del siglo XIX y principios del siglo XX, no solo franceses, vivirían con arreglo a estos códigos iniciados por los intelectuales del siglo XVIII, contestando abiertamente a las convenciones sociales. Esta actitud y esta vida, nada tienen que ver con la actitud y la lasciva y decadente vida de los cortesanos y la aristocracia de los reinados de Luis XV y Luis XVI (cortesanos y aristócratas destinatarios de las mordaces criticas de Voltaire y escarnecidos por Sade en sus novelas), todos ellos, también considerados libertinos.

Estos crápulas utilizaron el pensamiento progresista de su época para justificar sus tropelías (como bien describe Sade en sus obras). Los defensores de la idea de Dios y la religión utilizarían, a su vez, a estos crápulas para defender los principios religiosos como único freno moral. Pienso que Sade no hizo militancia del ateismo, mantuvo dudas sobre la existencia de un creador, pero entró de lleno en la batalla moral y se posicionó claramente contra una religión que él consideraba corrompida.

En Aline y Valcour (concretamente en la Historia de Leonoré) existe un personaje moralmente intachable: don Gaspar. Es un personaje que aparece, ayuda a Leonore y desaparece al morir por muerte natural. Aparentemente, un personaje intrascendente. ¿Cual es el pensamiento de ese personaje moralmente intachable, casi único que ayuda a Leonore de manera desinteresada? Sade le hace hablar del siguiente modo:

«—Léonore —me dijo un día don Gaspar mien­tras atravesábamos aquel espantoso clima [el desierto]—, ¿con qué designios creéis vos que la divinidad ha hecho tan grandes faltas en la contextura de nuestro pla­neta? [se refiere a los desiertos como lugares inhóspitos]

—No podría decirlo.

—La falta existe, es clara. ¿Está hecha expresamente o por inadvertencia? Si está hecha expresamente se trata de un Dios débil y, de todas formas, de un Dios que comete errores.

—Vuestro argumento no tiene réplica. No sabría qué responder a él; me atengo a la sensación pro­ducida por el efecto y os confieso que resulta muy difícil enardecerse por la grandeza de un ser cuyos errores son tan evidentes.

—¿Podríais sentirlo más si el azar os colocara en medio de una banda de criminales? —Seguramente no.

—Por tanto, todo lo que existe no es perfecto. Y, sin embargo, solamente la perfección es digna de nuestro homenaje; es indudable que esa cuali­dad no se encuentra en las obras de Dios... Dios, por tanto, no es digno de nuestros homenajes. Oh, Léonore, sacad conclusiones de este silogismo. De todas las formas de razonar es la más segura; dadle vueltas a esto, os lo ruego.

Estas primeras muestras de la filosofía de Gaspar me hicieron ver que su espíritu maduro por el estudio, se hallaba muy lejos de adoptar el error y mi estima hacia él aumentó.

—Me parece —le dije— que vuestros sistemas sobre la religión son cómodos y simples...

—¿Sobre la religión? —me respondió Gaspar—. Os equivocáis, Léonore; mis sistemas sobre la re­ligión no son ni cómodos ni simples; son nulos: me he sacudido todas esas puerilidades con que se so­brecarga la mente y la memoria de los jóvenes; he empleado ese tiempo en instruirme, en lugar de pa­sarlo desvariando, y me he formado algunos princi­pios tanto sobre esto como sobre algunos otros ob­jetos de moral, principios constantes de los que no me aparto. Desde luego, acepto que existe algún tipo de agente: ya sea la naturaleza o sea Dios, es indudable que hay siempre un motor que se ofrece a nuestras miradas; lo admito, pero no le rindo nin­gún culto. Muy seguro, por una parte, de que no lo exige y al mismo tiempo dudando de si realmente lo merece, ¿con qué derecho iba a rendírselo? Pre­fiero emplear mi tiempo en algunas virtudes, ese tiempo que otros pierden en rezos, y dicho agente, si es justo, apreciará más el que yo sea útil a los hombres que asiduo al pie de sus altares. Cuando vea menos mal sobre la tierra, cuando encuentre en ella menos canallas y más gentes honestas, quizá llegue a suponer que el autor del universo puede merecer algún agradecimiento; pero mientras los males nos asalten por todas partes; mientras no en­cuentre más que irregularidades, crueldad, traición, perfidia, indignidad y perversidad entre los hombres, creeré mantenerme en unos límites muy sabios con no colmar de invectivas a aquel que permite tantos males: no lo hago, pero me río de la locura de los sistemas religiosos, me burlo de la diversidad de cultos y, sin escuchar más que a la razón y a mi co­razón, permanezco en la indiferencia ante un ser al que no debo nada..., a no ser reproches..., repro­ches que me callo porque los creo inútiles.

—Pero ¿y vuestra moral?

—¡Es pura! Pero, ¿cómo? ¿Creéis que es pre­ciso soñar quimeras para tener el derecho a ser un hombre honesto? Amo a mis hermanos, velo por ellos; la beneficencia es el sentimiento de mi cora­zón. Si lamento mi mediocridad es porque me priva del encanto de hacer a los hombres felices; respeto la propiedad de los demás; jamás tomaría ni la mu­jer ni los bienes de nadie[…]. Soy sensible al amor: es el goce de las gentes honestas; odio el vicio; soy entusiasta de la virtud y terminaría tranquilamente mis días en sus máxi­mas sin desear las alegrías ridículas del paraíso y sin temer las llamas absurdas del infierno.

Aquellos sentimientos me agradaron; considera­ba a Gaspar estimable y resolví hacerle mi amigo»

Aparentemente es el mismo discurso de sus antihéroes, pero en el caso de Gaspar no es un discurso para justificar sus actos, sino una norma de vida. Sade, a través de Gaspar, entra en esa particular batalla moral y defiende que no es necesario el temor de Dios ni la religión para mantener unos principios morales. Algo que en su época debió de ser muy difícil de defender.

 



[1] Justine

[2] Aline y Valcour

[3] El presidente burlado. Incluido en Cuentos fábulas y leyendas.

[4] Primer párrafo de Justine o los infortunios de la virtud.

[5] Perteneciente al primer párrafo de Los infortunios de la virtud, (primera versión).

[6] Idem. (En las tres versiones).

[7] La isla de Tamoe en Aline y Valcour. Sade, obras selectas.






La Naturaleza Humana, obsesión de Sade

Volvamos al primer párrafo de Justine: “El triunfo de la filosofía debería consistir en echar luz sobre la oscuridad de los caminos de que la providencia se sirve para lograr los designios que se propone sobre el hombre…”

Sade navega entre la duda de si existe o no autor y duda que ese autor rija despóticamente los designios de ese infeliz ser bípedo. Sin embargo, entiende que hay que conocer esos designios, con lo que parece caer en una contradicción. Duda de la existencia de un ser omnipotente, pero entiende que la naturaleza se rige por unas normas, independientemente de que exista aquel que mueve sus hilos o no:

«Uniforme a sus planes [la naturaleza], irregular en sus defectos, su seno, siempre agitado, se parece al hogar de un volcán, de donde brotan, unas veces, piedras preciosas, que sirven al lujo de los hombres; otras, globos de fuego que los aniquilan; grande, cuando puebla la tierra, tanto de Antoninos como de Titos; horrible, cuando vomita Andrónicos o Nerones; pero siempre sublime, siempre majestuosa, siempre digna de nuestros estudios, de nuestros pinceles y de nuestra respetuosa admiración, porque sus designios nos son desconocidos, porque, esclavos de sus caprichos o de sus necesidades, no debemos regular nuestros sentimientos hacia ella por lo que éstos nos hacen sentir, sino por su grandeza, por su energía, cualesquiera que puedan ser los resultados.[1]»

Pareciera que Sade renuncia a dar solución a su duda sobre el Autor y se centra en aquello que puede constatar. La naturaleza, con o sin autor, está hay, formamos parte de ella e intuye que debe regirse por unas normas, planteando avanzar en el conocimiento de eses normas:

«A medida que los espíritus se corrompen, a medida que una nación envejece, gracias a que la naturaleza está más estudiada, mejor analizada, debido a que los prejuicios se destruyen mejor es menester hacerlos conocer más. Esta ley es la misma para todas las artes; sólo avanzando se perfeccionan; sólo mediante ensayos llegan a la meta.»

Algo parecido a lo que intuyo en el pensamiento de Sade lo podemos encontrar en la ya citada Filosofía zoológica de Lamarck donde evita entrar en el debate sobre la existencia de Dios para otorgar significación propia a la naturaleza y así centrarse en su estudio.

«Se ha supuesto que cada especie era invariable y tan antigua como la Naturaleza y que había debido su creación particular al supremo Autor de todo lo que existe. Nada existe, en efecto, sino por su voluntad; pero ¿podemos asignarle reglas en la ejecución de ella y fijar el modo que ha seguido á este respecto? ¿Su poder infinito no pudo crear un orden de cosas que diese sucesivamente la existencia á todo lo que vemos como a todo lo que existe y no conocemos?

Ciertamente, cualquiera que haya sido su voluntad, la inmensidad de su poder es siempre el mismo, y de cualquier manera que se haya ejecutado esta voluntad suprema, nada ha podido disminuir su grandeza.

Respetando, pues, los decretos de esta sabiduría infinita, yo me circunscribo a encerrarme en los limites de un simple observador de la Naturaleza. En este caso, si llego a vislumbrar alguna cosa en la marcha que ella ha seguido para operar sus producciones, diré, sin temor de equivocarme, que plugo a su Autor que la Naturaleza tenga esta facultad y este poder.» [Lamarck]

Si incluyo este texto de Lamarck, no es para relacionar el pensamiento del uno con el del otro, únicamente intento explicar lo difícil que habría sido en aquella época mantener una posición atea, intelectual y socialmente. Pero que con todo, la duda sobre el pensamiento dominante de la época, sobre ese Dios que regía caprichosamente la naturaleza, se iba abriendo camino. Sade mantuvo esa duda sobre el Autor, tuvo claro que la naturaleza se regía por unas normas y se mostró confuso sobre la posible fuente de esas normas.

Una de sus obsesiones en sus esfuerzos por comprender a esa naturaleza fue la propia naturaleza humana y, más concretamente, una faceta de la naturaleza humana: El egoísmo y el altruismo.

Sade no era evolucionista, en su época no se conocía que la vida había evolucionado, la naturaleza era estática. No obstante, su concepto de la naturaleza humana era realmente avanzado y en algunos aspectos quizá más avanzado (yo opino que más avanzado, pero están por demostrar los errores del neodarvinismo) que la visión que desde el seleccionismo (el neodarvinismo, corriente mayoritaria hoy en día del evolucionismo) se tiene de esa naturaleza humana.

Hoy, desde el seleccionismo, se acepta que el egoísmo y el altruismo vienen definidos por un gen. Un gen haría que unos individuos fuesen egoístas (los portadores del gen egoísta) y otros altruistas (los portadores del gen altruista), en el pool genético lucharían ambos genes por imponerse. Esto lo considero una simplificación, supone que unos individuos son biológicamente egoístas y otros biológicamente altruistas. Su comportamiento estaría directamente definido por sus genes y estos serían egoístas o altruistas. Y supone que nuestra herencia genética es un rosario de cuentas donde cada cuenta corresponde a cada uno de nuestros caracteres, definiendo estas cuentas con arreglo a los caracteres que hoy en día son motivo de nuestro interés.

Sin embargo, para Sade en la naturaleza humana conviven el egoísmo y el altruismo, el vicio y la virtud. Todos seríamos portadores de una naturaleza que nos conduce al vicio y, al tiempo, una naturaleza que nos conduce a la bondad.

«Soy joven y libertino, impío, soy capaz de todos los desenfrenos del espíritu, pero me queda el corazón; es puro y con él, amigos míos, me consuelo de todos los defectos de mi edad.»[2]

También, en Los infortunios de la virtud podemos leer de labios de Justine tras la argumentación del malvado marqués de Bressac con la que justifica asesinar a su propia madre:

«¡Oh!, señor, respondí espantada al marqués, esa indiferencia que suponéis a la naturaleza no es, una vez más, sino obra de vuestras pasiones; dignaos escuchar un instante a vuestro corazón en lugar de a aquéllas y veréis cómo condenará esos imperiosos razonamientos de vuestro libertinaje. Ese corazón, a cuyo tribunal os envío, ¿no es el santuario en el que esa naturaleza a la que ultrajáis desea ser escuchada y respetada? Si ella graba en él el más fuerte horror por ese crimen que meditáis, ¿estaréis de acuerdo en que aquél es condenable? Me diréis que el fuego de las pasiones destruye en un instante este horror, pero apenas estéis satisfecho éste renacerá, se hará oír por el órgano imperioso de los remordimientos, que en vano buscareis combatir.»

         Para Sade, en todos nosotros conviven la pasión que puede conducirnos a cometer los más horribles actos y la sensibilidad que nos contiene de cometerlos. La preocupación de los seleccionistas: cómo se mantiene en el pool genético un gen tan poco ventajoso como el altruismo frente al gen del egoísmo, Sade la traslada al ámbito de lo social, hoy diríamos al ámbito cultural contraponiéndolo al biológico:

«Ya que, partiendo de nuestras convenciones sociales y no apartándose nunca de esta veneración que se nos inculca en la infancia, desgraciadamente ocurre que, por la perversión de los demás, no importa el bien que practiquemos, nunca hallemos más que espinas, mientras que los malos no recogen más que rosas, ¿no calcularán las gentes privadas de un fondo de virtud lo bastante sólido como para situarse por encima de las reflexiones que suscitan estas tristes circunstancias, que entonces vale más abandonarse al torrente que resistirse a él? ¿No dirán que la virtud, por hermosa que sea, cuando desgraciadamente resulta demasiado débil para luchar contra el vicio, se convierte en el peor partido que pueda tomarse, y que en un siglo enteramente corrompido, lo más seguro es hacer como todos? Un poco mas instruidos, si se quiere, y abusando de las luces que han adquirido ¿no dirán, con el ángel Jesrad de Zadig[3], que no hay mal que por bien no venga? ¿No añadirán a esto por su cuenta que, puesto que en la constitución imperfecta de nuestro pérfido mundo hay una suma de males igual a la del bien, es esencial para la conservación del equilibrio que haya tantos buenos como malos, y que según esto, el plan general le es indiferente que este o aquel sea preferentemente bueno o malo? ¿Que si la desgracia persigue a la virtud, y la prosperidad acompaña casi siempre al vicio, siendo la cosa indiferente a los designios de la naturaleza, vale infinitamente más formar entre los malos que prosperan que entre los virtuosos que perecen? Es, pues, importante atajar estos peligrosos sofismas de la filosofía»[4]

El altruismo, para Sade, no es una imposición exterior, ya sea de Dios o, desde su posición agnóstica, de la naturaleza; es una fuerza interior que nos la ha proporcionado la propia naturaleza y que nos la debemos a nosotros mismos, a la humanidad y a la propia naturaleza. Algo de lo que nos ha dotado la naturaleza y que debemos ejercitar conscientemente, un sentimiento que la sociedad debe promover. De ahí que considere que la sociedad debe evitar que el individuo llegue a la conclusión de que es indiferente  ser bueno o malo, que es necesario combatir esos peligrosos sofismas de la filosofía.

La bestia negra del seleccionismo son esos caracteres que lejos de suponer una ventaja biológica que proporcione una mayor capacidad de procreación al individuo, desde el seleccionismo, suponen una desventaja. El altruismo es una de sus obsesiones, como lo es la homosexualidad, el celibato... conductas que desde el determinismo biológico se suponen definidas por nuestros genes. Desde el seleccionismo se han escrito páginas y páginas, volúmenes y volúmenes intentando buscar esa ventaja biológica individual de la práctica del altruismo. No se les escapa que la practica del altruismo pone en desventaja al individuo frente a otros que lejos de practicar ese altruismo no dudan en utilizar todos los medios a su alcance para procurarse el beneficio propio, y todos los intentos del seleccionismo se dirigen a intentar demostrar la existencia de una relación directa e individual entre la practica del altruismo y una ventaja procreadora. Sade, doscientos años antes mantuvo la misma obsesión: cómo evitar que el vicio supere a la virtud. El tema de Los infortunios de la virtud es la desventaja en que se encuentra la virtud frente al vicio, y prueba de su obsesión es que la rescribiría en varias etapas de su vida (Los infortunios..., Justine, La nueva Justine y Juliete) Pero a diferencia de los seleccionistas que enmarcan el problema en el ámbito biológico, la preocupación de Sade es en el ámbito social, se pregunta cómo puede la sociedad defenderse del vicio y promover la virtud cuando mediante el vicio se prospera y practicar la virtud supone convertirse en victima de los viciosos. Esta es la visión de Sade: el vicio triunfante y la virtud derrotada. ¿Es ésta una visión pesimista de la sociedad? ¿Fue, la de Sade, una visión pesimista de la sociedad que le toco vivir?  A juzgar por los esfuerzos de los seleccionistas por encontrar un factor que justifique alguna ventaja en la practica del altruismo (esfuerzos que se han demostrado estériles ya que se han limitado a constreñir este altruismo a ámbitos y supuestos concretos: altruismo familiar, altruismo recíproco, ... algo que dejaría de ser altruismo) debemos admitir que aún hoy en día el altruismo lejos de ser valorado por la sociedad sigue siendo castigado; que, si bien de forma exuberante, Sade nos muestra una realidad y, aún sin dar respuestas (no está en la personalidad de Sade aportar respuestas), plantea una preocupación que hoy todavía está presente en la sociedad.  

Esta preocupación de Sade es posible desde la irreligiosidad. Para una persona religiosa, creyente, esa preocupación no existe: se es altruista porque esos son los deseos de Dios. Pero Sade desde su agnosticismo percibe que los que proclaman esos deseos de Dios, lejos de practicar esa virtud que predican practican el vicio, que su proclamada creencia en Dios es una hipocresía. Y percibe, puesto que opina que la virtud se convierte en la victima del vicio, un doble agravio, ya que los que promueven la practica de la virtud luego se aprovechan de ella practicando el vicio. Si desde su visión agnóstica entiende que el argumento de practicar la virtud por deseos de Dios no es válido, ¿qué puede motivar al individuo a practicar algo tan desfavorable para él? No da respuestas, sólo plantea la pregunta, aunque ve la necesidad de que aunque se demuestre falsa la premisa del creyente, debemos practicar esa virtud: «Eugenia, Eugenia, no apague en su conciencia la voz de la naturaleza: es a la beneficencia que ella la conducirá cuando, a pesar de usted misma, separe su voz del fuego de las pasiones que la absorben. Estoy de acuerdo en que dejemos de lado los principios religiosos, pero no abandonemos las virtudes que la sensibilidad nos inspira; sólo practicándolas gozaremos los más dulces placeres del alma, y también los más deliciosos.»[5]

Algo por lo que Sade fue perseguido en vida y aun después de su muerte: presentar al vicio triunfante y a la virtud víctima de ese vicio, es algo que aún hoy nos debería hacer reflexionar. 

         Y si aun hoy asistimos al debate sobre la superioridad del hombre sobre otras formas de vida, ya Sade lo consideraba en igualdad de condiciones con otros seres vivos, lo baja de su pedestal de ser superior y único creado por Dios para el disfrute de la naturaleza y lo incluye en ella. Lo que sigue, Sade lo pone en labios del marqués de Bressac para justificar su parricidio (ya hemos visto como Sade presta su ideario para el uso cínico de sus más depravados personajes), este mismo pensamiento lo podemos encontrar salpicando todas sus obras:

«Al hombre no se le ha concedido el poder de destruir, si acaso posee el de variar las formas, pero no el de aniquilarlas. Ahora bien, toda forma es igual a ojos de la naturaleza, nada se pierde en el crisol inmenso en que sus variaciones se ejecutan, todas las porciones de materia que a él se arrojan se renuevan incesantemente bajo otras formas, y sean cuales sean nuestros actos sobre esto, ninguno la ofende directamente, ninguno sabría ultrajarla; nuestras destrucciones reaniman su fuerza, mantienen su energía, pero ninguna la atenúa»[6]

                   Esto, creo, es una lección de humildad[7] (prestada por Sade al cinismo de uno de sus antihéroes). No encontraremos en la obra de Sade páginas y páginas que desarrollen su pensamiento, éste lo encontramos en párrafos (incluso sólo frases) intensos que bien nos conducirían a páginas y páginas de reflexiones. Esta es la capacidad o la limitación, según se mire, de Sade. Algo que ya encontramos en su “Ideas sobre las novelas” donde en media docena de párrafos expone su visión sobre la novela, una visión que ha conducido a la revolución ya no de la literatura sino también a la de otras artes narrativas. Con su pensamiento pasa lo mismo, en pocos párrafos podemos ver condensadas ideas revolucionarias para su época y aun para hoy mismo. En algunos aspectos, el pensamiento de Sade se adelantó, ya no los doscientos años que nos separan de él, quizá aun más, probablemente en un futuro este pensamiento sea mejor entendido.

 



[1] Idea sobre las novelas. En Los crímenes del amor I

[2] Sade. La filosofía en el Tocador (“El caballero” refuta a Dolmancé después del discurso «Franceses un esfuerzo más»)

[3] Zadig o el destino, cuento de Voltaire.

[4] Sade. Los infortunios de la virtud (segundo párrafo)

[5] Sade. “La filosofía en el Tocador” (“El caballero” refuta a Dolmancé después del discurso “Franceses un esfuerzo más…”)

[6] Sade. “Los infortunios de la virtud”

[7] Cuando J. E. Lovelock en 1979 expresó este mismo pensamiento en el ámbito de la ciencia suscitó una gran controversia y rechazo: “Suele haber en nuestros días acuerdo general sobre que la actividad industrial está mancillando la cuna de la humanidad y representa una amenaza para el conjunto de la biosfera cuyo carácter es más ominoso cada año. En este punto, sin embargo, disiento del pensamiento convencional. Es posible que, en última instancia, nuestro frenético desarrollo tecnológico se pruebe doloso o destructivo para nuestra especie, pero las pruebas aportadas para demostrar que la actividad industrial, ya sea en su nivel de hoy o en el de un futuro inmediato, puede poner en peligro al conjunto de la vida de Gaia [la Tierra], son verdaderamente muy endebles.” (Gaia. Una nueva visión de la vida sobre la Tierra. Lovelock. Trad: Alberto Jiménez Rioja. Ediciones Orbis S. A.). Lovelock es el autor de la Teoría de Gaia que (expresada de una manera muy simple) nos habla de la Tierra como un organismo autorregulado. Esta teoría aún hoy encuentra muchas resistencias en el ámbito de la ciencia. El anterior párrafo citado de Sade podría considerarse un antecedente (desde el pensamiento, la literatura...) de Gaia.  






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Bibliografía

Apollinaire, Guillaume. (1909) L'Ouvre du Marquis de Sade. Bibliotheque des Curieux. París. Traducido por Ediciones Corregidos S.AC.I. Buenos Aires. "Sade. Obras escogidas". 1973.

Du Plessix Gray, Francine. (1998) At home with the marquís de Sade". Simon & Schuster. Trad. al castellano: Abel derbitto y Merce Diago. Javier Vergara Editor (2000).

Guy de Massillon. El goce y la crueldad. Vida del marqués de Sade de cuyo nombre deriva la forma de perversión conocida como sadismo. Ediciones Selectas S. R. L. Buenos Aires, 1966 (tercera edición)

Hayman, Ronald. (1978) De Sade. A critical biography. Trad. al castellano: Dr. Antonio Alduvín. "Marqués de Sade. Vida de un cruel libertino". Lasser Press Mexicana S.A. México D.F. (1979)

Lamarck, Jean Baptiste De Monet. Filosofia zoológica. Versión española por José González Llana Editorial Alta Fulla "Mundo Científico" Barcelona (1986)

Lenning, Walter. (1965) Marquís de Sade. Rowohlt Taschenbuch. Trad. al castellano por Susana Andrés. Plaza & Janes Editores, S. A (1989)

Lever, Maurice. (1991) Donatien Alphouse Françoes, marquis de Sade. Líbrairie Arthéme Fayard. Trad. al castellano por Editorial Seix Barral, S. A. (1994)

Pauvert, Jean Jacques. (1986) Sade vivant. Une innocence sauvage... (1740-1777)". Editions Robert Laffont, S.A. Trad. al castellano: M.A. Galmarini. Tusquets Editores, S.A. Barcelona (1989).

Bibliografía del Marqués de Sade

Sade, obras escogidas. (1973) Ediciones Corregidor S.A.C.I. Buenos Aires

Justine o los infortunios de la virtud. (1999) Ediciones Cátedra S.A. Edición a cargo de Isabel Brouard.

Los crímenes del amor. (1994) Trad. al castellano: Mauro Armiño. Ediciones Akal.

Créditos

Fondo: grabado de La Bastilla (recreado). En Wikimedia
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