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icono de la página de inicio, una casa en verde de las típicas del juego del Palé Icono de una carpeta y sobre ella, atravesada de arriba a abajo, inclinada de izquierda a derecha, una pluma de plumines de madera en color rojo
Ocurecer o aclarar fondo
Caleidoscopio



nemo






Caleidoscopio

El cantinero me sirvió la bebida, acercó el vaso hasta mí, lo deslizó sobre la mugrienta madera que hacía de barra. Solo veo de él su sonrisa, tan amplia como su cara, y cómo al dejar el vaso se limpia sus manos en su más mugriento delantal; tosco, del que se adivina, bajo la mugre, una combinación de grises oscuros distribuidos en rallas verticales.

"¡A tú salud!", le oigo al que está a mi lado. Oigo que otros ríen y comparten la alegría. Compartiendo la misma alegría me uno a sus canciones, les corrijo: "No, el momento merece que lo celebremos, esa no es la canción apropiada"

—¿Por qué?

—Porque es vulgar.

Se quedaron en silencio, hasta que desde el fondo uno de los parroquianos, el que comenzó el cántico espeta: "Bueno, pues empieza tú una".

Quise encontrar una canción especial, o una canción alegre, o mejor una canción alegre y especial, cuando el mismo parroquiano salió con otra, tan vulgar como la anterior.

¿Cómo había llegado hasta aquella cantina? Ahora reparo que el suelo es una simple placa de cemento, desnivelada; un espacio angustioso en el que nos movemos casi tropezando unos con otros, iluminado por una bombilla que cuelga del centro del techo.

Al fulano no le siguió nadie, todos estaban pendientes de ambos, expectantes, esperando que sobre el bronco cántico iniciase yo el mío, como una especie de duelo de gargantas. Levanté el vaso: ¡brindemos por la vida! Todos levantaron los vasos, hasta aquel parroquiano de la esquina del fondo, interrumpió su canto y levanto también su vaso: "Sí, ¡brindemos por la vida!"

No pude deshacerme de mi incomodidad, aún brindamos varias veces y se entonaron varios cánticos, de tras mío surgió una mano que me agarraba del brazo y me arrastraba, sacándome hasta la calle y tirando de mí calle arriba. No pude observarlo, aquella mujer, desconocida para mí, tiraba de mí sin darme oportunidad de resistirme, la parroquia de la cantina había salido a la calle, porque sus voces se oían tras de mí, haciendo retumbar las paredes del estrecho callejón por donde me arrastraba mi desconocida: "¡Tiene que venir a por ti!".

Pensaron que mi desconocida era mi pareja que había venido a apartarme de la diversión de la cantina. Aún oí algunas risas, mi desconocida seguía tirando de mí con decisión, no había pronunciado palabra. Ahora, traspiés a traspiés, arrastrado, sin oponer resistencia, se ordenaban mis pensamientos al ritmo que ella tiraba de mí. Había ido a caer en un mal sitio, fue entonces cuando mejor aprecie la sordidez del lugar, una calle angosta y empinada, sin apenas aberturas en sus paredes salvo los pequeños ventanucos diseminados en ellas carentes de orden y de lógica, y aquella cantina en mitad de la cuesta, con uno de esos ventanucos como único respiradero, con su cantinero y con su parroquia de toscos malencarados.

—¿Son peligros?

—Sí, no sabes dónde te has metido.

La tapaba un vestido desmesuradamente largo y amplio, también tosco, como los ropajes de los parroquianos, seguía tirando de mí con decisión, sin mirar ni hacia atrás ni hacia mí, las voces ya se habían callado.

—¿Eres de aquí?

—¿Quién que no sea de aquí va a pasar por aquí?

—¿Quién eres? Dime al menos tu nombre.

No respondió, comprendí, o creí comprender que había venido a salvarme de un mal trance. Sin saber ni cómo ni por qué, había llegado a esa lúgubre cantina que ahora comprendo era una guarida de maleantes, malencarados maleantes, recién llegados de cometer una fechoría o dispuestos a cometer la siguiente; pero, ¿de dónde había salido mi desconocida?, ¿quién era y por qué vino a apartarme de aquellos tipos?, ¿por qué se interesó por mí?

Había dejado de tirar de mí, sin soltarme el brazo. Ante mi sorpresa una pared detuvo nuestra marcha, final de un callejucho sin salida, volví a sentirme angustiado. Tirando de mí se acercó a un portón de madera, abriéndolo, y abriéndose ante mí una total oscuridad incapaz de suavizar la escasa claridad que penetraba de aquel siniestro callejón.

Fue entonces la primera vez que me miró a los ojos, cuando pude ver sus ojos, entré en aquella oscuridad seguido por ella, mi desconocida. Pude sentir tras de mí como se cerraba el portón.



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